Y todo es una veloz película muda
Era
sábado al mediodía y no había tenido mejor idea que ir a pasar la tarde en un
festival hipster en los Bosques de Palermo, en donde se ofrecían espectáculos y
actividades de todo tipo, incluyendo distintos actos musicales, exposiciones y
talleres de poesía slam, y un juego que, a mi parecer, lo más probable es que
haya sido inventado por un grupo de gente (bizarra) que quería jugar al Twister
pero no tenían el tablero y se consideraban lo suficientemente frígidos como
para permitir el contacto corporal.
Las
primeras dos horas se pasaron rápidas entre divagaciones hechas de miradas
ajenas, largas bocanadas de humo, tapings y delirios cuasi-loopeados de Eric
Mandarina, y los simpáticos (anti)poemas de Poesía-Estéreo que todavía siguen robándose
migajas de la mesa de Nicanor Parra. Yo descansaba a la sombra, encendiendo y
apagando cigarrillos como quien mide el tiempo a la velocidad en la que arde su
pequeña torre de marfil, pensando en que toda esa parafernalia de cultura under
tenía poco del Mayo Francés y mucho de un Woodstock macrista. Entre acto y
acto, un amigo me contestó el mensaje que le había enviado hacía un rato.
Estaba ahí, refugiado en sus anteojos de ámbar-leopardo y en compañía de Tavo,
una remera verde camuflándose entre la multitud. Unos días atrás me había
confundido con un ciclista por la calle y después de aclarar el malentendido vía texto habíamos quedado
en juntarnos a la brevedad.
En
unos pocos minutos nos pusimos al día y nos echamos al sol a disfrutar del
resto de lo que nos ofrecía la jornada. Hablamos un poco de todo, tomando como
punto de partida el último encuentro casual que habíamos tenido en The Mansion,
en donde había tocado un set acústico de su tercer disco usando dos guitarras
diferentes, una de las cuales la había comprado en su viaje a Bolivia. Me dijo
que se iba un mes al norte de Brasil en el verano a filmar una película sobre
la vida de los pescadores, y no pude evitar imaginármelo como otra nueva
recreación del clásico de Hemingway, The
old man and the sea. Nos quedamos a escuchar dos bandas más, discutiendo
acerca del volumen que tenían algunos instrumentos y cómo entre la música y la
voz del cantante tenía que existir un equilibrio que no se estaba logrando en
razón del género que tocaban. La primera banda se asemejaba a una performance de
circo con matices de música balcánica, en tanto que la segunda consistía en dos
guitarristas de folklore que improvisaban mientras un falso payador leía
papeles analfabetos de rima, métrica o cualquier vestigio de armonía sonora. Con
el simulacro de peña se fugaron los últimos rayos de sol y finalmente comenzó
el campeonato de slam. Tres participantes sobrecargados de vacíos mensajes meta-competencia
y paralelismos sintácticos bastaron para decretar el crepúsculo de una tarde
que, para mi gusto, ya se había extendido más de la cuenta. Nos levantamos y
enfilamos hacia Libertador para volver a nuestras casas.
Mientras
caminábamos le pregunté a Manu si había pensado en hacer una obra que integre sus obras fílmicas y musicales, teniendo en cuenta que manejaba los dos
vocabularios hábilmente. Me contestó que el miércoles tocaba en vivo en la
Alianza y que tenía algo así en mente, que había estado juntando televisores y
otras cosas en la calle para armar la puesta en escena de lo que él consideraba
que estaba dominando la realidad de hoy en día. Cada día estamos más como los japoneses, tirando a la basura la
computadora de hace un año, le referí uno de los recuerdos que tenía de
haber estudiado a Japón en segundo año del secundario. Después de eso siguió el
tema del avance de las comunicaciones y la contradictoria alienación de las
personas como uno de sus principales efectos. El dominio mundial por parte de
Google y Facebook se nos hacía palpable como una profecía cumplida de antemano,
y yo me reía pensando en que habíamos vivido el comunismo primitivo de
Internet, antes de que el cerco de las leyes SOPA y
como-sea-que-se-llamen-el-resto decidieran repartir entre unos pocos el
mapa-mundi de los bits. Con la perversión de los medios de control y la falta
de una educación que se encuentre a la altura de los años en que vivimos va
muriendo lentamente el pensamiento individual y nos acercamos más y más a las
sociedades distópicas que vaticinaban Huxley, Orwell o Rand, en donde las ideas
se insertan como un virus colectivo, sin ser procesadas, sin que nos demos
cuenta. Y la culpa de eso está, en gran medida, en que hoy en día todo se
encuentre al alcance de la mano, a distancia de un simple click. Siempre que leo o que
me cuentan algo sobre la dictadura me imagino que el cielo está de color rojo,
incluso cuando es de noche, le dije a propósito de todo lo que veníamos
discutiendo. Él me respondió que lo veía nublado, gris, y en eso un chico cruzó
la calle detrás nuestro golpeando una lata de pegamento. ¿Viste eso?, me preguntó Manu. No,
¿qué?. El pibe, golpeando la lata,
que probablemente viene de aspirarla. Todo eso pasando alrededor nuestro
mientras discutimos todas estas cosas. Estas son las imágenes que, para mí,
hacen a la realidad. Recién ahí caí en la cuenta de lo que había pasado,
pero sólo él se había percatado a tiempo. Manu vivía filmando la realidad a
toda hora, captando fotogramas, grabando minuto a minuto los sonidos de una
película que sin su voz se quedaba en el tiempo: blanca y negra, muda. Sus ojos
le daban color al mundo, su voz un testimonio de la historia, y los dos – actor
y director - interpretábamos a un par de transeúntes inmersos en su paseo
inmortal.
