On the sea and on the shore he was a wanderer
LORD BYRON, The Dream
Todo
fue culpa de Salvador y su condenado llamado.
Estábamos sentados en la mesa y yo le comentaba a Josefina las últimas
observaciones de los jardines flotantes que había capturado gracias al
telescopio de Olivia, cuando se le vino esa idea a la cabeza. Soltó los
cubiertos de golpe y se puso a mirarnos uno por uno, como si buscara en
nuestros ojos la respuesta a su propio silencio. Dijo que tenía algo importante
para contar, pero que lo haría más tarde, que no estaba muy seguro de que fuese
el momento indicado.
Esperamos
a que terminara la cena y el resto se fuera a dormir para discutir el asunto.
Salimos de la casa, le ofrecí un cigarro, y tras encenderlo nos pusimos a
caminar por el campo. Hablamos un rato sobre los inventos que podríamos
construir, y otro poco sobre los frutos que tardaban más de cien estaciones en
madurar. Le explicaba, igual que a su hermana un rato antes, que los heradios
debían ser recogidos con finas cuerdas de oro, o de lo contrario se corría el
riesgo de que su cáscara se endureciera al punto de volverlo prácticamente
incomestible. Él se reía de todo lo que precisara una medida, le parecía
absurdo, y más se reía cuando le mencionaba alguno de los tantos
descubrimientos de Olivia, mi otra hija. Le pregunté cuándo iba a venir a
visitarnos al gabinete, al menos para pasarse el rato a carcajadas. No buscaba
presionarlo, simplemente quería compartir un poco más de tiempo con el único de
todos mis hijos que había optado por dedicarse enteramente a pensar y nada más.
De eso te quería hablar, justamente.
Necesitó de otro silencio para comunicarme la noticia. Voy a cruzar la frontera. Lo agarré fuerte del hombro y le clavé la
mirada para ver si me estaba haciendo alguna broma. Nada de eso, acá nadie cruza la frontera. Me dijo que no era su
intención contradecirme, pero que no era ya una decisión mía ni suya. ¿Qué parte de que no vas a cruzar la
frontera no te queda claro? Acá, primero, la cruzan los padres, y recién
después los hijos. ¿Te falta algo acá? No, tenés todo lo que querés. Y sin
embargo, parece que no fuera suficiente, que siempre te falta algo, como a tu
madre. No me agradó usar esas palabras con él, pero no estaba dispuesto a
que lo intentara. Ella ya se había ido mucho tiempo atrás, sin siquiera
despedirse, y desde entonces había tomado la decisión de que hasta que yo no la
traspasara, nadie más lo haría. ¿Sabés
qué pasa cuando pasás ese árbol, no? No
volvés. Nadie que lo haya hecho volvió para contarlo.
Salvador
sabía mejor que cualquiera la historia de mi padre, ese hombre que nos había
traído hasta el lugar en donde nos encontrábamos. Él, y nadie más, había
descubierto los jardines que cuelgan del cielo y sus frutos que caen como hojas
en la tierra, una y otra vez, y que al ser devorados sus semillas se elevan
nuevamente hasta plantarse, sembrarse, y finalmente brotar en flor. Sí, lo sé. Y también sé que la única semilla
que fue plantada acá abajo hizo crecer ese árbol, y que el abuelo lo hizo para
que nadie se perdiera por accidente y cruzara la frontera. Pero él también la
cruzó. Le aclaré que eso había sido culpa de su ceguera, que ya andaba
viejo y que no sabía ni por dónde caminaba. No
importa, yo voy a cruzarla igual, te guste o no. Yo no creo que mamá se haya
ido porque sí. Yo creo que ella, en su interior, creía que había algo más allá.
Y yo creo lo mismo. Le dije que era suficiente y una mano invisible contuvo
el puño en el aire. Nadie, sin mi permiso, se iba a ir.
Y
así, al primer descuido, el primero de mis hijos me abandonó sin decir palabra.
Escondí en mi interior las lágrimas de los ojos de Josefina y Olivia, y les negué
rotundamente que Salvador siquiera hubiera pensado en cruzar la frontera. Les
dije que el campo era lo suficientemente extenso como para perderse unas
cuantas estaciones, y que él había necesitado irse por un tiempo, pero que ya
volvería. De ahí en adelante me dediqué a que Josefina se nos uniera a diario
en el observatorio y nos ayudara a detectar nuevos y mejores frutos que pendían
del cielo. Largas temporadas de frustraciones y descubrimientos se pasaron como
arena entre las manos, y las chicas empezaron a preguntar más y más por su
hermano desaparecido. Noche tras noche, fui relatándoles los incontables viajes
de Salvador a través de la tierra que nunca se acaba, sin saber que de esa
manera, lo único que estaba cultivando en ellas era el brote de la curiosidad.
Desaparecieron
sin darme una señal, aunque en el fondo sabía desde siempre que, tarde o
temprano, ese momento iba a llegar. Sobre el escritorio de su habitación me
habían dejado el telescopio y una nota que decía que habían descubierto un
hueco en el cielo en donde florecía una luz del tamaño de una peca, y que
habían ido a buscarla.
No me
queda otra opción. Ahora me encuentro en dirección al final del horizonte, en
donde me espera el árbol de la frontera. Camino despacio, como quien se prepara
para comenzar una larga procesión. Me detengo ante él y siento temor frente a
la incertidumbre. No sé cuántas estaciones habrán pasado desde que se fueron
todos, pero lo único que todavía conservo es el refugio de mi soledad, esa
compañía que no está. Saco el telescopio de un bolsillo, pero me rehúso a
usarlo. Doy un paso hacia delante y en un acto de fe cruzo la frontera. Miro al
cielo y levanto mis manos en alto, esperando que todo acabe en ese instante,
pero para mi sorpresa, todo sigue igual. Giro sobre mis talones y, al darme la
vuelta para contemplar por última vez mi viejo jardín, descubro un fenómeno que
no había visto jamás. Acostado en el suelo, un hombre vestido completamente de
negro descansa bajo mis pies. Me acerco para tocarlo, pero al hacerlo no lo
siento, y pienso que si eso es cruzar la frontera, entonces no significa nada.
Sólo estar vivo.
(De Valparaíso)

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