Sunday, February 15, 2015
A LA SOMBRA DE UN AMANECER
A la sombra de un amanecer
Vi a un hombre abrirse paso
Por la hendija del horizonte
Sus alas, ya plegadas, batían un inútil vuelo,
Caída libre que transforma la pluma en idea,
Cambio, deseo, vida y muerte; eterna imaginación.
En él se adivinaba la mirada perdida
En un rincón divino, jardín sin recuerdos.
Su alborada inmortal, dormida
Sobre dos soles de obsidiana,
Devastaba paisajes de guerras pasadas
Y me traía de vuelta a su orilla
Saturday, February 7, 2015
LA FRONTERA
On the sea and on the shore he was a wanderer
LORD BYRON, The Dream
Todo
fue culpa de Salvador y su condenado llamado.
Estábamos sentados en la mesa y yo le comentaba a Josefina las últimas
observaciones de los jardines flotantes que había capturado gracias al
telescopio de Olivia, cuando se le vino esa idea a la cabeza. Soltó los
cubiertos de golpe y se puso a mirarnos uno por uno, como si buscara en
nuestros ojos la respuesta a su propio silencio. Dijo que tenía algo importante
para contar, pero que lo haría más tarde, que no estaba muy seguro de que fuese
el momento indicado.
Esperamos
a que terminara la cena y el resto se fuera a dormir para discutir el asunto.
Salimos de la casa, le ofrecí un cigarro, y tras encenderlo nos pusimos a
caminar por el campo. Hablamos un rato sobre los inventos que podríamos
construir, y otro poco sobre los frutos que tardaban más de cien estaciones en
madurar. Le explicaba, igual que a su hermana un rato antes, que los heradios
debían ser recogidos con finas cuerdas de oro, o de lo contrario se corría el
riesgo de que su cáscara se endureciera al punto de volverlo prácticamente
incomestible. Él se reía de todo lo que precisara una medida, le parecía
absurdo, y más se reía cuando le mencionaba alguno de los tantos
descubrimientos de Olivia, mi otra hija. Le pregunté cuándo iba a venir a
visitarnos al gabinete, al menos para pasarse el rato a carcajadas. No buscaba
presionarlo, simplemente quería compartir un poco más de tiempo con el único de
todos mis hijos que había optado por dedicarse enteramente a pensar y nada más.
De eso te quería hablar, justamente.
Necesitó de otro silencio para comunicarme la noticia. Voy a cruzar la frontera. Lo agarré fuerte del hombro y le clavé la
mirada para ver si me estaba haciendo alguna broma. Nada de eso, acá nadie cruza la frontera. Me dijo que no era su
intención contradecirme, pero que no era ya una decisión mía ni suya. ¿Qué parte de que no vas a cruzar la
frontera no te queda claro? Acá, primero, la cruzan los padres, y recién
después los hijos. ¿Te falta algo acá? No, tenés todo lo que querés. Y sin
embargo, parece que no fuera suficiente, que siempre te falta algo, como a tu
madre. No me agradó usar esas palabras con él, pero no estaba dispuesto a
que lo intentara. Ella ya se había ido mucho tiempo atrás, sin siquiera
despedirse, y desde entonces había tomado la decisión de que hasta que yo no la
traspasara, nadie más lo haría. ¿Sabés
qué pasa cuando pasás ese árbol, no? No
volvés. Nadie que lo haya hecho volvió para contarlo.
Friday, January 9, 2015
À LA RECHERCHE DE PARIS
Tu
sombra hiende la distancia
París.
La ciudad más bella del mundo, y lo
escribo en cursiva porque no son palabras mías, sino parte de un imaginario
popular que en los próximos meses espero poder verificar cuando me encuentre
vagando por sus calles.
Casi
todo lo que sé de ella lo aprendí en esos doce largos y aburridos años de francés
durante toda la primaria y secundaria. La primera palabra que aprendí me la
enseñó mi abuela, fenêtre, y en esos
dos meses en los que me preparó antes de entrar a primer grado no faltó un día
que no me llamase así.
Recuerdo
que mi mamá (y todas sus amigas) me decían que a las mujeres les fascinaba el
francés y que tenía suerte de poder aprenderlo, porque todas las chicas iban a
morirse cuando dijese cualquier cosa. Yo le contestaba que odiaba al francés y
que estaba diciendo boludeces. Y no me equivoqué. Hasta el día de la fecha, el
marcador de chamuyo gálico sigue en cero (tampoco es que lo intenté, si vamos a
los hechos).
