The silver and violet leopard of the night
spotted with stars and smooth with silence sprang
G.K. CHESTERTON
Estoy tirado en el pasto, mirando un rayón de magma en
el cielo que desemboca desde la pendiente invisible como un río. Las nubes de smog
que lo rodean forman una cadena de montañas, una especie de valle que me trae
de vuelta a los Alerces. Está tocando Aznar, un tema que no conozco pero que
parece un cover de Spinetta – toda canción que diga más de cinco veces la
palabra luz, es necesariamente de la
autoría del Flaco.
En lo
que va del Lollapalooza, apenas pude presenciar unos breves paisajes musicales
de la mano de Jack White y su característico sonido distorsionado de retro-western,
que no sé por qué me hace pensar en que estamos viendo una película ambientada
en Tennessee (y ningún otro estado en particular). Cada vez que hablaba,
simulando una vieja locomotora a la que se le rompieron los frenos, me convencía
de que estaba más duro que Julian Casablancas en el festival anterior. No me
importaba mucho, sinceramente, porque esta vez los oídos me sangraban de
felicidad. The Kooks, como buenos apéndices de la obra de Bowie, habían
cambiado su estilo, siempre siguiendo la línea de sus antagonistas del ártico.
No los culpo, los disfruto también, porque sé que todo este revival de música
disco-funk-post punk es consecuencia de RAM.
Mientras tocaban una balada huérfana, en mi cabeza se cruzaban Highway song (James Taylor), When love breaks down (Prefab Sprout) y Out of tears, y podía ver un cenicero
cubierto de colillas de cigarrillo, la miel de la mañana derramándose sobre la
mesa, y un tocadiscos que empieza a inundar la habitación de sueños rotos y suspiros
de melancolía. Una de esas cosas para escuchar a las cuatro de la mañana, cuando
nos gana el insomnio y el frío se cuela hasta los huesos. En otras palabras, un
futuro clásico de la Blue – lo más
probable es que esté diciendo alguna estupidez, porque no escuché más de diez
veces radio en toda mi vida.
Empieza
Kasabian, una de las pocas bandas que Gallagher destaca en la actualidad en el
marco de su concepción cuadrada de los distintos estilos. No conozco más de
cuatro o cinco temas, y que su hit por excelencia (Fire) fue la cortina de la Premiere League unos años atrás. Como
siempre, me detengo especialmente para ver lo que hacen las guitarras; intento comprender
de dónde surge la melodía originaria. Una canción se parece bastante a un edificio:
se empieza por un riff, un círculo de acordes o unos versos que surgen
espontáneamente (por lo general), que son los cimientos. Después se construye el
resto de la estructura sobre eso, agregándose partes nuevas (léase el
infaltable middle eight), y con el tiempo se aplican sintetizadores
como colchones de sonido, revoques de percusión por ahí y por acá, licks minimalistas de piano o arpegios
casi supersónicos que parecen pizzicatos, otros instrumentos no tradicionales,
y qué sé yo cuánto más. (Quiero dejar en claro que todo este delirio
músico-masón se desprende de la frase con la que Charly inmortalizó a Cerati, un arquitecto de la música).
Las
luces me están dejando ciego y aprovecho que tengo lentes de sol para bloquearlas
un poco, y de paso sentirme invisible, como el pibito de Big daddy. Termina un tema y empieza otro (Treat). Le digo a Fede que se parece a Plastic beach, de Gorillaz. En el medio, despunta un riff de piano,
y envuelto en plena mística a su experimentación electrónica, cierro los ojos.
Un lienzo gigante se agita violentamente, como una especie de marea furiosa hecha
de Coca-Cola, donde las burbujas revientan como estrellas haciendo supernovas.
El fenómeno, finalmente, está produciéndose: ya no hay instrumentos, ni
amplificadores, ni parlantes, ni músicos, ni público, ni escenario. Sólo un
retrato cinético y perfecto del Universo, y yo me transporto sin moverme,
dejándome llevar por las rutas siempre inexploradas de la imaginación.
El
asunto de los paisajes musicales fue culpa de Juana Molina, cinco meses atrás,
durante el Music Wins Festival. No es que no haya acontecido con anterioridad,
pero lo cierto es que hacía bastante que no se generaba en mi cabeza. Eso se lo
debo a mi obsesión por desentrañar cómo hacer la música que me gusta, qué tipos
de acordes e instrumentos utilizar, cuándo y cómo tocarlos, de qué efectos
valerme para recrear o reforzar la idea que tengo en la cabeza a la hora de
componer y arreglar un tema. Uno de esos tantos resabios de la vida que detesto
ilustra bastante bien la situación: todo
tiene su precio. Cuando era chico y no sabía tocar nada, mi gran ambición
era aprender todo lo posible para descubrir de qué tipo de magia se alimentaba
la música, ese inefable dios que me llegaba como una pintura acabada. Los años
y el esfuerzo supieron recompensar mi falta de paciencia, y así un día me desperté
con la horrible sensación de que había perdido la inocencia de la música. Una
canción, a pesar de su belleza innegable, no era más que una descomposición de
instrumentos que se batían a duelo para dominar la conversación. A partir de
ese momento, dejé de dedicarme a componer música por un tiempo, y decidí que lo
correcto era intentar volver a la (por entonces) devastada tierra de Nunca-Jamás.
