I
JUST
O’ JAZZ
What John Coltrane does is to play five
Notes of a chord and the keep changing it
Around, trying to see how many different
Ways it can sound.
MILES DAVIS
Esto es una pieza de jazz. O lo que yo entiendo por
jazz, un orden caótico de notas, que no son más que algo que surge de la
generación espontánea (porque de ondas no comprendo nada) y que penetra sin
permiso en nuestros oídos, casi en plena mística, una irremediable y placentera
violación no consentida pero que la disfrutamos como si lo fuera. El jazz tiene
eso, es lo más parecido a un vómito perfumado, está ahí, saliendo de algún
lugar, llámese parlante, auricular, piano o guitarra (si es que sabemos
ejecutar sus jeroglíficos), y nos dice que no tiene forma porque su principal
fuente de vida es la improvisación. Los dedos tienen memoria propia, y se
deslizan como unos locos frenéticos por el mundo que ellos mismos inventan y
destruyen con la velocidad del pestañeo, ese acto impulsivo, mecánico, que se
repite en fraseos y contrafraseos, que para mí son un mantra que me eleva a
algún espacio desconocido que no es el nirvana ni nada que tenga que ver con las
religiones orientales, sino más bien con algo así como un cableado en
cortocircuito zen. Es un tren en todas las direcciones posibles, corriendo como
un relámpago, naciendo y muriendo una y
otra vez en cada estación; es también la futura colisión contra el final de las
vías, o la falta de oro negro en medio del camino. El jazz puede ser todo lo
que vos te imagines, principalmente, porque es de todos y pertenece a nadie,
así que depende de cómo uno lo escuche, lo sienta, lo vea, lo perciba, lo
trague, lo digiera, lo utilice como fuente de inspiración o lo rechace porque
le cae muy pesado. Para mí tiene mucho de lluvia, mucho de descarga de las
alturas para hacer que algo como la tierra y el concreto se apoderen de su
esencia y la hagan sublimar hasta nuestras narices, y aspiremos esa droga en
forma de redondas-blancas-negras-corcheas- semicorcheas-fusas y, sobre todo,
semifusas (el jazzero es adicto a esas porquerías que casi ningún otro animal
musical necesita para respirar).
El
contrabajo es medio cortamambos, siempre se cuela como las ratas, con su voz
entre rasposa y agradable, como si por entre las efes aspirase todo el humo del
mundo, como si adentro suyo escondiese un Tártaro en el que fuman todos los
titanes desterrados desde el principio de los tiempos. Tiene bigotes largos,
como los gatos, y si se los cortan, pierde su dirección, y cae en la depresión,
no se puede levantar, es el alcohólico Evans sin un piano a mano. Pobre, siento
bastante compasión por su trabajo, que pocas veces es tan respetado como el de
los otros instrumentos, siempre de fondo, lo negrean bastante... supongo que
eso tiene que ver con que tiene una sola pata y a nadie le gusta poner al
frente algo deforme. Y sin embargo, me agrada su forma de cantar, me hace
acordar bastante a la voz de Tom Waits en los primeros dos o tres discos, antes
de que se tomara la mitad del aguardiente del universo y agarrara sus cuerdas
vocales y las tirase al medio de la Quinta Avenida para que las rectifique un
ejército de autos y camiones (Freeway
cars and trucks), y recién pasarlas a buscar una vez terminado el invierno.
Louis,
el-del-brazo-fuerte, es el trompetista que más me contagió la fiebre del jazz,
esa enfermedad que se contrae y no tiene cura. Necesitaba tener ese apellido
para sostener tanto tiempo su arma de oro niquelada; el otro día intenté tocar
algo en una trompeta y a los quince minutos no tenía ni aire ni brazos. ¿Qué
puedo decir de este hombre que podría haber ejecutado una melodía tan genial y
divertida que en la mismísima batalla de Waterloo, ingleses y franceses habrían
dejado todas sus bayonetas para ponerse a bailar sin parar, excepto sólo quizás
para tomar el té de las cinco? – los ingleses son personas de costumbres, sino
lean Asterix en Bretaña – como no sé
nada de trompeta, creo que técnicamente estoy bastante corto, pero la
comparación sin sentido que acabo de hacer ilustra bastante bien lo que pienso:
está fuera de toda comprensión. (Quiero aprovechar este corto intervalo para
recalcar que su voz no es la del rey de los monos en El libro de la selva).