Mis
profesoras me decían que tenía buen acento, que me salía muy francés. Yo, hasta
que no me operaron de la lengua, pensaba que era un inútil que a pesar de ir a
la fonoaudióloga casi seis meses no podía pronunciar bien la R.
Pero
mejor vayamos a lo práctico, ¿qué provecho le saqué a todo eso? Nada, excepto
poner que sé francés en el currículum y poder escuchar entrevistas a escritores
y músicos franceses sin subtítulos. También puedo mantener una conversación,
aunque hace tanto tiempo que no lo practico que dudo seriamente de mi habilidad
para comunicarme.
Lo
mío siempre fue el inglés. Por cuestiones de familia, asumo. La musicalidad que
tiene fue algo que siempre me atrajo, y la sencillez de sus tiempos verbales no
es un dato menor. En el colegio aprendí primero qué eran los tiempos verbales
en francés antes que en castellano. El verbo avoir. La grilla con todos los sujetos es algo que todavía puedo
ver como una de esas fotos viejas que mi viejo guarda en cajas gigantes, que
están tan bien conservadas que ni siquiera hay que desempolvarlas. El pizarrón
verde (siempre me pregunté ¿por qué verde?... El negro es tanto más útil) y la
tiza blanca, y los gritos de Madame por estar mirando las figuritas del
mundial Francia 98.
Tuesday, January 6, 2015
DER PROZEß
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper
T.S Eliot, The Hollow Men
La primera vez que leí a Kafka fue en segundo año del
colegio. Lo conocía de antemano porque mis hermanos lo habían leído también, y
nunca faltaba algún librero que me lo recomendara a pesar de mi corta capacidad
de análisis, teniendo en cuenta que sólo tenía catorce años en aquel entonces. La metamorfosis fue el relato que nos
mandaron a leer, setenta páginas que me resultaron por demás monótonas y exageradamente
absurdas. Mi texto, de la editorial Cántaro (que nos hacían comprar porque la
jefa del departamento de literatura del colegio tenía una participación en las
ganancias), no traía algún apéndice que sirviera de ayuda o clave para leer la
obra, o por lo menos así lo recuerdo. Mientras leía mi cabeza se perdía
divagando entre canciones que me perdía de escuchar por prestarle atención a un
relato que no se terminaba de animar a cruzar la frontera de lo fantástico para
ensayar algún tipo de promesa de respuesta coherente a la transformación
sinsentido de un hombre (Gregorio Samsa) en un insecto – que, está más que
claro, tampoco era definido. Afortunadamente, no existió examen alguno sobre
Kafka, y yo enterré en mi memoria todo esto que ahora les estoy relatando, sin
detenerme a pensar en qué había querido significar el autor con una de las
pocas obras que había publicado en vida.
Nueve
años tuvieron que pasar para que se instalara en mí la curiosidad que no había
sentido de chico. Borges y Nooteboom, dos de mis autores predilectos, entre
tantos otros, derrochaban todo tipo de elogios hacia la obra de Kafka,
destacándolo como uno de los escritores más influyentes del siglo XX. ¿Qué tendrá este tipo que escribe la
historia de un tipo que se convierte en un bicho para que sea tan destacado universalmente?
Necesitaba leer algo urgentemente, ponerme al día con esa tarea pendiente. La
única información que tenía de Kafka era que la mayor parte de su obra se había
publicado póstumamente, a expensas de uno de sus amigos (Max Brod) que,
desobedeciendo el testamento que lo instaba a quemar su legado, dio a
conocer al mundo uno de los más fieles testimonios de literatura expresionista.
No
recuerdo bien si fue por el mes de agosto o septiembre que entré en una
librería y me llevé sus relatos completos en dos tomos y una de sus tres
novelas, El proceso. Intenté sentarme
en una mesa a leer algunos de sus cuentos cortos, pero por alguna razón preferí
continuar con la odisea neoyorquina de Bellow (Seize the day), que por esos días supo transmitirme la paz que
andaba necesitando. Ese aparente viaje relámpago de cien páginas se perpetuó en
el tiempo con la lectura de otras tantas obras, pero finalmente decidí encarar
a fin de año el texto más pesado y reconocido, Der Prozeß. Me tomó unos cuantos días, por distintas razones en
las que no voy a entrar en detalle, y la lectura se extendió al año nuevo. Al
principio se me hizo llevadero, hasta el capítulo del pintor, en el que me
quedé dormido en repetidas ocasiones. La sensación fue más o menos similar a mi
interpretación del texto: de entrada iba a pasos agigantados, elaborando todo
tipo de conceptos a propósito de qué podía significar el proceso en sí y hacia
qué dirección intentaba dirigirme el narrador. No pude evitar imaginarme que el
protagonista era el mismo Kafka, teniendo en cuenta su nombre (K), que era apoderado de un banco (empleado administrativo) y que
contaba con conocimientos jurídicos. No está de más decir que, como estudio
derecho, se me hacía imposible no dejar de maquinarme con todo lo que exponía
el texto en materia del sistema judicial, y comparar constantemente lo que
parecía ser a principio de siglo con lo actual.
