Wednesday, October 29, 2014

HONEY-DEW & THE MILK OF PARADISE




Algunas noches sigo una luz amarilla
hasta una puerta azul en la que se lee: Sueño.
Yo no la abro por mi mano
ni me viene a buscar una mujer
para que entre a comprar sueños.
Y sin embargo siempre he pagado mis sueños.
No debo nada a la noche



             Es harto famosa la historia de que el recetario de láudano para apaliar la depresión fue la llave que utilizó Coleridge para adentrarse al palacio de Kubla Khan. Esta droga, que no es otra cosa que opio mezclada con alcohol, lo sumió en un profundo sueño de unas (se dice) tres horas. Tirado sobre la hierba de su finca de Exmoor, un libro de Purchas a un costado, el poeta romántico se adentró en lo más profundo de su propia – y quizás también universal – imaginación. Al levantarse, sostenía una imagen nítida que fue directamente a volcar en un papel que resultó, más que en un retrato, en una sinfonía onírica. Bastó la interrupción de su mayordomo para que el espejo de agua se quebrara y los trescientos versos se redujeran a unos inacabados cincuenta, acaso un fiel reflejo de las mismas ruinas que quedaron del palacio del emperador mongol. ¿Y a quién se debe esto? Al hombre de Porlock y el reclamo de su absurda deuda de leche.

            Ejemplos de obras concebidas por medio del sueño sobran. Sin ir muy lejos, en el mundo de la música encontramos que durante la década de los sesenta, dos de sus himnos más conocidos fueron compuestos de esta manera. Keith Richards asegura haber soñado el riff de Satisfaction, y que solamente se levantó a tiempo para grabarlo e irse a dormir nuevamente, antes de que su recuerdo se difuminara a la mañana siguiente. Por esos años, un joven McCartney pernoctaba en la casa de su por entonces novia, Jane Asher, cuando súbitamente se despertó en medio de la noche con la melodía de una canción entera. Sin perder tiempo, bajó hasta donde se encontraba el piano y escribió en un papel, a su manera (porque no sabía leer ni escribir en pentagrama), lo que estaba tocando. El título momentáneo de la canción y su primer pareado fueron ensayados en cada prueba de sonido de los Beatles durante unos meses, un invento que divirtió a Lennon hasta que Scrambled eggs, Oh my darlin’ how I love your legs se transformó, finalmente, en la antológica Yesterday. Dos décadas más tarde, un tal Gordon Matthew Sumner se levantaría perseguido por la sombra de la separación con su ex mujer, y usando un pequeño Hammond armaría el esqueleto de la canción más reproducida en las radios desde entonces, el paradigma stalker: Every breath you take.

            Si cambiamos el eje musical hacia el arte plástico – o pictórico o como quieran llamarlo -, no falta nunca mencionar los cientos de bocetos que debió hacer Picasso para retratar a esas proto-cubistas mujeres de Avignon tal cual las recordaba de su sueño, ni tampoco la mayor parte (por no decir todas) las obras del parcialmente obsesivo pintor de rinocerontes, Salvador Dalí.

Monday, October 13, 2014

DIÁSTOLE




If all time is eternally present
All time is unreedemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.

T.S Eliot, Burnt Norton

-          Hay días en los que quisiera romper el reloj – le confesé casi resignado.

            Él se quedó en silencio unos segundos, contemplando los garabatos de humo. La tarde se había pasado así, entre amargos vasos de cerveza y cigarrillos con sabor a promesas incumplidas.

-          El pasado, ese extraño que pasa sin tocar... – dijo con un suspiro, y aplastó la cabeza del cigarrillo contra el cenicero.
-          ¿Quién dijo eso? – me atreví a otro trago, aun sabiendo que no lo necesitaba.
-          Alguien, ¿importa realmente? – y sopló la maleza gris que nos separaba a uno del otro.
-          Sí, tenés razón – para ese entonces, ninguno de los dos sostenía la idea más que absurda acerca de la verdadera invención – Sólo que a mí parece haberme manoseado – sonreí estúpidamente.
-          A mí parece haberme decretado la vejez antes de tiempo y se la pasa sacándome sangre a diario. Y como si eso fuera poco, lo hace usando tres agujas distintas.

