Wednesday, November 9, 2016

T.E. IN THE SAHARA






The pleasure of believing all we see
Is boundless, as we wish our souls to be


            Un accidente. El cuento que Sherazade se aburrió de contar. Eso es lo que me repito cada vez que leo su nombre escrito en algún lugar.  

            Primero, no fue más que otro libro en las estanterías de mi abuelo. Uno de los tantos que contemplé entre ignorancia y perplejidad. No sería hasta pasados unos años que él, vistiendo la piel de Peter O’ Toole, volvería a encontrarme.

            Cuatro horas ininterrumpidas bastaron para fijar el tatuaje de otra obsesión.

            Si fue mito o verdad, parece ser el enigma que la prensa se ocupó de instalar. Sin embargo, las palabras enmudecen con la fotografía; en la mirada despierta del profeta beduino se podían adivinar los sueños que no necesitan nutrirse de fantasías para volverse realidad.

            ¿Cuál de todas sus facetas habría de admirar? ¿La del arqueólogo? ¿La del espía? ¿La del hombre de letras? ¿La del guerrero, la del asceta, o la de un alma que busca incansablemente consuelo frente a lo inabarcable de la eternidad?

            ¿Cómo juzgar a un hombre que no era del todo consciente de su condición de Dios? Un Dios que, como tantos otros, renunció a su propia inmortalidad, sin percatarse de que así se perpetraba su misterio en la memoria de los demás.

            No, él no deseaba la fama ni los lujos. Perseguía algo inasible, algo imposible de llenar. Ansiaba vaciar su espíritu en silenciosa procesión, infundir finales que nunca dejarían de volver a comenzar.

            No, él no resucitó. Pero su cuerpo, nunca mejor dotado para la intensidad, fue huésped de varias generaciones, antes de que la velocidad de las cosas traspasara la fragilidad de lo que nunca será. Amo y esclavo, el contraste fue su crucifixión.

            Y a pesar de todo ello, todavía puedo verlo

            Un jinete blanco que avanza con su daga dorada abriendo el cielo como un mar rojo que, al derramarse hacia la tierra, mancilla el fruto prohibido: Damasco, el fin del éxodo árabe

            Y cuando el sol se esconde bajo las jorobas del camello, mientras ensaya sepulturas entre los cuerpos muertos, envidiando la suerte de aquellos que ya no cargan con el peso de la existencia, las ruedas del destino nublan su visión, y de alguna manera intuye

            Que su dios es el silencio
            Su voz, el desierto
            Y que su cuerpo, revestido de porcelana
            Se va llenando de arena, lentamente
            Hasta colmar su noche boca arriba
            Para que pueda así, beber al fin, su té en el Sahara.  




(Extracto de Diarios)



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