Thursday, December 25, 2014
Sunday, November 30, 2014
PASEO INMORTAL: CRÓNICA DE CIENCIA Y FICCIÓN
Y todo es una veloz película muda
Era
sábado al mediodía y no había tenido mejor idea que ir a pasar la tarde en un
festival hipster en los Bosques de Palermo, en donde se ofrecían espectáculos y
actividades de todo tipo, incluyendo distintos actos musicales, exposiciones y
talleres de poesía slam, y un juego que, a mi parecer, lo más probable es que
haya sido inventado por un grupo de gente (bizarra) que quería jugar al Twister
pero no tenían el tablero y se consideraban lo suficientemente frígidos como
para permitir el contacto corporal.
Las
primeras dos horas se pasaron rápidas entre divagaciones hechas de miradas
ajenas, largas bocanadas de humo, tapings y delirios cuasi-loopeados de Eric
Mandarina, y los simpáticos (anti)poemas de Poesía-Estéreo que todavía siguen robándose
migajas de la mesa de Nicanor Parra. Yo descansaba a la sombra, encendiendo y
apagando cigarrillos como quien mide el tiempo a la velocidad en la que arde su
pequeña torre de marfil, pensando en que toda esa parafernalia de cultura under
tenía poco del Mayo Francés y mucho de un Woodstock macrista. Entre acto y
acto, un amigo me contestó el mensaje que le había enviado hacía un rato.
Estaba ahí, refugiado en sus anteojos de ámbar-leopardo y en compañía de Tavo,
una remera verde camuflándose entre la multitud. Unos días atrás me había
confundido con un ciclista por la calle y después de aclarar el malentendido vía texto habíamos quedado
en juntarnos a la brevedad.
En
unos pocos minutos nos pusimos al día y nos echamos al sol a disfrutar del
resto de lo que nos ofrecía la jornada. Hablamos un poco de todo, tomando como
punto de partida el último encuentro casual que habíamos tenido en The Mansion,
en donde había tocado un set acústico de su tercer disco usando dos guitarras
diferentes, una de las cuales la había comprado en su viaje a Bolivia. Me dijo
que se iba un mes al norte de Brasil en el verano a filmar una película sobre
la vida de los pescadores, y no pude evitar imaginármelo como otra nueva
recreación del clásico de Hemingway, The
old man and the sea. Nos quedamos a escuchar dos bandas más, discutiendo
acerca del volumen que tenían algunos instrumentos y cómo entre la música y la
voz del cantante tenía que existir un equilibrio que no se estaba logrando en
razón del género que tocaban. La primera banda se asemejaba a una performance de
circo con matices de música balcánica, en tanto que la segunda consistía en dos
guitarristas de folklore que improvisaban mientras un falso payador leía
papeles analfabetos de rima, métrica o cualquier vestigio de armonía sonora. Con
el simulacro de peña se fugaron los últimos rayos de sol y finalmente comenzó
el campeonato de slam. Tres participantes sobrecargados de vacíos mensajes meta-competencia
y paralelismos sintácticos bastaron para decretar el crepúsculo de una tarde
que, para mi gusto, ya se había extendido más de la cuenta. Nos levantamos y
enfilamos hacia Libertador para volver a nuestras casas.
Sunday, November 23, 2014
LIFE & TIME OF JOHN CLARE
Written
in Northhampton County Asylum
Otra
vez acá, en este encierro que algunos llaman locura pero que para mí es vida.
Ya ni siquiera recuerdo hace cuántos años que
estoy en este asilo: ¿cinco, diez, quince o más...?
¡Cómo
si el tiempo entendiera de cantidades!
Lo
único que parece real es lo que escribo en los papeles que me da el doctor,
marcas de un preso de su propio silencio que talla las hojas de un otoño
perenne.
