Subtitled: “Lucy in the scarf with
diabetics”
No sé qué me llevó a abrir mi carpeta en donde guardo los
primeros poemas. Bajo el nombre Trilogía
Esencialista, los textos que escribí en enero y febrero de 2012 despertaron
en mí un interés nuevo por mi juvenilia. Entre el manifiesto de una página de
extensión y ese caleidoscópico final de mi Wasteland[1],
prefiguré una gran cantidad de los elementos que hoy en día configuran sus
páginas sucesoras. Hay, no obstante, una característica que predomina por sobre
todas las demás: el humor ácido. No estoy seguro de a qué atribuírselo, si a
mis lecturas de Nicanor Parra, o a mi necesidad de romper con toda la
pomposidad que me implantaron en la secundaria. Quizás sea algo típico de la
temprana juventud, reírse de todo, comenzando por uno mismo. Hace años que no
concibo la falta de humor en la vida.
Revisando
un poco los haikus que componen a Medium –
Pigmeos, las estupideces que se me ocurrían reviven esa misma espontaneidad
con que las concebía y anotaba en mi cuaderno:
La limonada
Tiene gusto a limón
(Y también a nada)
Acá
ya veo los juegos de palabras, la totalidad de las combinaciones posibles para
dar con el acorde justo, y también la aparente falta de sentido. La religión y
la escultura jamás brillarán por su ausencia. Para la poesía/la religión sería/puro verso. Soy (...) un bloque que espera ser estatua. Es clara la influencia
de no pensar demasiado las cosas, usar todo lo que atraviesa mis sentidos. El
método de composición de Dylan, los recortes de Herta Müller, la intervención
minimalista de Duchamp y las vanguardias de posguerra. Hay incluso poemas que
son instrucciones de cómo preparar el té, o una receta para armar el sándwich.
Todo muy absurdo, ridículo.
Hubo
un momento en el que agradecí haber previsto mi falla de memoria, cuando recuperé
entre esas ruinas una antigua costumbre de mi viejo que ya había olvidado. Ahí,
por el 2012, el primer escéptico creyente que conocí en mi vida practicaba un
rito por demás estúpido, pero pintoresco: poner tres limones sobre tres monedas.
El día que golpeé uno accidentalmente, la catástrofe pareció cernirse sobre
nosotros una vez roto el equilibrio místico. No más prosperidad, no más buenos
augurios. (Tampoco rituales ridículos, por suerte).
Una
vez acabada la trilogía, recuerdo haberme puesto en mente mi proyecto de
autobiografía en verso que, naturalmente, abandoné. En todos los años que
siguieron, negué esa parte de mi vida, considerándola superficial y
pretenciosa. Ahora puedo verlo de otra manera, y si tuviera que elegir algún
pasaje para ilustrar ese período, lo resumiría con este proto-poema:
En la superficie
Calcificada piel y
Labios
De limón exprimido
En el interior
Alimento una luz
Que no para de crecer
Y crecer y crecer
Soy la gran ostra
(Extracto de Diarios)
[1] Ultimatum – Al hombre de sodio. Todavía no había leído la obra de Eliot, pero claramente abrevé en la
misma fuente que TS, Ulysses

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