***
Cerca
de las ocho de la noche cruzaba la puerta de la Alianza y le preguntaba al
recepcionista en dónde era el concierto. Subiendo la escalera, unos diez minutos
de espera que se fueron entre las fotos de las distintas épocas de París, y me
acomodaba en una butaca en el medio del micro-cine que hacía las veces de
escenario para las dos bandas que iban a tocar esa noche. Dispersos sobre el
altar musical había todo tipo de televisores y monitores de computadoras
obsoletos que bien me hacían recordar a la puesta de Soda Stereo en su primera
presentación en el teatro Astros. Cintas de películas muertas crecían como
cabello salvaje desde el techo y una pila de cassettes y joysticks se apilaban
esperando el incendio de unos bastardos sin gloria que no escribirían una
versión alternativa de la historia, pero sí de las vidas de todos los
espectadores que aguardaban en silencio los primeros acordes.
El
primer número correspondía a una banda que se desdibujaba entre el indie y la
psicodelia, una especie de MGMT sin un Kids
que los avalara previamente. Sin embargo, como su nombre lo indicaba, la escuela de trance estaba dispuesta a
enseñarnos lo que había aprendido a lo largo y ancho de su viaje cósmico, y
abría el juego con un cliché beatle, al canto de que el amor es lo mejor. Las guitarras mutaban del corte jangly-smith de Marr a los reverberantes
paisajes sonoros de una renombrada banda de rock irlandés. La batería se
deshacía constantemente tratando de mantener el pulso de una melodía que
parecía estar constantemente al borde del colapso, siempre conectada al
sintetizador que no la dejaba morir con sus lluvias ambient. Media docena de
temas, una irrupción cantada en el idioma de la Belle Époque, y la infaltable
coda echó a patadas a los bises en favor del artista siguiente.
Me
doy vuelta y veo a Manu vistiendo una camisa bordeaux bajar las escaleras. Armado
con su guitarra al hombro, camina con la frente en alto, como quien sabe que va
a ir al frente a entregarse, él solo luchando por conquistar a una multitud. Sube
al escenario con total naturaleza, simulando ser uno de los técnicos de sonido,
sin pretensiones de nada, cuando una voz anuncia desde un megáfono al fondo Soy Manuel Embalse, y Artie Ziff baja
hasta los labios del escenario para que todos lo puedan ver. Yo soy Manuel Embalse, repite, Y lo que van a ver es una película de
ciencia ficción. Para el que no conoce a Manu, la confusión se presta
bastante fácil; para el que supo compartir con él algún momento previo al show,
es tan sólo otra de las tantas sonrisas que sabe arrancarnos con su peculiar
forma de encarar la vida. Suben cuatro chicas al escenario, discute unas pocas
palabras con Artie (a.k.a. el falso Embalse) y pellizca un arpegio en la menor.
La melodía es una ensoñación, un viaje por la dulzura de un sedante pasado de
la tierra, la viña de mi paraíso. La
canción parece escribirse en el momento, preguntándose a sí misma si vale o no vale que seas tan linda.
