Saturday, April 11, 2015

MUSICTRY, A BLEND OF VELVET LIMERICKS & SUPERSONIC ALLEYS




You know I read it in a magazine


            Sentada en la mesa de un coffee-shop de Ámsterdam, Hannah Van Haldoom rayaba el atardecer en su hoja en blanco sin sospechar el camino que iba trazando con su lápiz. Las palabras, como un mantra hecho de los pequeños sorbos de café que ingería de a ratos, no generaban ni la menor sospecha de la presencia del futuro ahí mismo, intruso que se había acomodado silenciosamente en la silla vacía. Estiró la mano para agarrar el cigarrillo a medio terminar, dio una larga bocanada, y sin darse tiempo a meditar lo que hacía, escribió en el margen superior de la hoja Cinnamon hours, y aplastó el cilindro anaranjado contra el cenicero. Como toda habitué, sacó de su cartera unos billetes, los dejó al amparo de la taza de porcelana, se colgó la cartera al hombro y, al pararse, la mirada se le perdió en un rostro de entre la multitud. That face, it was fate, recordaría años más tarde en una entrevista para una revista que se autocalificaba como avant-garde. Ella misma encontraría difícil recordar qué impresión la llevó a abandonar esa tarde su cuaderno en la mesita del café, pequeña desgracia que, nadie podría haberlo previsto entonces, entrelazaría la historia de dos personas que pertenecían a dos mundos completamente distintos, aunque equidistantes. 
  
            Al día siguiente, Hannah volvió con la vaga esperanza de recuperar su anotador, pero lo único que encontró fue un nombre y una dirección. A unas seis cuadras de distancia, un tal George Kent, de veinte años, le abría la puerta de su casa y la invitaba a pasar a buscar la libreta perdida, prometiéndole una taza de té like we do at home. Ella, todavía absorta por la idea de recuperar su intimidad, se permitió aceptar la invitación del extraño. El mantel hecho a cuadros la hacía sentirse parte de la decoración de la casa, convencida de que el juego que hacía con su camisa escocesa no podía tratarse de otra cosa que una mera coincidencia. It was funny, somehow. Sittin’ there, all squares, with this guy I barely knew. Él le dijo que era músico. Cuando le preguntó qué instrumentos tocaba y él mencionó al piano y la guitarra, ella sonrió.

            George lo percibió de entrada, sabía muy bien lo que se venía. Sólo tenía que lograr impactarla y convencerla de seguir su nueva loca idea.

            Le dijo que lo disculpara, antes que nada, pero que había leído algunas cosas de su libreta. Ni bien lo hizo, ella se intentó incorporar para desarmarse en todo tipo de protestas, pero un real good poetry, I have to say bastó para serenar sus impulsos. Contestó que no le parecía correcto, pero que de todas formas le agradecía el cumplido.

Thursday, April 2, 2015

EL MANUSCRITO PERDIDO DE KEATS






Fue derrotado por animales con pies de plata,
animales que eran a la vez hombres: centauros (...)
no fue derrotado por un poder, sino por una interpretación.
CEES NOOTEBOOM, El desvío a Santiago


            Hace relativamente poco tiempo me volví cómplice de un mito que, incluso dentro del mundo literario, es algo prácticamente desconocido. Según me fue revelado, existiría un poema inédito del romántico John Keats, escrito durante su período de mayor plenitud, el de las llamadas odas. El manuscrito, aseguran, fue sustraído por Joseph Severn tras la muerte del poeta, para luego extraviarse en el viaje de vuelta a su país natal.

            El propio Severn habría comentado en más de una ocasión a propósito de la obra perdida de su entrañable amigo, tres estrofas de once versos cada una que, bajo el título de Ode to a centaur, sabía entretejer su historia personal con el mito de las criaturas mitad hombre, mitad caballo. El poema, un canto elegíaco a su difunto padre, iniciaba con la despedida de un hombre a sus hijos tras una visita a su escuela, y se extendía en la partida a caballo hacia el crepúsculo, tan sólo para detenerse frente a un instante de introspección del jinete. La segunda estrofa, acaso la que acabó persuadiendo a Keats de mantenerlo ajeno al público, detallaba la expedición de un grupo de conquistadores en busca de Eldorado, que representaba para él su ideal de esplendor, según las notas en los márgenes de la hoja. En la última estrofa, una recreación de la batalla de Cajamarca, el yo lírico se posicionaba en los ojos de los vencidos, atestiguando la transformación de un grupo de hombres en centauros armados de los cañones que alguna vez había fabricado Satán en el paraíso perdido. Los cuatro versos finales, ya una tormenta de sangre, fuego y del fulgor del Sol hecho prisionero de la noche, hallarían la respuesta a la inexplicable muerte de su padre, ahora un centauro que es alcanzado por una flecha destinada a morder su talón invisible.


