Light breaks where no sun shines
DYLAN THOMAS
Desde
la cocina se escuchaba el silbido de la pava, intenso, agudo, tú. Me levanté de la silla y apagué el
fuego. Agarré dos tazas de porcelana, puse los saquitos de té y vertí el agua
caliente para llenarlas hasta un poco más de la mitad. Era rojo, de Ceilán.
Llevé las tazas hasta la mesa y las deposité enfrentadas. Me senté en una de
las sillas y preparé mi té a gusto: leche hasta el tope y tres de azúcar.
Mientras revolvía acerqué un platito que celaba unas magdalenas que había
comprado especialmente para la ocasión. Dejé la cuchara y agarré una. Miré alrededor:
la casa estaba sola, no había más compañía que la cristalina melodía de Bill
Evans de fondo. Le eché una mirada a la taza solitaria, mojé la magdalena en el
té y me incliné para darle un bocado. Al levantar la vista, estabas sentada
frente a mí, toda de blanco, espléndida, tan pura y real como un haz de luz.
Sí, no había duda, eras vos, con tu boina francesa, tus tiernos ojos de lince
que sólo se perdían entre las aristas de esas sonrisas que le obsequiabas a
cualquiera en tu andar tan casual, toda cubierta por ese aura de divinidad
infantil que nos hacía sentir agraciados de que alguna vez hubieses formado
parte de nuestras vidas.
La
tarde anterior había pasado a visitarte por La Recoleta. El cielo, un
inacabable glaciar ceniciento, simulaba el reflejo de las calles, casitas
fúnebres y mausoleos coronados por ángeles, gárgolas, alabastros, alguna que otra hoja de
acanto y todo tipo de crucifijos. Un amigo me acompañaba. Después de siete años
había reunido, finalmente, el coraje suficiente para pasar a verte un rato. No
tardé mucho en llegar, el camino era sencillo: derecho hasta la tumba de
Aramburu, doblar a la izquierda y en la segunda a la derecha, hasta la primera,
en la esquina. Mi amigo se me adelantó invocando tu nombre. Quedó sonando unos
segundos en mi cabeza, un eco sordo. A un costado de la puerta había una
pequeña placa en forma de libro con uno de tus versos que rezaba a modo de
epitafio,
Convierte
Los tibios huesos de mi
memoria
En lugares secretos
El viento trae susurros
Adonde hemos construido
Murallas
Para salvarnos
Ya los había leído antes, pero esta vez tenían un
significado distinto, una intensidad que iba más allá de mi posible
comprensión, formaban parte de una realidad vedada. Mi única respuesta frente a
la inevitabilidad de las cosas fueron otros versos que había escrito más de
tres años atrás, Palabras, se las lleva
el viento/Y a la memoria, el tiempo. Había olvidado las flores.
-
Volviste
– le dije con toda naturalidad.
-
Algo
así – contestó ella con una sonrisa – Por un rato, aunque sea.
Lo
increíble de la situación era que no sentía que se tratara de algo fuera de lo
normal. Era, más bien, como si hubiese sabido desde un principio que el
encuentro iba a concertarse, que todos esos años me había estado preparando
para vivir ese momento.
-
Pero...
¿cómo?
-
No lo
sé. Vos pasaste a visitarme, así que acá estoy – se encogió de hombros
-
Si
vos...
-
Sí, ya
lo sé. Supongo que es por la misma razón que vos estás vivo. No se me ocurre
otra explicación.
Abrí
la boca para replicarle algo, pero en el medio me di cuenta de que no tenía
nada para contestarle.
-
Algunas
cosas es mejor dejarlas sin explicación – se inclinó hacia la taza y sopló dos
veces.
-
Sí –
ensayé una especie de media sonrisa – Estás igual que en mi primer recuerdo,
con ese look francés.
-
Oui,
¿todavía seguís dibujando mapas?
-
No, ya
no hay nadie que me los compre a diez pesos-dólares.
-
Yo los
compraría, siempre y cuando siguieses poniendo a Nueva Orleáns – me guiñó un
ojo.
-
¡Mais, bien sûr! Qué memoria.
-
Y veo
que aprendiste a hablar francés.
-
Un peu, un peu... Es más lo que olvido que lo que recuerdo ya.
-
¿Te
acordás de cuando te enseñaba a tocar el piano en lo de Granmamá?
-
Sí,
todavía sé tocar eso que me enseñaste, es imposible olvidarse de esas cosas.
Fue la primera melodía que toqué en toda mi vida.