Las coristas se unen a la plegaria de
ese niño condenado y trepan hasta las alturas de un fino tándem con los graves
de Manu. La guitarra enmudece y las
musas de Hércules son presentadas, Las
épicas. Hace algunas señas marcando su Fender y arranca el tema siguiente.
El dolor quedó atrás y el río parece haberse encausado en otra dirección,
volcándose hacia la inmensidad del océano del cielo, pigmentado de noctilucas con las que Manu está familiarizado al decir que sos una estrella bailando en mi universo, y hasta se atreve a
confesar que guarda rosas en un cristal.
El
set acústico finaliza su ciclo con el tercer tema, y desde el público le piden
que se saque la camisa. Obedece, y con su cuerpo de Spinetta en recital de
Pescado Rabioso no pierde tiempo para calzarse una campera dorada que sabe
rememorar el look futurista de Jade en la época de Madre en Años Luz. Artie vuelve a entrar en escena y se inserta en
una discusión que bien podría ser un soliloquio entre Manu y su alter ego, la
cordura y la locura que no pueden ni quieren diferenciarse entre sí. Sin rodeos
llama a que el grupo se suba a la nave,
mientras Artie le recuerda que él tiene el megáfono y que él es Manuel Embalse y que esto es una película
de ciencia ficción. La banda sube al escenario y prueban instrumentos. Hay
problemas con el sintetizador y el bajo del hijo de Mungo Jerry está a
volúmenes de Julian Casablancas en el Lollapalooza. Los cortes intermitentes
hacen que Manu pregunte quién está tocando timbre, y todos entramos en la
lógica de que es parte de la puesta, aunque en realidad es una salida ingeniosa
para un inconveniente verdadero que jamás había sido planificado. Pasan unos
minutos hasta que pueden arreglarlo, y con el primer tema logran calibrar el
sonido del bajo. Poseído por el magnetismo que genera Manu con su presencia, me
dejo llevar por su música hacia donde sea que me lleve. La escenografía – ahora
con los televisores encendidos en lluvia gris – y las proyecciones de fondo me
transportan por los distintos países mentales que se dibujan por medio de los
acordes suspendidos sobre los colchones de viento que soplan Tavo y El capitán (Pelusa), y la voz que
desgarra la trama folk-electro-indie, contándonos historias de un hombre que es
uno pero quiere ser todos a la vez. A pesar de las paradas entre tema y tema,
los juegos entre Artie, Manu, el público y su banda transforman ese silencio en
videos de Capusotto que saben aprovechar al máximo los descansos que se
precisan para distinguir las canciones. Tampoco falta espacio para la
improvisación, dejando el ego de lado para que Tavo ponga en el lienzo sus
pinceladas frenéticas de raíces jazzeras.
Así se
pasaron cinco temas que, a mi parecer, fueron un set completo. Manu se sacó la
guitarra y empezó a caminar para hacer mutis por el foro, pero los bises se
hicieron eco y debió volver sobre sus pasos. Bueno, una más, ¿les parece? Fumate esta, bombo en negra y la
guitarra entró con estridencia avasallando los pedidos del público. Manu moduló
su voz e hizo señas a Las épicas para
que se sumaran a la despedida. Una vuelta y la banda entera desembarcó con su
nave para apoderarse del escenario nuevamente, y así alcanzar el clímax de la
noche al canto de un estribillo de innegable carisma pop. La presentación quedó
para último lugar, y una vez concluida, Manu se fue directo para cerrar el
telón. A pesar de intentarlo repetidas veces, no pudo hacerlo. Corrió de
micrófono en micrófono en off, hasta encontrar uno abierto que nos supo
comunicar hay un error en el adiós, y
con la ayuda de los técnicos, en su pantomima de Chaplin consiguió, finalmente,
lograr cerrarlo.
Unos
minutos más tarde emergía por debajo de la tela negra y se saludaba con la
gente. Me quedé un rato en mi butaca, todavía absorto por la presentación, como
cuando termina una película y se prenden las luces en el cine. Bajé a
felicitarlo, sintiendo que estaba más emocionado que él, quizás, y después de
describirle algunos detalles de lo que había experimentado, salí a la calle
para juntarme a comer con otros amigos. Una
vez afuera, antes de cruzar Córdoba, vislumbré un pedazo de cinta fílmica que
se perdía en el proyector de un desagüe. No hacía falta que me lo dijera, yo lo
sabía.
(Él, como siempre, seguía filmando).
(Él, como siempre, seguía filmando).
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| Manuel Embalse en concierto |
(Extracto de Diarios)

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