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| Autumn Fog, LEONID AFREMOV |
Cae del cielo ceniciento
lluvia sin razón de ser.
Si hasta por mi pensamiento
veo la lluvia correr
FERNANDO PESSOA
Nunca escuché a
nadie silbar un tango. Parece una broma después de haber gastado casi un cuarto
de siglo vagando entre tus calles, laberintos donde uno deja de ser el universo
para ser tan sólo una gota más de las esporádicas lluvias que barren tu
desierto corazón de asfalto y concreto. Pero es así, apenas pude presenciar
algunos rituales de dudosa arrabalería, girando como gitanos por la calle
Florida, rajándole el mango al incrédulo turista y alguna que otra triste
mirada argentina. Seamos sinceros, el baile se financia en moneda extranjera.
Pero en esta ciudad, ¿quién no es extranjero? Siempre me sentí como un exiliado
en su propia tierra. Porteño, ¿qué
significa, realmente? ¿El sólo hecho de vivir en Buenos Aires nos hace
porteños? No tiene nada de especial, excepto cuando nos queremos diferenciar de
gente fronteriza, pajueranos, como
los llamamos, y de ahí la absurda disputa entre engreídos y boludos que, a fin
de cuentas, son lo mismo; costumbre,
para algunos, discriminación, para el
resto. A mí me da lo mismo, porque como la mayoría de los porteños, odio al
porteño. Lo único bueno que tenemos es la ciudad en donde vivimos, jungla
urbana en donde se matizan los tonos cocoliche de La Boca con la arquitectura
francesa del centro, hipnotizada por el monumento fálico del que nos
vanagloriamos (que el obelisco sea el símbolo de Buenos Aires debe tener algo
que ver con el complejo de “tenerla más grande”, ahora que lo pienso), las
angostas y adoquinadas calles de San Telmo con el bullicio de sus ferias
hippies e improvisadas noches de jazz vigiladas por las inaccesibles cúpulas;
el folklore de Retiro y Constitución, en donde una línea de ferrocarriles
divide civilización y barbarie, los recuerdos de un viejo mercado central (hoy
centro de reunión de unos cuantos imbéciles sin personalidad) que mamó Carlitos
para inmortalizar con su voz la argentinidad en gran parte del mundo, y tanto,
tanto más...
Nada de todo lo que les acabo de explicar me importa mucho, realmente. Buenos Aires es, ante todo, lluvia y otoño, la ciudad de cromo. Cuando me siento en mi ventana a ver cómo el diluvio sacude los árboles y arremolina las hojas secas con la basura, y el hedor de la decadencia de la tierra se eleva hasta inundar mi habitación, ahogándome con su pestilencia, me olvido por un rato de mí mismo. Es un acto de entrega total, un culto hedonista, un sueño con forma de abadía. Es algo tan intenso como el amor, un momento en donde nuestra existencia cobra sentido, trascendencia, porque nos deja de importar. Te lo digo yo, Narciso. Para esas ocasiones, me preparo un té y me sumerjo en mis pensamientos. Mis ojos, a la deriva, siguen la película adonde sea que me lleven. A veces me abstraigo tanto que viajo hacia algún boulevard (detesto bulevar) de Belgrano, y yo estoy ahí, refugiado bajo un colosal balcón invisible, y aunque el agua no sea real, puedo olerla, puedo tocarla, puedo escuchar cómo su caída reverbera en mi interior, y siento que mi alma está siendo regada. Cada gota tiene un sonido diferente, pero todas juntas son una orquesta completa ejecutando una sinfonía en perfecta armonía, y esa música es tu voz, tu canto, tu gesta, poeta líquido. ¿Para qué se necesita una canción, una guitarra, un piano, un acordeón, una voz cantante, una melodía, una palabra? Me basta con oír un lamento azul, un susurro melancólico, un dulce mantra y el agudo silbido de la pava en la cocina.
El ruido de la lluvia es el único
tango que conozco.
(Extracto de Diarios)

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