Smile, though your heart is aching
Smile, even though it’s breaking
Parece ser un lugar común ver a dios en la austeridad.
Con esto no me refiero a nada de lo que predica el actual Papa, sino a esa
constante de recibir un mensaje divino a través de los más desafortunados, o en
otras palabras, vagabundos, locos, ebrios y/o mendigos.
Esto
me vino a la mente a propósito de haber recordado un momento del viaje por
Centroamérica, cuando esperaba el bondi para ir al Cerro Verde. Nos habíamos
levantado bien temprano para tomar un taxi a la estación de buses que habíamos
reservado la noche anterior. Sacamos los boletos ni bien abrió, y tras buscar
en dos o tres kioscos, nos sentamos en la esquina a tomar un jugo de naranja mientras esperábamos que se
hiciera la hora. A media cuadra, unos tipos nos relojeaban y debatían en ronda.
Eran cuatro o cinco, de gran contextura. Uno giraba como un gusano
arrastrándose por el piso en su bolsa de dormir, contestándole al resto en ese
lenguaje mudo que es la distancia. Después de dos minutos de este cuadro de
Gauguin versión caribeña, el hombre oruga emergió cual serpiente que cambia la
piel, y voló hacia nosotros con sus polvorientas alas de mariposa recién
nacida. My friends, empezó su
monólogo, you look like Italian. Le
aclaramos que éramos argentinos antes de que siguiera, y de un segundo al otro,
nos confiaba que él y uno de sus hijos habían estado en una estancia de Buenos
Aires, que todavía soñaba con la carne, y antes de dejarnos siquiera opinar,
continuó su rutina entonando los versos más famosos de Facundo Cabral, no soy de aquí, ni soy de allá...
Recién
ahí me percaté de su presencia. Era él, el mismo con el que Yama había
intercambiado un diálogo de simpleza oceánica su primera vez en Japón. Como
siempre acaba por definirse en algún momento, cita las palabras del sabio
vagabundo que lo interceptó en el medio de la noche para decirle a carcajadas
que no era otra cosa que una banana:
amarillo por fuera, blanco por dentro. Entre escépticos, quizás podría
interpretarse que haya habido algún condimento extra, aunque en ambos casos el
viento empujaba el aliento etílico de la verdad hasta nuestras narices, perros
cimarrones de la fe. Pero si se trata de una cuestión de ascetismo espiritual,
quién mejor para dar testimonio que mi tía Susan acerca de sus revelaciones
místicas. Cuenta su evangelio que, siendo no más que una nena de seis años de
edad, al darle una moneda a un mendigo que pedía limosna en la puerta de la iglesia de San Miguel, la luz sagrada se proyectó en el rostro del extraño, y
mi tía presenció un milagro que se fijaría por siempre como el santo sudario de
su imaginación. Nunca pude borrar esa
sonrisa de su cara...
La
oruga, con su voz rasposa y su hálito tabacalero, volvió a aparecer en escena. Bueno, mis amigos, se quitó el sombrero,
mostrando que en su cabeza no había ni un pelo de verdad. Su gran
espectáculo, ese vaudeville sin moraleja que se desvanecía con la próxima
bocanada de su narguile invisible, había concluido. Tendrán un dinerillo para prestarme, porque de hablar sólo no se vive,
y de un soplido exhaló esa cortina de humo que es el opio de los pueblos. Angie
y yo buscamos entre nuestros bolsillos y le dimos unas monedas. Sus labios
articularon una mueca de placer, esa misma hamaca paraguaya sobre la que continúa reposando en el valle de sus comisuras.
No tengo edad, ni porvenir, y ser
feliz es mi color de identidad,
se fue tarareando al ritmo del tintineo metálico del dólar americano. Las
monedas, pensé luego, no le serían de gran utilidad para cruzar al más allá. La
realidad es que él sólo estaba cansado de ir sin rumbo, trovador universal que
únicamente recibe aplausos y ovaciones hechas de plegarias contra la muerte. No, esta
vez no se las regalaría al primero que le cayera bien. Hoy compraría un café en
el puestito de enfrente, volvería a su cómoda crisálida, y sin importarle que el
tiempo pereciera al sol, cantaría una canción en donde el séptimo día tendría la tonalidad de aquel nuevo amanecer.
(Extracto de Diarios)

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