Wednesday, July 23, 2014

UN AÑO LLENO DE ROMBOS





Time is a jet plane, it moves too fast



            Era domingo y te había llamado porque necesitaba hablar con alguien, salir a tomar un poco de aire. Accediste pero sólo si íbamos a ver una exposición en el Malba. No estaba muy de humor para eso, pero entendí que era la única forma de arrastrarte de tu casa hasta Pueyrredón y Santa Fe, y a eso de las tres de la tarde nos encontrábamos en la esquina que usamos históricamente como punto de reunión. Hacía un frío de cagarse y yo no estaba muy bien abrigado. Recuerdo que te vi con tu sobretodo negro y esa bufandita gris que te bardeé un par de veces y, por unos minutos, envidié tu situación, hasta que nos pusimos a caminar y entré en una especie de monólogo en donde vos intercalabas tus nada, boludeces y sos un autista, dejá de preguntar y contestarte al segundo. Yo seguía como siempre, un tren sin freno, con la mirada perdida en cualquier lugar. Ya no me sentía seguro de nada, nada me cerraba, sentía que había vuelto al mismo lugar en donde había estado un año atrás, cuando había terminado de perder la inocencia de las cosas y lo único que quería era sentirme una persona normal. No sé cuántas veces te lo dije, pero si de algo estaba convencido, era de que me estaba volviendo loco, que estaba entrando en otro período de crisis. Ya sé que no está mal, crisis quiere decir cambio, no debería ser algo malo, pero no sé por qué mierda nos cuesta adaptarnos a eso, no sé por qué es tan complicado aceptarlo. Anomia de mierda. Para ese entonces, a diferencia del año anterior, sabía que lo podía superar, que el concepto de persona normal es algo inexistente e inservible desde todo punto de vista. No tenía nada de malo ser así de enroscado; me había dado cuenta de que estaba tapando mis problemas con otras cosas que, en ese entonces, contemplaba cómo se iban derrumbando en mi imaginario. El castillo, cerré la idea con uno de esos conceptos que habíamos inventado.

            Cuando estábamos llegando a Las Heras te pregunté por tu viaje y cómo andabas con los papeles para eso. Hacía un mes habías hecho un click, el click con destino a Bangkok, y desde entonces te habías dedicado a recorrer bancos, llenar formularios y asegurarme de que cada firma que ponías sentías que estabas vendiéndole tu alma al diablo. Yo estaba de tu lado: todo sea por conseguir la libertad, escapar de la rutina. Estaba contento de que hubieses tomado una decisión así, aunque tenía un poco (bastante) miedo de que terminases secuestrado en una granja en el sudeste asiático. No paraba de pensar en la tarde-noche de san pedro en la que, mientras nos preguntábamos si los dueños del hostel eran caníbales o no, me dijiste que habías tenido una revelación. Hay que viajar, fue el resabio que te dejó la experiencia nocturno-alucinógena del Oasis en Bolivia.

