Monday, March 23, 2015

DEL LOLLAPALOOZA, ESCUCHAR PAISAJES Y LAS LICENCIAS PARA CAMINAR







The silver and violet leopard of the night
spotted with stars and smooth with silence sprang
G.K. CHESTERTON


            Estoy tirado en el pasto, mirando un rayón de magma en el cielo que desemboca desde la pendiente invisible como un río. Las nubes de smog que lo rodean forman una cadena de montañas, una especie de valle que me trae de vuelta a los Alerces. Está tocando Aznar, un tema que no conozco pero que parece un cover de Spinetta – toda canción que diga más de cinco veces la palabra luz, es necesariamente de la autoría del Flaco.

            En lo que va del Lollapalooza, apenas pude presenciar unos breves paisajes musicales de la mano de Jack White y su característico sonido distorsionado de retro-western, que no sé por qué me hace pensar en que estamos viendo una película ambientada en Tennessee (y ningún otro estado en particular). Cada vez que hablaba, simulando una vieja locomotora a la que se le rompieron los frenos, me convencía de que estaba más duro que Julian Casablancas en el festival anterior. No me importaba mucho, sinceramente, porque esta vez los oídos me sangraban de felicidad. The Kooks, como buenos apéndices de la obra de Bowie, habían cambiado su estilo, siempre siguiendo la línea de sus antagonistas del ártico. No los culpo, los disfruto también, porque sé que todo este revival de música disco-funk-post punk es consecuencia de RAM. Mientras tocaban una balada huérfana, en mi cabeza se cruzaban Highway song (James Taylor), When love breaks down (Prefab Sprout) y Out of tears, y podía ver un cenicero cubierto de colillas de cigarrillo, la miel de la mañana derramándose sobre la mesa, y un tocadiscos que empieza a inundar la habitación de sueños rotos y suspiros de melancolía. Una de esas cosas para escuchar a las cuatro de la mañana, cuando nos gana el insomnio y el frío se cuela hasta los huesos. En otras palabras, un futuro clásico de la Blue – lo más probable es que esté diciendo alguna estupidez, porque no escuché más de diez veces radio en toda mi vida.

            Empieza Kasabian, una de las pocas bandas que Gallagher destaca en la actualidad en el marco de su concepción cuadrada de los distintos estilos. No conozco más de cuatro o cinco temas, y que su hit por excelencia (Fire) fue la cortina de la Premiere League unos años atrás. Como siempre, me detengo especialmente para ver lo que hacen las guitarras; intento comprender de dónde surge la melodía originaria. Una canción se parece bastante a un edificio: se empieza por un riff, un círculo de acordes o unos versos que surgen espontáneamente (por lo general), que son los cimientos. Después se construye el resto de la estructura sobre eso, agregándose partes nuevas (léase el infaltable middle eight), y con el tiempo se aplican sintetizadores como colchones de sonido, revoques de percusión por ahí y por acá, licks minimalistas de piano o arpegios casi supersónicos que parecen pizzicatos, otros instrumentos no tradicionales, y qué sé yo cuánto más. (Quiero dejar en claro que todo este delirio músico-masón se desprende de la frase con la que Charly inmortalizó a Cerati, un arquitecto de la música).  

            Las luces me están dejando ciego y aprovecho que tengo lentes de sol para bloquearlas un poco, y de paso sentirme invisible, como el pibito de Big daddy. Termina un tema y empieza otro (Treat). Le digo a Fede que se parece a Plastic beach, de Gorillaz. En el medio, despunta un riff de piano, y envuelto en plena mística a su experimentación electrónica, cierro los ojos. Un lienzo gigante se agita violentamente, como una especie de marea furiosa hecha de Coca-Cola, donde las burbujas revientan como estrellas haciendo supernovas. El fenómeno, finalmente, está produciéndose: ya no hay instrumentos, ni amplificadores, ni parlantes, ni músicos, ni público, ni escenario. Sólo un retrato cinético y perfecto del Universo, y yo me transporto sin moverme, dejándome llevar por las rutas siempre inexploradas de la imaginación.



            El asunto de los paisajes musicales fue culpa de Juana Molina, cinco meses atrás, durante el Music Wins Festival. No es que no haya acontecido con anterioridad, pero lo cierto es que hacía bastante que no se generaba en mi cabeza. Eso se lo debo a mi obsesión por desentrañar cómo hacer la música que me gusta, qué tipos de acordes e instrumentos utilizar, cuándo y cómo tocarlos, de qué efectos valerme para recrear o reforzar la idea que tengo en la cabeza a la hora de componer y arreglar un tema. Uno de esos tantos resabios de la vida que detesto ilustra bastante bien la situación: todo tiene su precio. Cuando era chico y no sabía tocar nada, mi gran ambición era aprender todo lo posible para descubrir de qué tipo de magia se alimentaba la música, ese inefable dios que me llegaba como una pintura acabada. Los años y el esfuerzo supieron recompensar mi falta de paciencia, y así un día me desperté con la horrible sensación de que había perdido la inocencia de la música. Una canción, a pesar de su belleza innegable, no era más que una descomposición de instrumentos que se batían a duelo para dominar la conversación. A partir de ese momento, dejé de dedicarme a componer música por un tiempo, y decidí que lo correcto era intentar volver a la (por entonces) devastada tierra de Nunca-Jamás.

