Take me on a trip upon your magic swirlin’
ship
LUCKY WILBURY
It
ain’t no use in callin’ out my name, gal, like you never did before…
Estaciona
la motocicleta en el umbral de la casa. Lleva un libro bajo el brazo. Una chica
de cabello rubio y ojos celestes lo recibe en la puerta. Lo rodea con los
brazos y lo besa. Él se queda unos segundos observándola a los ojos, y con la
mirada de un profeta le dice Babe, from
now on, you ain’t gonna call me Bobby anymore. Ella se queda perpleja y le
pregunta por qué. Él desliza el libro debajo de su brazo y le enseña la
cubierta. Ella lee 18 Poems, y por
debajo lee el nombre de un poeta de
apellido Thomas. No tardaría mucho en
contarle el resto. En unos días partiría de Hibbing y ella sería tan sólo otro
recuerdo, Echo.
The very last thing that I’d want to do is
to say I’ve been hittin’ some hard travelin’ too…
La
puerta de la casa está abierta. Entra sin pedir permiso, comprueba que nadie
esté adentro y toma unos vinilos de una estantería. No era un ladrón; simplemente un adicto que
nunca habría de rehabilitarse.
Al otro día
alguien lo delata. Los dueños lo buscan y al encontrarlo lo amenazan con
golpearlo y denunciarlo a las autoridades de la universidad. Él se lamenta y
entre lágrimas les pide perdón, que su intención no había sido robarlos, sólo
quería escuchar un poco de música. Los había tomado prestados sin permiso,
nomás. Todo, de alguna extraña manera, se arregla.
Por esos
días recuerda que el mundo estuvo habitado por héroes. Al rebelde sin causa,
Little Richard y Kerouac se suma el mesías, un tal Woody. Predica su música
noche y día, y siguiendo sus pasos decide partir hacia la ciudad de los sueños
(que, paradójicamente, es también la ciudad que nunca duerme).
Ramblin’
outa the wild West, leavin’ the towns I love the best…
Un
pobre chico del oeste busca refugio del frío en la capital del mundo. Durante
unos días duerme en donde puede: cuartos de hotel sin calefacción, autos
abandonados e incluso se permite soñar en cómodos colchones de cemento. Todo
sea por escuchar la palabra de Woody.
Entra en el
Village y le pregunta a un hombre en la caja si puede darle algo que hacer a
cambio de un poco de comida y alojamiento. Así consigue su primer empleo como
músico y empieza a codearse con la gente del círculo folk. En este tiempo se
dedica a leer y escuchar todo lo que pasa por sus manos y lo transforma en
canciones que llevan su nombre. Para algunas tomaría prestadas (otra vez sin
permiso) melodías de otras personas.
You’re the reason why I’m a-trav’lin’ on…
Luego
de un largo viaje, el peregrino llega finalmente a la Meca. Lo recibe un
pequeño en la puerta que llama a su madre para que atienda al extraño. Tras
comprobar el estado en que se encontraba su huésped, le ofrece un plato de
comida. Él acepta de buena gana, pero no deja de preguntar por el predicador.
Ella, con cierto dolor, le dice que allí no habría de encontrar al hombre y le
indica el camino al hospital; su marido sufría una extraña enfermedad que lo
mantenía alejado de la familia. Agradece la comida y se dirige a visitarlo. El
periplo tiene éxito y consigue que lo dejen conocer al padre del folk. Se
reúnen a diario y pasan los días entre rasguidos y cánticos que intentan evocar
los (por entonces) viejos tiempos del Dust
Bowl.
Un día,
cerca del final, Woody le comparte el secreto de una caja que contiene cientos
de letras sin melodía y le permite apropiarse de ellas. Él va a reclamar su
legado, pero desafortunadamente nadie se encontraba en la casa. No sería hasta casi
cuarenta años después que la herencia vería la luz bajo el nombre de Mermaid Avenue, interpretada por el
británico Billy Bragg y la banda americana Wilco.
El profeta
muere, queda el discípulo. Le dedica la primera canción que graba y, a
modo de epitafio, reza I’m a-singin’ you
the song, but I can’t sing enough ‘cause there’s not many men that done the
things that you’ve done. Su primer disco epónimo lo inmortaliza en la
canción.
You
don’t need a weatherman to know which way the wind blows...