            Ah, che, mirá que viene La Foca, tiraste mientras cruzábamos Libertador. Estaba todo bien, no hacía falta aclararlo. Caminamos dos o tres cuadras más y llegamos al Malba. Los árboles de alrededor estaban envueltos en unas telas rojas con puntos blancos que, a mi parecer, eran tan nocivos como la pintura violeta en la vaca de Milka. Esta china debe estar re loca, más que yo, te dije mientras nos poníamos en la fila que se extendía hasta mitad de cuadra.  Unos minutos más tarde llegaba La Foca, listo con sus anteojos hipsters para la ocasión. Había muchos pibitos y algún que otro boludo importante gritándole al medidor de ruido. Los filmé un poco para pasar el tiempo y aproveché para pedirte unas últimas palabras antes de tu (inminente) muerte (en una granja). Una hora pasó hasta que pudimos finalmente entrar, subir por la escalera mecánica hasta el tercer piso e insertarnos en el mundo freak hecho de polka dots. Pasábamos de cuadro en cuadro, quedándonos no más de un minuto si nos gustaba alguno. En la mitad del salón aparecían lo que yo preferí llamar las papas y que La Foca, en un obsesivo rapto freudiano, intentó definir usando todos los sinónimos habidos y por haber de falo (fue la primera palabra que usó). En un cuarto loopeaba una película que obligaba a las madres a sacar a sus hijos porque mostraba una orgía en donde la gente se pintaba redondeles por todo el cuerpo. Evitamos la caja llena de papas porque había que hacer otra hora de cola para eso y no parecía valer la pena. Avanzamos hacia el fondo y entramos en un espacio con un piano que parecía haber sido arrojado desde una ventana en alguna película para la típica escena. El resto de los objetos no los recuerdo con claridad, excepto algún que otro sillón, una silla y una mesa que lo único que tenían en común era el arrollador paso del tiempo. Siguiendo el camino se llegaba hasta una tela negra que albergaba una habitación recubierta de espejos, en donde pequeños bulbos de vidrio que pendían del techo se encendían con luces de distintos colores. La impresión que generaba era la de estar suspendido en el espacio, con las estrellas al alcance de la mano. No sé quién fue el primero que lo dijo, pero todos coincidimos en que no podía tratarse de otra cosa que un cuarto lleno de “rombous”. La Foca, naturalmente, fue el primero en emular la música haciendo una mímica de los golpes saturados de distorsión, y me dijo que el tema hablaba de que cuando Cerati era chico y se deprimía veía rombos por todos lados. Al parecer, tenía algo en común con Kusama, pensé para mis adentros: una polka dots, el otro rombos.

            Desfilamos dos veces más por el cuarto lleno de rombos, hasta que La Foca se puso como un nene al que ya le compraron lo que quiere en el shopping y quiere irse, y entonces bajamos a pegar los stickers que regalaban con la entrada en una habitación en la planta baja y, sin mucha más vuelta, salimos de la exposición. Afuera, el frío era violento; pegaba hasta dejarte violeta la cara. Caminamos unas cuadras hasta que encontramos un Starbucks y nos sentamos a tomar un café y comer alguna gilada. Volvimos sobre el tema de las granjas y de cómo ibas a morir. Te reías medio nervioso, sabiendo que era una posibilidad, pero que ya estabas jugado. Habías cruzado el Rubicón, alea iacta est.

            Dos semanas más tarde, te acompañábamos a Ezeiza para despedirte. Estabas bastante cagado, lo admitías, pero también se podía adivinar en tu mirada la adrenalina que supone la aventura, arrojarse al vacío con los brazos abiertos en cruz. Habías probado la crema, pero todavía no sabías la verdad. Llegamos justo para el abordaje, así que sólo filmamos una despedida corta que arruinaste con tu nerviosismo diciendo boludeces sobre Perón, la vuelta de Néstor y otras cosas que mejor no recordar. Lo último que vimos fue tu mano agitándose en el aire en un vano intento por borrar tu cara de pánico. ¿Qué te iba a deparar el destino? Nadie lo sabía, yo me contentaba con que volvieses vivo, que en caso de que te esclavizaran en una granja, pudieras al menos sentir que habías escapado de la otra, la verdadera granja, esa que cultivamos con nuestra vida por miedo a morir de hambre y que tenemos el poco gusto de llamar rutina.


            En esos cinco meses que estuviste de viaje nada resultó como nosotros lo habíamos intentado pronosticar. Otra vez fuimos víctimas de los absurdos refranes de la gente: no se puede planificar la vida, la vida es una caja de sorpresas (o una caja de bombones, si nos atenemos a un cursi cliché hollywoodense). Yo transité, para un próspero futuro, el penoso camino de aceptar el cambio, un declive que me dejó como legado dos libros, uno de los cuales ni siquiera conservo. Vos, por tu parte, tomaste las riendas de tu vida como nunca lo habías hecho y, sin saberlo, realizaste dos viajes. Cuál de los dos es el que más te cambió, no sabría decírtelo, pero lo único cierto es que en uno de ellos alguien se cruzó en tu camino, ese mismo que hoy en día vos me asegurás que tiene como mejor paisaje los campos de arroz perdiéndose en la distancia de los ecos de una moto.



(Extracto de Diarios

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