            Compartimos la risa del típico comediante triste. Él se recostó en el respaldo de la silla y levantó la mano para pedir la cuenta. Yo aproveché para buscar los billetes en los bolsillos del saco y de paso me ajusté un poco la corbata. Bebimos un trago largo, hasta dejar el vaso hecho espuma.

Sunday, October 5, 2014

RUMOURS REVISITED





You will never break the chain


            Corría el año 1976 cuando los cinco integrantes de la nueva formación de Fleetwood Mac se embarcaron en lo que sería su segundo episodio musical, el disco que los terminaría de  consagrar en la escena de la música popular de su tiempo y los llevaría a ser la banda con el disco más vendido en la historia durante casi media década, posición que ocuparía más tarde el Thriller de Michael Jackson para luego quedarse. Ninguno de ellos sospechaba en lo más mínimo el suceso que supondría el proyecto que tenían entre manos. Lo único cierto era que, tras haber lanzado su epónimo white album (llamado así por el color de su tapa), el cambio de suerte había mellado en las relaciones del grupo que, por aquel entonces, estaba compuesta por dos parejas: por un lado, el guitarrista Lindsey Buckingham y la cantante Steve Nicks; por el otro, los McVie, John (bajista) y Christine (tecladista y cantante). El miembro restante, Mick Fleetwood, les seguía el ritmo atravesando un divorcio.

            El proceso de grabación demoró cerca de un año. Las sesiones iniciales ocurrieron en febrero del ‘76 y los llevó a rotar por varios estudios, aunque la mayor parte del disco se realizó en el Record Plant de Sausalito, California. En ese ambiente se conjugaron todos los elementos y matices que hicieron de Rumours algo más que lo que muchos críticos se empecinaron en catalogar como un soap opera: la decisión de poner el trabajo y la banda por encima de sus relaciones personales, las largas sesiones de grabación en busca del sonido perfecto, la presencia de nuevas parejas; las emociones contenidas a flor de piel, liberadas por medio de las letras en desgarradoras protestas y reclamos a los que nadie iba a dar lugar, y como nunca puede faltar en ninguna banda de rock, drogas en exceso.

            Al estar integrada por tres compositores, el repertorio de canciones y sensaciones puestas en el disco es bastante amplio y varía en forma y estilo. Líricamente, Buckingham parece ser el de los reproches, abriendo con la cuasi rock-céltico Second hand news en su intento por comprender lo que está pasando en su vida, que el amor se acabó y que “ha pasado de moda”. A esto le sigue la rabia y no se preocupa ni un poco al decirle a Nicks que lo único que a ella le interesa es ir a acostarse con cualquiera en Go your own way, mientras que la reflexión y el aprendizaje quedan para la magistral Never going back again. Stevie (Nicks), por su parte, parece tomar una posición más conciliadora y le pregunta sinceramente a Lindsey qué sueños tiene para venderle en Dreams, y le asegura que ella no es la primera ni la última, que con el tiempo (when the rain washes you clean) lo sabrá. I don’t wanna know data de la etapa previa a que la pareja se uniera a la banda, pero sabe adaptarse a la situación actual y es la primera canción que graban. La última canción del disco es otra composición de Nicks, Gold dust woman, una confesión acerca de su adicción a la cocaína. En lo que se refiere a Christine, el mensaje se centra en mirar el mañana, apostarle al futuro y disfrutar así del presente. De eso canta en la intrépida Don’t stop, y hasta se atreve a hablar de su nueva situación amorosa con alguien que se rodea con el grupo en You make loving fun. Otra de sus canciones, Oh, daddy, especie de homenaje al “padre” de la banda, Mick Fleetwood, deja afuera uno de sus B-sides (que tendría que haber sido A-side) más famosos, la imperdonable Silver springs. El casillero de la balada es ocupado por el canto elegíaco de Songbird, grabada en un teatro vacío con un piano cubierto de rosas.

Tuesday, September 23, 2014

DE DAMASCO





Hoy me senté junto a tus piezas otra vez

Yo, una taza de té contemplando al tesoro del cielo
Que se hunde como un galeón en medio del océano de la noche
¡Cómo si uno pudiera poner todo en algún lugar,
Cómo si se pudiera pretender que existe ese lugar!

