Time
is a jet plane, it moves too fast
Era domingo y te había llamado porque necesitaba
hablar con alguien, salir a tomar un poco de aire. Accediste pero sólo si
íbamos a ver una exposición en el Malba. No estaba muy de humor para eso, pero
entendí que era la única forma de arrastrarte de tu casa hasta Pueyrredón y
Santa Fe, y a eso de las tres de la tarde nos encontrábamos en la esquina que usamos
históricamente como punto de reunión. Hacía un frío de cagarse y yo no estaba
muy bien abrigado. Recuerdo que te vi con tu sobretodo negro y esa bufandita
gris que te bardeé un par de veces y, por unos minutos, envidié tu situación,
hasta que nos pusimos a caminar y entré en una especie de monólogo en donde vos
intercalabas tus nada, boludeces y sos un autista, dejá de preguntar y
contestarte al segundo. Yo seguía como siempre, un tren sin freno, con la
mirada perdida en cualquier lugar. Ya no me sentía seguro de nada, nada me
cerraba, sentía que había vuelto al mismo lugar en donde había estado un año
atrás, cuando había terminado de perder la inocencia de las cosas y lo único
que quería era sentirme una persona normal. No sé cuántas veces te lo dije,
pero si de algo estaba convencido, era de que me estaba volviendo loco, que
estaba entrando en otro período de crisis. Ya
sé que no está mal, crisis quiere decir cambio, no debería ser algo malo, pero
no sé por qué mierda nos cuesta adaptarnos a eso, no sé por qué es tan
complicado aceptarlo. Anomia de mierda. Para ese entonces, a diferencia del
año anterior, sabía que lo podía superar, que el concepto de persona normal es
algo inexistente e inservible desde todo punto de vista. No tenía nada de malo
ser así de enroscado; me había dado cuenta de que estaba tapando mis problemas
con otras cosas que, en ese entonces, contemplaba cómo se iban derrumbando en
mi imaginario. El castillo, cerré la
idea con uno de esos conceptos que habíamos inventado.
Cuando
estábamos llegando a Las Heras te pregunté por tu viaje y cómo andabas con los
papeles para eso. Hacía un mes habías hecho un click, el click con destino a Bangkok, y desde entonces te habías dedicado
a recorrer bancos, llenar formularios y asegurarme de que cada firma que ponías
sentías que estabas vendiéndole tu alma al diablo. Yo estaba de tu lado: todo
sea por conseguir la libertad, escapar de la rutina. Estaba contento de que
hubieses tomado una decisión así, aunque tenía un poco (bastante) miedo de que
terminases secuestrado en una granja en el sudeste asiático. No paraba de
pensar en la tarde-noche de san pedro en la que, mientras nos preguntábamos si
los dueños del hostel eran caníbales o no, me dijiste que habías tenido una
revelación. Hay que viajar, fue el
resabio que te dejó la experiencia nocturno-alucinógena del Oasis en Bolivia.
Ah, che, mirá que viene La Foca, tiraste
mientras cruzábamos Libertador. Estaba todo bien, no hacía falta aclararlo.
Caminamos dos o tres cuadras más y llegamos al Malba. Los árboles de alrededor
estaban envueltos en unas telas rojas con puntos blancos que, a mi parecer,
eran tan nocivos como la pintura violeta en la vaca de Milka. Esta china debe estar re loca, más que yo,
te dije mientras nos poníamos en la fila que se extendía hasta mitad de cuadra.
