105 Años de la primera expedición para
alcanzar el Polo Sur. Un semicírculo con una bandera flameando sobre una
carpa iluminada y unos esquís haciendo de espantapájaros alrededor. Con esa
imagen, el doodle que apareció hace cuatro días conmemoraba la expedición de
Roald Amundsen. Ni bien lo vi, me vinieron muchos recuerdos a la cabeza.
Papá
tenía la costumbre de preguntarnos por distintas cosas. Si estábamos caminando
por la 9 de Julio y divisaba al ceibo que se mece sobre la entrada de la Casa
de las Américas, había un deber de estar atento a responder por el nombre del
árbol. Lo mismo sucedía cuando uno se percataba del nido de un hornero, las flores
pisoteadas del jacarandá, los pequeños algodones de azúcar del palo borracho, o
quién estaba representado en un determinado monumento. Esa, más que ninguna
otra, era su manera de enseñarnos.
Una
de esas tantas inquisiciones paternales estuvo enfocada en un tema que, me
atrevo a afirmar, fue una de sus obsesiones: las expediciones al Polo Sur. En
este caso, luego de que le diera otra demostración de mi ignorancia, me llevó
hasta el living, sacó dos libros de la biblioteca y se sentó en el sillón
conmigo. Mientras corría las páginas y me mostraba algunas ilustraciones, me
contó que Amundsen, un noruego, había sido el primero en llegar al polo. Un mes
más tarde, su competidor en la empresa, Scott, sería el primer testigo de su
propia derrota. Así y todo, la expedición inglesa sería la que se mantendría en
la memoria popular en los años venideros, atento a su trágico final.
Las
causas son varias, aunque las que tengo más presentes en este momento se
remiten a peores condiciones climáticas en la segunda partida y al uso de ponies.
Sí, por más extraño que les haya sonado a mis amigos cuando hablamos del asunto,
se pueden observar fotos de equinos marchando por el continente antártico. Afortunadamente,
Google intercedió en esta disputa a mi favor contra las acusaciones de
mitomanía de siempre.
Hay
dos detalles que nunca voy a poder borrarme de la cabeza. Uno, es la heroica
decisión de un miembro de la expedición que, al percatarse del grave estado en
que se encontraba, abandonó la tienda en plena tormenta para no retrasar al
resto del equipo. I am just going outside
and may be some time. El otro, probablemente inverosímil, fue el hallazgo
del cuerpo de Scott ocho meses posterior a su muerte, inclinado todavía con la
pluma sobre su diario. La última entrada rezaba For God’s sake, look after our people.
Cuánto
hay de verdad en esas versiones que me relató mi viejo, realmente no importa. Prefiero
creerlas. Las historias fueron hechas para ser contadas y, en cuanto mejores sean,
es indistinto el método que se utilice para narrarlas. Como suelo alegar en mi
defensa, no hay mentiras, sólo exageraciones.
(Extracto de Diarios)

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