Se le
dibujó una gran sonrisa al escuchar eso. La contemplé durante unos segundos y
aproveché para darle un sorbo a mi té.
-
No le
puse nada al tuyo porque no sé cómo te gusta, pero me pareció que si te
gustaban tanto las culturas orientales, lo mejor era dejártelo así, puro. Yama,
el amigo con el que te pasé a visitar ayer por la tarde, se la pasa diciéndome
que arruino al té con todo lo que le pongo.
-
Así
está bien – levantó la vista al decirlo y volvió a concentrarse en arremolinar
los espirales de vapor.
Tomé
dos tragos más.
-
No sé
si puedas decírmelo, pero... ¿cómo es allá?
-
¿Querés
saber si existe el paraíso o algo así? – se reclinó contra el respaldo de la
silla.
-
No sé,
yo no creo en todo eso... me refiero a si hay algo después o no.
-
¡Heme
aquí! – levantó las manos en alto con una mueca de alegría en su rostro.
-
¿No se
termina ahí? – fruncí las cejas bastante, ella lo remarcó.
-
Al
parecer, no. Allá todo es igual, de no ser porque los días tienen veinticinco
horas, los años se cuentan al revés y que mi nombre es Alba.
-
¿Cómo
que los años se cuentan al revés?
-
Sí, se
cuentan al revés. Yo, ahora, tengo veinticinco años.
-
¿En
serio? No te lo puedo creer...
-
¡No,
más bien que no, caíste! – se echó a reír mientras yo me mordía el labio y me
tapaba la cara un poco avergonzado – Perdón, no puedo decírtelo, empezando
porque no es algo que se pueda explicar en palabras. Allá, para que lo entiendas de alguna forma, no existen los
lugares, ni el tiempo, ni las personas, ni nada que conozcas, todo es completamente
distinto. Ah, y tampoco existen las explicaciones.
-
Pero
vos seguís igual que antes.
-
Sencillo:
eso es porque estoy acá.
-
Sí,
extrañamente, pero sí – bebí un poco más de té.
-
Sí, lo
más extraño de todo es que vos sos el único que pudo verme.
-
¿Ah, sí?
¿Con nadie más pasó esto? ¿Ni con tu mamá?
-
No, con
ninguno. Hablando de mi mamá, ¿cómo anda ella? – volvió a soplar su té.
-
Bien,
ella anda bien, la veo seguido ahora que trabajo un piso abajo de su oficina.
-
¿Y
Connie? – al pronunciar su nombre noté el brillo en sus ojos.
Sí,
Constanza Paula Carolina o, como mejor la conocemos todos, Connie, su prima, mi tía y madrina, y también su hermana. Se habían
criado prácticamente juntas, habían ido al mismo colegio, al mismo curso
algunas veces, inclusive.
-
Bien,
bien, por suerte. Tiene dos hijos, Joaco y Santi. Joaco está en el jardín y
Santi la vive volviendo loca en casa todavía, es bastante inquieto el chiquitín.
-
Qué
lindo – dijo y acompañó las palabras con una sonrisa radiante.
Después
me preguntó por el resto de la familia, sus hermanos y sobrinos, la abuela
Sonia, la tía Mara, sus tíos, mi madre, hermanos y primos, y yo le conté uno
por uno en qué andaban. Ella escuchaba la historia de cada uno con suma atención.
-
¿Y vos?
– sí, sabía que me iba a llegar el turno a mí.
-
¿Yo?...
– típica contestación que se da para ganar tiempo y así elaborar una respuesta
que sea, dentro de todo, satisfactoria (aunque sea para uno mismo) – Nada,
estudio derecho y trabajo.
Se
quedó mirándome, como esperando que yo siguiese con mi autopsicografía.
-
Y
bueno, hago música y escribo, como vos.
-
¿Y qué
escribís?
-
Un poco
de todo, no tengo ninguna preferencia, excepto por el teatro, que sacando
alguna que otra escena, no hice nada todavía, pero me gustaría algún día poder
hacer algo.
-
¿Poesía
también?
-
Sí, es
lo que más me gusta, aunque últimamente se me está complicando cada vez más.
-
Sí, a
medida que uno crece las cosas se vuelven más complicadas, complejas.
-
Mejor
ni mencionarlo – y lancé una de esas risas nerviosas que me contagió un amigo
en un viaje al sur – Leí tu libro de poesía hace relativamente poco tiempo,
unos dos o tres meses, y creo que lo entendí un poco más que la primera vez que
lo leí, cuando tenía diez años.
-
¿Ah,
sí?