No
puedo parar, uso los puntos y aparte como el trompetista cuando termina un
fraseo y toma aire, porque los pulmones y la cabeza no funcionan tan distinto
en estas ocasiones. Es algo así como pasarse un pañuelo por la frente. Perdí el
rumbo, lo mismo le pasa a todos, pero sigo tipeando como el jazzista sigue
moviendo los dedos, subiendo y bajando escalas que conoce como la mancha de
café sobre esa hoja de pentagrama que no lee ni a medias. Así se debe haber
inventado el jazz, algún tipo que no sabía leer un pentagrama se le ocurrió
tocar cualquier cosa, y sin darse cuenta hizo algo que dejó a todos perplejos,
y alguno o alguna le dijo WHAT ARE YOU
DOIN’?!, y el pobre tipo, arrepentido, sin entender lo que había hecho,
casi disculpándose tartamudeó un Just...,
y alguien entre todo el público escuchó mal y levantó la voz por encima, y JAZZ!, bautizó al hijo no reconocido.
(No
sé qué carajo estoy diciendo hace rato, pero sigo en la mía. Lo único que sé es
que es todo improvisación, y que no me pidan nada que tenga sentido, porque
nada tiene sentido en verdad, somos nosotros quienes se lo damos, y a eso
llamamos arte. Yo no tengo sentido, así que no hago arte, ustedes dirán si lo
hago o no. Whitman pide que lo justifiquen en su Poets to come. Yo no pido nada, si quieren hacerlo, háganlo y
punto. Y no vengan a decírmelo, porque soy un escéptico incorregible, así que
mastiquen sus palabras como un chicle y cuando se aburran o se les pudran
adentro, escúpanlo o pásenselo a otro que coma esa basura).
El
teclado de la computadora no es tan distinto al piano, si prestan atención, acá
hay un tipo martillando botoncitos (que son como teclas pero del tamaño de un
cubo de azúcar - ¿por qué no se usan más?, eran una de las pocas cosas con
geometría que me gustaban) y de ahí brotan sonidos. Sí, ya sé, mi tipeo es el
crujir de las hojas de otoño, mientras que el del piano es el florecimiento de
la primavera. Váyanse a cagar (acá es donde me quiero parecer a Monk, clavando
una disonancia en medio de todo lo que vengo construyendo con la atracción de una
prostituta holandesa – me lo contó un amigo, claramente). Hace un rato mencioné
a Evans, mi pianista predilecto (favorito suena a que no salí de la infancia
todavía). Estaba sonando de fondo hasta hacía un ratito, nomás, y sí,
definitivamente este hombre no podía recrear una primavera, pero sí la lluvia
que la precedía y daba vida a las flores sin las cuales no hay belleza ni
renacimiento de la alegría. Evans es el abrazo en la melancolía, es la boca en
el pico de la botella casi vacía, es la estrella que aparece todas las noches
titilando lejos, muy distante, inextinguible, un parpadeo que no para de
hacernos ese guiño que te hace entender que, después de todo hay algo más, y
que no hay nada realmente de qué preocuparse. También es el alcohólico que se
bebió hasta la noche entera y por la mañana la devolvió en la magia cabalgada
en su Turn out the stars.
Podemos
sentarnos horas y horas a hablar de todo esto. Pero ahora el tren está frío (Col’ Trane) – malísimo – y tengo que
parar un rato porque tengo ganas de tomar un té, y si me detengo un segundo, se
rompe todo el equilibrio, quiero decir que se rompe el conjuro, hechizo,
encantamiento (jugar con sinónimos tiene algo de armónicos), y la improvisación
muere, y chau jazz jazz jazz, nada más que jazz y eso es jazz, todo y nada, y
no creo que haya mucho más por decir, se me acaba el aire que me viene a la
cabeza y ya se fue y no no no no no no ... jazz – just jazz.
II
MARSÁLISIS
Estoy
en el bondi, con la espalda rota y poco más de diez horas de sueño en los
últimos tres días. Pienso que haber vuelto al trabajo, contra todo pronóstico,
resultó agradable, o mejor dicho, necesario.
Lo primero que dije al llegar a las siete de la mañana fue no me preguntes por qué, pero creo que ya lo estaba extrañando un poco.
Una de esas cosas de las que me termino arrepintiendo a los dos o tres días.
