Remember when you were small
How people seemed so tall
Antes
de irme a dormir, tenía la costumbre de pedirle a mi madre que me contara historias.
No me importaba que repitiera alguna. Es más, a veces quería escuchar historias
que ya conocía, especialmente las de índole fantástica. Creía que, de alguna
forma, en la repetición iba a revelar el misterio del relato; tenía la extraña
idea de que a mi mamá se le iba a escapar esa verdad oculta, aparentemente
inexplicable.
Ella
tenía dos tipos de fábulas: las que eran para divertirnos y asombrarnos
(netamente autobiográficas, como las de los barcos fantasmas y tormentas que
asolaban la costa marplatense), y otras que le valieron un parentesco con los
hermanos Grimm en la posteridad. Sí, mi vieja sufría algún tipo de trastorno
respecto de los accidentes y me quería prevenir de todo: que si hay una
tormenta eléctrica no agarres nada de metal, tirá el reloj y ponete en posición
horizontal, nunca debajo de un árbol; si se para el ascensor ni se te ocurra
saltar porque va a arrancar y te va a partir a la mitad, y si no te va a hacer
efecto vacío igual y con eso no se jode; si te cortás con algo oxidado avisame
porque te puede agarrar no-me-acuerdo-qué y te van a tener que dar la
antitetánica; ni se te ocurra usar pirotecnia porque siempre algún familiar
termina herido, y tampoco te olvides de que es mejor no salir en año nuevo
porque te puede atravesar una bala perdida, etcétera, etcétera, etcétera. Y
como si eso fuese poco, para todo tenía algún ejemplo: un chico que le cayó un
rayo por agarrar una sombrilla en las playas de Brasil, su hermano que se voló
los dientes tirándose con la bici por un barranco, algún tipo de la facultad
que se cayó por el ascensor... en fin, mi vieja era ilustrativa, bien gráfica,
y eso era algo esperable, teniendo en cuenta su ascendencia alemana; estaba en
los genes, y por lo que me contó mi viejo, ella contaba historias igual que su
padre, que no era sino otro paranoico.
En el
otro extremo está mi padre, que fue quien me inspiró a leer. Todavía retengo el
recuerdo perfecto (y cuando digo esto es porque lo veo como en una de esas
filmaciones caseras que tenemos de nuestra infancia) de estar acostado en mi
cama con mi papá sentado en el borde leyéndome El Gato con Botas que me había comprado en Manucho, a la vuelta de
casa. Era un librito de tapa dura, ilustrado, que no sé adónde fue a parar. Lo
único que me queda de él son los vestigios de la memoria. Papá, cuando estaba
en casa (a veces se iba por trabajo durante una semana y yo lo perseguía hasta
el ascensor llorando y rogándole que me llevara con él, que no me dejara otra
vez) se tomaba el tiempo de leernos lo que nosotros le pidiéramos. No era de
contar tantas historias, ahora que lo pienso, y generalmente trataban de cómo
hacía quilombo en el colegio y ese tipo de cosas, actitudes que me inculcaba
para después reprocharme al momento de llevarlas a la práctica pensando (aunque
de manera lógica, erróneamente) que estaban justificadas por su
precedente.
No
creo equivocarme si digo que por aquel entonces descubrí el poder de la
imaginación. Aunque no estaba tan desarrollada como ahora, entendí de alguna
manera que la imaginación me permitía hacer cosas que en la realidad me
resultaban imposibles. Si podía pensarlo, entonces existía de alguna forma, era
algo real. El problema era que no sabía expresar mis ideas más allá de las
pocas palabras que conocía, no había canales para llevar las naves a puerto.
La
solución no se demoró mucho en llegar, y vino de la mano de mi hermano mayor.
Él se ocupó de enseñarme a leer y escribir (como en toda familia numerosa, el
primero que aprende transmite el conocimiento al que le sigue, aunque en
nuestro caso todos le debemos eso a él). Su método consistía en sentarme todas
las mañanas durante dos horas a leer los países y capitales de una enciclopedia
Larousse cuya tapa, si mal no recuerdo, era de color celeste, plastificada.
Todavía no sé por qué razón cósmica adiviné
la capital de Canadá sin haberla leído previamente. Recuerdo estar revolcándome
por el piso sin ganas de seguir con la clase y balbucear los primeros fonemas
que se me vinieron a la mente, O-tta-wa.
Mi hermano me miró perplejo y dijo, ¿sí,
cómo sabías? Le contesté que era
adivino y emulé con las manos falsos movimientos sobre una bola de cristal
imaginaria. No me pareció algo fuera de lo normal en ese momento, sentía que
así era el curso de las cosas.
Cuatro
años más tarde escribía mi primer cuento original y se lo mostraba a mi mamá. Era
una historia de dos páginas sobre una persona que, sin ningún tipo de
explicación, se desvanecía del mundo real. Ella lo leyó, aunque no tenía muchas
ganas (le insistí durante media hora lo suficiente como para captar toda su
atención). Mi primera crítica la escuché de su boca, en referencia al título, esa palabra no existe. Muerto de
vergüenza, agarré el papel y me dediqué a borrar la evidencia. El destino de mi
primera obra, ahora comprendo, había estaba determinado desde un principio por
su (inexistente) nombre: un desaparicionamiento.
(Extracto de Diarios)

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