Wednesday, December 21, 2016

PETTA REDDAST







          Esa mañana dejamos León con rumbo a Amapala, una diminuta isla hondureña en el centro este del Golfo de Fonseca. Antes de dejar el hostel, le pedimos a nuestro anfitrión que nos enviara una copia del manifiesto sandinista, partido en el que había militado de manera infiltrada desde los once años. La foto de su carnet de afiliación daba fiel testimonio de que el niño y el ahora joven de veinte años eran uno y el mismo. Mientras le escribíamos nuestras direcciones de mail, él nos explicaba que para llegar a nuestro destino teníamos que ir a la terminal y tomar el bus a Chinandega, de ahí otro transporte a la costa y en-no-me-acuerdo-qué-pueblito, agarrar el bote.

            Antes de dirigirnos a la estación, recorrimos el centro en busca de un banco para cambiar los córdobas que nos quedaban, recogimos la ropa a dos cuadras del bar en donde habíamos cenado la noche anterior, y aprovechamos para contemplar una vez más la catedral en donde yace el cuerpo de Rubén Darío. Taxi, diez minutos, y de golpe nos tuvimos que bajar para hacer el último tramo a pie por la calle superpoblada de transeúntes, comerciantes y vendedores ambulantes que, entre el olor nauseabundo, me hicieron revalorar un poco el folclórico canapé de polenta de Once y Retiro.  

            Con las narices tapadas, errábamos de un lado a otro siguiendo las instrucciones de los puesteros que competían con los side-bondimen para ver quién terminaba de erradicar al silencio que, quizás hiciera falta aclararles, había perdido más vidas que todos los gatos de Rosario. Chinandega, Chinandega, al cartel se lo llevaba el viento. Gastamos los últimos córdobas en el boleto y un agua grande.

            Para cuando partíamos, ya era mediodía y la señora que tenía parada al lado mío me imploraba, pese a todas mis negativas, que tomara una siesta sobre sus bombuchas a punto de reventarse. No hay otra forma de describir esa escena. Sólo hace falta subirse a un chicken bus para experimentar el calor de las masas en su plenitud, esa sensación de gota de agua evaporándose constantemente que se prolongó por casi una hora.

            Ya en Chinandega, no hizo falta comunicarnos para saber que el paso a seguir era el segundo taxi del día. Angie lo frenó y, regateo va regateo viene, arregló que nos llevaría por veinte dólares, ni un centavo más. La primera parte del trayecto se la pasó contándonos de un tal Martino, otro argentino que era técnico del equipo de fútbol del pueblo y se la pasaba descansando a los locales por su hambre de tenedor libre. Cada cinco minutos, a modo de anuncio comercial, justificaba el caché de Messi por vestir la camiseta del Barcelona. Pero lo peor de todo no era su fanatismo por La Pulga. Eso, con sus más de dieciocho repeticiones contadas, no le pisaba los talones al otro elemento indispensable del viaje. ¿A qué me refiero con esto, más precisamente? Al disco de música cristiana que empezó a sonar desde el minuto veinticinco. De vertientes R&B y aspiraciones a ser el siguiente Alan Parsons Project, Jesús nos deleitaba con sus hazañas relatadas en rima AAAA, con pilas suficientes como para competir codo a codo con El Salmón para ver quién dejaba de sonar primero.

            A poco más de cinco kilómetros del desvío, nos pararon para revisar que no estuviéramos transportando drogas o algún inmigrante ilegal en el baúl. Cuando volvimos a arrancar, dios quiso que resucitara el silencio. Pero sólo hasta que el pecado de compartir una tímida sonrisa entre nosotros nos sentenciara a cuarenta minutos más de camino de ripio con un renovado Jesucristo Súper Ital Park. A un costado de la ruta, entre las lomas se iban dibujando casas de adobe, rocinantes famélicos y personas que parecían los habitantes del cuento de Juan Rulfo, Luvina. En connivencia con el mar, un casino fantasmagórico se alimentaba de la pobreza reinante.

