If all time is eternally present
All time is unreedemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
T.S Eliot, Burnt Norton
-
Hay
días en los que quisiera romper el reloj – le confesé casi resignado.
Él se
quedó en silencio unos segundos, contemplando los garabatos de humo. La tarde
se había pasado así, entre amargos vasos de cerveza y cigarrillos con sabor a promesas
incumplidas.
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El
pasado, ese extraño que pasa sin tocar... – dijo con un suspiro, y aplastó la
cabeza del cigarrillo contra el cenicero.
-
¿Quién
dijo eso? – me atreví a otro trago, aun sabiendo que no lo necesitaba.
-
Alguien,
¿importa realmente? – y sopló la maleza gris que nos separaba a uno del otro.
-
Sí,
tenés razón – para ese entonces, ninguno de los dos sostenía la idea más que
absurda acerca de la verdadera invención – Sólo que a mí parece haberme
manoseado – sonreí estúpidamente.
-
A mí
parece haberme decretado la vejez antes de tiempo y se la pasa sacándome sangre
a diario. Y como si eso fuera poco, lo hace usando tres agujas distintas.
Compartimos
la risa del típico comediante triste. Él se recostó en el respaldo de la silla
y levantó la mano para pedir la cuenta. Yo aproveché para buscar los billetes
en los bolsillos del saco y de paso me ajusté un poco la corbata. Bebimos un
trago largo, hasta dejar el vaso hecho espuma.
-
¿Sabés
qué es el tiempo? – preguntó y acto seguido escondió la cabeza sobre su pecho
para contener el hipo.
-
Un
invento del Hombre. No, ¿qué es? – me corregí rápidamente para no entrar en
otro debate sin sentido.
-
El
tiempo es un tren que va de estación en estación.
Y
casi instantáneamente, la música de una locomotora empezó a escribirse poco a
poco sobre el tetragrama.
-
Seguime
– dejó dos billetes de cien y se puso de pie.
Me
levanté de mi silla y fui tras sus pasos. Caminamos unos quince metros hasta
donde estaban las vías del tren, y entonces él se sacó el reloj pulsera que
llevaba en su muñeca y lo depositó sobre uno de los rieles. Me pidió el mío
también, pero yo ofrecí resistencia. Insistió en que era la única manera de
ayudarnos y terminé por entregárselo para que lo acomodara sobre el otro riel. Treinta
segundos más tarde el tren pasó por encima y destrozó completamente nuestros
relojes. Contra todo pronóstico, sentí un gran alivio al ver a la gente gritar
y rodear los restos de aquel insignificante episodio.
A la
mañana siguiente, las tapas de los diarios hablaban de un loco que se había arrojado
a las vías del Mitre. Asustado, agarré el teléfono y marqué su número. Cuando atendieron y pronuncié su nombre, del otro
lado de la línea alguien respondió duplicando mi voz.
(Extracto de Diarios)

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