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| De Favourite English Poems |
El día en que hicimos la caminata que lleva al viejo
Lahuán supe el lugar exacto en donde se esconde el paraíso. Se los dije a mis
amigos, pero no estoy seguro de que alguno de ellos sienta lo mismo que yo,
quizás porque el paraíso es algo que no se puede compartir con otros, quizás
porque ese lugar está en uno mismo y no tiene otro sendero que el que sólo
nuestro propio ser puede recorrer. Lo cierto es que a unos diez minutos del
árbol de ochocientos años hay un claro de una belleza incomparable que ninguna
revista de turismo y pesca en el sur puede describir, ni menos igualar con la
vanidad de una fotografía (y lo digo con conocimiento de causa, porque también
intenté, sin resultado, captarlo todo con el pestañeo inmortal).
Esa
tarde nos ofrecía un cielo despejado, de un híbrido salmón dorado, el
prehistórico ámbar de los arrayanes a una y otra orilla, la mirada vacía de un
lago verde-musgo con algún que otro tronco a la deriva, un suelo minado de
bosta de caballo (asumimos) y un hombre que representaba perfectamente su papel
de extranjero fanático de la pesca con mosca. Llegamos arrastrando los palos de
arrayán que habíamos agarrado en el camino, improvisamos un trípode que no
terminó sirviendo para nada y les pedimos a unas personas que nos cruzamos por
ahí que nos sacasen unas fotos. Una vez terminado todo ese rito absurdo que
exige todo viaje, nos sentamos a contemplar el paisaje y descansar un rato.
Todos, excepto yo, habían ido a andar en kayak
y se la pasaban hablando del instructor, un tipo del sistema penitenciario que
apostaba compulsivamente asados y opinaba acerca de todo tipo de temas: la
juventud perdida, los sueldos de su rubro, un poco de cómo usar el remo y, por
sobre todas las cosas, de drogas que nunca
consumiría pero de las que todos sabíamos que era partícipe.
Eso
duró un rato, hasta que pactamos un silencio tácito y nos entregamos al mundo
de nuestras sensorialidades. Me dirigí a la orilla y me acosté en el pasto. Me
quedé unos segundos contemplando las aguas, cerré los ojos para intentar
escuchar la voz de la naturaleza y entonces el prodigio se manifestó: un sonido
en la oscuridad empezó a propagarse en mi mente, primero una nota vaga en una
lucha interna por definirse, inútilmente, como silencio. Iba in crescendo, ascendía por una chimenea
como Tom el deshollinador, cortándose la piel sólo para acabar arrojándose al
agua y romper la quietud del mundo. Emergía, ahora como una mano pintando un
lienzo con el color del sol, y poco a poco iba reconstruyendo el paisaje que
había tenido alrededor mío hacía unos segundos, pero en esta ocasión, un ave
surcaba sus aguas. Mantenía la boca cerrada, y sin embargo de su cuerpo manaba
una música etérea, una melodía que siempre podré recordar pero jamás alcanzaré
a reproducir con exactitud, y que aún sé, intentaré evocar con mi alma por el
resto de mi vida. Justo cuando la canción iba a concluir (algo que va más allá
de la comprensión me lo decía), la visión se rompió en mil pedazos con el
estruendo de un cristal que se estrella contra el suelo. Agustín me sacudió y
me dijo que nos teníamos que ir. Abrí los ojos y busqué asiduamente al ave,
pero para ese entonces las aguas ya se la habían tragado. Cuando llegamos al
viejo Lahuán les referí la visión que había tenido a algunos de mis amigos,
pero todo terminó con el comentario de la Foca, Nacho, ¿sabés que estás drogado, no?
Con
la caída de la tarde decidimos volver a nuestro campamento, que estaba a unos
quince kilómetros en auto. Conservo el recuerdo de Nico contándome la historia
del cine a grandes rasgos con Tame Impala de fondo en lo que duró el viaje. Yo
lo escuchaba con atención, pero en mi cabeza resonaban constantemente los
versos de Keats Was it a visión, or a
waking dream?/ Fled is
that music: - Do I wake or sleep? ¿Cómo saberlo? Yo estaba completamente seguro de que estaba
despierto, más allá de esas interpretaciones de que la vida es un sueño. Yo
sabía que, efectivamente, había escuchado ese canto.
Al
final hicimos sesenta kilómetros para ir a comer, un viaje a Escobar, como lo terminamos bautizando. En el camino nos
enfrentamos con un ejército de vacas conspiradoras, encontramos una puerta
tranquera que parecía terminar en una cabaña de caníbales – que, para nuestra
suerte, sólo se trataba de un restaurante que no tenía mesa para siete – y,
según el gran conocedor en materia de
harinas culinarias, futuro doctor Varela, descubrimos la mejor panera del
mundo (tenía distintos tipos de panes,
tortas fritas y hasta siete salsas distintas para agregar, sic). Empachados
de comida, retomamos la vuelta al camping. El camino en auto era un calco del
video de Karma Police (no hay mejor manera de describirlo, todos
coincidimos). Agustín manejaba conmigo de co-piloto, los dos en silencio.
Atrás, otros dos amigos hablaban sin parar sobre algunos temas que no
tratábamos en nuestras conversaciones habituales. Te voy a contar algo, Nacho, empezó Agus, tengo que confesarte que hoy se me cayeron unas lágrimas cuando supe
que nos íbamos a ir de los Alerces. Le pregunté por qué. No sé, es un lugar increíble, me transmitió
una paz que ningún otro lugar me transmitió, siento que es... como mi lugar en
el mundo. Te juro, me re gustaría vivir acá, no tengo ganas de irme. Me
quedé en silencio, sin saber qué responderle. Sí, puede ser, fue todo lo que pude decirle. En ese momento no supe
cómo reaccionar, sólo cuando hubo terminado todo el viaje pude comprender,
a mí manera, el peso de sus palabras, la
carga de sus emociones.
Una
vez que estuve de vuelta en casa, decidí leer algo de poesía y lo primero que
me vino a la mente fue To a Skylark
de Shelley. Recién ahí encontré la respuesta que había estado buscando: el
canto del ave no es algo definido, no está hecho para ser enjaulado en un
parlante para que el resto del mundo pueda escucharlo. Esa música está en cada
uno de nosotros: está en la voz de la naturaleza, en el canto del ave del paraíso (que es, a su vez, de todas las aves
que existieron y aún hoy existen), en los versos de Keats y de Shelley, y
también en las palabras de Agustín. Es la encarnación de algo que se puede
percibir pocas veces (una sola, quizás) y que, como el resto de las cosas en la
historia del universo, nace destinado a convertirse en algo que estará por
siempre perdido. Lo único que nos queda es poder intentar contar lo que escuchamos,
aunque para el resto sea imposible entenderlo. Como canta Shelley en la
última estrofa de su poema, me permito ahora contestarte, Agustín: Teach me half the gladness/That thy brain
must know/Such harmonious madness/From my lips would flow/The world should
listen then, as I am listening now.
(Extracto de Diarios)

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