Tuesday, March 31, 2015

JAZZ I, II & III


I

JUST O’ JAZZ



What John Coltrane does is to play five
Notes of a chord and the keep changing it
Around, trying to see how many different
Ways it can sound.
MILES DAVIS



            Esto es una pieza de jazz. O lo que yo entiendo por jazz, un orden caótico de notas, que no son más que algo que surge de la generación espontánea (porque de ondas no comprendo nada) y que penetra sin permiso en nuestros oídos, casi en plena mística, una irremediable y placentera violación no consentida pero que la disfrutamos como si lo fuera. El jazz tiene eso, es lo más parecido a un vómito perfumado, está ahí, saliendo de algún lugar, llámese parlante, auricular, piano o guitarra (si es que sabemos ejecutar sus jeroglíficos), y nos dice que no tiene forma porque su principal fuente de vida es la improvisación. Los dedos tienen memoria propia, y se deslizan como unos locos frenéticos por el mundo que ellos mismos inventan y destruyen con la velocidad del pestañeo, ese acto impulsivo, mecánico, que se repite en fraseos y contrafraseos, que para mí son un mantra que me eleva a algún espacio desconocido que no es el nirvana ni nada que tenga que ver con las religiones orientales, sino más bien con algo así como un cableado en cortocircuito zen. Es un tren en todas las direcciones posibles, corriendo como un relámpago, naciendo y  muriendo una y otra vez en cada estación; es también la futura colisión contra el final de las vías, o la falta de oro negro en medio del camino. El jazz puede ser todo lo que vos te imagines, principalmente, porque es de todos y pertenece a nadie, así que depende de cómo uno lo escuche, lo sienta, lo vea, lo perciba, lo trague, lo digiera, lo utilice como fuente de inspiración o lo rechace porque le cae muy pesado. Para mí tiene mucho de lluvia, mucho de descarga de las alturas para hacer que algo como la tierra y el concreto se apoderen de su esencia y la hagan sublimar hasta nuestras narices, y aspiremos esa droga en forma de redondas-blancas-negras-corcheas- semicorcheas-fusas y, sobre todo, semifusas (el jazzero es adicto a esas porquerías que casi ningún otro animal musical necesita para respirar).

            El contrabajo es medio cortamambos, siempre se cuela como las ratas, con su voz entre rasposa y agradable, como si por entre las efes aspirase todo el humo del mundo, como si adentro suyo escondiese un Tártaro en el que fuman todos los titanes desterrados desde el principio de los tiempos. Tiene bigotes largos, como los gatos, y si se los cortan, pierde su dirección, y cae en la depresión, no se puede levantar, es el alcohólico Evans sin un piano a mano. Pobre, siento bastante compasión por su trabajo, que pocas veces es tan respetado como el de los otros instrumentos, siempre de fondo, lo negrean bastante... supongo que eso tiene que ver con que tiene una sola pata y a nadie le gusta poner al frente algo deforme. Y sin embargo, me agrada su forma de cantar, me hace acordar bastante a la voz de Tom Waits en los primeros dos o tres discos, antes de que se tomara la mitad del aguardiente del universo y agarrara sus cuerdas vocales y las tirase al medio de la Quinta Avenida para que las rectifique un ejército de autos y camiones (Freeway cars and trucks), y recién pasarlas a buscar una vez terminado el invierno.

Monday, March 23, 2015

DEL LOLLAPALOOZA, ESCUCHAR PAISAJES Y LAS LICENCIAS PARA CAMINAR







The silver and violet leopard of the night
spotted with stars and smooth with silence sprang
G.K. CHESTERTON


            Estoy tirado en el pasto, mirando un rayón de magma en el cielo que desemboca desde la pendiente invisible como un río. Las nubes de smog que lo rodean forman una cadena de montañas, una especie de valle que me trae de vuelta a los Alerces. Está tocando Aznar, un tema que no conozco pero que parece un cover de Spinetta – toda canción que diga más de cinco veces la palabra luz, es necesariamente de la autoría del Flaco.

