Cuentan
que dios, aburrido de tener todo bajo su control, decidió dejar el destino de
un hombre en manos del azar. Sin mucha prisa, bajó a la Tierra, entró en la
primera posada del camino y se sentó a tomar una copa de vino. Entabló
conversación con algunos de los huéspedes, bebió dos o tres vasos más, y una
vez que se hubo convencido de que ninguno de ellos le disgustaba, fue hasta la
puerta y, antes de irse, dejó caer una moneda que empezó a rodar sobre el
mostrador. Cuando llegó a los ojos del posadero, se volteó de un lado e
instantáneamente el rostro se le desfiguró. A los gritos dijo que era él, que
lo sabía porque era el mismo de la moneda con la que había pagado. Cuando lo
detuvieron a los pocos metros en su carruaje, protestó que debía tratarse de
una equivocación, que sólo había estado de paso por ahí para cruzar la
frontera.
Nadie
le creyó. Horas más tarde, el hombre hacía la procesión hacia el patíbulo.
Entre los gritos del pueblo, escuchó el nombre del verdadero impostor segundos
antes de que la mano invisible del destino deslizara la hoz de la muerte sobre
su cabeza, que, por última vez, volvió a rodar.
La
decisión de no elegir, siempre es cara.
(Extracto de Diarios)

No comments:
Post a Comment