En cada sorbo,
Tu templo sonaba en mi silencio
(Con rumores de guerra)

Y mientras tanto,
Poco a poco crecía la desolación de Oriente
Derribando las murallas de la inocencia

Sunday, September 21, 2014

IMAGEN DE F.SCOTT FITZGERALD (Y OTROS FLASHES)






So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past


            No recuerdo bien qué escritor (si Borges o Cortázar) dijo que uno debía escribir como si no entendiese del todo lo que está pasando. Suele suceder que tenga una palabra, una imagen, un título o algún nombre en mente, y que eso dispare lo que llamo improvisaciones, textos que consisten, básicamente, en sentarme a escribir cualquier cosa que se me pase por la cabeza sin entrar en detalle, ni utilizar algún tipo de esquema en particular.

            El jueves me levanté a eso de la una del mediodía, y en medio de toda esa confusión que supone despertar, agarré el celular y encontré un mensaje que decía que había llegado Flappers and philosophers, la antología de cuentos de Fitzgerald que había encargado una semana atrás. Me había tomado el día exclusivamente para estudiar, pero salir a buscar el libro para tomar algo de aire, y de paso aprovechar el viaje para concentrarme y leer un poco, no parecía implicar ningún tipo de riesgo en el resultado del examen de mañana. Una hora más tarde me encontraba arriba del bondi, con el resumen que apenas llegué a terminar antes de bajarme.

            Abajo, al amparo de un cielo prístino, rayaba el sol en lo alto, radiante. Era un día espléndido, un trailer de primavera. Caminé unas diez a quince cuadras poseído por un sentimiento que podría describir como grandiosa serenidad hedonista, pensando que quizás todo debería fundirse en esos breves, (in)significantes paseos.  Mientras cruzaba la vía del tren y veía las mesas afuera de los bares, restaurantes, heladerías y casas de té, en mi cabeza sonaba Near wild heaven como una especie de soundtrack del momento, con las viejas contándose los últimos chismes, los grupitos de adolescentes que miran y se ríen por dentro en sus burbujas micro-cósmicas, las parejas que comparten un milk-shake que tiene sabor a cliché de su falso paraíso hollywoodense, y los chicos que se sientan con sus abuelas a fabricar recuerdos hechos de submarinos que no son amarillos y chocolates sin tickets dorados al final del día.

            Antes de entrar a la librería, llamé a Lautaro – que vive a tres cuadras del lugar - para juntarnos a estudiar por ahí y así alivianar un poco la carga del día. Me entregaron el libro en mano y noté una marca en la contratapa, símil a una estampa para animales pero de color azul. No me importó mucho, ni siquiera exigí que me bajaran el precio por el defecto. Sinceramente, la emoción de tenerlo superaba cualquier otra cuestión. Salí y no ofrecí mucha resistencia al Tea Connection de la esquina, a pesar de que por dentro me acordaba de alguna que otra joda hecha sobre el lugar. Me senté adentro y tiré las cosas sobre los sillones de una mesa que daban contra una de las ventanas. Pedí algo para almorzar, aunque para ese entonces ya eran casi las cuatro de la tarde, y leí por última vez para el examen. Leí hasta que una mujer (de unos cuarenta y largos) me empezó a preguntar desde otra mesa si se podía estacionar a esa hora, si había algún problema con la salida de los colegios. Seguí lo menos que pude la conversación, y al notar que no se iba a callar, al primer momento que se quedó en silencio abrí el libro de Fitzgerald y me perdí en otra introducción más al mundo del Jazz Age. Sabía que hacer eso era un error, porque desde el instante en que mis ojos se posaran sobre una página, iba a ser imposible volver atrás con el estudio. Y, lamentablemente, no me equivoqué.

Tuesday, September 9, 2014

THE SECRET IN HER FLIGHT






Amelia,

Setenta y siete años pasaron ya
Desde tu último vuelo, desde la última vez 
Que fuiste narradora y protagonista
De tu propia historia.

Hoy en día, aún nadie te pudo encontrar
Y tu cielo perdido es un espejo de mi desierto.
Permanecés desaparecida, borrándote poco a poco
En esa vieja, desgastada película 
Que se conserva en los rincones de la retina.

Antes que nada,

Te pido permiso para sumergirme
En ese océano de páginas póstumas
Que buscan inútilmente las palabras
Que jamás saldrán de tu boca, 
Sellada por las tristes sonrisas
Que forzaba tu marido en su afán publicitario
De satisfacer a un mundo superficial y machista.