Sentado
en un café por la mañana con un diario plegado sobre la mesa y encima un montón
de papeles garabateados. Toma sorbos pequeños, despreocupados. En un rapto de
inspiración ataca la hoja sin darle respiro durante diez minutos y la acorrala hasta
el confín de su mundo plano. Se da cuenta de que hay una relación simbiótica
entre la guerra y la paz. No existe una sin la otra. ¿Qué podía responder frente
a eso? ¿Qué podía decir acerca de esa canción, salvo que la respuesta sopla con
el viento? No está en ningún libro, ni en una película, ni en la televisión, ni
en un grupo de debate. Hay por ahí muchos enterados que dicen dónde está, pero
no lo cree. Sólo tenía veintiún años y sabía que había habido demasiadas
guerras. Lo que no tenía en mente por aquel entonces era que había acabado de
escribir un himno a la paz.
Your old road is rapidly agin’, please get
out of the new one if you can’t lend your hand…
Una
multitud reunida en acto de protesta frente al monumento de Washington. Le
dicen que es su turno y se acerca al micrófono acompañado de su guitarra y
canta a dúo frente a casi trescientas mil personas.
Esa misma
tarde, un hombre haría historia con un discurso acerca de un sueño.
This Englishman said, “Fab”…
Hace unos meses
que anda viajando en una camioneta con un grupo de amigos. Es un viaje de costa
a costa, al mejor estilo Sal Paradise. La radio está encendida, y las canciones
desfilan desnudas para el deleite de los oídos hartos de copular a diario con
los ruidos del motor. De golpe, una seductora melodía pop se sube al escenario
y se convierte en el centro de atención. Los invita a cantar y les dice a todos
que quiere agarrar sus manos. Una revolución se estaba gestando.
Al poco
tiempo tiene la oportunidad de conocerlos en un cuarto de hotel. La reunión
había sido arreglada de antemano por sus representantes. Esa noche sería la
primera vez que los cuatro jóvenes de Liverpool fumasen marihuana. Uno de ellos
confesaría un tiempo después haber encontrado la explicación de la vida durante
unos breves segundos para luego olvidarla. Quedaría un vago registro del
encuentro, con la solitaria imagen de una cantante en una esquina ahogada en un
océano de amor, sin más consuelo que en algunas futuras huellas ensangrentadas
y una reminiscente canción que titularía Diamonds
& Rust.
When you got nothin’, you got nothin’ to
lose, you’re invisible now, you’ve got no secrets to conceal…
Agarra una silla y la acomoda junto al piano. Se
sienta y prueba un par de acordes. Empieza con un do mayor y va moviendo sus
dedos una blanca hacia la derecha manteniendo la misma posición de la mano,
hasta alcanzar el sol. Tenía los primeros cinco acordes, el génesis de lo que
sería su famosa oda a la venganza.
You
say you lost your faith but that’s not where it’s at. You had no faith to lose
and you know it…
Sube
al escenario acompañado de una banda completa. Todos llevan instrumentos
eléctricos. El show empieza y los acordes chillantes se confunden con los
abucheos del público. No se entiende ni una palabra de lo que canta. Al
terminar el tercer tema se siente obligado a retirarse intempestivamente y
abandona el festival. La situación se repetiría en otros tantos conciertos,
incluso a lo largo de una gira por el viejo continente. La invasión británica
había convertido la fe del predicador, pero a él no le interesaba todo eso; ni
siquiera se consideraba un poeta en su propia tierra.
I will not go down under the ground ‘cause
somebody tells me that death’s comin’ around...
Yendo
por la carretera en motocicleta. En el camino se presenta una curva. La intenta
tomar, pero a causa de la alta velocidad a la que conduce se descontrola y sale
disparado como una bala perdida. Se estrella contra el pavimento y sobrevive de
milagro. Luego de ese episodio se condena al exilio de la escena pública.
Oh, my name it is nothin'...
El hombre de
las distintas caras necesitaba volver a casa, estar consigo mismo. Buscó
refugiarse en el anonimato, pero ya era muy tarde para que alguien pudiese
borrar su nombre; estaba escrito en todos lados. Ya no podía ser un vagabundo,
un completo extraño. Él era considerado ni más ni menos que el último de los
beatnik y debía hacerse cargo del camino que había elegido. Ya nadie conocía a
Robert, ni a Bobby, ni a Zimmerman. Su verdadero nombre era,
entonces, Bob Dylan.
A Mauro Giordano
(Extracto de Diarios)

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