Unos minutos más tarde llegaba La Foca,
listo con sus anteojos hipsters para la ocasión. Había muchos pibitos y algún
que otro boludo importante gritándole al medidor de ruido. Los filmé un poco para
pasar el tiempo y aproveché para pedirte unas últimas palabras antes de tu
(inminente) muerte (en una granja). Una hora pasó hasta que pudimos finalmente
entrar, subir por la escalera mecánica hasta el tercer piso e insertarnos en el
mundo freak hecho de polka dots. Pasábamos
de cuadro en cuadro, quedándonos no más de un minuto si nos gustaba alguno. En
la mitad del salón aparecían lo que yo preferí llamar las papas y que La Foca, en un obsesivo rapto freudiano, intentó
definir usando todos los sinónimos habidos y por haber de falo (fue la primera palabra que usó). En un cuarto loopeaba una película que obligaba a las
madres a sacar a sus hijos porque mostraba una orgía en donde la gente se
pintaba redondeles por todo el cuerpo. Evitamos la caja llena de papas porque había que hacer otra hora
de cola para eso y no parecía valer la pena. Avanzamos hacia el fondo y entramos
en un espacio con un piano que parecía haber sido arrojado desde una ventana en
alguna película para la típica escena. El resto de los objetos no los recuerdo
con claridad, excepto algún que otro sillón, una silla y una mesa que lo único
que tenían en común era el arrollador paso del tiempo. Siguiendo el camino se
llegaba hasta una tela negra que albergaba una habitación recubierta de
espejos, en donde pequeños bulbos de vidrio que pendían del techo se encendían
con luces de distintos colores. La impresión que generaba era la de estar
suspendido en el espacio, con las estrellas al alcance de la mano. No sé quién
fue el primero que lo dijo, pero todos coincidimos en que no podía tratarse de
otra cosa que un cuarto lleno de “rombous”. La Foca, naturalmente, fue el primero en
emular la música haciendo una mímica de los golpes saturados de distorsión, y me
dijo que el tema hablaba de que cuando Cerati era chico y se deprimía veía
rombos por todos lados. Al parecer, tenía algo en común con Kusama, pensé para
mis adentros: una polka dots, el otro rombos.
Desfilamos
dos veces más por el cuarto lleno de rombos, hasta que La Foca se puso como un
nene al que ya le compraron lo que quiere en el shopping y quiere irse, y
entonces bajamos a pegar los stickers que regalaban con la entrada en una
habitación en la planta baja y, sin mucha más vuelta, salimos de la exposición.
Afuera, el frío era violento; pegaba hasta dejarte violeta la cara. Caminamos
unas cuadras hasta que encontramos un Starbucks y nos sentamos a tomar un café
y comer alguna gilada. Volvimos sobre el tema de las granjas y de cómo ibas a
morir. Te reías medio nervioso, sabiendo que era una posibilidad, pero que ya
estabas jugado. Habías cruzado el Rubicón, alea
iacta est.
Dos
semanas más tarde, te acompañábamos a Ezeiza para despedirte. Estabas bastante
cagado, lo admitías, pero también se podía adivinar en tu mirada la adrenalina
que supone la aventura, arrojarse al vacío con los brazos abiertos en cruz.
Habías probado la crema, pero todavía
no sabías la verdad. Llegamos justo para el abordaje, así que sólo filmamos una
despedida corta que arruinaste con tu nerviosismo diciendo boludeces sobre
Perón, la vuelta de Néstor y otras cosas que mejor no recordar. Lo último que vimos
fue tu mano agitándose en el aire en un vano intento por borrar tu cara de pánico.
¿Qué te iba a deparar el destino? Nadie lo sabía, yo me contentaba con que
volvieses vivo, que en caso de que te esclavizaran en una granja, pudieras al
menos sentir que habías escapado de la otra, la verdadera granja, esa que
cultivamos con nuestra vida por miedo a morir de hambre y que tenemos el poco
gusto de llamar rutina.
En
esos cinco meses que estuviste de viaje nada resultó como nosotros lo habíamos
intentado pronosticar. Otra vez fuimos víctimas de los absurdos refranes de la
gente: no se puede planificar la vida, la vida es una caja de sorpresas (o una
caja de bombones, si nos atenemos a un cursi cliché hollywoodense). Yo transité,
para un próspero futuro, el penoso camino de aceptar el cambio, un declive que
me dejó como legado dos libros, uno de los cuales ni siquiera conservo. Vos,
por tu parte, tomaste las riendas de tu vida como nunca lo habías hecho y, sin
saberlo, realizaste dos viajes. Cuál de los dos es el que más te cambió, no
sabría decírtelo, pero lo único cierto es que en uno de ellos alguien se cruzó
en tu camino, ese mismo que hoy en día vos me asegurás que tiene como mejor
paisaje los campos de arroz perdiéndose en la distancia de los ecos de una
moto.
(Extracto de Diarios)

No comments:
Post a Comment