Wednesday, October 29, 2014

HONEY-DEW & THE MILK OF PARADISE




Algunas noches sigo una luz amarilla
hasta una puerta azul en la que se lee: Sueño.
Yo no la abro por mi mano
ni me viene a buscar una mujer
para que entre a comprar sueños.
Y sin embargo siempre he pagado mis sueños.
No debo nada a la noche



             Es harto famosa la historia de que el recetario de láudano para apaliar la depresión fue la llave que utilizó Coleridge para adentrarse al palacio de Kubla Khan. Esta droga, que no es otra cosa que opio mezclada con alcohol, lo sumió en un profundo sueño de unas (se dice) tres horas. Tirado sobre la hierba de su finca de Exmoor, un libro de Purchas a un costado, el poeta romántico se adentró en lo más profundo de su propia – y quizás también universal – imaginación. Al levantarse, sostenía una imagen nítida que fue directamente a volcar en un papel que resultó, más que en un retrato, en una sinfonía onírica. Bastó la interrupción de su mayordomo para que el espejo de agua se quebrara y los trescientos versos se redujeran a unos inacabados cincuenta, acaso un fiel reflejo de las mismas ruinas que quedaron del palacio del emperador mongol. ¿Y a quién se debe esto? Al hombre de Porlock y el reclamo de su absurda deuda de leche.

            Ejemplos de obras concebidas por medio del sueño sobran. Sin ir muy lejos, en el mundo de la música encontramos que durante la década de los sesenta, dos de sus himnos más conocidos fueron compuestos de esta manera. Keith Richards asegura haber soñado el riff de Satisfaction, y que solamente se levantó a tiempo para grabarlo e irse a dormir nuevamente, antes de que su recuerdo se difuminara a la mañana siguiente. Por esos años, un joven McCartney pernoctaba en la casa de su por entonces novia, Jane Asher, cuando súbitamente se despertó en medio de la noche con la melodía de una canción entera. Sin perder tiempo, bajó hasta donde se encontraba el piano y escribió en un papel, a su manera (porque no sabía leer ni escribir en pentagrama), lo que estaba tocando. El título momentáneo de la canción y su primer pareado fueron ensayados en cada prueba de sonido de los Beatles durante unos meses, un invento que divirtió a Lennon hasta que Scrambled eggs, Oh my darlin’ how I love your legs se transformó, finalmente, en la antológica Yesterday. Dos décadas más tarde, un tal Gordon Matthew Sumner se levantaría perseguido por la sombra de la separación con su ex mujer, y usando un pequeño Hammond armaría el esqueleto de la canción más reproducida en las radios desde entonces, el paradigma stalker: Every breath you take.

            Si cambiamos el eje musical hacia el arte plástico – o pictórico o como quieran llamarlo -, no falta nunca mencionar los cientos de bocetos que debió hacer Picasso para retratar a esas proto-cubistas mujeres de Avignon tal cual las recordaba de su sueño, ni tampoco la mayor parte (por no decir todas) las obras del parcialmente obsesivo pintor de rinocerontes, Salvador Dalí.


            Existen también otro tipo de artistas, aquellos que realizan sueños en la vigilia. El ejemplo más claro y representativo de esto es el poeta Tomas Tranströmer, quien se jactaba de que su oficio era lo más parecido a soñar despierto. No quedan excluidos de esto otros tantos, como André Breton, Antonin Artaud, Pierre Kemp, John Keats, e incluso el mismísimo Borges, por citar algunos.

            Los sueños siempre fueron, desde muy chico, el tema que más me interesó en mi vida, y fueron la sustancia de la cual se alimentaron la mayoría de las cosas que escribí. No podría explicar bien por qué, quizás porque es un lugar al que sólo uno tiene acceso y en donde nada es imposible. Sí, es cierto también que a veces uno no es amo de sus sueños y, o bien nos esclavizan al volverse pesadillas, o bien la realidad y las normas sociales se imponen por sobre el poder del deseo y la libertad de la imaginación. Explicaciones posibles de este fenómeno se apilan de a montones, unas sobre otras, como una gigantesca torre de Babel en donde todos van olvidando la antigua lengua freudiana que les permitía comunicarse entre sí.  

            Más allá del placer que supone entregarse a los juegos oníricos, supongo que mi fascinación por los sueños parte de la base de que aún no se ha podido encontrar una respuesta a qué los produce ni cómo funcionan con exactitud (o eso al menos creo). Y como el Adonais de Shelley, espero que no se diseñe, antes de mi muerte, un prisma que pueda descomponer los colores de su arcoíris.


(Extracto de Diarios)

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