The pleasure of believing all we see
Is boundless, as we wish our souls to be
Un accidente. El cuento que
Sherazade se aburrió de contar.
Eso es lo que me repito cada vez que leo su nombre escrito en algún lugar.
Primero,
no fue más que otro libro en las estanterías de mi abuelo. Uno de los tantos
que contemplé entre ignorancia y perplejidad. No sería hasta pasados unos años
que él, vistiendo la piel de Peter O’ Toole, volvería a encontrarme.
Cuatro
horas ininterrumpidas bastaron para fijar el tatuaje de otra obsesión.
Si
fue mito o verdad, parece ser el enigma que la prensa se ocupó de instalar. Sin
embargo, las palabras enmudecen con la fotografía; en la mirada despierta del
profeta beduino se podían adivinar los sueños que no necesitan nutrirse de
fantasías para volverse realidad.
¿Cuál
de todas sus facetas habría de admirar? ¿La del arqueólogo? ¿La del espía? ¿La
del hombre de letras? ¿La del guerrero, la del asceta, o la de un alma que busca
incansablemente consuelo frente a lo inabarcable de la eternidad?
¿Cómo
juzgar a un hombre que no era del todo consciente de su condición de Dios? Un
Dios que, como tantos otros, renunció a su propia inmortalidad, sin percatarse
de que así se perpetraba su misterio en la memoria de los demás.
No,
él no deseaba la fama ni los lujos. Perseguía algo inasible, algo imposible de
llenar. Ansiaba vaciar su espíritu en silenciosa procesión, infundir finales
que nunca dejarían de volver a comenzar.
No,
él no resucitó. Pero su cuerpo, nunca mejor dotado para la intensidad, fue huésped
de varias generaciones, antes de que la velocidad de las cosas traspasara la
fragilidad de lo que nunca será. Amo y esclavo, el contraste fue su
crucifixión.
Y a
pesar de todo ello, todavía puedo verlo
Un jinete
blanco que avanza con su daga dorada abriendo el cielo como un mar rojo que, al
derramarse hacia la tierra, mancilla el fruto prohibido: Damasco, el fin del
éxodo árabe
Y cuando
el sol se esconde bajo las jorobas del camello, mientras ensaya sepulturas entre
los cuerpos muertos, envidiando la suerte de aquellos que ya no cargan con el
peso de la existencia, las ruedas del destino nublan su visión, y de alguna
manera intuye
Que
su dios es el silencio
Su
voz, el desierto
Y que
su cuerpo, revestido de porcelana
Se va
llenando de arena, lentamente
Hasta
colmar su noche boca arriba
Para
que pueda así, beber al fin, su té en el Sahara.
(Extracto de Diarios)

No comments:
Post a Comment