Sunday, April 6, 2014

WORKIN' PROGRESS


JAMES JOYCE, 1904




riverrun, past Eve and Adam’s, from swerve of shore to bend of bay, bring us by a commodius vicus of recirculation back to Howth Castle and Environs


            Tarde lluviosa en la Buenos Aires de otoño. Entramos a la sala de cine a eso de las cuatro y media, justo sobre la hora. Me entero de que van a proyectar otras dos películas más, aparte de la que habíamos tenido en mente. La primera era sobre un negro enano vestido de nazi que se llamaba Hitler, hilarante por la patética ironía con la que se lo retrataba y el final que, para mí, tuvo un sabor a Hawthorne: inimaginablemente absurdo. La siguiente consistió en un mediometraje del cine brasileño, una historia que intentaba ilustrar la banalidad de la sociedad carioca entrelazando dos situaciones que parecían construir un puente del pasado mágico hacia un presente desahuciado del país, como lo introdujo su director presente aquel día en la sala. Finalmente le llegó el turno a la película que esperábamos, The Joycean Society. Ambientada en la ciudad de Zurich, un grupo de lectura se dedica mirmidónicamente a traducir los neo-jeroglíficos concebidos en la última obra del escritor irlandés, trabajo que le demandó diecisiete años de su vida para aparecer finalmente bajo el nombre de Finnegans Wake. Considerado uno de los libros de mayor dificultad de lectura, si tuviese que encontrar una palabra para describirlo, me vería obligado a estrenar un término que hasta hoy en día nunca había utilizado: galimatías, del griego según Mateo, referido al lenguaje oscuro, casi incomprensible de la genealogía de Cristo en el Evangelio del apóstol mencionado.


            Con un metraje que linda la hora de filmación, no creo que pueda encasillarse al film de Dora García con el rótulo de documental. La impresión que genera es, más bien, la de un testimonio del día a día, algo que ocurre simultáneamente; mientras uno lo observa, en el otro hemisferio la historia continúa constante, cíclicamente. Los fieles joyceanos, abocados a su tarea mística por casi tres décadas, se reúnen en una habitación a desentrañar página por página, palabra por palabra, los laberintos oníricos construidos por el eterno exiliado. Mientras tanto, los planos de la cámara se dejan estar y no se enfocan en la persona que está hablando, parecen seguir el mismo método que el libro (que es otro de los personajes de la novela, si es que puede catalogársela como tal), desviándose hacia otros lugares en tanto las palabras fluyen y el diálogo hace avanzar la acción, superponiéndose así la imagen y el sonido disociadamente, o mejor dicho, coagulándose bajo una libre asociación de estilo freudiano. El protagonista, como afirma Borges en una entrevista, es el lenguaje, la música verbal, y no los personajes del libro, ni menos los de la película. Es un juego sin fin en donde todos interpretan alguno de los setenta significados posibles que el autor intentó asignarle a cada palabra, concepto que se revela en una escena que derivó de la lectura de una introducción del Corán traducido. El objetivo es desgastar (exhaust) el lenguaje hasta el paroxismo de su propia esencia. La mayor parte de la novela, en contraposición con la lucidez diurna que le atribuyeron sus más acérrimos defensores en Ulysses, transcurre durante la noche, hecho que destacó el mismo Joyce frente a los críticos que, al no comprender la obra, la adscribieron dentro del género de lo incomprensible o sin-sentido (nonsense). El viejo artista adolescente intentaba reconstruir la experiencia nocturna, recrear con técnicas revolucionarias la intensidad del sueño jamás dejando al azar su edificación cuasi-gaudiesca de la estética. En sus palabras, I can justify every line of my book. Y en gran medida, esta declaración se encuentra sólidamente respaldada por la sociedad joyceana, grupo de personas que halla en el libro una justificación para continuar con sus vidas intentando descifrar día a día el enigma de una inagotable ópera wagneriana verbal que, desde un principio, nace confinada a una oración fragmentada que se completará con la absurda vanidad final de un espejo a reflejarse a sí misma, haciéndonos comprender que la vida es nada más que un ciclo y que, como dijo uno de sus contemporáneos, en nuestro comienzo está nuestro fin (y viceversa). 

            La adicción joyceana no es otra cosa que una forma de hacer terapia, nos confiesa uno de los integrantes de su religión, a propósito de su razón para creer en el arte de la lectura. Finnegans Wake y Joyce mismo son una droga más sana que otras; cuando se descubre algo hay furor, éxtasis, exaltación, pero también hay un amplio margen para los altibajos del sosiego condenado al hermetismo. Sólo queda proseguir con la lectura, traducir los arcanos, desentrañar lo indescifrable. Joyce consideraba que la única manera de concebir una obra monumental era dedicando su vida entera a eso, por lo que seguramente esperaba lo mismo de aquellos que buscaran comprenderla: el trabajo está en progreso. 

a way a lone a last a loved a long the


(Extracto de Diarios)

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