Saturday, February 7, 2015

LA FRONTERA






On the sea and on the shore he was a wanderer
LORD BYRON, The Dream


            Todo fue culpa de Salvador y su condenado llamado. Estábamos sentados en la mesa y yo le comentaba a Josefina las últimas observaciones de los jardines flotantes que había capturado gracias al telescopio de Olivia, cuando se le vino esa idea a la cabeza. Soltó los cubiertos de golpe y se puso a mirarnos uno por uno, como si buscara en nuestros ojos la respuesta a su propio silencio. Dijo que tenía algo importante para contar, pero que lo haría más tarde, que no estaba muy seguro de que fuese el momento indicado.

            Esperamos a que terminara la cena y el resto se fuera a dormir para discutir el asunto. Salimos de la casa, le ofrecí un cigarro, y tras encenderlo nos pusimos a caminar por el campo. Hablamos un rato sobre los inventos que podríamos construir, y otro poco sobre los frutos que tardaban más de cien estaciones en madurar. Le explicaba, igual que a su hermana un rato antes, que los heradios debían ser recogidos con finas cuerdas de oro, o de lo contrario se corría el riesgo de que su cáscara se endureciera al punto de volverlo prácticamente incomestible. Él se reía de todo lo que precisara una medida, le parecía absurdo, y más se reía cuando le mencionaba alguno de los tantos descubrimientos de Olivia, mi otra hija. Le pregunté cuándo iba a venir a visitarnos al gabinete, al menos para pasarse el rato a carcajadas. No buscaba presionarlo, simplemente quería compartir un poco más de tiempo con el único de todos mis hijos que había optado por dedicarse enteramente a pensar y nada más. De eso te quería hablar, justamente. Necesitó de otro silencio para comunicarme la noticia. Voy a cruzar la frontera. Lo agarré fuerte del hombro y le clavé la mirada para ver si me estaba haciendo alguna broma. Nada de eso, acá nadie cruza la frontera. Me dijo que no era su intención contradecirme, pero que no era ya una decisión mía ni suya. ¿Qué parte de que no vas a cruzar la frontera no te queda claro? Acá, primero, la cruzan los padres, y recién después los hijos. ¿Te falta algo acá? No, tenés todo lo que querés. Y sin embargo, parece que no fuera suficiente, que siempre te falta algo, como a tu madre. No me agradó usar esas palabras con él, pero no estaba dispuesto a que lo intentara. Ella ya se había ido mucho tiempo atrás, sin siquiera despedirse, y desde entonces había tomado la decisión de que hasta que yo no la traspasara, nadie más lo haría. ¿Sabés qué pasa cuando pasás ese árbol, no? No volvés. Nadie que lo haya hecho volvió para contarlo.

            Salvador sabía mejor que cualquiera la historia de mi padre, ese hombre que nos había traído hasta el lugar en donde nos encontrábamos. Él, y nadie más, había descubierto los jardines que cuelgan del cielo y sus frutos que caen como hojas en la tierra, una y otra vez, y que al ser devorados sus semillas se elevan nuevamente hasta plantarse, sembrarse, y finalmente brotar en flor. Sí, lo sé. Y también sé que la única semilla que fue plantada acá abajo hizo crecer ese árbol, y que el abuelo lo hizo para que nadie se perdiera por accidente y cruzara la frontera. Pero él también la cruzó. Le aclaré que eso había sido culpa de su ceguera, que ya andaba viejo y que no sabía ni por dónde caminaba. No importa, yo voy a cruzarla igual, te guste o no. Yo no creo que mamá se haya ido porque sí. Yo creo que ella, en su interior, creía que había algo más allá. Y yo creo lo mismo. Le dije que era suficiente y una mano invisible contuvo el puño en el aire. Nadie, sin mi permiso, se iba a ir.

            Y así, al primer descuido, el primero de mis hijos me abandonó sin decir palabra. Escondí en mi interior las lágrimas de los ojos de Josefina y Olivia, y les negué rotundamente que Salvador siquiera hubiera pensado en cruzar la frontera. Les dije que el campo era lo suficientemente extenso como para perderse unas cuantas estaciones, y que él había necesitado irse por un tiempo, pero que ya volvería. De ahí en adelante me dediqué a que Josefina se nos uniera a diario en el observatorio y nos ayudara a detectar nuevos y mejores frutos que pendían del cielo. Largas temporadas de frustraciones y descubrimientos se pasaron como arena entre las manos, y las chicas empezaron a preguntar más y más por su hermano desaparecido. Noche tras noche, fui relatándoles los incontables viajes de Salvador a través de la tierra que nunca se acaba, sin saber que de esa manera, lo único que estaba cultivando en ellas era el brote de la curiosidad.

            Desaparecieron sin darme una señal, aunque en el fondo sabía desde siempre que, tarde o temprano, ese momento iba a llegar. Sobre el escritorio de su habitación me habían dejado el telescopio y una nota que decía que habían descubierto un hueco en el cielo en donde florecía una luz del tamaño de una peca, y que habían ido a buscarla.     




            No me queda otra opción. Ahora me encuentro en dirección al final del horizonte, en donde me espera el árbol de la frontera. Camino despacio, como quien se prepara para comenzar una larga procesión. Me detengo ante él y siento temor frente a la incertidumbre. No sé cuántas estaciones habrán pasado desde que se fueron todos, pero lo único que todavía conservo es el refugio de mi soledad, esa compañía que no está. Saco el telescopio de un bolsillo, pero me rehúso a usarlo. Doy un paso hacia delante y en un acto de fe cruzo la frontera. Miro al cielo y levanto mis manos en alto, esperando que todo acabe en ese instante, pero para mi sorpresa, todo sigue igual. Giro sobre mis talones y, al darme la vuelta para contemplar por última vez mi viejo jardín, descubro un fenómeno que no había visto jamás. Acostado en el suelo, un hombre vestido completamente de negro descansa bajo mis pies. Me acerco para tocarlo, pero al hacerlo no lo siento, y pienso que si eso es cruzar la frontera, entonces no significa nada. Sólo estar vivo.  



(De Valparaíso)

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