Monday, October 13, 2014

DIÁSTOLE




If all time is eternally present
All time is unreedemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.

T.S Eliot, Burnt Norton

-          Hay días en los que quisiera romper el reloj – le confesé casi resignado.

            Él se quedó en silencio unos segundos, contemplando los garabatos de humo. La tarde se había pasado así, entre amargos vasos de cerveza y cigarrillos con sabor a promesas incumplidas.

-          El pasado, ese extraño que pasa sin tocar... – dijo con un suspiro, y aplastó la cabeza del cigarrillo contra el cenicero.
-          ¿Quién dijo eso? – me atreví a otro trago, aun sabiendo que no lo necesitaba.
-          Alguien, ¿importa realmente? – y sopló la maleza gris que nos separaba a uno del otro.
-          Sí, tenés razón – para ese entonces, ninguno de los dos sostenía la idea más que absurda acerca de la verdadera invención – Sólo que a mí parece haberme manoseado – sonreí estúpidamente.
-          A mí parece haberme decretado la vejez antes de tiempo y se la pasa sacándome sangre a diario. Y como si eso fuera poco, lo hace usando tres agujas distintas.

            Compartimos la risa del típico comediante triste. Él se recostó en el respaldo de la silla y levantó la mano para pedir la cuenta. Yo aproveché para buscar los billetes en los bolsillos del saco y de paso me ajusté un poco la corbata. Bebimos un trago largo, hasta dejar el vaso hecho espuma.


-          ¿Sabés qué es el tiempo? – preguntó y acto seguido escondió la cabeza sobre su pecho para contener el hipo.
-          Un invento del Hombre. No, ¿qué es? – me corregí rápidamente para no entrar en otro debate sin sentido.
-          El tiempo es un tren que va de estación en estación.

            Y casi instantáneamente, la música de una locomotora empezó a escribirse poco a poco sobre el tetragrama.

-          Seguime – dejó dos billetes de cien y se puso de pie.

            Me levanté de mi silla y fui tras sus pasos. Caminamos unos quince metros hasta donde estaban las vías del tren, y entonces él se sacó el reloj pulsera que llevaba en su muñeca y lo depositó sobre uno de los rieles. Me pidió el mío también, pero yo ofrecí resistencia. Insistió en que era la única manera de ayudarnos y terminé por entregárselo para que lo acomodara sobre el otro riel. Treinta segundos más tarde el tren pasó por encima y destrozó completamente nuestros relojes. Contra todo pronóstico, sentí un gran alivio al ver a la gente gritar y rodear los restos de aquel insignificante episodio.


            A la mañana siguiente, las tapas de los diarios hablaban de un loco que se había arrojado a las vías del Mitre. Asustado, agarré el teléfono y marqué su número. Cuando atendieron y pronuncié su nombre, del otro lado de la línea alguien respondió duplicando mi voz.



(Extracto de Diarios)

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