Asimetría.
Afuera todo. Afuera del
mundo. Todo en esta habitación, en este pensamiento que se fragmenta como un
leproso. Hay que arder, y sólo arder: quemar las barcas, incinerar la madera
que flota en el océano, y que dios la vea desde las alturas, como la única y
más perfecta perla que se haya visto, perdida en el eterno cosmos. Te veo,
abriéndote paso por la cerradura, ese ojo infinito que atrapa con una sola
mirada la totalidad del universo. Y todo se funde en oscuridad, pero yo sigo
ahí. Me alejo de mi cuerpo por unos instantes, quiero tener otra perspectiva,
quiero tener una vista panorámica de mi ser. Observo desde los 360 ángulos que
nos permitieron conocer, y me doy cuenta de que ya no soy yo, que ese hombre, a
quien podría describir como una aguja, es otro. Ya no me mira, ni
siquiera. Me da la espalda por miedo, vergüenza u odio, simplemente. Ni él ni
yo sabemos quién nos abandonó primero. Tampoco nos importa ya, es sólo una
excusa, un pretexto, una razón de ser. Hay un silencio que nos une, un secreto
que nos hace cómplices y no nos permite morir: él quiere ser yo, pero yo no
quiero ser él. Yo lo amo, él me desprecia. Y a pesar de eso, yo no desespero,
sé que no puede escapar de mí, y que aunque no lo quiera y haga todo lo posible
por evitarlo, vamos a estar unidos por el resto de la eternidad. Y sin embargo,
quiero que sepas, no podría nunca dejar de odiarte. Uno.
(Unas horas más tarde)
En esta zona no existe
el qué ni el cuándo. Ni siquiera el dónde. Al lado de nuestra realidad corre,
paso a paso, otra paralela en donde todos los principios que conocemos son
incoherencias. No me pidan que la defina, porque en nuestras palabras sólo abarcaría
la inexactitud, la aberración o la más estrepitosa confusión. Pero recuerden
esto: en algún punto, las rectas paralelas van a chocarse, o cortarse, mejor dicho, y de ese caos
nacerá un nuevo orden.
A veces las cuestiones
más triviales son abismos tan profundos como el amor. Uno no puede explicarlas,
tan sólo puede limitarse a sentirlas, experimentarlas. Hume.
Voy a dejar la falsa
metafísica porque siento que me estoy volviendo un alquimista del pensamiento.
Quiero captar alguna imagen aislada en mi cabeza, y ahí se va perfilando un
entramado púrpura, como un mar que devora la lejanía hasta no dejar ni un
rastro de ella. Me acerco un poco, como si hiciese zoom (zoomear podría ser
un buen neologismo), y veo un desierto; la arena baila caprichosamente al compás
del viento, y contemplo cómo muerde las ruinas de una ciudad perdida en el
tiempo. Inexplicablemente, una cascada se precipita sobre ese páramo muerto, y
yo asciendo, quiero entender de dónde nace ese misterio, y ahí lo veo: un
hombre alado, de piel morena y cara macilenta derrama sus penas. Me mira con
sus ojos traslúcidos, y lo comprendo. No hay nada que preguntarle. Es así, no
tengo derecho a interrumpirlo. Tengo que esconderme de él, tengo que irme lejos
de allí. Pero ya es muy tarde, no hay lugar a donde escapar: ni las lágrimas de
la humanidad podrán hacer florecer mi desierto.
Y esta flor es tan
bella y frágil como marchita.
(Extracto de Diarios)

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