Meto la mano en el bolsillo para cerciorarme, otra vez, de que no me olvido la
tarjeta confundiéndola con la sube.
Unas
semanas atrás, Mauro (que, básicamente, es mi notificador de eventos culturales
en todo Buenos Aires – y a veces el resto del mundo) me había dicho que
teníamos que ver a Wynton Marsalis en el Colón. Y acá estoy, para anticiparnos
una hora al momento en que abren las puertas del teatro, viajando a eso de las
seis de la tarde, envuelto en mi micro-mundo hecho de música house, usando unos
auriculares pedorros porque es demasiado incómodo llevar headphones y tenerlos
de acá para allá, parasitándome a donde sea que vaya. En lo que dura el viaje,
pienso en que quiero dormir, que no sé por qué estoy escuchando esa música (a
excepción de que lo vengo haciendo hace una semana) cuando debería aclimatarme
a lo que se viene. No, es una política actual no escuchar previamente lo que
voy a ver en vivo, prefiero el efecto sorpresa (o desilusión). A veces es mejor
sacarse la arena encostrada en la piel metiéndose al mar, más que usando nuestras
propias manos.
Veinte
o veinticinco minutos, me bajo y camino las tres cuadras que me separan del
Colón. A pesar de haber pasado toda mi vida por ahí, nunca había entrado; esta
iba a ser la primera vez. No sé bien por qué no lo hice antes. Quiero pensar
(en parte porque es más fácil) que es culpa del sometimiento desde los siete
años a escuchar la música clásica que Patricio ponía cuando estudiaba, a todo
volumen. No es que me desagradara, pero lo cierto es que a veces era un poco
molesto e invasivo. Si la memoria no me falla, debo haber leído todo El señor de los anillos con música
clásica de fondo. Cuando le dije que iba a ir al Colón a ver a un trompetista
de jazz, su cara se tradujo en un retrato del Medioevo de algún mártir echado a
la hoguera. Lo que él no sabe es que Marsalis también se dedicó a la música
clásica, que interpretó y compuso algunas piezas inclusive, aunque acabó convirtiéndose
en un purista del jazz.
Entre
un grupo de personas descubro a Mauro con la mirada perdida en un folleto. Me
dice que cómo que no le dije antes lo del ensayo libre y gratuito, que era un
colgado, y yo no tengo otra respuesta que perdón,
vos fuiste el que me dijo del evento, supuse que ya lo sabías... Aparecen
Emi y un amigo de Mauro con tres cafés en mano. Emi le da un chocman que compró
en un Bonafide del otro lado de la 9 de julio. Lo abre y tiene un hongo que
parece una telaraña gigante. Miramos la fecha de vencimiento, 6 JUN, y comprobamos que el resto no
estén podridos. Como no tenía café ni nada, ni tampoco había almorzado, decido
hacerme una corrida para cambiarlo y, de paso, comprarme algo. Todo se
soluciona, y a los pocos minutos abren las puertas y empezamos a subir esa
serie interminable de escaleras directo al paraíso. La gente sube en
barricadas, bloqueando a los de atrás para que nadie se cuele. Miro para abajo,
con cierto vértigo, y me río de cómo se propaga ese efecto mirmidónico. Ni bien
alcanzamos el último piso, todos nos dispersamos hacia los extremos del
semicírculo, ocupando las barandas. Colonizamos
una porción del costado derecho. Miro alrededor y trato de dimensionar esa
especie de Coliseo romano teñido de escarlata y oro. Me siento mínimo, como una
estrella en el espacio a punto de morirse. No se ve muy bien, pero me parece
que es algo aceptable, sumado a que la acústica del teatro promete alcanzarnos
sin ningún problema. Un músico martilla una tecla del piano e intenta afinarlo.
Yo miro la cúpula, aunque en realidad
creo que se llama bóveda, y me pierdo en alguna escena dantesca o de mis viejas
lecturas de Milton. Observo la cantidad de gente según los niveles, noto que
somos la parte más poblada del recinto, y sonrío acordándome de una frase que
me dijeron unos días atrás sobre lo genial que es que el paraíso sea el lugar
de los pobres. Mauro vuelve con los programas. Me da el mío, lo abro y leo
mientras esperamos, sólo para aburrirme con la típica descripción que uno
escucharía en alguna presentación de los Grammy.
Marsalis.
