Saturday, March 1, 2014

EL PARAÍSO PERDIDO

De Favourite English Poems





            El día en que hicimos la caminata que lleva al viejo Lahuán supe el lugar exacto en donde se esconde el paraíso. Se los dije a mis amigos, pero no estoy seguro de que alguno de ellos sienta lo mismo que yo, quizás porque el paraíso es algo que no se puede compartir con otros, quizás porque ese lugar está en uno mismo y no tiene otro sendero que el que sólo nuestro propio ser puede recorrer. Lo cierto es que a unos diez minutos del árbol de ochocientos años hay un claro de una belleza incomparable que ninguna revista de turismo y pesca en el sur puede describir, ni menos igualar con la vanidad de una fotografía (y lo digo con conocimiento de causa, porque también intenté, sin resultado, captarlo todo con el pestañeo inmortal).

            Esa tarde nos ofrecía un cielo despejado, de un híbrido salmón dorado, el prehistórico ámbar de los arrayanes a una y otra orilla, la mirada vacía de un lago verde-musgo con algún que otro tronco a la deriva, un suelo minado de bosta de caballo (asumimos) y un hombre que representaba perfectamente su papel de extranjero fanático de la pesca con mosca. Llegamos arrastrando los palos de arrayán que habíamos agarrado en el camino, improvisamos un trípode que no terminó sirviendo para nada y les pedimos a unas personas que nos cruzamos por ahí que nos sacasen unas fotos. Una vez terminado todo ese rito absurdo que exige todo viaje, nos sentamos a contemplar el paisaje y descansar un rato. Todos, excepto yo, habían ido a andar en kayak y se la pasaban hablando del instructor, un tipo del sistema penitenciario que apostaba compulsivamente asados y opinaba acerca de todo tipo de temas: la juventud perdida, los sueldos de su rubro, un poco de cómo usar el remo y, por sobre todas las cosas, de drogas que nunca consumiría pero de las que todos sabíamos que era partícipe.
            Eso duró un rato, hasta que pactamos un silencio tácito y nos entregamos al mundo de nuestras sensorialidades. Me dirigí a la orilla y me acosté en el pasto. Me quedé unos segundos contemplando las aguas, cerré los ojos para intentar escuchar la voz de la naturaleza y entonces el prodigio se manifestó: un sonido en la oscuridad empezó a propagarse en mi mente, primero una nota vaga en una lucha interna por definirse, inútilmente, como silencio. Iba in crescendo, ascendía por una chimenea como Tom el deshollinador, cortándose la piel sólo para acabar arrojándose al agua y romper la quietud del mundo. Emergía, ahora como una mano pintando un lienzo con el color del sol, y poco a poco iba reconstruyendo el paisaje que había tenido alrededor mío hacía unos segundos, pero en esta ocasión, un ave surcaba sus aguas. Mantenía la boca cerrada, y sin embargo de su cuerpo manaba una música etérea, una melodía que siempre podré recordar pero jamás alcanzaré a reproducir con exactitud, y que aún sé, intentaré evocar con mi alma por el resto de mi vida. Justo cuando la canción iba a concluir (algo que va más allá de la comprensión me lo decía), la visión se rompió en mil pedazos con el estruendo de un cristal que se estrella contra el suelo. Agustín me sacudió y me dijo que nos teníamos que ir. Abrí los ojos y busqué asiduamente al ave, pero para ese entonces las aguas ya se la habían tragado. Cuando llegamos al viejo Lahuán les referí la visión que había tenido a algunos de mis amigos, pero todo terminó con el comentario de la Foca, Nacho, ¿sabés que estás drogado, no? 

            Con la caída de la tarde decidimos volver a nuestro campamento, que estaba a unos quince kilómetros en auto. Conservo el recuerdo de Nico contándome la historia del cine a grandes rasgos con Tame Impala de fondo en lo que duró el viaje. Yo lo escuchaba con atención, pero en mi cabeza resonaban constantemente los versos de Keats Was it a visión, or a waking dream?/ Fled is that music: - Do I wake or sleep?  ¿Cómo saberlo? Yo estaba completamente seguro de que estaba despierto, más allá de esas interpretaciones de que la vida es un sueño. Yo sabía que, efectivamente, había escuchado ese canto.

            Al final hicimos sesenta kilómetros para ir a comer, un viaje a Escobar, como lo terminamos bautizando. En el camino nos enfrentamos con un ejército de vacas conspiradoras, encontramos una puerta tranquera que parecía terminar en una cabaña de caníbales – que, para nuestra suerte, sólo se trataba de un restaurante que no tenía mesa para siete – y, según el gran conocedor en materia de harinas culinarias, futuro doctor Varela, descubrimos la mejor panera del mundo (tenía distintos tipos de panes, tortas fritas y hasta siete salsas distintas para agregar, sic). Empachados de comida, retomamos la vuelta al camping. El camino en auto era un calco del video de Karma Police  (no hay mejor manera de describirlo, todos coincidimos). Agustín manejaba conmigo de co-piloto, los dos en silencio. Atrás, otros dos amigos hablaban sin parar sobre algunos temas que no tratábamos en nuestras conversaciones habituales. Te voy a contar algo, Nacho, empezó Agus, tengo que confesarte que hoy se me cayeron unas lágrimas cuando supe que nos íbamos a ir de los Alerces. Le pregunté por qué. No sé, es un lugar increíble, me transmitió una paz que ningún otro lugar me transmitió, siento que es... como mi lugar en el mundo. Te juro, me re gustaría vivir acá, no tengo ganas de irme. Me quedé en silencio, sin saber qué responderle. Sí, puede ser, fue todo lo que pude decirle. En ese momento no supe cómo reaccionar, sólo cuando hubo terminado todo el viaje pude comprender, a mí manera,  el peso de sus palabras, la carga de sus emociones.




            Una vez que estuve de vuelta en casa, decidí leer algo de poesía y lo primero que me vino a la mente fue To a Skylark de Shelley. Recién ahí encontré la respuesta que había estado buscando: el canto del ave no es algo definido, no está hecho para ser enjaulado en un parlante para que el resto del mundo pueda escucharlo. Esa música está en cada uno de nosotros: está en la voz de la naturaleza, en el canto del ave del paraíso (que es, a su vez, de todas las aves que existieron y aún hoy existen), en los versos de Keats y de Shelley, y también en las palabras de Agustín. Es la encarnación de algo que se puede percibir pocas veces (una sola, quizás) y que, como el resto de las cosas en la historia del universo, nace destinado a convertirse en algo que estará por siempre perdido. Lo único que nos queda es poder intentar contar lo que escuchamos, aunque para el resto sea imposible entenderlo. Como canta Shelley en la última estrofa de su poema, me permito ahora contestarte, Agustín: Teach me half the gladness/That thy brain must know/Such harmonious madness/From my lips would flow/The world should listen then, as I am listening now



(Extracto de Diarios)

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