            En lo que va del Lollapalooza, apenas pude presenciar unos breves paisajes musicales de la mano de Jack White y su característico sonido distorsionado de retro-western, que no sé por qué me hace pensar en que estamos viendo una película ambientada en Tennessee (y ningún otro estado en particular). Cada vez que hablaba, simulando una vieja locomotora a la que se le rompieron los frenos, me convencía de que estaba más duro que Julian Casablancas en el festival anterior. No me importaba mucho, sinceramente, porque esta vez los oídos me sangraban de felicidad. The Kooks, como buenos apéndices de la obra de Bowie, habían cambiado su estilo, siempre siguiendo la línea de sus antagonistas del ártico. No los culpo, los disfruto también, porque sé que todo este revival de música disco-funk-post punk es consecuencia de RAM. Mientras tocaban una balada huérfana, en mi cabeza se cruzaban Highway song (James Taylor), When love breaks down (Prefab Sprout) y Out of tears, y podía ver un cenicero cubierto de colillas de cigarrillo, la miel de la mañana derramándose sobre la mesa, y un tocadiscos que empieza a inundar la habitación de sueños rotos y suspiros de melancolía. Una de esas cosas para escuchar a las cuatro de la mañana, cuando nos gana el insomnio y el frío se cuela hasta los huesos. En otras palabras, un futuro clásico de la Blue – lo más probable es que esté diciendo alguna estupidez, porque no escuché más de diez veces radio en toda mi vida.

            Empieza Kasabian, una de las pocas bandas que Gallagher destaca en la actualidad en el marco de su concepción cuadrada de los distintos estilos. No conozco más de cuatro o cinco temas, y que su hit por excelencia (Fire) fue la cortina de la Premiere League unos años atrás. Como siempre, me detengo especialmente para ver lo que hacen las guitarras; intento comprender de dónde surge la melodía originaria. Una canción se parece bastante a un edificio: se empieza por un riff, un círculo de acordes o unos versos que surgen espontáneamente (por lo general), que son los cimientos. Después se construye el resto de la estructura sobre eso, agregándose partes nuevas (léase el infaltable middle eight), y con el tiempo se aplican sintetizadores como colchones de sonido, revoques de percusión por ahí y por acá, licks minimalistas de piano o arpegios casi supersónicos que parecen pizzicatos, otros instrumentos no tradicionales, y qué sé yo cuánto más. (Quiero dejar en claro que todo este delirio músico-masón se desprende de la frase con la que Charly inmortalizó a Cerati, un arquitecto de la música).  

            Las luces me están dejando ciego y aprovecho que tengo lentes de sol para bloquearlas un poco, y de paso sentirme invisible, como el pibito de Big daddy. Termina un tema y empieza otro (Treat). Le digo a Fede que se parece a Plastic beach, de Gorillaz. En el medio, despunta un riff de piano, y envuelto en plena mística a su experimentación electrónica, cierro los ojos. Un lienzo gigante se agita violentamente, como una especie de marea furiosa hecha de Coca-Cola, donde las burbujas revientan como estrellas haciendo supernovas. El fenómeno, finalmente, está produciéndose: ya no hay instrumentos, ni amplificadores, ni parlantes, ni músicos, ni público, ni escenario. Sólo un retrato cinético y perfecto del Universo, y yo me transporto sin moverme, dejándome llevar por las rutas siempre inexploradas de la imaginación.

Saturday, February 21, 2015

OBRA DE JEAN SANNOUVELLE*






            ... y entonces el Hombre clamó al Cielo, ¿Cómo sobrevivir a uno mismo, oh Selenitas?**

Sunday, February 15, 2015

A LA SOMBRA DE UN AMANECER





A la sombra de un amanecer
Vi a un hombre abrirse paso 
Por la hendija del horizonte

Sus alas, ya plegadas, batían un inútil vuelo,
Caída libre que transforma la pluma en idea,
Cambio, deseo, vida y muerte; eterna imaginación.

En él se adivinaba la mirada perdida
En un rincón divino, jardín sin recuerdos.

