Saturday, February 21, 2015

OBRA DE JEAN SANNOUVELLE*






            ... y entonces el Hombre clamó al Cielo, ¿Cómo sobrevivir a uno mismo, oh Selenitas?**

Sunday, February 15, 2015

A LA SOMBRA DE UN AMANECER





A la sombra de un amanecer
Vi a un hombre abrirse paso 
Por la hendija del horizonte

Sus alas, ya plegadas, batían un inútil vuelo,
Caída libre que transforma la pluma en idea,
Cambio, deseo, vida y muerte; eterna imaginación.

En él se adivinaba la mirada perdida
En un rincón divino, jardín sin recuerdos.

Su alborada inmortal, dormida
Sobre dos soles de obsidiana,
Devastaba paisajes de guerras pasadas
Y me traía de vuelta a su orilla

Saturday, February 7, 2015

LA FRONTERA






On the sea and on the shore he was a wanderer
LORD BYRON, The Dream


            Todo fue culpa de Salvador y su condenado llamado. Estábamos sentados en la mesa y yo le comentaba a Josefina las últimas observaciones de los jardines flotantes que había capturado gracias al telescopio de Olivia, cuando se le vino esa idea a la cabeza. Soltó los cubiertos de golpe y se puso a mirarnos uno por uno, como si buscara en nuestros ojos la respuesta a su propio silencio. Dijo que tenía algo importante para contar, pero que lo haría más tarde, que no estaba muy seguro de que fuese el momento indicado.

            Esperamos a que terminara la cena y el resto se fuera a dormir para discutir el asunto. Salimos de la casa, le ofrecí un cigarro, y tras encenderlo nos pusimos a caminar por el campo. Hablamos un rato sobre los inventos que podríamos construir, y otro poco sobre los frutos que tardaban más de cien estaciones en madurar. Le explicaba, igual que a su hermana un rato antes, que los heradios debían ser recogidos con finas cuerdas de oro, o de lo contrario se corría el riesgo de que su cáscara se endureciera al punto de volverlo prácticamente incomestible. Él se reía de todo lo que precisara una medida, le parecía absurdo, y más se reía cuando le mencionaba alguno de los tantos descubrimientos de Olivia, mi otra hija. Le pregunté cuándo iba a venir a visitarnos al gabinete, al menos para pasarse el rato a carcajadas. No buscaba presionarlo, simplemente quería compartir un poco más de tiempo con el único de todos mis hijos que había optado por dedicarse enteramente a pensar y nada más. De eso te quería hablar, justamente. Necesitó de otro silencio para comunicarme la noticia. Voy a cruzar la frontera. Lo agarré fuerte del hombro y le clavé la mirada para ver si me estaba haciendo alguna broma. Nada de eso, acá nadie cruza la frontera. Me dijo que no era su intención contradecirme, pero que no era ya una decisión mía ni suya. ¿Qué parte de que no vas a cruzar la frontera no te queda claro? Acá, primero, la cruzan los padres, y recién después los hijos. ¿Te falta algo acá? No, tenés todo lo que querés. Y sin embargo, parece que no fuera suficiente, que siempre te falta algo, como a tu madre. No me agradó usar esas palabras con él, pero no estaba dispuesto a que lo intentara. Ella ya se había ido mucho tiempo atrás, sin siquiera despedirse, y desde entonces había tomado la decisión de que hasta que yo no la traspasara, nadie más lo haría. ¿Sabés qué pasa cuando pasás ese árbol, no? No volvés. Nadie que lo haya hecho volvió para contarlo.

Friday, January 9, 2015

À LA RECHERCHE DE PARIS








Tu sombra hiende la distancia


            París. La ciudad más bella del mundo, y lo escribo en cursiva porque no son palabras mías, sino parte de un imaginario popular que en los próximos meses espero poder verificar cuando me encuentre vagando por sus calles.

            Casi todo lo que sé de ella lo aprendí en esos doce largos y aburridos años de francés durante toda la primaria y secundaria. La primera palabra que aprendí me la enseñó mi abuela, fenêtre, y en esos dos meses en los que me preparó antes de entrar a primer grado no faltó un día que no me llamase así.    

            Recuerdo que mi mamá (y todas sus amigas) me decían que a las mujeres les fascinaba el francés y que tenía suerte de poder aprenderlo, porque todas las chicas iban a morirse cuando dijese cualquier cosa. Yo le contestaba que odiaba al francés y que estaba diciendo boludeces. Y no me equivoqué. Hasta el día de la fecha, el marcador de chamuyo gálico sigue en cero (tampoco es que lo intenté, si vamos a los hechos).

