Saturday, April 12, 2014

TÉ CON ESENCIA DE ALBA






Light breaks where no sun shines
DYLAN THOMAS


            Desde la cocina se escuchaba el silbido de la pava, intenso, agudo, . Me levanté de la silla y apagué el fuego. Agarré dos tazas de porcelana, puse los saquitos de té y vertí el agua caliente para llenarlas hasta un poco más de la mitad. Era rojo, de Ceilán. Llevé las tazas hasta la mesa y las deposité enfrentadas. Me senté en una de las sillas y preparé mi té a gusto: leche hasta el tope y tres de azúcar. Mientras revolvía acerqué un platito que celaba unas magdalenas que había comprado especialmente para la ocasión. Dejé la cuchara y agarré una. Miré alrededor: la casa estaba sola, no había más compañía que la cristalina melodía de Bill Evans de fondo. Le eché una mirada a la taza solitaria, mojé la magdalena en el té y me incliné para darle un bocado. Al levantar la vista, estabas sentada frente a mí, toda de blanco, espléndida, tan pura y real como un haz de luz. Sí, no había duda, eras vos, con tu boina francesa, tus tiernos ojos de lince que sólo se perdían entre las aristas de esas sonrisas que le obsequiabas a cualquiera en tu andar tan casual, toda cubierta por ese aura de divinidad infantil que nos hacía sentir agraciados de que alguna vez hubieses formado parte de nuestras vidas.


            La tarde anterior había pasado a visitarte por La Recoleta. El cielo, un inacabable glaciar ceniciento, simulaba el reflejo de las calles, casitas fúnebres y mausoleos coronados por ángeles, gárgolas, alabastros, alguna que otra hoja de acanto y todo tipo de crucifijos. Un amigo me acompañaba. Después de siete años había reunido, finalmente, el coraje suficiente para pasar a verte un rato. No tardé mucho en llegar, el camino era sencillo: derecho hasta la tumba de Aramburu, doblar a la izquierda y en la segunda a la derecha, hasta la primera, en la esquina. Mi amigo se me adelantó invocando tu nombre. Quedó sonando unos segundos en mi cabeza, un eco sordo. A un costado de la puerta había una pequeña placa en forma de libro con uno de tus versos que rezaba a modo de epitafio,

Convierte
Los tibios huesos de mi memoria
En lugares secretos

El viento trae susurros
Adonde hemos construido
Murallas
Para salvarnos

                Ya los había leído antes, pero esta vez tenían un significado distinto, una intensidad que iba más allá de mi posible comprensión, formaban parte de una realidad vedada. Mi única respuesta frente a la inevitabilidad de las cosas fueron otros versos que había escrito más de tres años atrás, Palabras, se las lleva el viento/Y a la memoria, el tiempo. Había olvidado las flores.

-          Volviste – le dije con toda naturalidad.
-          Algo así – contestó ella con una sonrisa – Por un rato, aunque sea.

            Lo increíble de la situación era que no sentía que se tratara de algo fuera de lo normal. Era, más bien, como si hubiese sabido desde un principio que el encuentro iba a concertarse, que todos esos años me había estado preparando para vivir ese momento.

-          Pero... ¿cómo?
-          No lo sé. Vos pasaste a visitarme, así que acá estoy – se encogió de hombros
-          Si vos...
-          Sí, ya lo sé. Supongo que es por la misma razón que vos estás vivo. No se me ocurre otra explicación.

            Abrí la boca para replicarle algo, pero en el medio me di cuenta de que no tenía nada para contestarle.  

-          Algunas cosas es mejor dejarlas sin explicación – se inclinó hacia la taza y sopló dos veces.
-          Sí – ensayé una especie de media sonrisa – Estás igual que en mi primer recuerdo, con ese look francés.
-          Oui, ¿todavía seguís dibujando mapas?
-          No, ya no hay nadie que me los compre a diez pesos-dólares.
-          Yo los compraría, siempre y cuando siguieses poniendo a Nueva Orleáns – me guiñó un ojo.
-          ¡Mais, bien sûr! Qué memoria.
-          Y veo que aprendiste a hablar francés.
-          Un peu, un peu... Es más lo que olvido que lo que recuerdo ya.
-          ¿Te acordás de cuando te enseñaba a tocar el piano en lo de Granmamá?
-          Sí, todavía sé tocar eso que me enseñaste, es imposible olvidarse de esas cosas. Fue la primera melodía que toqué en toda mi vida.

