Tuesday, March 31, 2015

JAZZ I, II & III


I

JUST O’ JAZZ



What John Coltrane does is to play five
Notes of a chord and the keep changing it
Around, trying to see how many different
Ways it can sound.
MILES DAVIS



            Esto es una pieza de jazz. O lo que yo entiendo por jazz, un orden caótico de notas, que no son más que algo que surge de la generación espontánea (porque de ondas no comprendo nada) y que penetra sin permiso en nuestros oídos, casi en plena mística, una irremediable y placentera violación no consentida pero que la disfrutamos como si lo fuera. El jazz tiene eso, es lo más parecido a un vómito perfumado, está ahí, saliendo de algún lugar, llámese parlante, auricular, piano o guitarra (si es que sabemos ejecutar sus jeroglíficos), y nos dice que no tiene forma porque su principal fuente de vida es la improvisación. Los dedos tienen memoria propia, y se deslizan como unos locos frenéticos por el mundo que ellos mismos inventan y destruyen con la velocidad del pestañeo, ese acto impulsivo, mecánico, que se repite en fraseos y contrafraseos, que para mí son un mantra que me eleva a algún espacio desconocido que no es el nirvana ni nada que tenga que ver con las religiones orientales, sino más bien con algo así como un cableado en cortocircuito zen. Es un tren en todas las direcciones posibles, corriendo como un relámpago, naciendo y  muriendo una y otra vez en cada estación; es también la futura colisión contra el final de las vías, o la falta de oro negro en medio del camino. El jazz puede ser todo lo que vos te imagines, principalmente, porque es de todos y pertenece a nadie, así que depende de cómo uno lo escuche, lo sienta, lo vea, lo perciba, lo trague, lo digiera, lo utilice como fuente de inspiración o lo rechace porque le cae muy pesado. Para mí tiene mucho de lluvia, mucho de descarga de las alturas para hacer que algo como la tierra y el concreto se apoderen de su esencia y la hagan sublimar hasta nuestras narices, y aspiremos esa droga en forma de redondas-blancas-negras-corcheas- semicorcheas-fusas y, sobre todo, semifusas (el jazzero es adicto a esas porquerías que casi ningún otro animal musical necesita para respirar).

            El contrabajo es medio cortamambos, siempre se cuela como las ratas, con su voz entre rasposa y agradable, como si por entre las efes aspirase todo el humo del mundo, como si adentro suyo escondiese un Tártaro en el que fuman todos los titanes desterrados desde el principio de los tiempos. Tiene bigotes largos, como los gatos, y si se los cortan, pierde su dirección, y cae en la depresión, no se puede levantar, es el alcohólico Evans sin un piano a mano. Pobre, siento bastante compasión por su trabajo, que pocas veces es tan respetado como el de los otros instrumentos, siempre de fondo, lo negrean bastante... supongo que eso tiene que ver con que tiene una sola pata y a nadie le gusta poner al frente algo deforme. Y sin embargo, me agrada su forma de cantar, me hace acordar bastante a la voz de Tom Waits en los primeros dos o tres discos, antes de que se tomara la mitad del aguardiente del universo y agarrara sus cuerdas vocales y las tirase al medio de la Quinta Avenida para que las rectifique un ejército de autos y camiones (Freeway cars and trucks), y recién pasarlas a buscar una vez terminado el invierno.


            Louis, el-del-brazo-fuerte, es el trompetista que más me contagió la fiebre del jazz, esa enfermedad que se contrae y no tiene cura. Necesitaba tener ese apellido para sostener tanto tiempo su arma de oro niquelada; el otro día intenté tocar algo en una trompeta y a los quince minutos no tenía ni aire ni brazos. ¿Qué puedo decir de este hombre que podría haber ejecutado una melodía tan genial y divertida que en la mismísima batalla de Waterloo, ingleses y franceses habrían dejado todas sus bayonetas para ponerse a bailar sin parar, excepto sólo quizás para tomar el té de las cinco? – los ingleses son personas de costumbres, sino lean Asterix en Bretaña – como no sé nada de trompeta, creo que técnicamente estoy bastante corto, pero la comparación sin sentido que acabo de hacer ilustra bastante bien lo que pienso: está fuera de toda comprensión. (Quiero aprovechar este corto intervalo para recalcar que su voz no es la del rey de los monos en El libro de la selva).

            No puedo parar, uso los puntos y aparte como el trompetista cuando termina un fraseo y toma aire, porque los pulmones y la cabeza no funcionan tan distinto en estas ocasiones. Es algo así como pasarse un pañuelo por la frente. Perdí el rumbo, lo mismo le pasa a todos, pero sigo tipeando como el jazzista sigue moviendo los dedos, subiendo y bajando escalas que conoce como la mancha de café sobre esa hoja de pentagrama que no lee ni a medias. Así se debe haber inventado el jazz, algún tipo que no sabía leer un pentagrama se le ocurrió tocar cualquier cosa, y sin darse cuenta hizo algo que dejó a todos perplejos, y alguno o alguna le dijo WHAT ARE YOU DOIN’?!, y el pobre tipo, arrepentido, sin entender lo que había hecho, casi disculpándose tartamudeó un Just..., y alguien entre todo el público escuchó mal y levantó la voz por encima, y JAZZ!, bautizó al hijo no reconocido.

