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| JAMES JOYCE, 1904 |
riverrun, past Eve and Adam’s, from swerve
of shore to bend of bay, bring us by a commodius vicus of recirculation back
to Howth Castle and Environs
Tarde lluviosa en la Buenos Aires de otoño. Entramos a
la sala de cine a eso de las cuatro y media, justo sobre la hora. Me entero de
que van a proyectar otras dos películas más, aparte de la que habíamos tenido en
mente. La primera era sobre un negro enano vestido de nazi que se llamaba
Hitler, hilarante por la patética ironía con la que se lo retrataba y el final
que, para mí, tuvo un sabor a Hawthorne: inimaginablemente absurdo. La
siguiente consistió en un mediometraje del cine brasileño, una historia que
intentaba ilustrar la banalidad de la sociedad carioca entrelazando dos
situaciones que parecían construir un puente del pasado mágico hacia un
presente desahuciado del país, como lo introdujo su director presente aquel día
en la sala. Finalmente le llegó el turno a la película que esperábamos, The Joycean Society. Ambientada en la
ciudad de Zurich, un grupo de lectura se dedica mirmidónicamente a traducir los neo-jeroglíficos concebidos en la
última obra del escritor irlandés, trabajo que le demandó diecisiete años de su
vida para aparecer finalmente bajo el nombre de Finnegans Wake. Considerado uno de los libros de mayor dificultad
de lectura, si tuviese que encontrar una palabra para describirlo, me vería
obligado a estrenar un término que hasta hoy en día nunca había utilizado: galimatías, del griego según Mateo, referido al lenguaje oscuro,
casi incomprensible de la genealogía de Cristo en el Evangelio del apóstol mencionado.
Con un
metraje que linda la hora de filmación, no creo que pueda encasillarse al film de Dora García con el rótulo de documental. La impresión que genera es, más bien, la de un
testimonio del día a día, algo que ocurre simultáneamente; mientras uno lo
observa, en el otro hemisferio la historia continúa constante, cíclicamente.
Los fieles joyceanos, abocados a su
tarea mística por casi tres décadas, se reúnen en una habitación a desentrañar
página por página, palabra por palabra, los laberintos oníricos construidos por
el eterno exiliado. Mientras tanto, los planos de la cámara se dejan estar y no
se enfocan en la persona que está hablando, parecen seguir el mismo método que
el libro (que es otro de los personajes de la novela, si es que puede
catalogársela como tal), desviándose hacia otros lugares en tanto las palabras
fluyen y el diálogo hace avanzar la acción, superponiéndose así la imagen y el
sonido disociadamente, o mejor dicho,
coagulándose bajo una libre asociación de estilo freudiano. El protagonista,
como afirma Borges en una entrevista, es el lenguaje, la música verbal, y no
los personajes del libro, ni menos los de la película. Es un juego sin fin en
donde todos interpretan alguno de los setenta significados posibles que el
autor intentó asignarle a cada palabra, concepto que se revela en una escena
que derivó de la lectura de una introducción del Corán traducido. El objetivo
es desgastar (exhaust) el lenguaje
hasta el paroxismo de su propia esencia. La mayor parte de la novela, en
contraposición con la lucidez diurna que le atribuyeron sus más acérrimos
defensores en Ulysses, transcurre
durante la noche, hecho que destacó el mismo Joyce frente a los críticos que,
al no comprender la obra, la adscribieron dentro del género de lo
incomprensible o sin-sentido (nonsense).
El viejo artista adolescente
intentaba reconstruir la experiencia nocturna, recrear con técnicas
revolucionarias la intensidad del sueño jamás dejando al azar su edificación
cuasi-gaudiesca de la estética. En sus
palabras, I can justify every line of my
book. Y en gran medida, esta
declaración se encuentra sólidamente respaldada por la sociedad joyceana, grupo de personas que halla en el libro una justificación para
continuar con sus vidas intentando descifrar día a día el enigma de una
inagotable ópera wagneriana verbal que, desde un principio, nace confinada a
una oración fragmentada que se completará con la absurda vanidad final de un
espejo a reflejarse a sí misma, haciéndonos comprender que la vida es nada
más que un ciclo y que, como dijo uno de sus contemporáneos, en nuestro
comienzo está nuestro fin (y viceversa).
La adicción joyceana no es otra cosa que una forma de hacer terapia, nos confiesa uno de los integrantes de su religión, a propósito de su razón para creer en el arte de la lectura. Finnegans Wake y Joyce mismo son una droga más sana que otras; cuando se descubre algo hay furor, éxtasis, exaltación, pero también hay un amplio margen para los altibajos del sosiego condenado al hermetismo. Sólo queda proseguir con la lectura, traducir los arcanos, desentrañar lo indescifrable. Joyce consideraba que la única manera de concebir una obra monumental era dedicando su vida entera a eso, por lo que seguramente esperaba lo mismo de aquellos que buscaran comprenderla: el trabajo está en progreso.
La adicción joyceana no es otra cosa que una forma de hacer terapia, nos confiesa uno de los integrantes de su religión, a propósito de su razón para creer en el arte de la lectura. Finnegans Wake y Joyce mismo son una droga más sana que otras; cuando se descubre algo hay furor, éxtasis, exaltación, pero también hay un amplio margen para los altibajos del sosiego condenado al hermetismo. Sólo queda proseguir con la lectura, traducir los arcanos, desentrañar lo indescifrable. Joyce consideraba que la única manera de concebir una obra monumental era dedicando su vida entera a eso, por lo que seguramente esperaba lo mismo de aquellos que buscaran comprenderla: el trabajo está en progreso.
a way a lone a last a loved a long the
(Extracto de Diarios)
(Extracto de Diarios)

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