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| SEAMUS HEANEY (1939-2013) |
His last gruel of winter
seeds
SEAMUS HEANEY
Esa
mañana se levantó temprano, como de costumbre, previo al despuntar del alba.
Debía llegar a horario a la fábrica o de lo contrario tendría que buscar otro
empleo. El invierno se colaba por debajo del marco de la ventana y se batía en
un interminable duelo contra la salamandra acorralada en un rincón de la
habitación. El televisor se encendió automáticamente y él pudo vislumbrar el
logo del National Geographic en la
esquina inferior de la pantalla. Se quedó un minuto intentando armar el
rompecabezas del sueño, pero todo intento fue saboteado por la voz narradora de
la televisión: ... momias en Jutland,
escuchó. Había perdido el intervalo de lucidez onírica. Se levantó
perezosamente de la cama y se dirigió a la cocina. Abrió la heladera, sacó la
leche. Agarró un plato y los cereales de la alacena y se preparó su desayuno de
cada mañana. Escasea la carne en invierno,
las mujeres usan mucho abrigo. Masticaba como un rumiante, se le hacía una
pasta en la boca, mascaba granos y semillas, pensaba en la última cena, debía ir a misa, hacía
mucho que no iba a la iglesia, quizás por eso tenía tantos problemas
últimamente. Todo beneficio requiere
un sacrificio, Dios así lo escribió, o así lo interpretaron sus fieles. Comió hasta dejar el plato
completamente limpio, hasta hizo ese acto inapropiado de sorber la leche
estancada que a su madre tanto le irritaba. Se levantó de la mesa y se metió en
el baño. Se quitó la ropa mecánicamente y abrió la canilla de agua caliente. Se
sentó un rato en el inodoro como buen pensador de Rodin purgar, purgar, purgar...
entre ruidos pecaminosos. Se limpió. Doce minutos bastaron para que se llenara
la bañadera. Se sumergió, lentamente, dejando sólo la cabeza afuera. Una vez
que estuvo plácidamente recostado, cerró los ojos y pensó en la mujer de la
fábrica. Primero, los dos trabajando, intercambiando miradas lascivas. Unos
segundos después, la desnudaba en su
cuarto. Buscó con una mano un cinturón que estaba en el suelo del baño. Se puso
de pie. Armar un lazo, lo hizo atando
el cinturón al caño de la ducha y acto seguido metió la cabeza y ajustó el nudo.
Empezó a tocarla, cada vez más y más rápido, cada vez sus gritos eran más reales; en cada ida y vuelta se desarmaba y volvía
a armar, incesante, hasta que se ahogó en una prolongada respiración para
alcanzar el éxtasis, el limbo
enhiesto y el cenit del cuerpo que se deja caer al vacío de una fría noche
escandinava, inerte. Depositar en la fosa,
fue lo último que llegó a escuchar.
Miles de segundos más tarde, dos vecinos
encontrarían el cadáver intacto, conservado aún por la bañadera.
(De Valparaíso)

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