            Mis profesoras me decían que tenía buen acento, que me salía muy francés. Yo, hasta que no me operaron de la lengua, pensaba que era un inútil que a pesar de ir a la fonoaudióloga casi seis meses no podía pronunciar bien la R.

            Pero mejor vayamos a lo práctico, ¿qué provecho le saqué a todo eso? Nada, excepto poner que sé francés en el currículum y poder escuchar entrevistas a escritores y músicos franceses sin subtítulos. También puedo mantener una conversación, aunque hace tanto tiempo que no lo practico que dudo seriamente de mi habilidad para comunicarme.

            Lo mío siempre fue el inglés. Por cuestiones de familia, asumo. La musicalidad que tiene fue algo que siempre me atrajo, y la sencillez de sus tiempos verbales no es un dato menor. En el colegio aprendí primero qué eran los tiempos verbales en francés antes que en castellano. El verbo avoir. La grilla con todos los sujetos es algo que todavía puedo ver como una de esas fotos viejas que mi viejo guarda en cajas gigantes, que están tan bien conservadas que ni siquiera hay que desempolvarlas. El pizarrón verde (siempre me pregunté ¿por qué verde?... El negro es tanto más útil) y la tiza blanca, y los gritos de Madame por estar mirando las figuritas del mundial Francia 98.

Tuesday, January 6, 2015

DER PROZEß





This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper

T.S Eliot, The Hollow Men


            La primera vez que leí a Kafka fue en segundo año del colegio. Lo conocía de antemano porque mis hermanos lo habían leído también, y nunca faltaba algún librero que me lo recomendara a pesar de mi corta capacidad de análisis, teniendo en cuenta que sólo tenía catorce años en aquel entonces. La metamorfosis fue el relato que nos mandaron a leer, setenta páginas que me resultaron por demás monótonas y exageradamente absurdas. Mi texto, de la editorial Cántaro (que nos hacían comprar porque la jefa del departamento de literatura del colegio tenía una participación en las ganancias), no traía algún apéndice que sirviera de ayuda o clave para leer la obra, o por lo menos así lo recuerdo. Mientras leía mi cabeza se perdía divagando entre canciones que me perdía de escuchar por prestarle atención a un relato que no se terminaba de animar a cruzar la frontera de lo fantástico para ensayar algún tipo de promesa de respuesta coherente a la transformación sinsentido de un hombre (Gregorio Samsa) en un insecto – que, está más que claro, tampoco era definido. Afortunadamente, no existió examen alguno sobre Kafka, y yo enterré en mi memoria todo esto que ahora les estoy relatando, sin detenerme a pensar en qué había querido significar el autor con una de las pocas obras que había publicado en vida.   

            Nueve años tuvieron que pasar para que se instalara en mí la curiosidad que no había sentido de chico. Borges y Nooteboom, dos de mis autores predilectos, entre tantos otros, derrochaban todo tipo de elogios hacia la obra de Kafka, destacándolo como uno de los escritores más influyentes del siglo XX. ¿Qué tendrá este tipo que escribe la historia de un tipo que se convierte en un bicho para que sea tan destacado universalmente? Necesitaba leer algo urgentemente, ponerme al día con esa tarea pendiente. La única información que tenía de Kafka era que la mayor parte de su obra se había publicado póstumamente, a expensas de uno de sus amigos (Max Brod) que, desobedeciendo el testamento que lo instaba a quemar su legado, dio a conocer al mundo uno de los más fieles testimonios de literatura expresionista.

            No recuerdo bien si fue por el mes de agosto o septiembre que entré en una librería y me llevé sus relatos completos en dos tomos y una de sus tres novelas, El proceso. Intenté sentarme en una mesa a leer algunos de sus cuentos cortos, pero por alguna razón preferí continuar con la odisea neoyorquina de Bellow (Seize the day), que por esos días supo transmitirme la paz que andaba necesitando. Ese aparente viaje relámpago de cien páginas se perpetuó en el tiempo con la lectura de otras tantas obras, pero finalmente decidí encarar a fin de año el texto más pesado y reconocido, Der Prozeß. Me tomó unos cuantos días, por distintas razones en las que no voy a entrar en detalle, y la lectura se extendió al año nuevo. Al principio se me hizo llevadero, hasta el capítulo del pintor, en el que me quedé dormido en repetidas ocasiones. La sensación fue más o menos similar a mi interpretación del texto: de entrada iba a pasos agigantados, elaborando todo tipo de conceptos a propósito de qué podía significar el proceso en sí y hacia qué dirección intentaba dirigirme el narrador. No pude evitar imaginarme que el protagonista era el mismo Kafka, teniendo en cuenta su nombre (K), que era apoderado de un banco (empleado administrativo) y que contaba con conocimientos jurídicos. No está de más decir que, como estudio derecho, se me hacía imposible no dejar de maquinarme con todo lo que exponía el texto en materia del sistema judicial, y comparar constantemente lo que parecía ser a principio de siglo con lo actual.

