Monday, March 17, 2014

DIAPOSITIVAS DEL ÚLTIMO BEATNIK




Take me on a trip upon your magic swirlin’ ship
LUCKY WILBURY


     It ain’t no use in callin’ out my name, gal, like you never did before…
     Estaciona la motocicleta en el umbral de la casa. Lleva un libro bajo el brazo. Una chica de cabello rubio y ojos celestes lo recibe en la puerta. Lo rodea con los brazos y lo besa. Él se queda unos segundos observándola a los ojos, y con la mirada de un profeta le dice Babe, from now on, you ain’t gonna call me Bobby anymore. Ella se queda perpleja y le pregunta por qué. Él desliza el libro debajo de su brazo y le enseña la cubierta. Ella lee 18 Poems, y por debajo lee el nombre de un poeta de apellido Thomas. No tardaría mucho en contarle el resto. En unos días partiría de Hibbing y ella sería tan sólo otro recuerdo, Echo.

     The very last thing that I’d want to do is to say I’ve been hittin’ some hard travelin’ too…
     La puerta de la casa está abierta. Entra sin pedir permiso, comprueba que nadie esté adentro y toma unos vinilos de una estantería.  No era un ladrón; simplemente un adicto que nunca habría de rehabilitarse.
     Al otro día alguien lo delata. Los dueños lo buscan y al encontrarlo lo amenazan con golpearlo y denunciarlo a las autoridades de la universidad. Él se lamenta y entre lágrimas les pide perdón, que su intención no había sido robarlos, sólo quería escuchar un poco de música. Los había tomado prestados sin permiso, nomás. Todo, de alguna extraña manera, se arregla.
     Por esos días recuerda que el mundo estuvo habitado por héroes. Al rebelde sin causa, Little Richard y Kerouac se suma el mesías, un tal Woody. Predica su música noche y día, y siguiendo sus pasos decide partir hacia la ciudad de los sueños (que, paradójicamente, es también la ciudad que nunca duerme).


     Ramblin’ outa the wild West, leavin’ the towns I love the best…
     Un pobre chico del oeste busca refugio del frío en la capital del mundo. Durante unos días duerme en donde puede: cuartos de hotel sin calefacción, autos abandonados e incluso se permite soñar en cómodos colchones de cemento. Todo sea por escuchar la palabra de Woody.
     Entra en el Village y le pregunta a un hombre en la caja si puede darle algo que hacer a cambio de un poco de comida y alojamiento. Así consigue su primer empleo como músico y empieza a codearse con la gente del círculo folk. En este tiempo se dedica a leer y escuchar todo lo que pasa por sus manos y lo transforma en canciones que llevan su nombre. Para algunas tomaría prestadas (otra vez sin permiso) melodías de otras personas.
    
     You’re the reason why I’m a-trav’lin’ on…
     Luego de un largo viaje, el peregrino llega finalmente a la Meca. Lo recibe un pequeño en la puerta que llama a su madre para que atienda al extraño. Tras comprobar el estado en que se encontraba su huésped, le ofrece un plato de comida. Él acepta de buena gana, pero no deja de preguntar por el predicador. Ella, con cierto dolor, le dice que allí no habría de encontrar al hombre y le indica el camino al hospital; su marido sufría una extraña enfermedad que lo mantenía alejado de la familia. Agradece la comida y se dirige a visitarlo. El periplo tiene éxito y consigue que lo dejen conocer al padre del folk. Se reúnen a diario y pasan los días entre rasguidos y cánticos que intentan evocar los (por entonces) viejos tiempos del Dust Bowl.
     Un día, cerca del final, Woody le comparte el secreto de una caja que contiene cientos de letras sin melodía y le permite apropiarse de ellas. Él va a reclamar su legado, pero desafortunadamente nadie se encontraba en la casa. No sería hasta casi cuarenta años después que la herencia vería la luz bajo el nombre de Mermaid Avenue, interpretada por el británico Billy Bragg y la banda americana Wilco.
     El profeta muere, queda el discípulo. Le dedica la primera canción que graba y, a modo de epitafio, reza I’m a-singin’ you the song, but I can’t sing enough ‘cause there’s not many men that done the things that you’ve done. Su primer disco epónimo lo inmortaliza en la canción.