¿Adónde quedaron los días en los que
no hubo un sol de noche, adónde todos esos miles de hombres que pude ser y por
capricho del destino no elegí?
Dicen
que un hombre no es sólo un hombre. Es uno y todos a la vez. Yo también fui
Byron
Y
condenado por los viajes de mi imaginación huí en la piel de Don Juan hacia la
Venecia de Shakespeare, exiliándome del amor que siempre anhelé y jamás pude
encontrar.
Yo no
morí en Grecia. Fue la tragedia la que me persiguió volviendo a casa y consumó
por siempre con su fuego las cenizas de la pasión.
Wednesday, October 29, 2014
HONEY-DEW & THE MILK OF PARADISE
Algunas noches sigo una
luz amarilla
hasta una puerta azul en
la que se lee: Sueño.
Yo no la abro por mi
mano
ni me viene a buscar una
mujer
para que entre a comprar
sueños.
Y sin embargo siempre he
pagado mis sueños.
No debo nada a la noche
Es harto famosa la historia de que el
recetario de láudano para apaliar la depresión fue la llave que utilizó
Coleridge para adentrarse al palacio de Kubla
Khan. Esta droga, que no es otra cosa que opio mezclada con alcohol, lo
sumió en un profundo sueño de unas (se dice) tres horas. Tirado sobre la hierba
de su finca de Exmoor, un libro de Purchas a un costado, el poeta romántico se
adentró en lo más profundo de su propia – y quizás también universal –
imaginación. Al levantarse, sostenía una imagen nítida que fue directamente a volcar
en un papel que resultó, más que en un retrato, en una sinfonía onírica. Bastó
la interrupción de su mayordomo para que el espejo de agua se quebrara y los
trescientos versos se redujeran a unos inacabados cincuenta, acaso un fiel
reflejo de las mismas ruinas que quedaron del palacio del emperador mongol. ¿Y
a quién se debe esto? Al hombre de Porlock y el reclamo de su absurda deuda de
leche.
Ejemplos
de obras concebidas por medio del sueño sobran. Sin ir muy lejos, en el mundo
de la música encontramos que durante la década de los sesenta, dos de sus
himnos más conocidos fueron compuestos de esta manera. Keith Richards asegura
haber soñado el riff de Satisfaction,
y que solamente se levantó a tiempo para grabarlo e irse a dormir nuevamente,
antes de que su recuerdo se difuminara a la mañana siguiente. Por esos años, un
joven McCartney pernoctaba en la casa de su por entonces novia, Jane Asher, cuando
súbitamente se despertó en medio de la noche con la melodía de una canción
entera. Sin perder tiempo, bajó hasta donde se encontraba el piano y escribió
en un papel, a su manera (porque no sabía leer ni escribir en pentagrama), lo
que estaba tocando. El título momentáneo de la canción y su primer pareado
fueron ensayados en cada prueba de sonido de los Beatles durante unos meses, un
invento que divirtió a Lennon hasta que Scrambled
eggs, Oh my darlin’ how I love your legs se transformó, finalmente, en la
antológica Yesterday. Dos décadas más
tarde, un tal Gordon Matthew Sumner se levantaría perseguido por la sombra de la
separación con su ex mujer, y usando un pequeño Hammond armaría el esqueleto de
la canción más reproducida en las radios desde entonces, el paradigma stalker: Every breath you take.
Si
cambiamos el eje musical hacia el arte plástico – o pictórico o como quieran
llamarlo -, no falta nunca mencionar los cientos de bocetos que debió hacer
Picasso para retratar a esas proto-cubistas mujeres de Avignon tal cual las recordaba
de su sueño, ni tampoco la mayor parte (por no decir todas) las obras del
parcialmente obsesivo pintor de rinocerontes, Salvador Dalí.
Monday, October 13, 2014
DIÁSTOLE
If all time is eternally present
All time is unreedemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
T.S Eliot, Burnt Norton
-
Hay
días en los que quisiera romper el reloj – le confesé casi resignado.
Él se
quedó en silencio unos segundos, contemplando los garabatos de humo. La tarde
se había pasado así, entre amargos vasos de cerveza y cigarrillos con sabor a promesas
incumplidas.
-
El
pasado, ese extraño que pasa sin tocar... – dijo con un suspiro, y aplastó la
cabeza del cigarrillo contra el cenicero.
-
¿Quién
dijo eso? – me atreví a otro trago, aun sabiendo que no lo necesitaba.