Thursday, December 25, 2014





Una flor de plástico

                              (Cuerpos camuflándose)

El mundo duerme en los labios del volcán
Envuelto en la noche del gusano de seda. 



(Fragmento de El tiempo de las uvas)

Sunday, November 30, 2014

PASEO INMORTAL: CRÓNICA DE CIENCIA Y FICCIÓN




Y todo es una veloz película muda


            Era sábado al mediodía y no había tenido mejor idea que ir a pasar la tarde en un festival hipster en los Bosques de Palermo, en donde se ofrecían espectáculos y actividades de todo tipo, incluyendo distintos actos musicales, exposiciones y talleres de poesía slam, y un juego que, a mi parecer, lo más probable es que haya sido inventado por un grupo de gente (bizarra) que quería jugar al Twister pero no tenían el tablero y se consideraban lo suficientemente frígidos como para permitir el contacto corporal.

            Las primeras dos horas se pasaron rápidas entre divagaciones hechas de miradas ajenas, largas bocanadas de humo, tapings y delirios cuasi-loopeados de Eric Mandarina, y los simpáticos (anti)poemas de Poesía-Estéreo que todavía siguen robándose migajas de la mesa de Nicanor Parra. Yo descansaba a la sombra, encendiendo y apagando cigarrillos como quien mide el tiempo a la velocidad en la que arde su pequeña torre de marfil, pensando en que toda esa parafernalia de cultura under tenía poco del Mayo Francés y mucho de un Woodstock macrista. Entre acto y acto, un amigo me contestó el mensaje que le había enviado hacía un rato. Estaba ahí, refugiado en sus anteojos de ámbar-leopardo y en compañía de Tavo, una remera verde camuflándose entre la multitud. Unos días atrás me había confundido con un ciclista por la calle y después de aclarar el malentendido vía texto habíamos quedado en juntarnos a la brevedad.

            En unos pocos minutos nos pusimos al día y nos echamos al sol a disfrutar del resto de lo que nos ofrecía la jornada. Hablamos un poco de todo, tomando como punto de partida el último encuentro casual que habíamos tenido en The Mansion, en donde había tocado un set acústico de su tercer disco usando dos guitarras diferentes, una de las cuales la había comprado en su viaje a Bolivia. Me dijo que se iba un mes al norte de Brasil en el verano a filmar una película sobre la vida de los pescadores, y no pude evitar imaginármelo como otra nueva recreación del clásico de Hemingway, The old man and the sea. Nos quedamos a escuchar dos bandas más, discutiendo acerca del volumen que tenían algunos instrumentos y cómo entre la música y la voz del cantante tenía que existir un equilibrio que no se estaba logrando en razón del género que tocaban. La primera banda se asemejaba a una performance de circo con matices de música balcánica, en tanto que la segunda consistía en dos guitarristas de folklore que improvisaban mientras un falso payador leía papeles analfabetos de rima, métrica o cualquier vestigio de armonía sonora. Con el simulacro de peña se fugaron los últimos rayos de sol y finalmente comenzó el campeonato de slam. Tres participantes sobrecargados de vacíos mensajes meta-competencia y paralelismos sintácticos bastaron para decretar el crepúsculo de una tarde que, para mi gusto, ya se había extendido más de la cuenta. Nos levantamos y enfilamos hacia Libertador para volver a nuestras casas.

Sunday, November 23, 2014

LIFE & TIME OF JOHN CLARE





Written in Northhampton County Asylum


            Otra vez acá, en este encierro que algunos llaman locura pero que para mí es vida.
             Ya ni siquiera recuerdo hace cuántos años que estoy en este asilo: ¿cinco, diez, quince o más...?
            ¡Cómo si el tiempo entendiera de cantidades!
            Lo único que parece real es lo que escribo en los papeles que me da el doctor, marcas de un preso de su propio silencio que talla las hojas de un otoño perenne.

            ¿Adónde quedaron los días en los que no hubo un sol de noche, adónde todos esos miles de hombres que pude ser y por capricho del destino no elegí?
            Dicen que un hombre no es sólo un hombre. Es uno y todos a la vez. Yo también fui Byron
            Y condenado por los viajes de mi imaginación huí en la piel de Don Juan hacia la Venecia de Shakespeare, exiliándome del amor que siempre anhelé y jamás pude encontrar.
            Yo no morí en Grecia. Fue la tragedia la que me persiguió volviendo a casa y consumó por siempre con su fuego las cenizas de la pasión.

