You know I read it in a magazine
Sentada en la mesa de un coffee-shop de Ámsterdam,
Hannah Van Haldoom rayaba el atardecer en su hoja en blanco sin sospechar el
camino que iba trazando con su lápiz. Las palabras, como un mantra hecho de los
pequeños sorbos de café que ingería de a ratos, no generaban ni la menor
sospecha de la presencia del futuro ahí mismo, intruso que se había acomodado
silenciosamente en la silla vacía. Estiró la mano para agarrar el cigarrillo a
medio terminar, dio una larga bocanada, y sin darse tiempo a meditar lo que
hacía, escribió en el margen superior de la hoja Cinnamon hours, y aplastó el cilindro anaranjado contra el cenicero.
Como toda habitué, sacó de su cartera
unos billetes, los dejó al amparo de la taza de porcelana, se colgó la cartera al
hombro y, al pararse, la mirada se le perdió en un rostro de entre la multitud.
That face, it was fate, recordaría
años más tarde en una entrevista para una revista que se autocalificaba como avant-garde. Ella misma encontraría
difícil recordar qué impresión la llevó a abandonar esa tarde su cuaderno en la
mesita del café, pequeña desgracia que, nadie podría haberlo previsto entonces,
entrelazaría la historia de dos personas que pertenecían a dos mundos completamente
distintos, aunque equidistantes.
Al
día siguiente, Hannah volvió con la vaga esperanza de recuperar su anotador,
pero lo único que encontró fue un nombre y una dirección. A unas seis cuadras
de distancia, un tal George Kent, de
veinte años, le abría la puerta de su casa y la invitaba a pasar a buscar la
libreta perdida, prometiéndole una taza de té like we do at home. Ella, todavía absorta por la idea de recuperar
su intimidad, se permitió aceptar la invitación del extraño. El mantel hecho a
cuadros la hacía sentirse parte de la decoración de la casa, convencida de que
el juego que hacía con su camisa escocesa no podía tratarse de otra cosa que
una mera coincidencia. It was
funny, somehow. Sittin’ there, all squares, with this guy I barely knew. Él le dijo que era músico. Cuando le preguntó qué
instrumentos tocaba y él mencionó al piano y la guitarra, ella sonrió.
George lo percibió de entrada, sabía muy
bien lo que se venía. Sólo tenía que lograr impactarla y convencerla de seguir
su nueva loca idea.
Le
dijo que lo disculpara, antes que nada, pero que había leído algunas cosas de
su libreta. Ni bien lo hizo, ella se intentó incorporar para desarmarse en todo
tipo de protestas, pero un real good
poetry, I have to say bastó para serenar sus impulsos. Contestó que no le
parecía correcto, pero que de todas formas le agradecía el cumplido.









