Le retiraron las ataduras de las manos, la
hora no podía aplazarse más. Se levantó de la silla y con el semblante rígido
todavía, enfrentó al estrado. Le dijeron que era su turno, sus últimas
palabras. El silencio hacía las veces de traductor entre unos y el otro. Soltó
los puños cerrados, dejándolos caer con cierta resignación.
Nacemos
condenados. Desde el primer día que pisamos esta tierra, sentimos el peso de la
realidad sobre nosotros. Atlas murió y alguien debe cumplir con su tarea de
sostener al mundo. ¿Y quién mejor que sus apropiadores? Sí, estamos condenados,
no hay ninguna duda. Condenados a elegir una vida, habiendo tantas otras
posibles. Condenados a formar parte de una familia, o lo que uno entienda por
ello; destinados a esa cinta de montaje en la que tratan de darnos la misma
forma a todos, inculcándonos que las cosas son
y no parecen. Frágil certeza que se
derrumbará con la juventud. Y el problema recién acaba de comenzar. Uno no lo
sabe hasta que los observa, corriendo sobre sus ruedas de metal que giran y
giran y giran sin parar. Pobre demente el que no sepa que lo único que está
haciendo es vender ese bien tan escaso,
irrecuperable: el tiempo. ¿Hay algún mal en ser consciente de que, no importa
lo que hagamos, tarde o temprano nos encontrarán un lugar en esa gran máquina
que jamás descansa? Un engranaje, ese es todo el futuro al que podemos aspirar.
Y sin que nos hayamos dado cuenta, nuestra sombra nos sigue a todos lados,
siempre atrás, nos pisa los talones en esa escalera en forma de caracol, y al
llegar arriba comprendemos que no hay espacio para los dos en aquel techo negro, y nos confundimos en el camuflaje de un campo minado de túneles resplandecientes. Ahí, solos, al desamparo de
nuestros seres queridos, veremos la cinta correr otra vez más, pero esta vez no
como actores, sino como espectadores. Y todo el crédito que obtendremos como
respuesta, será tener que pagar la única y verdadera condena de todas: haber
llevado una vida como la de todos los demás, ignorando nuestra esencia de
ceniza siempre consumida por el fuego de la humanidad. Eso, señores, eso no es
vida. Y nadie puede culparme por atreverme a pensar antes de actuar. Porque esa
es la materia del hombre, el precio de la vida: la eterna confirmación de
nuestra propia ignorancia. Todos buscan la luz. Y más aún, los árboles
torcidos.
Volvió
a tomar asiento. Su destino, con los grilletes puestos otra vez, volvía a estar
en manos de los demás. Una hora más tarde, su intuición confirmaría el
veredicto final. Debería cumplir la pena máxima, la perpetua libertad.
(Extracto de Diarios)

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