            Se le dibujó una gran sonrisa al escuchar eso. La contemplé durante unos segundos y aproveché para darle un sorbo a mi té.

-          No le puse nada al tuyo porque no sé cómo te gusta, pero me pareció que si te gustaban tanto las culturas orientales, lo mejor era dejártelo así, puro. Yama, el amigo con el que te pasé a visitar ayer por la tarde, se la pasa diciéndome que arruino al té con todo lo que le pongo.
-          Así está bien – levantó la vista al decirlo y volvió a concentrarse en arremolinar los espirales de vapor.

            Tomé dos tragos más.

-          No sé si puedas decírmelo, pero... ¿cómo es allá?
-          ¿Querés saber si existe el paraíso o algo así? – se reclinó contra el respaldo de la silla.
-          No sé, yo no creo en todo eso... me refiero a si hay algo después o no.
-          ¡Heme aquí! – levantó las manos en alto con una mueca de alegría en su rostro.
-          ¿No se termina ahí? – fruncí las cejas bastante, ella lo remarcó.
-          Al parecer, no. Allá todo es igual, de no ser porque los días tienen veinticinco horas, los años se cuentan al revés y que mi nombre es Alba.
-          ¿Cómo que los años se cuentan al revés?
-          Sí, se cuentan al revés. Yo, ahora, tengo veinticinco años.
-          ¿En serio? No te lo puedo creer...
-          ¡No, más bien que no, caíste! – se echó a reír mientras yo me mordía el labio y me tapaba la cara un poco avergonzado – Perdón, no puedo decírtelo, empezando porque no es algo que se pueda explicar en palabras. Allá, para que lo entiendas de alguna forma, no existen los lugares, ni el tiempo, ni las personas, ni nada que conozcas, todo es completamente distinto. Ah, y tampoco existen las explicaciones.
-          Pero vos seguís igual que antes.
-          Sencillo: eso es porque estoy acá.
-          Sí, extrañamente, pero sí – bebí un poco más de té.
-          Sí, lo más extraño de todo es que vos sos el único que pudo verme.
-          ¿Ah, sí? ¿Con nadie más pasó esto? ¿Ni con tu mamá?
-          No, con ninguno. Hablando de mi mamá, ¿cómo anda ella? – volvió a soplar su té.
-          Bien, ella anda bien, la veo seguido ahora que trabajo un piso abajo de su oficina.
-          ¿Y Connie? – al pronunciar su nombre noté el brillo en sus ojos.

            Sí, Constanza Paula Carolina o, como mejor la conocemos todos, Connie, su prima, mi tía y madrina, y también su hermana. Se habían criado prácticamente juntas, habían ido al mismo colegio, al mismo curso algunas veces, inclusive.  

-          Bien, bien, por suerte. Tiene dos hijos, Joaco y Santi. Joaco está en el jardín y Santi la vive volviendo loca en casa todavía, es bastante inquieto el chiquitín.
-          Qué lindo – dijo y acompañó las palabras con una sonrisa radiante.

            Después me preguntó por el resto de la familia, sus hermanos y sobrinos, la abuela Sonia, la tía Mara, sus tíos, mi madre, hermanos y primos, y yo le conté uno por uno en qué andaban. Ella escuchaba la historia de cada uno con suma atención.

-          ¿Y vos? – sí, sabía que me iba a llegar el turno a mí.
-          ¿Yo?... – típica contestación que se da para ganar tiempo y así elaborar una respuesta que sea, dentro de todo, satisfactoria (aunque sea para uno mismo) – Nada, estudio derecho y trabajo.

            Se quedó mirándome, como esperando que yo siguiese con mi autopsicografía.