Luego, los aplausos. Se acomoda en su sillita, saluda y let the brass be your pilot. Como en toda pieza de jazz, primero el
unísono, después los narradores, protagonista y/o personajes. La melodía tiene
algo de Medio Oriente, algo que me hace pensar en Marruecos o El Líbano (de donde
viene parte de mi familia). Siento que estamos yendo en caravana por el
desierto, un grupo de hombres en camello buscando una fortaleza escondida en
algún lugar recóndito del Sahara. Es extraño ese efecto que se produce en la
cabeza. No quiero pensarlo demasiado, prefiero dejarme llevar y una vez que los
platillos cierren el relato con su punto y aparte, suponer que es todo culpa
del cine y sus convenciones para ambientar escenas y así dejar implantadas
sensaciones que no necesariamente deberían ser tales. Tampoco falta el
pensamiento de Tea in the Sahara, ni
Stewart Copeland y su adolescencia en el mundo árabe como consecuencia de que su
padre fuera un agente de la CIA que tocaba la trompeta en la banda de Glenn
Miller.
No
reconozco casi ningún tema de la primera parte del concierto, y eso, creo yo,
me hace disfrutarlo aún más. Me regocijo en mi total y completa ignorancia, no
estar maquinándome cómo hace tal o cual cosa, ni mirar las posiciones de las
manos, ni encontrar la base de acordes sobre la cual reposa todo. Es como si
hubiese vuelto a ser chico por un rato, sólo estamos yo y mi imaginación,
aplicando la teoría de la nada misma. Lo único que me irrita es esa convención
de aplaudir entre solo y solo, que no me deja escuchar lo que está pasando,
como si alguien me tapase los ojos cuando estoy leyendo o viendo un cuadro o
una foto. Tampoco falta el/la boludo/a que susurra estupideces o giladas
teóricas en el medio del tema, que seguramente ni comprenda.
Intervalo.
Mi espalda está en ruinas, y mi inclinación de torre de Pisa al borde del
abismo me obliga a abandonar mi posición y derrumbarme contra una de las
paredes. Poco a poco, vuelvo a la vida. No puedo pensar demasiado en lo que
está ocurriendo, sólo sé que, a pesar de que son todos músicos de excelencia,
Marsalis tiene algo que lo distingue del resto. Sin verlo, tan sólo
escuchándolo, uno puede saber que es él. Sus fraseos casi perfectos,
cristalinos, me atrevería a decir, hacen que vibre todo, al punto de hacernos
pensar que el vidrio está astillándose, trepando como una enredadera invisible
al cielo que todos intentamos inútilmente alcanzar, tan sólo para desfragmentarse
en un río que parece una lluvia de estrellas que precipita, suave, en el campo
de nuestra fantasía sonámbula.
En
eso, descubro un personaje bastante peculiar intentando asomar su cabeza por
entre los de la primera fila. Camina como un cangrejo que simula un mimo, de
costado, y viste un saco y camisa larga, baggy
trousers, y de no ser porque le falta el sombrero abombado y el bigotito,
habría creído que estaba alucinando. Mirá
atrás tuyo, tenés a The Tramp, le mando un mensaje a Mauro. Se da vuelta y
somos cómplices de la misma sonrisa estúpida de un par de nenes de cinco años.
Marsalis
dos. Ya no lo veo, me quedo tirado en el piso, cierro los ojos y dejo que él
dirija el proyector de mi mente. Cada tanto me distraigo viendo el zapateo del
falso Chaplin. Otra vez, tampoco distingo los temas, pero ahora estoy más
atento a captar, memorizar algunas partes. Un tema antes de Mood indigo, el pianista repite una
escala descendente que me vuela la cabeza. Me empiezo a obsesionar con la idea
de samplear eso, me olvido de que estoy escuchando jazz por un rato, y las
líneas de bajo y acordes de guitarra invaden todo, con un verso en inglés a la
vanguardia. Después le toca el turno al standard
de Ellington, y la trompeta de Marsalis se sienta con los pies sumergidos en la
luna, dispuesto a seducirla, contándole de todos los paisajes que visitó a lo
largo de su vida, y se detiene en las impresiones más melancólicas, esas que
uno podría encontrar en una de esas viejas marquesinas del Greenwich Village, o
bien en las memorias de un farol de principio de siglo en París. En mi cabeza
se confuden mood y moon, y me pierdo
en mi primera incursión al jazz de la mano de Sting, parados al amparo de la
noche silenciosa (pero con sed de sangre) de Bourbon Street. La coda es el
último suspiro de Marsalis, la exhalación de su alma metálica en un cálido
beso al frío, pálido rostro de la muerte.
