I shall never get you put together entirely
SYLVIA PLATH, The Colossus
De chico quise ser muchas cosas: geógrafo (como mi
abuelo), astronauta (¿quién nunca soñó con eso, o quiso tener un padre que lo
fuera? – D.A., literalmente, Después de
Armstrong), jugador de fútbol (para jugar en River, claramente), arquitecto
(para construir el rascacielos más grande del mundo, teniendo en cuenta el
precedente de César Pelli con las Petronas), dibujante (para recrear los mundos
imaginarios que me mostraba mi viejo Grundig), pianista (porque según Luján –
que me cuidaba de chico – si yo me sentaba a practicar iba a poder tocar mejor
que Elton John y Fito Páez en sus videos de Can
you feel the love tonight y Mariposa
Technicolor, respectivamente) y otras tantas cosas que ya ni recuerdo. De
todas las cosas que acabo de mencionar, ninguna se volvió realidad (hasta
ahora, por lo menos, porque no pierdo la esperanza infantil de ser astronauta
algún día). Ahora voy a hacerles un resumen de lo que pasó con mis sueños de la
infancia: el geógrafo no tiene ya el mismo tipo de aventura bucólica que
suponía su trabajo de antaño (las imágenes satelitales se encargaron de eso, y
yo me siento como Keats cuando escribió en una carta a un amigo que el
descubrimiento del prisma, a pesar de ser un gran avance para la humanidad,
desmitificaba la fantasía poética del arcoíris); al astronauta ya hice
referencia, pero quisiera agregar que Neil Armstrong es un fraude y eso es algo
que no sé si mi niño interior pueda superar. Si tengo que hablar del jugador de
fútbol, prefiero aplicar mi derecho a guardar silencio. En cuanto al arquitecto
y dibujante, mi punto de inflexión lo alcancé a los once años y nunca pude
superar esa capacidad de trazo, y creo que con eso basta. Dejé para el final al
pianista porque, sinceramente, creo que me salteé esa parte de si te sentás a practicar: la primera vez
que lo hice fue a los veintiún años, así que todavía estoy en carrera para
superar a Spinetta como pianista, al menos.
Sin
embargo, existe una futura profesión de la infancia que omití
anteriormente, a la que me he dedicado asiduamente desde una muy temprana edad;
me refiero a la labor del escultor. Todos saben muy bien en qué consiste su
actividad: hacer esculturas. La pregunta es ¿qué es una escultura? Según la
RAE, es el Arte de modelar, tallar o
esculpir en barro, piedra, madera, etc. (cualquier material, digamos), figuras de bulto. Si por eso se
entiende escultura, entonces yo no me
podría considerar un escultor. Otra acepción dice Obra hecha por el escultor. En ese caso, si yo me considerase apriori
un escultor, entonces cualquier obra que hiciese sería una escultura. Y así lo
siento yo: desde que nací tengo la sensación de que soy un gran bloque que
espera ser estatua. La escultura es una actividad artística, y toda actividad
artística es algo que siempre se está haciendo. Uno es el creador y la obra al
mismo tiempo. El tiempo, el viento y las vivencias nos van tallando poco a
poco, nos van dando forma. A veces me separo de mí mismo y me contemplo como
una pieza de museo, y creo ver con mis propios ojos una estatua mía perfecta,
pulcra. Sólo cuando empiezo a acercarme a ella y la observo desde distintos
ángulos puedo divisar las grietas y poros que brotan como vestigios de una
pasada primavera interior. Y como todo perfeccionista que descubre un detalle
hosco, me transformo en mi enemigo, me precipito en forma de iconoclasta
fanático y derribo violentamente lo que alguna vez erigí en monumento, hasta
que sólo quedan ruinas. Una vez consumada la destrucción, cuando ya nada se
puede rescatar del naufragio, me siento sobre mis escombros y derramo algunas
lágrimas. Entonces levanto una piedra y la contemplo por un largo rato, hasta
que pueda ver en ella algo que sea más que una simple piedra. Y cuando eso
ocurre, comprendo al fin que soy el escultor y la piedra también, y que mis
ojos aún nos siguen tallando.
(Extracto de Diarios)

No comments:
Post a Comment