Thursday, March 13, 2014

SO, WE'LL GO NO MORE A-ROVING






So, we'll go no more a-roving
So late into the night
Βύρων



            Tiempo. Eso era todo lo que aún conservaba. Tiempo que fluía como un río, desde sus venas. Tiempo que un cuerpo exhausto subastaba a un ejército de sanguijuelas por unas pocas monedas que necesitaría para cubrir sus ojos y así poder caer rendido al fin en los brazos de Morfeo.


            Unos días atrás se había propuesto instruir a un grupo de hombres para recuperar la independencia de su país, la libertad de un pueblo sometido por unos usurpadores que practicaban polvorines con monumentos históricos. No se podía decir que él fuese un soldado, precisamente, pero en la herencia de sus antepasados creía predecir un destino signado por una nueva cruzada contra la modernidad. Buscaba algo que contar, algo que justificara su existencia, algo que puliera las desgastadas letras doradas de su nombre mancilladas por su devoción al fervoroso culto a la lujuria y la infamia. Como en sus versos, quizás sólo intentaba volver el reloj atrás y ser el héroe de su propia antigüedad, probarse a sí mismo que podía ser el protagonista tanto de sus poemas como de su desencantada realidad, fundirse al fin con la ficción y convertirse de una vez por todas en el célebre Childe.
     
      
            Un atardecer lluvioso bastó para apagar el fuego que ardía en su interior como una hoguera, esa misma hoguera que había contemplado en forma de pira funeraria al despedir a su entrañable amigo Percy, muerto unos años atrás a causa del naufragio de su mítica barca, Ariel.
            Esa misma tarde había decidido volver cabalgando en un viaje hacia una prolongada noche que no habría de morir en manos de la espada de hierro candente del próximo amanecer.
            Todos sus sueños se vieron súbitamente presos de un cielo que ahora ocultaba con recelo las estrellas que tantas noches de antaño le había enseñado tan sólo para que mojara su pluma en ellas y las usara para tallar la hoja con esa luz que nunca dejaría de brillar.
            Todos sus días se condensaron en las gotas de un vendaval que acaso estaba hecho de la congregación de lágrimas que lo despediría durante dos días en la ciudad que le había brindado la tan ansiada fama para luego negarle su merecido lugar en Westminster Abbey.

            Entonces ya no quedaron más hours of idleness, ya no más viajes ni aventuras por las costas mediterráneas. En ese momento, el hombre no era distinto a cualquier otro hombre; el hombre era, al fin y al cabo, mortal. Casi treinta y siete vueltas hubo de dar la Tierra al Sol para probar que el universo ya no giraba a su alrededor.

            Allí, postrado en una cama, lejos de casa, en la cuna de la civilización yacían el hombre, el caballero, el inmoral, el infame, el poeta, el héroe, el niño, el sueño y la leyenda también.
            ¿Cuáles habrán sido los pensamientos que pasaron por su cabeza en sus últimos momentos?
            ¿Acaso pensó en el inocente corazón de su prima política caminando acompañada de una belleza como la noche de climas desprovistos de nubes y cielos estrellados?
            ¿Acaso revivió los días de fiestas paganas en Newstead bebiendo de la copa de un cráneo humano con un grupo de amigos vestidos como monjes en compañía de un séquito de ninfas que probablemente no fuesen otra cosa que las criadas?
            ¿Habrán sido las innumerables fábulas que fraguó para erigir al personaje que lo haría mundialmente famoso al despertarse una mañana,
            las incontables orgías y noches errabundas en carnavales de Venecia o palacios de Italia que serían la semilla que darían como fruto dieciséis cantos y un decimoséptimo todavía inmaduro que retratarían  la inmoralidad de un Don Juan que aún hoy nos sigue atrapando con los relatos de sus andanzas y amoríos?  
            Quizás haya dedicado un pensamiento a alguna de todas esas mujeres que transitaron su vida, empezando por esa madre que tanto lo había avergonzado con su renombrada estupidez,
            siguiendo con su ex mujer Bell, Caro Lamb, Lady Oxford, Claire Clairmont, la condesa Guiccioli o, más probable aún, su honorable hermana Augusta y ese fulguroso amor prohibido que los unía.
            Quizás sintió una triste resignación por la pobre Clara Allegra, Elizabeth o la casi adorable Ada.
            ¿Habrá pensado en la tranquilidad y belleza de la cueva de Portovenere en donde se refugiaba para encontrar inspiración para sus obras,
            en la memoria de quien él mismo llamó su único amigo, Boatswain, fiel canino a quien dedicó un entrañable poema,
            en el vivo recuerdo de sus camaradas poetas, incluso de aquel pequeño versificador sin talento a quien tanto despreciaba a pesar de la inmortalidad venidera de sus odas?
            ¿O acaso pensaba en que todo era obra del destino y que él no podía hacer nada para evitarlo porque ya todo había sido escrito de antemano por esa diosa de quien se había proclamado eterno devoto, the Good Goddess, Fortune!?
            Imposible saberlo.


            Dicen que al morir vemos pasar frente nuestros ojos toda nuestra vida. Quizás haya sido así. En lo que a mí respecta, prefiero pensar que escuchó uno a uno todos los versos de sus poemas conjurados en una sola palabra: Dream,

            y que, a fin de cuentas, lo único que debía tener en mente ese diecinueve de abril era que saldría a vagar, por última vez, tarde hacia la noche.



(Extracto de Diarios)

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