En mi
recuerdo, era una tarde gris que se la pasaba amenazando con precipitarse de un
momento a otro sobre nuestras cabezas. Me habían dicho que Juana usaba una SG,
y el teclado y batería a los costados del escenario, sin bajo a la vista, me causaba
un profundo desconcierto. Entró como si nada, una señora desalineada, se calzó
la guitarra y un, dos, tres, va. No
me acuerdo con qué canción empezó, si fue Eras
o Wed 21, pero su música bicordal, finamente arpegiada, plagada
de onomatopeyas y balbuceos incomprensibles, supo repatriarme a mi horizonte perdido. De un
segundo al otro, todo lo que me rodeaba desapareció, y ella se transformó
inmediatamente en mi guía en medio de su ritual en loop constante.
Por el
mes de febrero, la fui a ver al Konex dos veces más. Cuando compré la entrada,
en la primera ocasión, me llevé una revista en donde aparecía en la portada. Al
leer la entrevista que le hicieron, no podía creer el tipo de conexión que se
había entablado entre mi estado mental y mi accidental encuentro con la música
de Juana Molina (porque nunca había tenido en mente ir a verla; ella era un
entretenimiento previo al show – bastante aburrido, por cierto – de Tame
Impala). Me veo obligado a transcribir algunas partes, para que se entienda
mejor mi punto.
¿Qué clase de oyente de música sos?
A mí lo que más me gusta
de cuando escucho algo nuevo es que se me presente como un todo, donde
desaparecen los músicos, los instrumentos, y aparece la música (...) sigue
ocurriendo ese fenómeno genial que es para mí lo más importante, porque la música
es el resultado de todo lo que hizo el músico con los instrumentos, o los
músicos con los instrumentos, y escuchar los instrumentos por separado, o las
voces por separado, es como ver el backstage de una película. O es como ver una
película mala donde se ve toda la superproducción y no tiene ningún sentido.
... A mí me gusta la música en su valor más abstracto y puro. La música
es intangible, es algo que te llega y te invade y te tiene que producir algo
que es muy difícil de explicar, me doy cuenta. Es como una molécula nueva de
algo, vos no ves los átomos.
... Vos hacés una torta: vos lo que comés es una torta rica, una torta fea, pero comés una torta: no estás comiendo un poco de harina,
huevos, dulce de leche y no sé que más lleva una torta, porque no sé hacer
torta. No ves los ingredientes de la torta, no los sentís. Si los sentís, los
sentís ya formando parte de un gusto total.
A partir de ese entonces, las imágenes
destronaron mi visión iconoclasta de
la música. Fue como si hubiera vuelto a regar los estériles jardines de mis
oídos, y una canción como Manifest
destiny (Jamiroquai) ya no fue un mero placer auditivo de seis minutos,
sino un hombre caminando por el desierto, desterrado de sus creencias, buscando
un oasis que, sobre el final del tema, se desnuda frente a sus ojos al
levantarse una escalera de nubes hacia el cielo, en donde criaturas como las de
The Wall soplan con sus titánicos bronces
y elevan al paria hasta la morada oculta de Mr
Blue Sky.
Se
despide Kasabian con un demagógico (e infaltable) canto de cancha, y todo
vuelve a la normalidad. Me quedo para escuchar el predecible e inevitable
playback de Pharrell Williams, sabiendo que, de todas formas, cuando toque los
temas de Daft Punk me van a dar ganas de bailar y voy a divertirme igual. A
pesar de todo, me termino copando con la mayoría de sus canciones, sobre todo
las que usan guitarras funkies. Sobre el final aprovecha su momento de gloria
para tirar hit tras hit: Blurred lines,
Get lucky, Lose yourself to dance (que lo corta, injustamente, antes de
tiempo), y cierra con Happy, que lo
termina deschavando cuando se aleja el micrófono y la pista de su voz sigue
sonando.
Entra
Skrillex, salgo yo. Es un quilombo de gente, y no faltan boludos que te choquen
o caminen sin mirar, imantados a sus celulares. Imaginate que existiese una licencia para caminar, le digo a Fede,
un poco nervioso por la muchedumbre. Me contesta que, aunque no lo crea, en
Suiza hay un examen para caminar. Me quedo mirándolo perplejo, pero tratándose
de suizos, me parece que es, dentro de los parámetros de lo real, algo
factible. Lo primero que se me viene a la cabeza es qué pasaría con los turistas,
¿tendrían que rendir algún examen internacional
de caminata? La respuesta es bastante obvia: me había copado con una boludez, y
claramente en ningún lugar del mundo, ni en Suiza, existen las licencias para
caminar. Sin embargo, prefiero seguir creyendo en un mundo en donde se requiera
una licencia para caminar, y me imagino a una persona que tiene que pagarle a
otra para que lo lleve a trabajar, o un grupo de jóvenes que inician una
protesta argumentando que el sistema es corrupto porque a ellos se las niegan,
en tanto que se las conceden a algunos viejos decrépitos, casi paralíticos, por
tener conexiones. Pienso que podría ser una idea para un cuento, uno bastante
parecido a las novelas bizarras de Saramago. Mientras volvemos caminando por
Libertador, empezamos a hablar de licencias de todo tipo, y me pregunto cómo
sería el mundo si me negaran mi licencia para escuchar. Por unos momentos me
embarga una fuerte sensación de angustia, hasta que recuerdo que, afortunadamente,
incluso aunque me dejaran sordo, la música está exenta de cualquier tipo de
licencia: está adentro mío, aquí y ahora, caminando sin pies, dibujando sin
ojos, tocándome con su cuerpo intangible. Como dije antes, ella viaja sin
moverse, transportando nuestra alma hacia el final del paisaje, a donde sea que
se oculte el país de la calma.
(Extracto de Diarios)

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