Tuesday, November 29, 2016

PIES DE ÉBANO






            The title comes from the German concept of the gläserner bürger, the human or citizen of glass. It’s actually a legal term about the level of privacy the individual has in a state, and in health it’s become a term about how much we know about a person’s body or biology or history – if they’re completely made of glass we know everything. There’s an increasing sense in this world that you have to make yourself a bit of glass. To be willing to open up, use yourself as material, and not just if you’re an artist or a musician.

            Así nos introduce Agnes Obel a su tercer disco, Citizen of glass. Todavía no estaba disponible para escucharlo cuando publicó este post en su sitio, y yo ya anotaba en un recordatorio la fecha de lanzamiento. Hacía cosa de un mes la había descubierto, y si bien mi aproximación a su música se inclinaba más a la de alguien que sólo disfruta oyéndola y no analizándola (teniendo en cuenta mi poco conocimiento del género clásico), este párrafo me cautivó a sumergirme en su mundo subterráneo.

            Digo subterráneo porque su obra despunta con una caída, falling catching, una melodía efímera que se desliza hasta la suspensión una y otra vez, más intensa con cada repetición, hasta dar con el fondo del agujero del conejo. En su tierra, nos sentamos a escuchar la voz de su río silencioso, ahora corriendo sobre las piedras que no pudieron detenerla. Es que, en riverside, la cantante danesa necesita valerse de las palabras para transparentar su relación con el tiempo. Así empieza a fluir Philarmonics, una obra que nos interpela a sentir la armonía, como lo reflejará en brother sparrow, su pequeña oda a un ruiseñor. La claridad de just so y la confusión del encierro que el piano dibuja en beast son cuestiones que luego resolverá en esa larga caminata al final del día en avenue. Continúa con el tema que da nombre al disco, de una altura lírica que promete todo tipo de interpretaciones dentro de su hermetismo romántico, para desembocar en la lección aprendida tras el traspié amoroso en close watch. Y entonces crecerá la distancia al sonar de wallflower, consecuencia de su personalidad introvertida. El final está construido sobre las dos últimas piezas, la melancólica over the hill, en donde parece querer retroceder el reloj (let it be, let it go/let it fall, let it blow/let it be, let it go/let it fall, we will know), pero consciente de los riesgos que acarrean los juegos temporales una vez concluidos (go back and forward/but all is melting like the snow/taking all from us/all we thought was left to know). On powdered ground: coda y moraleja, música y letra se funden en el cenit de la fábula, don’t break your back on the track, don’t break your back on the track

            Tres años demoraría en hacer público a su sucesor, Aventine, que como casi todo segundo disco, parece nutrirse de viejo material, con mayor tecnicismo musical a costa de la pasión inicial que alimentó el deseo de abrirse paso como sea en el Parnaso de los artistas. No es que desmerezca el trabajo puesto y la necesidad de reinventarse, sino que ésta parece ser la crónica de Alicia de vuelta del país de las maravillas. El clima que atraviesa esta parte de la obra de Obel se percibe en ese perfecto lied al suspenso, fivefold, puente natural entre su primera y su última obra (hasta hoy en día).

            Octubre de 2016 data la fecha en que la cantautora danesa dio a conocer finalmente su naturaleza cristalina y nos regaló sus historias del otro lado del espejo. Ya no más la hija de Debussy de raíces indie. Ahora, vestida de transparencia, las vibraciones de su música se propagan en sonidos híbridos, hermafroditas. Agnes Obel, la mujer de vidrio, resiste la presión sin resquebrajarse. La clave en la que está escrita el final de la trilogía se construye en ese contraste entre la luz y la oscuridad que invade su cuerpo y mente, por momentos accesible, especular; cuando menos, infranqueable, rebotando en la habitación como el reflejo de que ya no somos uno, sino la voz de la humanidad pidiendo a gritos un poco de privacidad.

            Si bien comencé hablando de dejarme llevar por la música sin analizarla, lo hasta acá escrito demuestra mi incapacidad de contenerme de traducir su lenguaje en palabras.  No puedo evitarlo. La música me interpela a retransmitir, transformar sonido en imagen. Si escucho un instrumental, la película se proyecta en mi cabeza plano a plano, sin que yo pueda parar su reproducción. Me inquieta la idea de poder fijar la escena que se repite una y otra vez en mi cabeza.

            Pongo play y fivefold vuelve a sonar. Los dedos martillan suavemente las teclas, y una especie de pintura post-impresionista muestra unos pies negros en puntas de pie marchando sobre un piso de madera, como corcheas en contrasentido sobre un pentagrama en el aire.           



Para AVM, que me llevó a descubrirla


(Extracto de Diarios)

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