-
Alguien,
¿importa realmente? – y sopló la maleza gris que nos separaba a uno del otro.
-
Sí,
tenés razón – para ese entonces, ninguno de los dos sostenía la idea más que
absurda acerca de la verdadera invención – Sólo que a mí parece haberme
manoseado – sonreí estúpidamente.
-
A mí
parece haberme decretado la vejez antes de tiempo y se la pasa sacándome sangre
a diario. Y como si eso fuera poco, lo hace usando tres agujas distintas.
Compartimos
la risa del típico comediante triste. Él se recostó en el respaldo de la silla
y levantó la mano para pedir la cuenta. Yo aproveché para buscar los billetes
en los bolsillos del saco y de paso me ajusté un poco la corbata. Bebimos un
trago largo, hasta dejar el vaso hecho espuma.
Sunday, October 5, 2014
RUMOURS REVISITED
You will never break the chain
Corría el año 1976 cuando los cinco integrantes de la
nueva formación de Fleetwood Mac se embarcaron en lo que sería su segundo
episodio musical, el disco que los terminaría de consagrar en la escena de la música popular de
su tiempo y los llevaría a ser la banda con el disco más vendido en la historia
durante casi media década, posición que ocuparía más tarde el Thriller de Michael Jackson para luego
quedarse. Ninguno de ellos sospechaba en lo más mínimo el suceso que supondría el
proyecto que tenían entre manos. Lo único cierto era que, tras haber lanzado su
epónimo white album (llamado así por
el color de su tapa), el cambio de suerte había mellado en las relaciones del grupo que, por aquel entonces, estaba compuesta por dos parejas: por un lado,
el guitarrista Lindsey Buckingham y la cantante Steve Nicks; por el otro, los
McVie, John (bajista) y Christine (tecladista y cantante). El miembro restante,
Mick Fleetwood, les seguía el ritmo atravesando un divorcio.
El
proceso de grabación demoró cerca de un año. Las sesiones iniciales ocurrieron
en febrero del ‘76 y los llevó a rotar por varios estudios, aunque la mayor
parte del disco se realizó en el Record Plant de Sausalito, California. En ese
ambiente se conjugaron todos los elementos y matices que hicieron de Rumours algo más que lo que muchos
críticos se empecinaron en catalogar como un soap opera: la decisión de poner el trabajo y la banda por encima
de sus relaciones personales, las largas sesiones de grabación en busca del
sonido perfecto, la presencia de nuevas parejas; las emociones contenidas a
flor de piel, liberadas por medio de las letras en desgarradoras protestas y
reclamos a los que nadie iba a dar lugar, y como nunca puede faltar en ninguna
banda de rock, drogas en exceso.
Al
estar integrada por tres compositores, el repertorio de canciones y
sensaciones puestas en el disco es bastante amplio y varía en forma y estilo.
Líricamente, Buckingham parece ser el de los reproches, abriendo con la cuasi rock-céltico
Second hand news en su intento por
comprender lo que está pasando en su vida, que el amor se acabó y que “ha
pasado de moda”. A esto le sigue la rabia y no se preocupa ni un poco al
decirle a Nicks que lo único que a ella le interesa es ir a acostarse con cualquiera
en Go your own way, mientras que la
reflexión y el aprendizaje quedan para la magistral Never going back again. Stevie (Nicks), por su parte, parece tomar
una posición más conciliadora y le pregunta sinceramente a Lindsey qué sueños
tiene para venderle en Dreams, y le
asegura que ella no es la primera ni la última, que con el tiempo (when the rain washes you clean) lo sabrá. I don’t wanna know data de la etapa previa a que la pareja se
uniera a la banda, pero sabe adaptarse a la situación actual y es la primera
canción que graban. La última canción del disco es otra composición de Nicks, Gold dust woman, una confesión acerca de
su adicción a la cocaína. En lo que se refiere a Christine, el mensaje se
centra en mirar el mañana, apostarle al futuro y disfrutar así del presente. De
eso canta en la intrépida Don’t stop,
y hasta se atreve a hablar de su nueva situación amorosa con alguien que se
rodea con el grupo en You make loving fun.
Otra de sus canciones, Oh, daddy,
especie de homenaje al “padre” de la banda, Mick Fleetwood, deja afuera uno de sus
B-sides (que tendría que haber sido A-side) más famosos, la imperdonable Silver springs. El casillero de la
balada es ocupado por el canto elegíaco de Songbird,
grabada en un teatro vacío con un piano cubierto de rosas.
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