Tuesday, July 29, 2014

EL HOMBRE QUE SE ROBÓ UN ATARDECER




When the day is done

Down to earth then sinks the sun

Along with everything that was lost and won

When the day is done

NICK DRAKE


Su nombre es, ante todo, prescindible. En lo que nos atañe, se destacaba como un joven y exitoso pintor de espléndidos atardeceres que, se comentaba entre sus pares, lindaban los jardines privados de cualquier Turner o Signac.

No era un artista de gran exhibición en galerías, sino más bien un habitué de círculos exclusivos. La popularidad era un ausente constante, a pesar de las reiteradas invitaciones que se le habían enviado a lo largo de los años. Los encargados de eso habían sido los diarios que, en su intento por sintetizar todos sus colores y tonalidades en una petulante nota, lo acusaba de poco original y anticuado. Pero al artista poco le importaba todo eso en tanto y en cuanto la venta de sus cuadros le permitiera dedicarse plenamente a su obra.

Los primeros años de su carrera como pintor habían sido los más prósperos y fructíferos. Con la ayuda de sus padres se había alquilado un pequeño piso con vista a Primrose Hill, oasis urbano que retrataría, quizás, tantas veces como Monet a su preciado puente japonés. Cada tarde, después de las cinco, acomodaba su banqueta y su atril junto al ventanal y se sentaba a capturar cielos de cobre bañados en una alquimia salvaje de amatista, escarlata, sodio y carbón. No había interrupciones en su actividad, ni siquiera cuando venía a visitarlo algún amigo, a quien prácticamente obligaba a pintar a cambio de una taza de té.

Como todo artista en su afán de redefinir las cosas, por esos días se había auto-diagnosticado escarlatina incurable. Su obsesión por coleccionar atardeceres tenía como origen dos conversaciones distintas que había mantenido con su padre y una muchacha del pasado. En la primera, su progenitor – un empleado del servicio diplomático que escanciaba versos en su tiempo libre – había querido enseñarle la magia que se esconde entre los barrotes blancos y negros de la poesía y le mostró, influenciado por los juegos de palabras de Carroll, el parentesco entre un atardecer y otro atar de ser. Muchos años más tarde, bajo una sábana de besos y caricias, una compañera de secundaria le confesaría una de sus anécdotas más descabelladas de la infancia que sellaría su fijación. Ella, curiosa incorregible, le había preguntado a un cura en medio de una confesión si Dios se había pegado un tiro en la cabeza para llenar al cielo de luz y sangre, y así crear al atardecer.

En las artes plásticas siempre hubo una destacada influencia religiosa, pero en su caso, los tiempos habían cambiado lo suficiente como para eximirlo del mecenazgo cristiano, hecho al que se debe sumar su concepción de la Biblia como la mayor obra de ficción jamás escrita. A pesar de todo esto, creía ver en la mitología infantil de su amor adolescente los rasgos de una tradición que podía abrazar y hacer propia para justificar su continuidad histórica en el arte, razón por la cual la transformó, en última instancia, en su credo y único sacramento.

Así transcurrieron un par de años entre lo que, según su humor, prefería llamar lagos, lagunas, mares o incluso océanos de sangrienta mermelada. Como el lepidopterista con su red, el artista iba captando con su paleta y pincel atardeceres de todos los tamaños, formas y colores, y los subastaba al mejor postor. A veces, cuando alguno le llamaba particularmente la atención, se permitía conservarlo, o bien se daba el gusto de regalárselo a algún conocido.

Saboreaba los elogios, pero no se nutría de ellos para fabricar su arte. Sabía lo que significaba el peligro de la adulación y, ni bien alguien le ofrecía una mano para subirlo a un pedestal, declinaba noblemente la propuesta sin otra explicación más que el silencio. Entre sus íntimos había un consenso total acerca del estado de plenitud del artista y, también, había quienes secretamente envidiaban su buen pasar y aparente paz interior. Pero como todo en la vida, el estado de las cosas no pudo mantenerse inalterable a las leyes del cambio.

