The title comes from the German concept of
the gläserner bürger, the human or citizen of glass. It’s actually a legal term
about the level of privacy the individual has in a state, and in health it’s
become a term about how much we know about a person’s body or biology or
history – if they’re completely made of glass we know everything. There’s an
increasing sense in this world that you have to make yourself a bit of glass.
To be willing to open up, use yourself as material, and not just if you’re an
artist or a musician.
Así nos introduce Agnes Obel a su tercer disco, Citizen of glass. Todavía no estaba
disponible para escucharlo cuando publicó este post en su sitio, y yo ya anotaba
en un recordatorio la fecha de lanzamiento. Hacía cosa de un mes la había
descubierto, y si bien mi aproximación a su música se inclinaba más a la de
alguien que sólo disfruta oyéndola y no analizándola (teniendo en cuenta mi
poco conocimiento del género clásico), este párrafo me cautivó a sumergirme en
su mundo subterráneo.
Digo
subterráneo porque su obra despunta con una caída, falling catching, una melodía efímera que se desliza hasta la
suspensión una y otra vez, más intensa con cada repetición, hasta dar con el
fondo del agujero del conejo. En su tierra, nos sentamos a escuchar la voz de
su río silencioso, ahora corriendo sobre las piedras que no pudieron detenerla.
Es que, en riverside, la cantante
danesa necesita valerse de las palabras para transparentar su relación con el
tiempo. Así empieza a fluir Philarmonics,
una obra que nos interpela a sentir la armonía, como lo reflejará en brother sparrow, su pequeña oda a un
ruiseñor. La claridad de just so y la
confusión del encierro que el piano dibuja en beast son cuestiones que luego resolverá en esa larga caminata al
final del día en avenue. Continúa con
el tema que da nombre al disco, de una altura lírica que promete todo tipo de
interpretaciones dentro de su hermetismo romántico, para desembocar en la
lección aprendida tras el traspié amoroso en close watch. Y entonces crecerá la distancia al sonar de wallflower, consecuencia de su
personalidad introvertida. El final está construido sobre las dos
últimas piezas, la melancólica over the
hill, en donde parece querer retroceder el reloj (let it be, let it go/let it fall, let it blow/let it be, let it go/let
it fall, we will know), pero consciente de los riesgos que acarrean los
juegos temporales una vez concluidos (go
back and forward/but all is melting like the snow/taking all from us/all we
thought was left to know). On
powdered ground: coda y moraleja, música y letra se funden en el cenit de
la fábula, don’t break your back on the
track, don’t break your back on the track…
Tres años demoraría en hacer público a su sucesor, Aventine, que como casi todo segundo
disco, parece nutrirse de viejo material, con mayor tecnicismo musical a costa
de la pasión inicial que alimentó el deseo de abrirse paso como sea en el Parnaso
de los artistas. No es que desmerezca el trabajo puesto y la necesidad de
reinventarse, sino que ésta parece ser la crónica de Alicia de vuelta del país
de las maravillas. El clima que atraviesa esta parte de la obra de Obel se
percibe en ese perfecto lied al
suspenso, fivefold, puente natural
entre su primera y su última obra (hasta hoy en día).
Octubre
de 2016 data la fecha en que la cantautora danesa dio a conocer finalmente su
naturaleza cristalina y nos regaló sus historias del otro lado del espejo. Ya
no más la hija de Debussy de raíces indie. Ahora, vestida de transparencia, las
vibraciones de su música se propagan en sonidos híbridos, hermafroditas. Agnes
Obel, la mujer de vidrio, resiste la presión sin resquebrajarse. La clave en la
que está escrita el final de la trilogía se construye en ese contraste entre la
luz y la oscuridad que invade su cuerpo y mente, por momentos accesible, especular;
cuando menos, infranqueable, rebotando en la habitación como el reflejo de que
ya no somos uno, sino la voz de la humanidad pidiendo a gritos un poco de privacidad.
Si
bien comencé hablando de dejarme llevar por la música sin analizarla, lo hasta
acá escrito demuestra mi incapacidad de contenerme de traducir su lenguaje en
palabras. No puedo evitarlo. La música
me interpela a retransmitir, transformar sonido en imagen. Si escucho un
instrumental, la película se proyecta en mi cabeza plano a plano, sin que yo
pueda parar su reproducción. Me inquieta la idea de poder fijar la escena que
se repite una y otra vez en mi cabeza.
Pongo
play y fivefold vuelve a sonar. Los
dedos martillan suavemente las teclas, y una especie de pintura post-impresionista
muestra unos pies negros en puntas de pie marchando sobre un piso de madera,
como corcheas en contrasentido sobre un pentagrama en el aire.
Para AVM, que me llevó a descubrirla
(Extracto de Diarios)

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