Su alborada inmortal, dormida
Sobre dos soles de obsidiana,
Devastaba paisajes de guerras pasadas
Y me traía de vuelta a su orilla

Saturday, February 7, 2015

LA FRONTERA






On the sea and on the shore he was a wanderer
LORD BYRON, The Dream


            Todo fue culpa de Salvador y su condenado llamado. Estábamos sentados en la mesa y yo le comentaba a Josefina las últimas observaciones de los jardines flotantes que había capturado gracias al telescopio de Olivia, cuando se le vino esa idea a la cabeza. Soltó los cubiertos de golpe y se puso a mirarnos uno por uno, como si buscara en nuestros ojos la respuesta a su propio silencio. Dijo que tenía algo importante para contar, pero que lo haría más tarde, que no estaba muy seguro de que fuese el momento indicado.

            Esperamos a que terminara la cena y el resto se fuera a dormir para discutir el asunto. Salimos de la casa, le ofrecí un cigarro, y tras encenderlo nos pusimos a caminar por el campo. Hablamos un rato sobre los inventos que podríamos construir, y otro poco sobre los frutos que tardaban más de cien estaciones en madurar. Le explicaba, igual que a su hermana un rato antes, que los heradios debían ser recogidos con finas cuerdas de oro, o de lo contrario se corría el riesgo de que su cáscara se endureciera al punto de volverlo prácticamente incomestible. Él se reía de todo lo que precisara una medida, le parecía absurdo, y más se reía cuando le mencionaba alguno de los tantos descubrimientos de Olivia, mi otra hija. Le pregunté cuándo iba a venir a visitarnos al gabinete, al menos para pasarse el rato a carcajadas. No buscaba presionarlo, simplemente quería compartir un poco más de tiempo con el único de todos mis hijos que había optado por dedicarse enteramente a pensar y nada más. De eso te quería hablar, justamente. Necesitó de otro silencio para comunicarme la noticia. Voy a cruzar la frontera. Lo agarré fuerte del hombro y le clavé la mirada para ver si me estaba haciendo alguna broma. Nada de eso, acá nadie cruza la frontera. Me dijo que no era su intención contradecirme, pero que no era ya una decisión mía ni suya. ¿Qué parte de que no vas a cruzar la frontera no te queda claro? Acá, primero, la cruzan los padres, y recién después los hijos. ¿Te falta algo acá? No, tenés todo lo que querés. Y sin embargo, parece que no fuera suficiente, que siempre te falta algo, como a tu madre. No me agradó usar esas palabras con él, pero no estaba dispuesto a que lo intentara. Ella ya se había ido mucho tiempo atrás, sin siquiera despedirse, y desde entonces había tomado la decisión de que hasta que yo no la traspasara, nadie más lo haría. ¿Sabés qué pasa cuando pasás ese árbol, no? No volvés. Nadie que lo haya hecho volvió para contarlo.

Friday, January 9, 2015

À LA RECHERCHE DE PARIS








Tu sombra hiende la distancia


            París. La ciudad más bella del mundo, y lo escribo en cursiva porque no son palabras mías, sino parte de un imaginario popular que en los próximos meses espero poder verificar cuando me encuentre vagando por sus calles.

            Casi todo lo que sé de ella lo aprendí en esos doce largos y aburridos años de francés durante toda la primaria y secundaria. La primera palabra que aprendí me la enseñó mi abuela, fenêtre, y en esos dos meses en los que me preparó antes de entrar a primer grado no faltó un día que no me llamase así.    

            Recuerdo que mi mamá (y todas sus amigas) me decían que a las mujeres les fascinaba el francés y que tenía suerte de poder aprenderlo, porque todas las chicas iban a morirse cuando dijese cualquier cosa. Yo le contestaba que odiaba al francés y que estaba diciendo boludeces. Y no me equivoqué. Hasta el día de la fecha, el marcador de chamuyo gálico sigue en cero (tampoco es que lo intenté, si vamos a los hechos).

            Mis profesoras me decían que tenía buen acento, que me salía muy francés. Yo, hasta que no me operaron de la lengua, pensaba que era un inútil que a pesar de ir a la fonoaudióloga casi seis meses no podía pronunciar bien la R.

            Pero mejor vayamos a lo práctico, ¿qué provecho le saqué a todo eso? Nada, excepto poner que sé francés en el currículum y poder escuchar entrevistas a escritores y músicos franceses sin subtítulos. También puedo mantener una conversación, aunque hace tanto tiempo que no lo practico que dudo seriamente de mi habilidad para comunicarme.