-          Y bueno, hago música y escribo, como vos.
-          ¿Y qué escribís?
-          Un poco de todo, no tengo ninguna preferencia, excepto por el teatro, que sacando alguna que otra escena, no hice nada todavía, pero me gustaría algún día poder hacer algo.
-          ¿Poesía también?
-          Sí, es lo que más me gusta, aunque últimamente se me está complicando cada vez más.
-          Sí, a medida que uno crece las cosas se vuelven más complicadas, complejas.
-          Mejor ni mencionarlo – y lancé una de esas risas nerviosas que me contagió un amigo en un viaje al sur – Leí tu libro de poesía hace relativamente poco tiempo, unos dos o tres meses, y creo que lo entendí un poco más que la primera vez que lo leí, cuando tenía diez años.
-          ¿Ah, sí?
-          Sí, sí, también la novela que publicaron al poco tiempo de que te fueras. Noté que tenemos bastantes temas en común, sobre todo el ave del paraíso, ya sabés, la paradisea. Creo que sos la más parecida a mí en la familia, o al menos la única con la que comparto esa devoción por el arte.
-          ¿Vos decís? Qué bueno saberlo – y bajó la mirada como los chicos cuando no saben qué contestar.
-          Sí. Gracias por eso, me hizo sentir acompañado, de alguna manera – vi que esbozaba una sonrisa – Me tomó seis años leerte, y otro año más necesité para despedirte. Perdón.
-          Está bien, algunas cosas llevan tiempo. Lo importante es que lo hiciste, ¿no?
-          Sí, supongo que sí, en su momento no supe cómo reaccionar. Sinceramente, no entendía cómo podía pasar algo así con alguien tan joven y especial como vos. Fue algo inaceptable, algo que nunca voy a poder comprender. Sí, lo recuerdo, ese día dejé de creer en muchas cosas.

            Ella se quedó en silencio. Yo sabía que tenía una respuesta para todo pero que no podía dármela, que tendría que esperar para descubrirla por mi cuenta.

-          ¿Sos feliz? – me preguntó de repente.
-          A mi manera. Escribo mucho, así que supongo que no la mayoría del tiempo. El otro día leí una frase de Mark Twain que decía Books are for people who wish they were somewhere else. No es que yo crea dogmáticamente en ese tipo de cosas, pero me parece que explica mi punto.

            Otra vez se quedó observándome apaciblemente, esperando que terminase de completar los diálogos que ella parecía ya haber leído de antemano y que sólo podía escribir con la ayuda de mi voz.

-          No te preocupes, no pienso ser parte del club Storni-Woolf-Sexton-Plath, tengo demasiado amor propio para eso, aunque pienso que como a vos, no me dieron mucho tiempo acá, así que lo aprovecho lo mejor que puedo.

            Luego de eso se produjo un silencio que duró casi un minuto. Los dos sabíamos algo, éramos dueños de un secreto que ninguno se atrevía a revelar. Aproveché para tomar un poco más de té.  

-          Pero bueno... che, no tocaste tu té – le dije cuando terminé el mío.
-          Ah, sí, no te preocupes, está bien.
-          Yo me voy a hacer otro, ¿no querés que caliente un poco el tuyo, o que te traiga otro?
-          No, así está bien.
-          Bueno, entonces me voy a traer la pava para hacer otro – me puse de pie y empecé a caminar hacia la cocina - Pero antes, necesito pedirte algo.
-          ¿Qué? – me miró perpleja.
-          Te voy a pedir que me des la mano, necesito saber algo.
-          ¿Si soy real? – en sus palabras había un dejo de melancolía, como si le doliesen mis pensamientos.
-          Sí.

            Me acerqué hasta donde estaba sentada y le extendí una mano. Ella se quedó mirándola unos segundos, y luego acercó la suya lentamente, hasta que sentí el roce de su piel. Ni bien sentí el contacto, la sujeté con fuerza.

-          Puedo sentir el calor – dije aguantando la emoción y solté su mano por temor a que ella pudiese ver las lágrimas que empezaban a asomarse.
-          Es por el té – me explicó – pero la tuya... la tuya está fría –parecía preocupada.
-          Eso es porque yo ya terminé el mío - y sin mediar otra palabra fui a buscar la pava a la cocina.

            Mientras caminaba, ella empezó a hablar sola. Su voz sonaba como una indómita plegaria, la muerte, digo la muerte como el pan de cada día y de cada ausencia, digo una muerte llena de palabras, un viento de presagios infinitos, digo la muerte que se escapa, que me deja cada día en la otra orilla. No hizo falta que le preguntara qué estaba diciendo, ya había escuchado esas palabras muchos años atrás. Sabía qué quería decir.

            Al volver, lo único que quedaba eran dos sillas, un frasco de azúcar, el plato con las magdalenas y dos tazas con sus respectivas cucharitas. Me senté en mi silla como si nada, y cuando iba a servir el té en mi taza, descubrí que estaba llena hasta el tope, en tanto que la suya lucía completamente vacía. Sí, con una lágrima comprendí que ella no había muerto, pero que yo tampoco estaba vivo. Los dos debíamos ser, inexorablemente, parte del mismo sueño. 


In Memoriam Luciana Loriente
(1974-2007)



(De Valparaíso)

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