Esa mañana dejamos León con rumbo a Amapala, una diminuta
isla hondureña en el centro este del Golfo de Fonseca. Antes de dejar el
hostel, le pedimos a nuestro anfitrión que nos enviara una copia del manifiesto sandinista, partido en el que había militado de manera infiltrada desde los
once años. La foto de su carnet de afiliación daba fiel testimonio de que el
niño y el ahora joven de veinte años eran uno y el mismo. Mientras le
escribíamos nuestras direcciones de mail, él nos explicaba que para llegar a
nuestro destino teníamos que ir a la terminal y tomar el bus a Chinandega, de
ahí otro transporte a la costa y en-no-me-acuerdo-qué-pueblito, agarrar el
bote.
Antes
de dirigirnos a la estación, recorrimos el centro en busca de un banco para
cambiar los córdobas que nos quedaban, recogimos la ropa a dos cuadras del bar
en donde habíamos cenado la noche anterior, y aprovechamos para contemplar una
vez más la catedral en donde yace el cuerpo de Rubén Darío. Taxi, diez minutos,
y de golpe nos tuvimos que bajar para hacer el último tramo a pie por la calle
superpoblada de transeúntes, comerciantes y vendedores ambulantes que, entre el
olor nauseabundo, me hicieron revalorar un poco el folclórico canapé de polenta
de Once y Retiro.
Con
las narices tapadas, errábamos de un lado a otro siguiendo las instrucciones de
los puesteros que competían con los side-bondimen
para ver quién terminaba de erradicar al silencio que, quizás hiciera falta
aclararles, había perdido más vidas que todos los gatos de Rosario. Chinandega, Chinandega, al cartel se lo
llevaba el viento. Gastamos los últimos córdobas en el boleto y un agua grande.
Para
cuando partíamos, ya era mediodía y la señora que tenía parada al lado mío me
imploraba, pese a todas mis negativas, que tomara una siesta sobre sus
bombuchas a punto de reventarse. No hay otra forma de describir esa escena. Sólo
hace falta subirse a un chicken bus para experimentar el calor de las masas en
su plenitud, esa sensación de gota de agua evaporándose constantemente que se
prolongó por casi una hora.
Ya en
Chinandega, no hizo falta comunicarnos para saber que el paso a seguir era el
segundo taxi del día. Angie lo frenó y, regateo va regateo viene, arregló que
nos llevaría por veinte dólares, ni un centavo más. La primera parte del
trayecto se la pasó contándonos de un tal Martino, otro argentino que era técnico
del equipo de fútbol del pueblo y se la pasaba descansando a los locales por su
hambre de tenedor libre. Cada cinco minutos, a modo de anuncio comercial,
justificaba el caché de Messi por vestir la camiseta del Barcelona. Pero lo
peor de todo no era su fanatismo por La Pulga. Eso, con sus más de dieciocho
repeticiones contadas, no le pisaba los talones al otro elemento indispensable
del viaje. ¿A qué me refiero con esto, más precisamente? Al disco de música
cristiana que empezó a sonar desde el minuto veinticinco. De vertientes R&B
y aspiraciones a ser el siguiente Alan Parsons Project, Jesús nos deleitaba con
sus hazañas relatadas en rima AAAA, con pilas suficientes como para competir
codo a codo con El Salmón para ver
quién dejaba de sonar primero.
A
poco más de cinco kilómetros del desvío, nos pararon para revisar que no
estuviéramos transportando drogas o algún inmigrante ilegal en el baúl. Cuando
volvimos a arrancar, dios quiso que resucitara el silencio. Pero sólo hasta que
el pecado de compartir una tímida sonrisa entre nosotros nos sentenciara a
cuarenta minutos más de camino de ripio con un renovado Jesucristo Súper Ital Park.
A un costado de la ruta, entre las lomas se iban dibujando casas de adobe, rocinantes
famélicos y personas que parecían los habitantes del cuento de Juan Rulfo,
Luvina. En connivencia con el mar, un casino fantasmagórico se alimentaba de la
pobreza reinante.