Ovación
y dos bises que dejan a un montón de manos casi funcionando a cuerda durante
cinco minutos, tras arrojarnos de manera improvisada un manojo de flores
negras. Emi, que es una de las personas que más respeto en lo que se refiere al
jazz, dice que fue lo mejor que vio en toda su vida. Yo sigo manija con mi idea
de samplear ese piano antes de Mood
indigo. Salimos como un montón de animales que son llevados al matadero,
pero con la marca imborrable de Marsalis en nuestros oídos.
Sale Cuartito, dice Mauro, y mientras
cruzamos la plaza de Tribunales en diagonal me comentan que el domingo está Tim
Berne en la Biblioteca Nacional. Quedamos en juntarnos para eso también, aunque
en el momento Emi me dice que cree que no usa batería – a las dos horas se
corrige y me aclara bien en qué consiste su propuesta. Nos infiltramos en la
cola y conseguimos mesa para los cuatro en menos de cinco minutos. Veo algunas
caras conocidas, pero prefiero hacerme el boludo, como cuando uno va a la
mañana a laburar y las esquiva porque siempre es mejor quedarse aislado en los
auriculares que tener que interactuar con el malhumor de las primeras horas. El
mozo, que tiene cara del uruguayo Suárez, se manda dos piques y nos sirve todo
en dos minutos reloj, casi cronometrados. Mauro deja su vaso de agua y me dice ¿y, para cuándo la crónica? Lo miro,
todavía masticando, bajo todo con un trago de Quilmes 1890 (la favorita de Emi)
y le contesto que no sé, que tendría que pensarlo, no sé si es algo muy
narrable. La verdad es que, en ese momento, estaba muy apagado por el cansancio
y el dolor de espalda, y a pesar del viaje al que me había llevado Marsalis, sólo
podía pensar en cenar y dormir.
Comimos,
charlamos un poco sobre el concierto, pagamos y nos fuimos. Todo en quince
minutos. Caminamos juntos hasta Santa Fe y nos separamos. Yo me subí a un taxi
y mantuve una conversación con otro exponente del fascismo, en la que él me
confesaba que también tomaba un vinito con la comida, pero que los jóvenes de
ahora eran una manga de descontrolados, perdidos. Yo, como siempre, pensaba en
la mítica frase del mecánico de Gertrude Stein, el ignorante acuñador de la Lost Generation.
Me
bajo, subo las escaleras (todavía no sé por qué, supongo que no tenía ni ganas
de esperar al ascensor), saludo a mi viejo que está quieto en su posición
clásica, como una de las momias de la erupción volcánica en Pompeya, y no sin antes poner
un disco de Miles Davis, caigo fulminado en mi cama. Agarro un librito sobre
Marsalis que tengo por ahí, y cuando estoy por la mitad leo que tuvo una fuerte
pelea con el padre del cool, tras
haber escrito un artículo que argumentaba qué era y qué no era jazz. Miles, un
tipo abierto al crisol musical, le contestó preguntándole si él era ahora la policía,
hecho que me hizo estallar de la risa. Sin embargo, sobre el final, el purista
anti-muggle musical que tanto había criticado a los que fueron permeables a la
fusión, terminó por entablar relación con el country, y como en una especie de
mensaje subliminal, desde mi parlante la trompeta de Davis se descostilla
escupiéndole en la cara sus dos notas más famosas, So what?
III
ERSATZ
ULYSSES
Domingo.
Con todo lo que eso implica. Me despierto por un ruido que proviene de la
cocina. La luz del sol me deja ciego y a pesar de mis intentos por cubrirme con
la sábana que está desperdigada por el suelo para seguir durmiendo, logro abrir
los ojos y me quedo mirando mi biblioteca, ese gran depósito de libros, discos,
papeles con notas, monedas, alguna que otra botella vacía y todo tipo de
accesorios de guitarra. Me quedo un rato mirándolos, y empiezo a clasificar con
una palabra cada autor que veo,
Borges, profeta (aunque bien
podría ser “literatura”)
Cortázar, bonsnob (me
río sabiendo que el inesperado palíndromo lo hace aún mejor)
Sassoon, poesía
Rulfo, vox-populi (acá
derrapo, pero es una conjunción, una idea)
Pessoa, esquizofrénico
Bloom, brontosaurio
Kerouac, jazz
Strindberg,
multi-tasking
Shelley,
religión (Percy
Bisshe)
Tranströmer,
sonámbulo
Fitzgerald,
overrated
Proust,
Funes
Modiano, Funes-Mori
Neruda, malacólogo
Eliot, alfa
Joyce, omega
Sontag, iluminada
Plath, suicida
Camus, apático
Bioy Casares, sombra
Thomas, galés (Dylan)
Salinger, pedófilo
Rand, arrogante...