El tiempo y la búsqueda del yo interior lo llevaron a emprender un viaje sin retorno, ese viaje que debe realizar cualquiera que tenga el atrevimiento de cuestionar su posición en el mundo para encontrar la razón del ser. Las pinturas, a su entender, ya no parecían reflejar lo que sus ojos (o bien su mente) veían. Empezó improvisando con distintas especias y sustancias que compró un día paseando por las calles de Camden. La falla debía estar en los colores, pero con la ayuda de un buen almizcle que rememoraba de su natal Rangoon podría solucionarlo y, a su vez, brindarle una perspectiva desde lo olfativo. No dio resultado. Intentó con otro tipo de materiales, llegando incluso a recolectar polvo de ladrillo de una cancha de tenis, pero tampoco le pareció suficiente. Fue entonces cuando decidió llevar las cosas a otro nivel, hecho que le valió cruzar la delgada línea que separa al individuo de la locura. El secreto, creía haberlo hallado, se encontraba en expresarse de forma tal que no se pudiera distinguir a uno mismo de su propia obra.

En uno de los cajones de un escritorio en donde guardaba todo tipo de materiales, encontró una aguja y una jeringa, elementos que, para ese entonces, no eran más que un resabio de viejas épocas. De paso por la cocina, agarró un vaso y siguió camino hasta volver a acomodarse en su banqueta. Se arremangó, respiró profundo y se inyectó la aguja en su brazo izquierdo. La mantuvo enterrada hasta casi llenar la jeringa, y recién ahí la exhumó de su piel. Cuidadosamente, depositó su sangre en el vaso de vidrio y con renovadas ínfulas atacó al lienzo blanco. Poco más de media hora pasó sin que se percatara de que iba a necesitar más sangre para poder continuar trabajando, y entonces, sin dudarlo, clavó la aguja otra vez. Al poco tiempo volvió a pasar lo mismo, una y otra vez, y así hasta que perdió la cuenta y terminó por desvanecerse estrepitosamente sobre el piso de madera. Amaneció en una cama de hospital. Su secretaria le había salvado la vida, le informaron los médicos.

Una vez recuperado buscó asistencia profesional y tras una serie de exámenes le diagnosticaron que sufría de depresión. Le recetaron todo tipo de pastillas que debía tomar diariamente y que, sin saberlo, habrían de cambiar sus hábitos para siempre. Había dejado de pintar por prescripción médica, al menos hasta que se estabilizara emocionalmente. Esto derivó en una pérdida de interés por su arte y cualquier otro tipo de actividad. La medicación no hacía más que agravar su estado de salud. A veces visitaba a algún amigo, pero sólo pasaba para sentarse en un sillón y quedarse en silencio hasta que finalmente se retiraba de la misma forma en la que había llegado. Hasta se atrevió a reencontrarse con la novia de su adolescencia en un café cerca de Trafalgar Square, en donde mantuvo una conversación en la que le confesó no sentir más ganas de pintar, que lo único que había querido en toda su vida, aunque sea por una vez, había sido robar un atardecer.


De esta manera, con matices y grises, decantaron unos meses, hasta que un día despertó con una inexplicable necesidad de pintar. Cargó todos sus instrumentos de trabajo en el auto y se dirigió hacia la primera ruta que encontró. Manejó sin rumbo durante unas horas hasta que el vehículo se detuvo por falta de combustible a un costado del camino, próximo a Tanworth. Descargó las cosas y esperó hasta la caída del sol, momento en el que el cielo completa su metamorfosis y brota como una inabarcable mariposa, bella, perfecta y, por eso también, efímera. La contempló maravillado unos minutos y puso manos a la obra. Era el atardecer que había estado buscando a lo largo de su vida, iba a necesitar de todos sus colores y habilidades para atreverse a retratarlo de forma tal que pudiera captar su esencia. En su exceso de ansiedad, al no ver la imagen especular del atardecer en su retrato, se cortó con una gillette para imprimirle con su sangre el elemento faltante, a su entender. Poco a poco, el crepúsculo se desapoderaba de sí mismo y agonizaba sobre un colchón de nubes que se iba esfumando en una plegaria a las estrellas. Ya se había cumplido el tiempo, pero la obra no era más que un cielo a medio hacer, inacabado, imperfecto, imposible. 

Sólo quedaba una cosa por hacer, pensó, y se puso de espaldas al cuadro, sacó un revólver de su bolsillo, abrió sus ojos por un segundo para contemplar su último atardecer, y del día hizo noche. 