Wednesday, October 29, 2014

HONEY-DEW & THE MILK OF PARADISE




Algunas noches sigo una luz amarilla
hasta una puerta azul en la que se lee: Sueño.
Yo no la abro por mi mano
ni me viene a buscar una mujer
para que entre a comprar sueños.
Y sin embargo siempre he pagado mis sueños.
No debo nada a la noche



             Es harto famosa la historia de que el recetario de láudano para apaliar la depresión fue la llave que utilizó Coleridge para adentrarse al palacio de Kubla Khan. Esta droga, que no es otra cosa que opio mezclada con alcohol, lo sumió en un profundo sueño de unas (se dice) tres horas. Tirado sobre la hierba de su finca de Exmoor, un libro de Purchas a un costado, el poeta romántico se adentró en lo más profundo de su propia – y quizás también universal – imaginación. Al levantarse, sostenía una imagen nítida que fue directamente a volcar en un papel que resultó, más que en un retrato, en una sinfonía onírica. Bastó la interrupción de su mayordomo para que el espejo de agua se quebrara y los trescientos versos se redujeran a unos inacabados cincuenta, acaso un fiel reflejo de las mismas ruinas que quedaron del palacio del emperador mongol. ¿Y a quién se debe esto? Al hombre de Porlock y el reclamo de su absurda deuda de leche.

            Ejemplos de obras concebidas por medio del sueño sobran. Sin ir muy lejos, en el mundo de la música encontramos que durante la década de los sesenta, dos de sus himnos más conocidos fueron compuestos de esta manera. Keith Richards asegura haber soñado el riff de Satisfaction, y que solamente se levantó a tiempo para grabarlo e irse a dormir nuevamente, antes de que su recuerdo se difuminara a la mañana siguiente. Por esos años, un joven McCartney pernoctaba en la casa de su por entonces novia, Jane Asher, cuando súbitamente se despertó en medio de la noche con la melodía de una canción entera. Sin perder tiempo, bajó hasta donde se encontraba el piano y escribió en un papel, a su manera (porque no sabía leer ni escribir en pentagrama), lo que estaba tocando. El título momentáneo de la canción y su primer pareado fueron ensayados en cada prueba de sonido de los Beatles durante unos meses, un invento que divirtió a Lennon hasta que Scrambled eggs, Oh my darlin’ how I love your legs se transformó, finalmente, en la antológica Yesterday. Dos décadas más tarde, un tal Gordon Matthew Sumner se levantaría perseguido por la sombra de la separación con su ex mujer, y usando un pequeño Hammond armaría el esqueleto de la canción más reproducida en las radios desde entonces, el paradigma stalker: Every breath you take.

            Si cambiamos el eje musical hacia el arte plástico – o pictórico o como quieran llamarlo -, no falta nunca mencionar los cientos de bocetos que debió hacer Picasso para retratar a esas proto-cubistas mujeres de Avignon tal cual las recordaba de su sueño, ni tampoco la mayor parte (por no decir todas) las obras del parcialmente obsesivo pintor de rinocerontes, Salvador Dalí.

Monday, October 13, 2014

DIÁSTOLE




If all time is eternally present
All time is unreedemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.

T.S Eliot, Burnt Norton

-          Hay días en los que quisiera romper el reloj – le confesé casi resignado.

            Él se quedó en silencio unos segundos, contemplando los garabatos de humo. La tarde se había pasado así, entre amargos vasos de cerveza y cigarrillos con sabor a promesas incumplidas.

-          El pasado, ese extraño que pasa sin tocar... – dijo con un suspiro, y aplastó la cabeza del cigarrillo contra el cenicero.
-          ¿Quién dijo eso? – me atreví a otro trago, aun sabiendo que no lo necesitaba.
-          Alguien, ¿importa realmente? – y sopló la maleza gris que nos separaba a uno del otro.
-          Sí, tenés razón – para ese entonces, ninguno de los dos sostenía la idea más que absurda acerca de la verdadera invención – Sólo que a mí parece haberme manoseado – sonreí estúpidamente.
-          A mí parece haberme decretado la vejez antes de tiempo y se la pasa sacándome sangre a diario. Y como si eso fuera poco, lo hace usando tres agujas distintas.

            Compartimos la risa del típico comediante triste. Él se recostó en el respaldo de la silla y levantó la mano para pedir la cuenta. Yo aproveché para buscar los billetes en los bolsillos del saco y de paso me ajusté un poco la corbata. Bebimos un trago largo, hasta dejar el vaso hecho espuma.