This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper
T.S Eliot, The Hollow Men
La primera vez que leí a Kafka fue en segundo año del
colegio. Lo conocía de antemano porque mis hermanos lo habían leído también, y
nunca faltaba algún librero que me lo recomendara a pesar de mi corta capacidad
de análisis, teniendo en cuenta que sólo tenía catorce años en aquel entonces. La metamorfosis fue el relato que nos
mandaron a leer, setenta páginas que me resultaron por demás monótonas y exageradamente
absurdas. Mi texto, de la editorial Cántaro (que nos hacían comprar porque la
jefa del departamento de literatura del colegio tenía una participación en las
ganancias), no traía algún apéndice que sirviera de ayuda o clave para leer la
obra, o por lo menos así lo recuerdo. Mientras leía mi cabeza se perdía
divagando entre canciones que me perdía de escuchar por prestarle atención a un
relato que no se terminaba de animar a cruzar la frontera de lo fantástico para
ensayar algún tipo de promesa de respuesta coherente a la transformación
sinsentido de un hombre (Gregorio Samsa) en un insecto – que, está más que
claro, tampoco era definido. Afortunadamente, no existió examen alguno sobre
Kafka, y yo enterré en mi memoria todo esto que ahora les estoy relatando, sin
detenerme a pensar en qué había querido significar el autor con una de las
pocas obras que había publicado en vida.
Nueve
años tuvieron que pasar para que se instalara en mí la curiosidad que no había
sentido de chico. Borges y Nooteboom, dos de mis autores predilectos, entre
tantos otros, derrochaban todo tipo de elogios hacia la obra de Kafka,
destacándolo como uno de los escritores más influyentes del siglo XX. ¿Qué tendrá este tipo que escribe la
historia de un tipo que se convierte en un bicho para que sea tan destacado universalmente?
Necesitaba leer algo urgentemente, ponerme al día con esa tarea pendiente. La
única información que tenía de Kafka era que la mayor parte de su obra se había
publicado póstumamente, a expensas de uno de sus amigos (Max Brod) que,
desobedeciendo el testamento que lo instaba a quemar su legado, dio a
conocer al mundo uno de los más fieles testimonios de literatura expresionista.
No
recuerdo bien si fue por el mes de agosto o septiembre que entré en una
librería y me llevé sus relatos completos en dos tomos y una de sus tres
novelas, El proceso. Intenté sentarme
en una mesa a leer algunos de sus cuentos cortos, pero por alguna razón preferí
continuar con la odisea neoyorquina de Bellow (Seize the day), que por esos días supo transmitirme la paz que
andaba necesitando. Ese aparente viaje relámpago de cien páginas se perpetuó en
el tiempo con la lectura de otras tantas obras, pero finalmente decidí encarar
a fin de año el texto más pesado y reconocido, Der Prozeß. Me tomó unos cuantos días, por distintas razones en
las que no voy a entrar en detalle, y la lectura se extendió al año nuevo. Al
principio se me hizo llevadero, hasta el capítulo del pintor, en el que me
quedé dormido en repetidas ocasiones. La sensación fue más o menos similar a mi
interpretación del texto: de entrada iba a pasos agigantados, elaborando todo
tipo de conceptos a propósito de qué podía significar el proceso en sí y hacia
qué dirección intentaba dirigirme el narrador. No pude evitar imaginarme que el
protagonista era el mismo Kafka, teniendo en cuenta su nombre (K), que era apoderado de un banco (empleado administrativo) y que
contaba con conocimientos jurídicos. No está de más decir que, como estudio
derecho, se me hacía imposible no dejar de maquinarme con todo lo que exponía
el texto en materia del sistema judicial, y comparar constantemente lo que
parecía ser a principio de siglo con lo actual.