(De Valparaíso)

Friday, July 25, 2014

Foto: Fran Cohen




Qué estéril noche
Se derrama como una luna
Sobre tu cuerpo
Buscando ciegamente
El ojo de la fragua



(Fragmento de El tiempo de las uvas)

Wednesday, July 23, 2014

UN AÑO LLENO DE ROMBOS





Time is a jet plane, it moves too fast



            Era domingo y te había llamado porque necesitaba hablar con alguien, salir a tomar un poco de aire. Accediste pero sólo si íbamos a ver una exposición en el Malba. No estaba muy de humor para eso, pero entendí que era la única forma de arrastrarte de tu casa hasta Pueyrredón y Santa Fe, y a eso de las tres de la tarde nos encontrábamos en la esquina que usamos históricamente como punto de reunión. Hacía un frío de cagarse y yo no estaba muy bien abrigado. Recuerdo que te vi con tu sobretodo negro y esa bufandita gris que te bardeé un par de veces y, por unos minutos, envidié tu situación, hasta que nos pusimos a caminar y entré en una especie de monólogo en donde vos intercalabas tus nada, boludeces y sos un autista, dejá de preguntar y contestarte al segundo. Yo seguía como siempre, un tren sin freno, con la mirada perdida en cualquier lugar. Ya no me sentía seguro de nada, nada me cerraba, sentía que había vuelto al mismo lugar en donde había estado un año atrás, cuando había terminado de perder la inocencia de las cosas y lo único que quería era sentirme una persona normal. No sé cuántas veces te lo dije, pero si de algo estaba convencido, era de que me estaba volviendo loco, que estaba entrando en otro período de crisis. Ya sé que no está mal, crisis quiere decir cambio, no debería ser algo malo, pero no sé por qué mierda nos cuesta adaptarnos a eso, no sé por qué es tan complicado aceptarlo. Anomia de mierda. Para ese entonces, a diferencia del año anterior, sabía que lo podía superar, que el concepto de persona normal es algo inexistente e inservible desde todo punto de vista. No tenía nada de malo ser así de enroscado; me había dado cuenta de que estaba tapando mis problemas con otras cosas que, en ese entonces, contemplaba cómo se iban derrumbando en mi imaginario. El castillo, cerré la idea con uno de esos conceptos que habíamos inventado.

            Cuando estábamos llegando a Las Heras te pregunté por tu viaje y cómo andabas con los papeles para eso. Hacía un mes habías hecho un click, el click con destino a Bangkok, y desde entonces te habías dedicado a recorrer bancos, llenar formularios y asegurarme de que cada firma que ponías sentías que estabas vendiéndole tu alma al diablo. Yo estaba de tu lado: todo sea por conseguir la libertad, escapar de la rutina. Estaba contento de que hubieses tomado una decisión así, aunque tenía un poco (bastante) miedo de que terminases secuestrado en una granja en el sudeste asiático. No paraba de pensar en la tarde-noche de san pedro en la que, mientras nos preguntábamos si los dueños del hostel eran caníbales o no, me dijiste que habías tenido una revelación. Hay que viajar, fue el resabio que te dejó la experiencia nocturno-alucinógena del Oasis en Bolivia.

Sunday, July 6, 2014

6 DE JULIO


I don't dream about anyone, except myself


            Hoy tuve uno de los sueños más bizarros de toda mi vida. Para empezar, el escenario era un submarino. En segundo lugar, la tripulación estaba compuesta (aparte de mí) por una María Elena Walsh ninfómana y los llamados próceres de nuestro país: Belgrano, San Martín y no recuerdo haber escuchado otro nombre más, pero dentro del sueño se suponía que había más personajes. La cuestión era que alguno de ellos me contaba que esta era la segunda vez que pasaban estos hechos en la historia, y que todos estaban inevitablemente condenados a ser seducidos por María Elena y que, luego de tener sexo con ella, iban a ser asesinados violentamente. No leí La interpretación de los sueños, pero incluso habiéndolo leído o, mejor aún, teniendo a Freud en persona para explicármelo, dudo seriamente que pudiera encontrar una respuesta a las invenciones de mi imaginación. Hace mucho tiempo escribí en un papel El sueño/es la droga más potente/contra la realidad. Después de esto, creo que lo correcto sería eliminar el tercer verso.