No,
esto no va a ser sobre la canción de los Beatles, ni menos que menos de la
odiosa novela de Murakami. El título, canción que suena en este preciso
instante en Camping, es sólo un pretexto para escribir mientras me tomo una
cerveza. Es una de las pocas veces que lo hago a mano. La consigna es poder
hacer un texto de la nada, justificar esa habilidad que me distingue, en
palabras del Negro.
Si no
voy a tratar la composición de Lennon, la derivación obvia más cercana es
Noruega. Hay dos cosas que me atan fuertemente a ese país: la obra completa de
Knut Hamsun y las ansias de caminar por el Frognerparken.
El
primero, genio literario indiscutido, proclamado mentor de Hemingway, fue un
pionero en técnicas tales como el fluir de la conciencia y la utilización del
lenguaje coloquial. Condecorado héroe de la pluma al tiempo que apátrida por
sus seniles inclinaciones políticas, el personaje que mereció el nobel del año ’20
continúa suscitando controversias hasta el día de la fecha. Sin embargo, basta
sumergirse en su épica autobiográfica Hambre
(Sult, en su idioma original) para
caer en su encantamiento lírico. Prematura para la época, perfilaba el género
de la novela psicológica que encontraría eco en sus trabajos sucedáneos. Bendición de la tierra, aunque leída en
una pésima traducción, sabe transmitir la sensación dicotómica propulsada por
la era del maquinismo entre campo y ciudad. La vuelta a la naturaleza, aquel
origen donde había plena comunión entre el Hombre y la madre tierra, es otro de
los temas que abraza esta monumental obra
(así lo destacó el comité de la academia sueca), mordaz hasta el punto de
trazar una línea divisoria respecto al aborto. En Pan, uno se deja llevar por la música del bosque para oír diferentes
versiones del teniente Glahn desde el punto de vista de dos espectadores. El
epitafio de Hamsun será su alegato final, recitado en esa procesión que todo
ser humano debe hacer por senderos que la
maleza oculta. Una triste despedida para quien supo ser la voz de su
pueblo.
La segunda
cuestión está vinculada a la obra del escultor Gustav Vigeland. Sobre su vida,
sé poco y nada, a excepción de su origen humilde y el respaldo que brindó al
régimen nazi, dos características en común con el gran escritor noruego. Lo
fascinante de este artista se esconde en las más de doscientas esculturas que
viajan sin moverse en el parque más visitado de Oslo. Hacer público, a partir
de ahora, mi pigmalionismo latente, es casi tan prescindible como explicar las
razones que me producen ese magnetismo por el arte de la piedra. Volviendo al
parque, basta con poner su nombre en Google y perderse entre las fotos para
acabar en ese Babel humano que se erige como Durandal para abrir una brecha en
el cielo.
Hay
otros datos anecdóticos, entre los cuales se puede mencionar que su himno fue
escrito por el tercer nobel de literatura, la temprana fascinación que Ibsen
despertó en un joven Joyce que llegó incluso a enviarle una carta, que su banda
más conocida es A-Ha (Take on me...)
y la pieza In the hall of the Mountain King,
de Grieg, musicaliza su drama más famoso, Peer
Gynt.
O
bien nos podemos detener en que el antiguo nombre de la capital era Cristianía
O que
su idioma es de pocas palabras y parasita al sueco, según me contó una chica
noruega de pelo color chicle en el (antiguo café) bar San Bernardo
O nos
hago el favor de dejar de hablar del asunto porque se me acabó el vaso de birra,
y antes de que me ponga a pensar en Munch, que es un capítulo aparte, es
preferible ir a buscar una cerveza más y disfrutar de lo que queda del
atardecer.
(O
mejor dicho, en noruego)
Utepils.
(Extracto de Diarios)

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