This is why the statues are called mōai, “so that he can exist”
Cuando le pasé el mate a Fede, me contestó que se iba
una semana de vacaciones. A dónde, a la Isla de Pascua. Dejé lo que estaba
haciendo y no pude contenerme de acribillarlo con el precio del vuelo, la
estadía, excursiones y demases. Caro, todo depende exclusivamente del turismo.
No me esperaba menos, así que dimos un par de vueltas sobre las atracciones del
lugar (aparte de las obvias), y entre mate y mate terminé por recomendarle Aku aku, la crónica tan querida por mi
viejo de Thor Heyerdahl.
El
tema me quedó sonando en la cabeza. Recordé el relato de Manu sobre la historia de las cabezas. Así les
decíamos. Si bien hay teorías referidas a indígenas de América del Sur, la
mayoría se vuelca por los habitantes originarios de la Polinesia que, llegados
en canoas desde otra isla cercana, se instalaron como los primeros pobladores. Como
me contó hace unos años, la civilización de Rapa Nui tenía como fundamento la
construcción de moais, esos
gigantescos bustos de piedra que hoy en día sirven como modelo de envase del
pisco, entre otras cosas. En cuanto más grande, mejor. Así, comenzó la
competencia entre los distintos clanes que habitaban la isla, y por
consiguiente las matanzas entre unos y otros a lo largo del tiempo. Calaveras
con fracturas hechas por las piezas punzantes de obsidiana, las mismas que
utilizaban para esculpir, son un fiel testimonio de las guerras tribales. La
necesidad de cultivar la tierra y la cacería extrema de los animales, sumados a
una plaga de ratones que devoraban las semillas de los árboles, fueron los
principales factores de la deforestación reinante y sus inhóspitas condiciones.
Con la llegada de los europeos, la situación se agravaría aún más, confinando a
la población originaria a poco más de un centenar en el siglo XIX.
La
cuestión más intrigante, sin embargo, continúa siendo el transporte de los moai a lo largo y ancho de la isla. Una
hipótesis se inclina por el uso de troncos para deslizar los cuerpos de varias
toneladas, mientras que también se baraja la posibilidad de que, como cuenta la
leyenda de los rapa nui, las estatuas caminaran. Esta última fue la que disparó
un experimento en el que, emulando un moai,
un grupo de dos arqueólogos reclutó a varias personas para probar que, mediante
el uso de cuerdas, los isleños arrastraban las esculturas verticalmente.
¿Por
qué escribo sobre este tema? No lo sé. Quizás porque me entretiene poner en
palabras todo lo que me llama la atención. Es una manera de fijarlo. De todas
formas, no estoy del todo conforme con el tipo de texto que vengo haciendo. Mi
idea original era hacer una especie de narración acerca de la vida de un
tallador de moai. El personaje
representaría en un día, como en la tragedia griega, el auge y ocaso de su
civilización. La primera parte se centraría en el arte de la construcción y la competencia
entre dos grupos de escultores. Al caer la tarde, durante el descenso de las
piezas, unos atacarían a los otros, derribando al ídolo de piedra sobre alguno
de ellos, ocasionándole la muerte. Acto seguido, comenzaría la matanza
encarnizada y el incendio forestal que obligarían al personaje a huir hasta la
playa, mientras poco a poco siente desfallecer sus piernas, hundiéndose en la
arena hasta alcanzar la mitad de su cuerpo, petrificándose en el momento justo en
que un bote aparece con un navegante extranjero frente a él. El título, The lord of the moais.
No, nada
cierra. Ni las hipótesis arqueológicas, ni las formas de mi relato. Y aún así caminan,
inexplicablemente, con sus pies de plomo de la montaña hacia el mar. El hombre
y la piedra, empujándose uno a otro, para encontrar un propósito a orillas de
la eternidad.
(Extracto de Diarios)

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