Friday, March 7, 2014

LA VOZ DE LA CONCIENCIA



SEAMUS HEANEY (1939-2013)




His last gruel of winter seeds
SEAMUS HEANEY


            Esa mañana se levantó temprano, como de costumbre, previo al despuntar del alba. Debía llegar a horario a la fábrica o de lo contrario tendría que buscar otro empleo. El invierno se colaba por debajo del marco de la ventana y se batía en un interminable duelo contra la salamandra acorralada en un rincón de la habitación. El televisor se encendió automáticamente y él pudo vislumbrar el logo del National Geographic en la esquina inferior de la pantalla. Se quedó un minuto intentando armar el rompecabezas del sueño, pero todo intento fue saboteado por la voz narradora de la televisión: ... momias en Jutland, escuchó. Había perdido el intervalo de lucidez onírica. Se levantó perezosamente de la cama y se dirigió a la cocina. Abrió la heladera, sacó la leche. Agarró un plato y los cereales de la alacena y se preparó su desayuno de cada mañana. Escasea la carne en invierno, las mujeres usan mucho abrigo. Masticaba como un rumiante, se le hacía una pasta en la boca, mascaba granos y semillas, pensaba en la última cena, debía ir a misa, hacía mucho que no iba a la iglesia, quizás por eso tenía tantos problemas últimamente. Todo beneficio requiere un sacrificio, Dios así lo escribió, o así lo interpretaron sus fieles. Comió hasta dejar el plato completamente limpio, hasta hizo ese acto inapropiado de sorber la leche estancada que a su madre tanto le irritaba. Se levantó de la mesa y se metió en el baño. Se quitó la ropa mecánicamente y abrió la canilla de agua caliente. Se sentó un rato en el inodoro como buen pensador de Rodin purgar, purgar, purgar... entre ruidos pecaminosos. Se limpió. Doce minutos bastaron para que se llenara la bañadera. Se sumergió, lentamente, dejando sólo la cabeza afuera. Una vez que estuvo plácidamente recostado, cerró los ojos y pensó en la mujer de la fábrica. Primero, los dos trabajando, intercambiando miradas lascivas. Unos segundos después, la desnudaba en su cuarto. Buscó con una mano un cinturón que estaba en el suelo del baño. Se puso de pie. Armar un lazo, lo hizo atando el cinturón al caño de la ducha y acto seguido metió la cabeza y ajustó el nudo. Empezó a tocarla, cada vez más y más rápido, cada vez sus gritos eran más reales; en cada ida y vuelta se desarmaba y volvía a armar, incesante, hasta que se ahogó en una prolongada respiración para alcanzar el éxtasis, el limbo enhiesto y el cenit del cuerpo que se deja caer al vacío de una fría noche escandinava, inerte. Depositar en la fosa, fue lo último que llegó a escuchar.

             Miles de segundos más tarde, dos vecinos encontrarían el cadáver intacto, conservado aún por la bañadera.     




(De Valparaíso)

No comments:

Post a Comment