Frenamos
frente a un puesto, un gendarme nos levantó la barrera manualmente luego de haberle
enseñado nuestros pasaportes, y doblamos a la derecha unos metros, hasta que un
milico se puso delante del auto con una K47 en mano. Decir que nos gritó sería
poco. En castellano, ¿qué mierda hacen,
no saben que esto es una zona militar? No puede haber civiles acá, salgan ya,
antes de que haya problemas, no es mi culpa que el de la puerta sea un idiota,
si quieren ir al puerto es para la izquierda. Subimos al auto sin chistar e
hicimos, sin exagerar, cuarenta metros en la dirección que nos había indicado. Un
galpón venido abajo, una oficinita en L y el golfo en el horizonte. Un tipo
sentado en una reposera nos dijo que hacía tiempo que no salían más barcos. Angie
me aclaró que ni en pedo se quedaba en ese pueblo de mala muerte, ni menos en
Chinandega. Cuando la escuchó, el viejo mandó a su ayudante a buscar a una
chica que, minutos más tarde, nos ofreció acercarnos a Amapala por la módica
suma de ciento cincuenta dólares per cápita. Prefiero Chinandega, la cortamos en seco.
Eran
las tres de la tarde, no habíamos almorzado y nos quedaba menos que una botellita
de quinientos de agua. El taxista se empezó a impacientar y pidió que le
pagáramospara irse. Sin otro contacto con el resto del mundo que su servicio, accedimos,
y ni bien Angie le extendió el billete dijo que eran veinte dólares por cada
uno. Discutimos unos minutos, protestando que a dónde habían quedado los
códigos, y saturados de su presencia acabó por robarnos esa tajada de más, el buen samaritano. No hace falta entrar en
detalle del diccionario de puteadas que le dedicamos. Nos encontrábamos contra la espada y la pared.
Cuando
ya nos estábamos por resignar, sentado en uno de los bancos del edificio en L
hallamos milagrosamente la recompensa de la estafa evangelista. Con su barba
treintañera, el alemán que vivía en Río nos aseguró que a eso de las cuatro
salía un barco pesquero con rumbo a La Unión. Él estaba esperando desde hacía
un día. No queríamos ir a El Salvador, pero cuando escuchamos la oferta de fugarnos
de la desolación por treinta y cinco dólares, no lo dudamos ni un segundo.
A eso
de las cinco zarpamos. Teníamos dos horas de saltos y salpicadas por delante. Para
nuestra suerte, el sol ya no estaba tan agresivo como unas horas atrás. Cansado
del día, empezó a declinar lentamente, regalándonos el más precioso atardecer
de nuestras vidas. La moneda se fue deslizando poco a poco en la ranura, hasta
pagar el precio de vivir ese momento, la noche. A medio camino divisamos
Amapala, pero ni el dinero ni mi deseo de enviarle la postal desde el lugar más
recóndito a mi hermano bastaron para desviar la entrega del pescado.
Ocho
y algo. Amarramos en un astillero de dudosa utilidad. Angie había estado
leyendo sobre el enclave fronterizo salvadoreño y quería alcanzar a toda costa
el último bondi a San Salvador. Tarde, como las autoridades aduaneras para
requisar el contenido de los cargamentos que bajaban a las apuradas entre cuatro
gorilas. No nos quedó otra que ir a averiguar hospedaje para pasar la noche y
partir al alba.
Hecho
todo el visado, salimos de la oficina y agarramos la subida hacia la plaza
principal. En una esquina nos interceptó un grupo de taxistas que empezó a pelearse por vendernos el hospedaje más alejado y caro posible. Al borde del tatetí,
apareció por generación espontánea un clon del fan de Graciela Alfano y ganó la
subasta con un hostel a cinco cuadras, diez dólares la habitación. Antes de irse,
fijó la tarifa frente a los tacheros indicándonos que ellos no les van a cobrar más de un dólar, eh.
Una
vez instalados, sin la mochila de perdernos en el medio de la nada y la
convicción de que la habíamos sacado barata, nos apuramos a buscar un lugar en
donde recuperar todas las comidas que nos habíamos salteado desde el desayuno. Minutos más tarde,
en (e)l Pollo Campero descubrimos que,
contra todas las adversidades, incluso en el lugar más inhóspito del globo uno
puede encontrar, como lo bautizamos, ese rincón
de capitalismo, el paraíso a la vuelta de la esquina.
(Extracto de Diarios)

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