So, we'll go no more a-roving
So late into the night
Βύρων
Tiempo. Eso era todo lo que aún conservaba. Tiempo que
fluía como un río, desde sus venas. Tiempo que un cuerpo exhausto subastaba a
un ejército de sanguijuelas por unas pocas monedas que necesitaría para cubrir
sus ojos y así poder caer rendido al fin en los brazos de Morfeo.
Unos
días atrás se había propuesto instruir a un grupo de hombres para recuperar la
independencia de su país, la libertad de un pueblo sometido por unos
usurpadores que practicaban polvorines con monumentos históricos. No se podía
decir que él fuese un soldado, precisamente, pero en la herencia de sus
antepasados creía predecir un destino signado por una nueva cruzada contra la
modernidad. Buscaba algo que contar, algo que justificara su existencia, algo
que puliera las desgastadas letras doradas de su nombre mancilladas por su
devoción al fervoroso culto a la lujuria y la infamia. Como en sus versos, quizás sólo
intentaba volver el reloj atrás y ser el héroe de su propia antigüedad,
probarse a sí mismo que podía ser el protagonista tanto de sus poemas como de
su desencantada realidad, fundirse al fin con la ficción y convertirse de una
vez por todas en el célebre Childe.
Un
atardecer lluvioso bastó para apagar el fuego que ardía en su interior como una
hoguera, esa misma hoguera que había contemplado en forma de pira funeraria al
despedir a su entrañable amigo Percy, muerto unos años atrás a causa del
naufragio de su mítica barca, Ariel.
Esa
misma tarde había decidido volver cabalgando en un viaje hacia una prolongada
noche que no habría de morir en manos de la espada de hierro candente del
próximo amanecer.
Todos
sus sueños se vieron súbitamente presos de un cielo que ahora ocultaba con
recelo las estrellas que tantas noches de antaño le había enseñado tan sólo
para que mojara su pluma en ellas y las usara para tallar la hoja con esa luz
que nunca dejaría de brillar.
Todos
sus días se condensaron en las gotas de un vendaval que acaso estaba hecho de
la congregación de lágrimas que lo despediría durante dos días en la ciudad que
le había brindado la tan ansiada fama para luego negarle su merecido lugar en
Westminster Abbey.
Entonces
ya no quedaron más hours of idleness,
ya no más viajes ni aventuras por las costas mediterráneas. En ese momento, el
hombre no era distinto a cualquier otro hombre; el hombre era, al fin y al
cabo, mortal. Casi treinta y siete vueltas hubo de dar la Tierra al Sol para
probar que el universo ya no giraba a su alrededor.
Allí,
postrado en una cama, lejos de casa, en la cuna de la civilización yacían el
hombre, el caballero, el inmoral, el infame, el poeta, el héroe, el niño, el
sueño y la leyenda también.
¿Cuáles
habrán sido los pensamientos que pasaron por su cabeza en sus últimos momentos?
¿Acaso
pensó en el inocente corazón de su prima política caminando acompañada de una
belleza como la noche de climas desprovistos de nubes y cielos estrellados?
¿Acaso
revivió los días de fiestas paganas en Newstead bebiendo de la copa de un
cráneo humano con un grupo de amigos vestidos como monjes en compañía de un
séquito de ninfas que probablemente no fuesen otra cosa que las criadas?
¿Habrán
sido las innumerables fábulas que fraguó para erigir al personaje que lo haría
mundialmente famoso al despertarse una mañana,
las
incontables orgías y noches errabundas en carnavales de Venecia o palacios de
Italia que serían la semilla que darían como fruto dieciséis cantos y un
decimoséptimo todavía inmaduro que retratarían
la inmoralidad de un Don Juan
que aún hoy nos sigue atrapando con los relatos de sus andanzas y amoríos?
Quizás
haya dedicado un pensamiento a alguna de todas esas mujeres que transitaron su
vida, empezando por esa madre que tanto lo había avergonzado con su renombrada estupidez,
siguiendo
con su ex mujer Bell, Caro Lamb, Lady Oxford, Claire Clairmont, la condesa
Guiccioli o, más probable aún, su honorable hermana Augusta y ese fulguroso amor
prohibido que los unía.
Quizás
sintió una triste resignación por la pobre Clara Allegra, Elizabeth o la casi adorable
Ada.
¿Habrá
pensado en la tranquilidad y belleza de la cueva de Portovenere en donde se
refugiaba para encontrar inspiración para sus obras,
en la
memoria de quien él mismo llamó su único amigo, Boatswain, fiel canino a quien dedicó
un entrañable poema,
en el
vivo recuerdo de sus camaradas poetas, incluso de aquel pequeño versificador sin talento a
quien tanto despreciaba a pesar de la inmortalidad venidera de sus odas?
¿O
acaso pensaba en que todo era obra del destino y que él no podía hacer nada para evitarlo porque ya todo había sido escrito de antemano por esa diosa de quien se
había proclamado eterno devoto, the Good
Goddess, Fortune!?
Imposible
saberlo.
Dicen
que al morir vemos pasar frente nuestros ojos toda nuestra vida. Quizás haya
sido así. En lo que a mí respecta, prefiero pensar que escuchó uno a uno todos los
versos de sus poemas conjurados en una sola palabra: Dream,
y
que, a fin de cuentas, lo único que debía tener en mente ese diecinueve de
abril era que saldría a vagar, por última vez, tarde hacia la noche.
(Extracto de Diarios)

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