Y ahí
me detengo para ir a prepararme un té y volver con un papel y birome en mano.
Vuelvo y sigo con la lista, hasta que llego a los cincuenta y empiezo a aburrirme.
Ni bien la termino siento algo de culpa, pensando que son todos escritores que
me gustan (excepto por Thomas Mann y Paul Bowles) y que, en mayor o menor
medida, los admiré y me influenciaron. Me reconcilio con la idea de que sé que
es algo para desacralizar la literatura, mi religión,
y que debo estar bajo los efectos del Borges
de Bioy, en una especie de borrachera o resaca de sus páginas.
No me
acuerdo bien qué hora era en ese entonces, ni tampoco recuerdo bien qué hice en
todo ese tiempo que estuve en mi casa, antes de salir para ir a ver a Tim Berne
en la Biblioteca Nacional. A partir del momento en que me puse a buscar los
auriculares que detesto y no pude encontrar (y que posiblemente haya perdido el
día anterior en lo de Agustín o en su auto), las imágenes se me vienen más
claras a la mente. Salí caminando con los peores auriculares que existen, los
del celular – que en su mejor calidad parecen sumergidos en agua, o como si los
filtrase un pasa-bajos de esos bien baratos que se usan en la electrónica
berreta –, con el abrigo en la mano porque hacía un calor insoportable. Yo no
estaba del todo seguro si transpiraba por la fiebre o por la humedad, y los
estornudos constantes no me ayudaban a descifrar el interrogante. Cuando
alcanzo la escalera de la biblioteca, como con algunos lugares en los que se
inscribe mi infancia, siento que buceo en una especie de cortina transparente,
atemporal, en la que confluyen pasado y presente. En la explanada, rememoro,
asistí a mi primer concierto de música. Uno de música clásica, paradójicamente.
Por unos segundos me transporto a mi silla, desde donde veo a un cuarteto de
cuerdas ejecutar fantasmas invisibles que me susurran cosas al oído, y no
entiendo la relación entre eso y los aristogatos
y quiero ser un gato-jazz, que era
toda la música que conocía en aquel entonces. Mi memoria más palpable es el
sonido de los violines, instrumento que volvería a arrellanarse en mis tímpanos
con el arco de Mik Kaminski, celebrando la modernidad clásica de la Electric
Light Orchestra doce años más tarde.
Otra
vez, Mauro llegó primero y está escondido detrás de uno de los pilares que
sostienen ese edificio ceniciento y desagradable. La cola se parece al snake
cuando ya tenés más de quinientos puntos y comenzás a vértelas complicadas con
maniobrar para conseguir el objetivo. Me dice que no cree que entremos, que en
el auditorio hay lugar para menos de doscientas personas, y que debe haber,
fácil, cuatrocientas adelante, sin contar todos los que llegan y se acoplan a
otros. Aparece Darío y nos ponemos a hablar de música, para variar. El
Lollapalooza, la gente que lleva una guitarra al hombro para ver a un
saxofonista (manga de ridículos...), historias de colas para recitales, y la
infaltable anécdota de cómo consiguió que Mayer le firme su Fender, que ahora conserva
encuadrada en su casa. No puede tocarla porque la estampa está justo en donde
se apoya el brazo, y se corre el riesgo de que se pueda borrar. Mauro nos
recuerda que él fue el héroe tras la prodigiosa hazaña.