-
Sí, sí,
también la novela que publicaron al poco tiempo de que te fueras. Noté que
tenemos bastantes temas en común, sobre todo el ave del paraíso, ya sabés, la paradisea. Creo que sos la más parecida
a mí en la familia, o al menos la única con la que comparto esa devoción por el
arte.
-
¿Vos
decís? Qué bueno saberlo – y bajó la mirada como los chicos cuando no saben qué
contestar.
-
Sí. Gracias
por eso, me hizo sentir acompañado, de alguna manera – vi que esbozaba una
sonrisa – Me tomó seis años leerte, y otro año más necesité para despedirte.
Perdón.
-
Está
bien, algunas cosas llevan tiempo. Lo importante es que lo hiciste, ¿no?
-
Sí,
supongo que sí, en su momento no supe cómo reaccionar. Sinceramente, no entendía
cómo podía pasar algo así con alguien tan joven y especial como vos. Fue algo
inaceptable, algo que nunca voy a poder comprender. Sí, lo recuerdo, ese día
dejé de creer en muchas cosas.
Ella
se quedó en silencio. Yo sabía que tenía una respuesta para todo pero que no
podía dármela, que tendría que esperar para descubrirla por mi cuenta.
-
¿Sos
feliz? – me preguntó de repente.
-
A mi
manera. Escribo mucho, así que supongo que no la mayoría del tiempo. El otro
día leí una frase de Mark Twain que decía Books
are for people who wish they were somewhere else. No es que yo crea dogmáticamente en ese tipo de cosas,
pero me parece que explica mi punto.
Otra
vez se quedó observándome apaciblemente, esperando que terminase de completar
los diálogos que ella parecía ya haber leído de antemano y que sólo podía
escribir con la ayuda de mi voz.
-
No te
preocupes, no pienso ser parte del club Storni-Woolf-Sexton-Plath, tengo
demasiado amor propio para eso, aunque pienso que como a vos, no me dieron mucho
tiempo acá, así que lo aprovecho lo mejor que puedo.
Luego
de eso se produjo un silencio que duró casi un minuto. Los dos sabíamos algo,
éramos dueños de un secreto que ninguno se atrevía a revelar. Aproveché para
tomar un poco más de té.
-
Pero
bueno... che, no tocaste tu té – le dije cuando terminé el mío.
-
Ah, sí,
no te preocupes, está bien.
-
Yo me
voy a hacer otro, ¿no querés que caliente un poco el tuyo, o que te traiga
otro?
-
No, así
está bien.
-
Bueno,
entonces me voy a traer la pava para hacer otro – me puse de pie y empecé a
caminar hacia la cocina - Pero antes, necesito pedirte algo.
-
¿Qué? –
me miró perpleja.
-
Te voy
a pedir que me des la mano, necesito saber algo.
-
¿Si soy
real? – en sus palabras había un dejo de melancolía, como si le doliesen mis
pensamientos.
-
Sí.
Me
acerqué hasta donde estaba sentada y le extendí una mano. Ella se quedó
mirándola unos segundos, y luego acercó la suya lentamente, hasta que sentí el
roce de su piel. Ni bien sentí el contacto, la sujeté con fuerza.
-
Puedo
sentir el calor – dije aguantando la emoción y solté su mano por temor a que
ella pudiese ver las lágrimas que empezaban a asomarse.
-
Es por
el té – me explicó – pero la tuya... la tuya está fría –parecía preocupada.
-
Eso es
porque yo ya terminé el mío - y sin mediar otra palabra fui a buscar la pava a
la cocina.
Mientras
caminaba, ella empezó a hablar sola. Su voz sonaba como una indómita plegaria, la muerte, digo la muerte como el pan de
cada día y de cada ausencia, digo una muerte llena de palabras, un viento de
presagios infinitos, digo la muerte que se escapa, que me deja cada día en la
otra orilla. No hizo falta que le preguntara qué estaba diciendo, ya había
escuchado esas palabras muchos años atrás. Sabía qué quería decir.
Al
volver, lo único que quedaba eran dos sillas, un frasco de azúcar, el plato con
las magdalenas y dos tazas con sus respectivas cucharitas. Me senté en mi
silla como si nada, y cuando iba a servir el té en mi taza, descubrí que estaba
llena hasta el tope, en tanto que la suya lucía completamente vacía. Sí, con
una lágrima comprendí que ella no había muerto, pero que yo tampoco estaba
vivo. Los dos debíamos ser, inexorablemente, parte del mismo sueño.
In Memoriam Luciana Loriente
(1974-2007)
(De Valparaíso)
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