Tuesday, December 13, 2016

NORWEGIAN WOOD






            No, esto no va a ser sobre la canción de los Beatles, ni menos que menos de la odiosa novela de Murakami. El título, canción que suena en este preciso instante en Camping, es sólo un pretexto para escribir mientras me tomo una cerveza. Es una de las pocas veces que lo hago a mano. La consigna es poder hacer un texto de la nada, justificar esa habilidad que me distingue, en palabras del Negro.

            Si no voy a tratar la composición de Lennon, la derivación obvia más cercana es Noruega. Hay dos cosas que me atan fuertemente a ese país: la obra completa de Knut Hamsun y las ansias de caminar por el Frognerparken.

            El primero, genio literario indiscutido, proclamado mentor de Hemingway, fue un pionero en técnicas tales como el fluir de la conciencia y la utilización del lenguaje coloquial. Condecorado héroe de la pluma al tiempo que apátrida por sus seniles inclinaciones políticas, el personaje que mereció el nobel del año ’20 continúa suscitando controversias hasta el día de la fecha. Sin embargo, basta sumergirse en su épica autobiográfica Hambre (Sult, en su idioma original) para caer en su encantamiento lírico. Prematura para la época, perfilaba el género de la novela psicológica que encontraría eco en sus trabajos sucedáneos. Bendición de la tierra, aunque leída en una pésima traducción, sabe transmitir la sensación dicotómica propulsada por la era del maquinismo entre campo y ciudad. La vuelta a la naturaleza, aquel origen donde había plena comunión entre el Hombre y la madre tierra, es otro de los temas que abraza esta monumental obra (así lo destacó el comité de la academia sueca), mordaz hasta el punto de trazar una línea divisoria respecto al aborto. En Pan, uno se deja llevar por la música del bosque para oír diferentes versiones del teniente Glahn desde el punto de vista de dos espectadores. El epitafio de Hamsun será su alegato final, recitado en esa procesión que todo ser humano debe hacer por senderos que la maleza oculta. Una triste despedida para quien supo ser la voz de su pueblo.

            La segunda cuestión está vinculada a la obra del escultor Gustav Vigeland. Sobre su vida, sé poco y nada, a excepción de su origen humilde y el respaldo que brindó al régimen nazi, dos características en común con el gran escritor noruego. Lo fascinante de este artista se esconde en las más de doscientas esculturas que viajan sin moverse en el parque más visitado de Oslo. Hacer público, a partir de ahora, mi pigmalionismo latente, es casi tan prescindible como explicar las razones que me producen ese magnetismo por el arte de la piedra. Volviendo al parque, basta con poner su nombre en Google y perderse entre las fotos para acabar en ese Babel humano que se erige como Durandal para abrir una brecha en el cielo.  

            Hay otros datos anecdóticos, entre los cuales se puede mencionar que su himno fue escrito por el tercer nobel de literatura, la temprana fascinación que Ibsen despertó en un joven Joyce que llegó incluso a enviarle una carta, que su banda más conocida es A-Ha (Take on me...) y la pieza In the hall of the Mountain King, de Grieg, musicaliza su drama más famoso, Peer Gynt.

            O bien nos podemos detener en que el antiguo nombre de la capital era Cristianía

            O que su idioma es de pocas palabras y parasita al sueco, según me contó una chica noruega de pelo color chicle en el (antiguo café) bar San Bernardo

            O nos hago el favor de dejar de hablar del asunto porque se me acabó el vaso de birra, y antes de que me ponga a pensar en Munch, que es un capítulo aparte, es preferible ir a buscar una cerveza más y disfrutar de lo que queda del atardecer.

            (O mejor dicho, en noruego)

            Utepils.



(Extracto de Diarios)

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