Allen in mijn gedichten kan ik wonen
Nooit vond ik ergens anders onderdak[1]
El lenguaje de la fotografía exige una traducción, o
mejor dicho, es susceptible de interpretaciones. Así, en ese breve instante que
consiste enfrentar ese resto de naufragio crónico, existen diversas maneras de contemplarlas.
Desde
el completo desconocimiento, estoy observando a un joven europeo vestido con un
kimono, que sostiene algo que puede ser bien una caja o un libro con caracteres
orientales. La lámpara a su lado no permite alumbrar nada más, excepto quizás
una aproximación de su edad, la cual parece oscilar entre los veinte y los
treinta años.
Diferente
es la mirada de alguien que sabe de quién se trata, prestándose así a un mayor
número de interrogantes. Es que, la primera vez que tuve noticia de esta
imagen, fue de la misma manera en que lo estoy haciendo en este preciso momento,
mediante palabras.
Slauerhoff,
un nombre que sólo en pocos no sabe causar el menor percance, permanece como un
misterio que sólo me fue revelado por medio de otro holandés errante,
Nooteboom. Traducida recientemente al inglés una de sus obras (The forbidden kingdom), lo único con lo
que cuento del gran escritor neerlandés son aquellos fragmentos transcriptos en
Tumbas de poetas y pensadores, fugaces
pasajes de su diario personal que hoy en día despiertan en mí una curiosidad y
empatía que sólo están a la altura del desconsuelo que me genera la indiferencia
del secretismo de su lengua vernácula.
Desconozco
cuánto podrá demorar hasta que alguien descifre los jeroglíficos que dan cuenta
de sus vivencias, sus innumerables viajes como médico de a bordo, las inefables
impresiones talladas con la sensual escultura del verso, o todas esas fábulas
que le brindaron con posteridad esa larga vida de la que no gozó a causa de la omnipresente
enfermedad que lo arrastró tempranamente a la tierra de la que nunca se vuelve.
La
cuestión es que hay un detalle que me mantiene despierto hasta esta hora de la
noche. Me refiero a esos ideogramas del libro en sus manos, que parecen
hablarme con la voz de ese mudo que jamás podrá gritar libertad desde su prisión blanca y negra. Con la misma esencia que
Oscar Wilde posando con una flor verde en su ojal, oigo un susurro
De ninguna utilidad
¿A
qué estará aludiendo con ello?
¿Al
hecho de estar luciendo un kimono?
¿Al
libro que, es harto ostensible, no podía comprender?
¿O
acaso a la fotografía en sí misma?
Imposible
determinarlo. Es un juego de opciones infinitas, un laberinto que se va
bifurcando más y más, hasta que se pierde el rastro del origen de las cosas, y
entonces comprendo que lo mejor es darle la razón y no pensar demasiado en la
futilidad del arte. Después de todo, no se trata de una reproducción de sus
pinturas caligráficas, sino más bien el mensaje lúdico de otra impostada
fotografía.

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