La
novela está ambientada en una sociedad opresora, en donde impera el Estado por
encima de todo – inserte concepto de sistema totalitario, Kafka viendo a la
distancia lo que se avecinaba con el nazismo alemán y el fascismo italiano -,
reflejado mediante uno de sus poderes, aquí el judicial, que representa la
legalidad, lo que sustenta el proceso. La libertad individual es inexistente
desde casi todo punto de vista. A cualquier sujeto se le puede imponer un
proceso sin ser informado de qué se lo acusa, dejando como único destino aceptar
las condiciones impuestas. Kafka, desde esta óptica, parece estrecharse con el
naturalismo, que plantea que no existe el libre albedrío. Sin embargo, hay una
diferencia sustancial que lo mantiene fuera de su esfera, que no es otra cosa
sino el estilo con que se desenvuelve para presentarnos la historia: el
expresionismo en tercera persona. La técnica kafkiana consiste, básicamente, en
describir todo desde la visión del pensamiento y/o sentimientos de sus
personajes, y en este caso en particular, del protagonista, K. La única vía de
escape al destino manifiesto parece encontrarse en los personajes femeninos que
comparten algún vínculo amoroso o pasional con K, que son, a su vez, aquellos
que generan en última instancia la alienación y el descontrol emocional sobre
su vida (¿esto podría entenderse como que el amor es la salida frente a la
opresión, siempre al costo de fracasar estrepitosamente?).
Un
hecho dado por sentado en la novela es que todo depende, de una forma u otra, de la Justicia. Tanto el pintor (que representa al arte) y sus niñas (la juventud,
que habitan en un edificio de propiedad del poder judicial), como el abate (la
Iglesia o religión) o el industrial (que tiene redes con los jueces a través
del pintor), están inexorablemente sujetos al Estado y pueden hallarse, en
cualquier momento, víctimas de un proceso. En esta sociedad – y en esto no
parece muy distinta a la nuestra – valen más las conexiones que uno pueda tener
con el poder que la prueba que se pueda aportar para probar su inocencia. Y a pesar de todo, no hay registro de casos en los que se haya decretado
el fin de un proceso que culmine con la absolución definitiva del imputado; sólo existe una
presunción, una leyenda que carece de validez a la hora de ser utilizada como jurisprudencia en una presentación frente al juez.
Sobre
el final de la novela se puede observar claramente mediante el diálogo que
mantiene K con el abate aquello que apuntala los dos ejes que acabo de
presentar: el totalitarismo, por un lado, y la corrupción del sistema judicial
por el otro.
No –
dijo el abate –, no se está obligado a creer cierto todo lo que dice; basta que
se lo tenga como necesario.
Triste opinión – dijo K... –
Elevaría la mentira a la altura de una regla del mundo.
(Es importante aclarar que esta conversación se da a
partir de una fábula que el abate le relata a K en la catedral, la cual no voy
a detallar por razones obvias. De todas formas, me parece que estas líneas
resumen de manera sucinta lo que plantea la obra).
Como
muchos de los escritos de Kafka, El
proceso está plagado de todo tipo de lagunas. De alguna manera, podría
decirse que es una novela inconclusa, ya sea por algunos pasajes – como el
capítulo VIII -, o bien porque el mismo autor no pudo, a su parecer, dar una
forma cerrada a qué se refería con el proceso en sí (algo por estilo dice en el
epílogo de mi libro). A diferencia de esto, yo creo que la obra cobra mayor
sentido a través de su aparente falta de explicaciones. Allí radica el verdadero
espíritu del llamado proceso, en no comprender del todo qué es, en cuestionarse
una y otra vez de qué pudo haberse tratado. El proceso como algo infinito, algo
que se construye sobre sí mismo (incluso cuando se decreta la liberación del
procesado, puede volverse a producir nuevamente) y no requiere de una certeza,
sino de la simple y pura necesidad, como la vida misma, hasta que la muerte
hunda su cuchillo y lo único que sobreviva a todo eso sea la vergüenza.
(Extracto de Diarios)

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