            En mi recuerdo, era una tarde gris que se la pasaba amenazando con precipitarse de un momento a otro sobre nuestras cabezas. Me habían dicho que Juana usaba una SG, y el teclado y batería a los costados del escenario, sin bajo a la vista, me causaba un profundo desconcierto. Entró como si nada, una señora desalineada, se calzó la guitarra y un, dos, tres, va. No me acuerdo con qué canción empezó, si fue Eras o Wed 21, pero su música bicordal, finamente arpegiada, plagada de onomatopeyas y balbuceos incomprensibles, supo  repatriarme a mi horizonte perdido. De un segundo al otro, todo lo que me rodeaba desapareció, y ella se transformó inmediatamente en mi guía en medio de su ritual en loop constante.   
            
            Por el mes de febrero, la fui a ver al Konex dos veces más. Cuando compré la entrada, en la primera ocasión, me llevé una revista en donde aparecía en la portada. Al leer la entrevista que le hicieron, no podía creer el tipo de conexión que se había entablado entre mi estado mental y mi accidental encuentro con la música de Juana Molina (porque nunca había tenido en mente ir a verla; ella era un entretenimiento previo al show – bastante aburrido, por cierto – de Tame Impala). Me veo obligado a transcribir algunas partes, para que se entienda mejor mi punto.


            ¿Qué clase de oyente de música sos?

          A mí lo que más me gusta de cuando escucho algo nuevo es que se me presente como un todo, donde desaparecen los músicos, los instrumentos, y aparece la música (...) sigue ocurriendo ese fenómeno genial que es para mí lo más importante, porque la música es el resultado de todo lo que hizo el músico con los instrumentos, o los músicos con los instrumentos, y escuchar los instrumentos por separado, o las voces por separado, es como ver el backstage de una película. O es como ver una película mala donde se ve toda la superproducción y no tiene ningún sentido.

            ... A mí me gusta la música en su valor más abstracto y puro. La música es intangible, es algo que te llega y te invade y te tiene que producir algo que es muy difícil de explicar, me doy cuenta. Es como una molécula nueva de algo, vos no ves los átomos.

            ... Vos hacés una torta: vos lo que comés es una torta rica, una torta fea, pero comés una torta: no estás comiendo un poco de harina, huevos, dulce de leche y no sé que más lleva una torta, porque no sé hacer torta. No ves los ingredientes de la torta, no los sentís. Si los sentís, los sentís ya formando parte de un gusto total.


             A partir de ese entonces, las imágenes destronaron mi visión iconoclasta de la música. Fue como si hubiera vuelto a regar los estériles jardines de mis oídos, y una canción como Manifest destiny (Jamiroquai) ya no fue un mero placer auditivo de seis minutos, sino un hombre caminando por el desierto, desterrado de sus creencias, buscando un oasis que, sobre el final del tema, se desnuda frente a sus ojos al levantarse una escalera de nubes hacia el cielo, en donde criaturas como las de The Wall soplan con sus titánicos bronces y elevan al paria hasta la morada oculta de Mr Blue Sky.


            Se despide Kasabian con un demagógico (e infaltable) canto de cancha, y todo vuelve a la normalidad. Me quedo para escuchar el predecible e inevitable playback de Pharrell Williams, sabiendo que, de todas formas, cuando toque los temas de Daft Punk me van a dar ganas de bailar y voy a divertirme igual. A pesar de todo, me termino copando con la mayoría de sus canciones, sobre todo las que usan guitarras funkies. Sobre el final aprovecha su momento de gloria para tirar hit tras hit: Blurred lines, Get lucky, Lose yourself to dance (que lo corta, injustamente, antes de tiempo), y cierra con Happy, que lo termina deschavando cuando se aleja el micrófono y la pista de su voz sigue sonando.


            Entra Skrillex, salgo yo. Es un quilombo de gente, y no faltan boludos que te choquen o caminen sin mirar, imantados a sus celulares. Imaginate que existiese una licencia para caminar, le digo a Fede, un poco nervioso por la muchedumbre. Me contesta que, aunque no lo crea, en Suiza hay un examen para caminar. Me quedo mirándolo perplejo, pero tratándose de suizos, me parece que es, dentro de los parámetros de lo real, algo factible. Lo primero que se me viene a la cabeza es qué pasaría con los turistas, ¿tendrían que rendir algún examen internacional de caminata? La respuesta es bastante obvia: me había copado con una boludez, y claramente en ningún lugar del mundo, ni en Suiza, existen las licencias para caminar. Sin embargo, prefiero seguir creyendo en un mundo en donde se requiera una licencia para caminar, y me imagino a una persona que tiene que pagarle a otra para que lo lleve a trabajar, o un grupo de jóvenes que inician una protesta argumentando que el sistema es corrupto porque a ellos se las niegan, en tanto que se las conceden a algunos viejos decrépitos, casi paralíticos, por tener conexiones. Pienso que podría ser una idea para un cuento, uno bastante parecido a las novelas bizarras de Saramago. Mientras volvemos caminando por Libertador, empezamos a hablar de licencias de todo tipo, y me pregunto cómo sería el mundo si me negaran mi licencia para escuchar. Por unos momentos me embarga una fuerte sensación de angustia, hasta que recuerdo que, afortunadamente, incluso aunque me dejaran sordo, la música está exenta de cualquier tipo de licencia: está adentro mío, aquí y ahora, caminando sin pies, dibujando sin ojos, tocándome con su cuerpo intangible. Como dije antes, ella viaja sin moverse, transportando nuestra alma hacia el final del paisaje, a donde sea que se oculte el país de la calma.               



(Extracto de Diarios)

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