Cae
Emi, el reloj marca las cinco y media y todavía no abren. Darío sugiere ir a
Camping, y una vez que confirma que ya está abierto abandonamos la fila sin
mirar atrás. En el camino, Mauro me dice que no le gustó Jack White. Me agarro
la cabeza y le pregunto cómo eso puede ser posible. Intento convencerlo de
todas las maneras que se me ocurren, pero mi fracaso es algo que, lo sabía,
estaba escrito de antemano. Me conformo con tratar de explicárselo a Darío,
hasta que llegamos a Camping. Pedimos cuatro cervezas y alguna cosa para comer,
y ni bien nos sentamos Mauro mata la propuesta de ir al Palais de Glace a ver
una película, alegando que ya es muy tarde y que nos va a pasar lo mismo que
con Tim Berne. Darío me comenta que la cerveza es de trigo, y noto cierta
similitud entre la bebida y el color del cielo. Empiezan a elegir la música,
algo que permite el lugar entrando en su red, tres temas por día. Cuando suena My sweet lord, todos creemos que fue la
de Mauro, que es fanático del beatle preferido por las minitas. Pero no, recién
cuando entró Son of Sam en escena y
se dibujó un brillo en sus ojos entendimos su decisión.
Al
rato aparece otro amigo de Mauro, Martín, y ahí despunta lo que más tarde nos
iba a parecer una mini-odisea urbana. Me pido dos vasos de cerveza más, optando
por la scottish, que es la única que
quedaba. Leo en una descripción de la birra algo sobre siete colores, y por un momento me encuentro pescando con mi viejo
en un lago, tirando un pececito a un tarro con agua, para luego devolverlo a su
estanque una hora más tarde.
Darío
y Martín se habían levantado de la mesa y se encontraban apoyados contra el
cristal de los balcones del Design. Emi me preguntaba de Europa y yo le
contestaba como podía, sintiendo que estaba perdiendo un poco la conciencia de
todo. Nos paramos para decidir qué hacer con los otros, y a falta del séptimo
arte, vamos al Centro Cultural Recoleta, en donde había una exposición de
Ásterix, el inexplicable milagro universal del noveno arte. Doy una vuelta alrededor, leyendo algunos de los textos
impresos en los muros, y recuerdo que el nombre del bardo Asuranceturix quiere decir contra todo riesgo, un dato de
color que le encantaba contar a Patricio. En el ala izquierda hay una
exposición que lleva como título algo sobre la Odisea o Ulises, no me acuerdo
cuál de los dos, pero eso me vale que Mauro me arrastre para ver un montón
de fotos que no me producen nada en absoluto. A la derecha, otra colección de
fotos sobre trenes e inmigrantes ilegales de Oaxaca, con el mismo efecto.
Martín quiere volver a Camping, pero a mí se me ocurre que hay un Carlitos
cerca y que no estaría nada mal comer un panqueque, con el hambre que tenemos.
Hacemos
tres cuadras, pasando por la iglesia Del Pilar, en donde se celebra la misa de
Ramos – la entrada de Jesús en Jerusalén -, y un montón de oportunistas, para
mi gusto, venden unos ramilletes que parecen exportados desde épocas
ancestrales del Monte Olivo. Rosty,
se lee el cartel pegado por encima del todavía legible Carlitos. Me acusan de versero, pero cuando llega la carta se tranquilizan
al ver que sólo era un cambio de franquicia, o lo que sea. Le pedimos al mozo
un cambio de mesa, y a un segundo de pedir todo, Mauro – usando como caballo de
Troya a Martín – dispara, ¿Sale mezzettazo?
Acá voy a hacer un poco de mea culpa, porque mi emoción por debutar
un lugar nuevo (sí, tampoco fui a la Mezzeta) me impulsó a hacer el violento
mutis por el foro, dejando a Darío con la carta todavía en la mano. Nos alcanza
a la media cuadra, mientras Martín aprovecha para comprarse un habano.
Caminamos para buscar los autos estacionados, y ahí Mauro me sugiere que entrar
a una misa en pedo debe ser una experiencia radical. Yo le digo que no me
parece, que se me hace medio malflashero. Lo único de lo que me arrepiento de
no ir más a misa es que está lleno de minitas, algo que no pasaba cuando era
chico. Encima de todo, hacía de monaguillo en el altar. Le cuento de una vez en
la que el cura nos preguntaba qué le pediríamos a Dios, y todos decían cosas
como que no haya más pobres en el mundo,
y toda esas idioteces que deberían tener de fondo Heal the world, y yo, que siempre había sido medio descontrolado y
sarcástico, hice que toda la iglesia se riera en coro, después de pedir que la
misa fuera más larga.
CHE, VAMOS AL CEMENTERIO, grita Martín.