            Lo mío siempre fue el inglés. Por cuestiones de familia, asumo. La musicalidad que tiene fue algo que siempre me atrajo, y la sencillez de sus tiempos verbales no es un dato menor. En el colegio aprendí primero qué eran los tiempos verbales en francés antes que en castellano. El verbo avoir. La grilla con todos los sujetos es algo que todavía puedo ver como una de esas fotos viejas que mi viejo guarda en cajas gigantes, que están tan bien conservadas que ni siquiera hay que desempolvarlas. El pizarrón verde (siempre me pregunté ¿por qué verde?... El negro es tanto más útil) y la tiza blanca, y los gritos de Madame por estar mirando las figuritas del mundial Francia 98.

Tuesday, January 6, 2015

DER PROZEß





This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper

T.S Eliot, The Hollow Men


            La primera vez que leí a Kafka fue en segundo año del colegio. Lo conocía de antemano porque mis hermanos lo habían leído también, y nunca faltaba algún librero que me lo recomendara a pesar de mi corta capacidad de análisis, teniendo en cuenta que sólo tenía catorce años en aquel entonces. La metamorfosis fue el relato que nos mandaron a leer, setenta páginas que me resultaron por demás monótonas y exageradamente absurdas. Mi texto, de la editorial Cántaro (que nos hacían comprar porque la jefa del departamento de literatura del colegio tenía una participación en las ganancias), no traía algún apéndice que sirviera de ayuda o clave para leer la obra, o por lo menos así lo recuerdo. Mientras leía mi cabeza se perdía divagando entre canciones que me perdía de escuchar por prestarle atención a un relato que no se terminaba de animar a cruzar la frontera de lo fantástico para ensayar algún tipo de promesa de respuesta coherente a la transformación sinsentido de un hombre (Gregorio Samsa) en un insecto – que, está más que claro, tampoco era definido. Afortunadamente, no existió examen alguno sobre Kafka, y yo enterré en mi memoria todo esto que ahora les estoy relatando, sin detenerme a pensar en qué había querido significar el autor con una de las pocas obras que había publicado en vida.   

            Nueve años tuvieron que pasar para que se instalara en mí la curiosidad que no había sentido de chico. Borges y Nooteboom, dos de mis autores predilectos, entre tantos otros, derrochaban todo tipo de elogios hacia la obra de Kafka, destacándolo como uno de los escritores más influyentes del siglo XX. ¿Qué tendrá este tipo que escribe la historia de un tipo que se convierte en un bicho para que sea tan destacado universalmente? Necesitaba leer algo urgentemente, ponerme al día con esa tarea pendiente. La única información que tenía de Kafka era que la mayor parte de su obra se había publicado póstumamente, a expensas de uno de sus amigos (Max Brod) que, desobedeciendo el testamento que lo instaba a quemar su legado, dio a conocer al mundo uno de los más fieles testimonios de literatura expresionista.

            No recuerdo bien si fue por el mes de agosto o septiembre que entré en una librería y me llevé sus relatos completos en dos tomos y una de sus tres novelas, El proceso. Intenté sentarme en una mesa a leer algunos de sus cuentos cortos, pero por alguna razón preferí continuar con la odisea neoyorquina de Bellow (Seize the day), que por esos días supo transmitirme la paz que andaba necesitando. Ese aparente viaje relámpago de cien páginas se perpetuó en el tiempo con la lectura de otras tantas obras, pero finalmente decidí encarar a fin de año el texto más pesado y reconocido, Der Prozeß. Me tomó unos cuantos días, por distintas razones en las que no voy a entrar en detalle, y la lectura se extendió al año nuevo. Al principio se me hizo llevadero, hasta el capítulo del pintor, en el que me quedé dormido en repetidas ocasiones. La sensación fue más o menos similar a mi interpretación del texto: de entrada iba a pasos agigantados, elaborando todo tipo de conceptos a propósito de qué podía significar el proceso en sí y hacia qué dirección intentaba dirigirme el narrador. No pude evitar imaginarme que el protagonista era el mismo Kafka, teniendo en cuenta su nombre (K), que era apoderado de un banco (empleado administrativo) y que contaba con conocimientos jurídicos. No está de más decir que, como estudio derecho, se me hacía imposible no dejar de maquinarme con todo lo que exponía el texto en materia del sistema judicial, y comparar constantemente lo que parecía ser a principio de siglo con lo actual.

Thursday, December 25, 2014





Una flor de plástico

                              (Cuerpos camuflándose)

El mundo duerme en los labios del volcán
Envuelto en la noche del gusano de seda. 



(Fragmento de El tiempo de las uvas)