Wednesday, March 1, 2017

MONTE CRISTO





     

La madre, si bien se trataba de una familia adinerada, desaprobó la relación. Su linaje no podía mezclarse con sangre de lo que, ella entendía, no eran más que unos nouveaux riches.
            
Al poco tiempo partía al viejo continente, sin sospechar que la joven a quien había humillado entraría en posesión del enclave situado entre el palacio de la Plaza San Martín y la iglesia que ella misma había mandado construir del otro lado del parque. Así, la primera piedra de la Babel porteña no se apoyó sobre los cimientos de la vanidad, sino de la revancha.
            
Catorce meses más tarde, la matriarca asistía al anclaje de la titánica proa de hormigón, o quizás sea más preciso decir, la fundación de su Atlántida cristiana.


            Cuán sorprendentes son las acciones hechas en nombre del amor – y cuán mayormente excepcionales aquellas perpetradas por devoción al odio.  

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