Mauro y Darío lo secundan, en tanto que yo desde el fondo les digo que mejor
no, que ya debe estar cerrado. Y efectivamente, Mauro sólo pudo presenciar el
entierro de su romántica idea de revivir su capítulo joyceano del día. ¿Che, y qué onda las pizzas de la mezzeta,
cómo es la masa?, le pregunto y veo como se muere de risa en mi cara. Nacho, olvidate, no vamos a la mezzeta. Sí, volvemos a Camping, que tiene milanesas,
me asegura Martín, que dirige la caravana en medio de la feria hippie.
Y así
fue. Otra vez Camping. Milanesas, calabazas, choclos y cervezas. Ya es de
noche, y el reloj marca las ocho y media. Vamos a buscar los autos, y en el
trayecto les repito más de una vez que estoy como para salir corriendo por
Libertador hasta Olleros ida y vuelta, pero que voy a dejarlo para otro día
porque tengo la impresión de que voy a romper el jean haciendo esa boludez.
Primero dejamos a Martín, que está estacionado en Agote. Después Mauro agarra
su bolso del auto de Darío y le dice que se vuelve conmigo por Las Heras.
Cuando pasamos bordeando la Biblioteca le digo que, a pesar de no haber visto a
Tim Berne, el día estuvo increíble, tanto mejor que habiendo hecho lo
planificado. Sí, contesta, ¿notaste que fue como una especie de
Ulysses? Si mirases un mapa desde arriba y pudieses ver el trayecto que
hicimos, con las paradas para la cerveza y el intento de entrar en el
cementerio. Me parece una observación bastante acertada, le digo que sí y
agrego, Imaginate lo que debe ser ir
caminando totalmente ebrio por Buenos Aires, toda una noche, así como en el
sueño de los héroes, hasta el amanecer, y tener una especie de epifanía, o no,
y terminar fisurando como unos boludos. Tendríamos que hacerlo alguna vez,
quizás en la despedida de soltero que nunca le hicimos al Negro. Por unos
segundos, creo yo, nos sentimos un poco como Bloom y Stephen, intercambiando
los papeles cada tanto, sin saberlo. No recuerdo bien cuál de los dos lo dijo,
pero también estuvimos de acuerdo en que tuvimos nuestra dosis de jazz. A falta de Tim Berne, habíamos improvisado toda la
jornada, dejándonos guiar únicamente por la intuición (y el alcohol, creo
también). Se me acaba de ocurrir una
idea. ¿Te acordás de ese texto de jazz que escribí hace como dos años? No lo
recordaba. Nada, un texto que está lleno
de gomeadas, pero que tiene algunos pasajes o imágenes copadas, que es como una
introducción al jazz. No, claramente no lo había leído. Bueno, quizás podría escribir dos textos más
y hacer una especie de texto triple, en donde el primero sea algo más histórico
o enciclopédico del jazz, un intento de describir como un diccionario del jazz.
El segundo, se me ocurre, podría ser sobre la crónica que me pediste de
Marsalis, que hable directamente sobre la experiencia de escuchar jazz en vivo,
digamos, el jazz en su forma más pura. Y el tercero, creo que ya lo podés
intuir, que sea esto, que es el jazz llevado a la vida cotidiana, la
improvisación. No hace falta que cuente nada interesante, porque creo que nada
de todo esto es interesante, pero sí algo improvisado. Me dice que le
parece una idea interesante, pero que tendría que verla primero. Sí, la única parte que no me convence es la
primera, que según Lautaro es la peor basura que escribí en mi vida, y él es el
medidor. Me río al pronunciar la última palabra. Me dice que no le dé bola
y se lo pase más tarde, y así como si nada cambiamos de tema y me pasa a contar la
historia de In cold blood, hasta que
llega el bondi y nos despedimos.
Vuelvo
a casa caminando, con un poco de resaca y el dolor de espalda en plena
alborada. Me siento en la computadora y me pongo a escribir todo esto. Releo el
primer texto y, sin lugar a dudas, siento que es de las peores cosas que hice
en mi vida, pero que es innegablemente parte de ella, y que una persona no está
compuesta sólo de lo que supone que son sus aciertos, y copio y pego, y cuando
voy a apretar publish, un cartel, que
bien podría ser mi inconsciente, me pregunta Are you sure? y sin pensarlo, esclavo de la escritura automática,
clickeo Yes.
Para vos, Mauritofoxh, que me lo andabas reclamando.
(Extracto de Diarios)



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