     You don’t need a weatherman to know which way the wind blows...
     Sentado en un café por la mañana con un diario plegado sobre la mesa y encima un montón de papeles garabateados. Toma sorbos pequeños, despreocupados. En un rapto de inspiración ataca la hoja sin darle respiro durante diez minutos y la acorrala hasta el confín de su mundo plano. Se da cuenta de que hay una relación simbiótica entre la guerra y la paz. No existe una sin la otra. ¿Qué podía responder frente a eso? ¿Qué podía decir acerca de esa canción, salvo que la respuesta sopla con el viento? No está en ningún libro, ni en una película, ni en la televisión, ni en un grupo de debate. Hay por ahí muchos enterados que dicen dónde está, pero no lo cree. Sólo tenía veintiún años y sabía que había habido demasiadas guerras. Lo que no tenía en mente por aquel entonces era que había acabado de escribir un himno a la paz.

     Your old road is rapidly agin’, please get out of the new one if you can’t lend your hand…
     Una multitud reunida en acto de protesta frente al monumento de Washington. Le dicen que es su turno y se acerca al micrófono acompañado de su guitarra y canta a dúo frente a casi trescientas mil personas.
     Esa misma tarde, un hombre haría historia con un discurso acerca de un sueño.
    
     This Englishman said, “Fab”…
     Hace unos meses que anda viajando en una camioneta con un grupo de amigos. Es un viaje de costa a costa, al mejor estilo Sal Paradise. La radio está encendida, y las canciones desfilan desnudas para el deleite de los oídos hartos de copular a diario con los ruidos del motor. De golpe, una seductora melodía pop se sube al escenario y se convierte en el centro de atención. Los invita a cantar y les dice a todos que quiere agarrar sus manos. Una revolución se estaba gestando.
     Al poco tiempo tiene la oportunidad de conocerlos en un cuarto de hotel. La reunión había sido arreglada de antemano por sus representantes. Esa noche sería la primera vez que los cuatro jóvenes de Liverpool fumasen marihuana. Uno de ellos confesaría un tiempo después haber encontrado la explicación de la vida durante unos breves segundos para luego olvidarla. Quedaría un vago registro del encuentro, con la solitaria imagen de una cantante en una esquina ahogada en un océano de amor, sin más consuelo que en algunas futuras huellas ensangrentadas y una reminiscente canción que titularía Diamonds & Rust.

     When you got nothin’, you got nothin’ to lose, you’re invisible now, you’ve got no secrets to conceal…
      Agarra una silla y la acomoda junto al piano. Se sienta y prueba un par de acordes. Empieza con un do mayor y va moviendo sus dedos una blanca hacia la derecha manteniendo la misma posición de la mano, hasta alcanzar el sol. Tenía los primeros cinco acordes, el génesis de lo que sería su famosa oda a la venganza.
    
     You say you lost your faith but that’s not where it’s at. You had no faith to lose and you know it…
     Sube al escenario acompañado de una banda completa. Todos llevan instrumentos eléctricos. El show empieza y los acordes chillantes se confunden con los abucheos del público. No se entiende ni una palabra de lo que canta. Al terminar el tercer tema se siente obligado a retirarse intempestivamente y abandona el festival. La situación se repetiría en otros tantos conciertos, incluso a lo largo de una gira por el viejo continente. La invasión británica había convertido la fe del predicador, pero a él no le interesaba todo eso; ni siquiera se consideraba un poeta en su propia tierra.
    
     I will not go down under the ground ‘cause somebody tells me that death’s comin’ around...
     Yendo por la carretera en motocicleta. En el camino se presenta una curva. La intenta tomar, pero a causa de la alta velocidad a la que conduce se descontrola y sale disparado como una bala perdida. Se estrella contra el pavimento y sobrevive de milagro. Luego de ese episodio se condena al exilio de la escena pública.

     Oh, my name it is nothin'...
     El hombre de las distintas caras necesitaba volver a casa, estar consigo mismo. Buscó refugiarse en el anonimato, pero ya era muy tarde para que alguien pudiese borrar su nombre; estaba escrito en todos lados. Ya no podía ser un vagabundo, un completo extraño. Él era considerado ni más ni menos que el último de los beatnik y debía hacerse cargo del camino que había elegido. Ya nadie conocía a Robert, ni a Bobby, ni a Zimmerman. Su verdadero nombre era, entonces, Bob Dylan. 





A Mauro Giordano

(Extracto de Diarios)

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