            Frenamos frente a un puesto, un gendarme nos levantó la barrera manualmente luego de haberle enseñado nuestros pasaportes, y doblamos a la derecha unos metros, hasta que un milico se puso delante del auto con una K47 en mano. Decir que nos gritó sería poco. En castellano, ¿qué mierda hacen, no saben que esto es una zona militar? No puede haber civiles acá, salgan ya, antes de que haya problemas, no es mi culpa que el de la puerta sea un idiota, si quieren ir al puerto es para la izquierda. Subimos al auto sin chistar e hicimos, sin exagerar, cuarenta metros en la dirección que nos había indicado. Un galpón venido abajo, una oficinita en L y el golfo en el horizonte. Un tipo sentado en una reposera nos dijo que hacía tiempo que no salían más barcos. Angie me aclaró que ni en pedo se quedaba en ese pueblo de mala muerte, ni menos en Chinandega. Cuando la escuchó, el viejo mandó a su ayudante a buscar a una chica que, minutos más tarde, nos ofreció acercarnos a Amapala por la módica suma de ciento cincuenta dólares per cápita. Prefiero Chinandega, la cortamos en seco.

            Eran las tres de la tarde, no habíamos almorzado y nos quedaba menos que una botellita de quinientos de agua. El taxista se empezó a impacientar y pidió que le pagáramospara irse. Sin otro contacto con el resto del mundo que su servicio, accedimos, y ni bien Angie le extendió el billete dijo que eran veinte dólares por cada uno. Discutimos unos minutos, protestando que a dónde habían quedado los códigos, y saturados de su presencia acabó por robarnos esa tajada de más, el buen samaritano. No hace falta entrar en detalle del diccionario de puteadas que le dedicamos. Nos encontrábamos contra la espada y la pared.

            Cuando ya nos estábamos por resignar, sentado en uno de los bancos del edificio en L hallamos milagrosamente la recompensa de la estafa evangelista. Con su barba treintañera, el alemán que vivía en Río nos aseguró que a eso de las cuatro salía un barco pesquero con rumbo a La Unión. Él estaba esperando desde hacía un día. No queríamos ir a El Salvador, pero cuando escuchamos la oferta de fugarnos de la desolación por treinta y cinco dólares, no lo dudamos ni un segundo.

            A eso de las cinco zarpamos. Teníamos dos horas de saltos y salpicadas por delante. Para nuestra suerte, el sol ya no estaba tan agresivo como unas horas atrás. Cansado del día, empezó a declinar lentamente, regalándonos el más precioso atardecer de nuestras vidas. La moneda se fue deslizando poco a poco en la ranura, hasta pagar el precio de vivir ese momento, la noche. A medio camino divisamos Amapala, pero ni el dinero ni mi deseo de enviarle la postal desde el lugar más recóndito a mi hermano bastaron para desviar la entrega del pescado.

            Ocho y algo. Amarramos en un astillero de dudosa utilidad. Angie había estado leyendo sobre el enclave fronterizo salvadoreño y quería alcanzar a toda costa el último bondi a San Salvador. Tarde, como las autoridades aduaneras para requisar el contenido de los cargamentos que bajaban a las apuradas entre cuatro gorilas. No nos quedó otra que ir a averiguar hospedaje para pasar la noche y partir al alba.

            Hecho todo el visado, salimos de la oficina y agarramos la subida hacia la plaza principal. En una esquina nos interceptó un grupo de taxistas que empezó a pelearse por vendernos el hospedaje más alejado y caro posible. Al borde del tatetí, apareció por generación espontánea un clon del fan de Graciela Alfano y ganó la subasta con un hostel a cinco cuadras, diez dólares la habitación. Antes de irse, fijó la tarifa frente a los tacheros indicándonos que ellos no les van a cobrar más de un dólar, eh.

            Una vez instalados, sin la mochila de perdernos en el medio de la nada y la convicción de que la habíamos sacado barata, nos apuramos a buscar un lugar en donde recuperar todas las comidas que nos habíamos salteado desde el desayuno. Minutos más tarde, en (e)l Pollo Campero descubrimos que, contra todas las adversidades, incluso en el lugar más inhóspito del globo uno puede encontrar, como lo bautizamos, ese rincón de capitalismo, el paraíso a la vuelta de la esquina.



(Extracto de Diarios)

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