Remember when you were small
How people seemed so tall
Antes
de irme a dormir, tenía la costumbre de pedirle a mi madre que me contara historias.
No me importaba que repitiera alguna. Es más, a veces quería escuchar historias
que ya conocía, especialmente las de índole fantástica. Creía que, de alguna
forma, en la repetición iba a revelar el misterio del relato; tenía la extraña
idea de que a mi mamá se le iba a escapar esa verdad oculta, aparentemente
inexplicable.
Ella
tenía dos tipos de fábulas: las que eran para divertirnos y asombrarnos
(netamente autobiográficas, como las de los barcos fantasmas y tormentas que
asolaban la costa marplatense), y otras que le valieron un parentesco con los
hermanos Grimm en la posteridad. Sí, mi vieja sufría algún tipo de trastorno
respecto de los accidentes y me quería prevenir de todo: que si hay una
tormenta eléctrica no agarres nada de metal, tirá el reloj y ponete en posición
horizontal, nunca debajo de un árbol; si se para el ascensor ni se te ocurra
saltar porque va a arrancar y te va a partir a la mitad, y si no te va a hacer
efecto vacío igual y con eso no se jode; si te cortás con algo oxidado avisame
porque te puede agarrar no-me-acuerdo-qué y te van a tener que dar la
antitetánica; ni se te ocurra usar pirotecnia porque siempre algún familiar
termina herido, y tampoco te olvides de que es mejor no salir en año nuevo
porque te puede atravesar una bala perdida, etcétera, etcétera, etcétera. Y
como si eso fuese poco, para todo tenía algún ejemplo: un chico que le cayó un
rayo por agarrar una sombrilla en las playas de Brasil, su hermano que se voló
los dientes tirándose con la bici por un barranco, algún tipo de la facultad
que se cayó por el ascensor... en fin, mi vieja era ilustrativa, bien gráfica,
y eso era algo esperable, teniendo en cuenta su ascendencia alemana; estaba en
los genes, y por lo que me contó mi viejo, ella contaba historias igual que su
padre, que no era sino otro paranoico.