            (No sé qué carajo estoy diciendo hace rato, pero sigo en la mía. Lo único que sé es que es todo improvisación, y que no me pidan nada que tenga sentido, porque nada tiene sentido en verdad, somos nosotros quienes se lo damos, y a eso llamamos arte. Yo no tengo sentido, así que no hago arte, ustedes dirán si lo hago o no. Whitman pide que lo justifiquen en su Poets to come. Yo no pido nada, si quieren hacerlo, háganlo y punto. Y no vengan a decírmelo, porque soy un escéptico incorregible, así que mastiquen sus palabras como un chicle y cuando se aburran o se les pudran adentro, escúpanlo o pásenselo a otro que coma esa basura).

            El teclado de la computadora no es tan distinto al piano, si prestan atención, acá hay un tipo martillando botoncitos (que son como teclas pero del tamaño de un cubo de azúcar - ¿por qué no se usan más?, eran una de las pocas cosas con geometría que me gustaban) y de ahí brotan sonidos. Sí, ya sé, mi tipeo es el crujir de las hojas de otoño, mientras que el del piano es el florecimiento de la primavera. Váyanse a cagar (acá es donde me quiero parecer a Monk, clavando una disonancia en medio de todo lo que vengo construyendo con la atracción de una prostituta holandesa – me lo contó un amigo, claramente). Hace un rato mencioné a Evans, mi pianista predilecto (favorito suena a que no salí de la infancia todavía). Estaba sonando de fondo hasta hacía un ratito, nomás, y sí, definitivamente este hombre no podía recrear una primavera, pero sí la lluvia que la precedía y daba vida a las flores sin las cuales no hay belleza ni renacimiento de la alegría. Evans es el abrazo en la melancolía, es la boca en el pico de la botella casi vacía, es la estrella que aparece todas las noches titilando lejos, muy distante, inextinguible, un parpadeo que no para de hacernos ese guiño que te hace entender que, después de todo hay algo más, y que no hay nada realmente de qué preocuparse. También es el alcohólico que se bebió hasta la noche entera y por la mañana la devolvió en la magia cabalgada en su Turn out the stars.

            Podemos sentarnos horas y horas a hablar de todo esto. Pero ahora el tren está frío (Col’ Trane) – malísimo – y tengo que parar un rato porque tengo ganas de tomar un té, y si me detengo un segundo, se rompe todo el equilibrio, quiero decir que se rompe el conjuro, hechizo, encantamiento (jugar con sinónimos tiene algo de armónicos), y la improvisación muere, y chau jazz jazz jazz, nada más que jazz y eso es jazz, todo y nada, y no creo que haya mucho más por decir, se me acaba el aire que me viene a la cabeza y ya se fue y no no no no no no ... jazz – just jazz. 



II

MARSÁLISIS


           

            Estoy en el bondi, con la espalda rota y poco más de diez horas de sueño en los últimos tres días. Pienso que haber vuelto al trabajo, contra todo pronóstico, resultó agradable, o mejor dicho, necesario. Lo primero que dije al llegar a las siete de la mañana fue no me preguntes por qué, pero creo que ya lo estaba extrañando un poco. Una de esas cosas de las que me termino arrepintiendo a los dos o tres días. Meto la mano en el bolsillo para cerciorarme, otra vez, de que no me olvido la tarjeta confundiéndola con la sube.

            Unas semanas atrás, Mauro (que, básicamente, es mi notificador de eventos culturales en todo Buenos Aires – y a veces el resto del mundo) me había dicho que teníamos que ver a Wynton Marsalis en el Colón. Y acá estoy, para anticiparnos una hora al momento en que abren las puertas del teatro, viajando a eso de las seis de la tarde, envuelto en mi micro-mundo hecho de música house, usando unos auriculares pedorros porque es demasiado incómodo llevar headphones y tenerlos de acá para allá, parasitándome a donde sea que vaya. En lo que dura el viaje, pienso en que quiero dormir, que no sé por qué estoy escuchando esa música (a excepción de que lo vengo haciendo hace una semana) cuando debería aclimatarme a lo que se viene. No, es una política actual no escuchar previamente lo que voy a ver en vivo, prefiero el efecto sorpresa (o desilusión). A veces es mejor sacarse la arena encostrada en la piel metiéndose al mar, más que usando nuestras propias manos.

            Veinte o veinticinco minutos, me bajo y camino las tres cuadras que me separan del Colón. A pesar de haber pasado toda mi vida por ahí, nunca había entrado; esta iba a ser la primera vez. No sé bien por qué no lo hice antes. Quiero pensar (en parte porque es más fácil) que es culpa del sometimiento desde los siete años a escuchar la música clásica que Patricio ponía cuando estudiaba, a todo volumen. No es que me desagradara, pero lo cierto es que a veces era un poco molesto e invasivo. Si la memoria no me falla, debo haber leído todo El señor de los anillos con música clásica de fondo. Cuando le dije que iba a ir al Colón a ver a un trompetista de jazz, su cara se tradujo en un retrato del Medioevo de algún mártir echado a la hoguera. Lo que él no sabe es que Marsalis también se dedicó a la música clásica, que interpretó y compuso algunas piezas inclusive, aunque acabó convirtiéndose en un purista del jazz.

            Entre un grupo de personas descubro a Mauro con la mirada perdida en un folleto. Me dice que cómo que no le dije antes lo del ensayo libre y gratuito, que era un colgado, y yo no tengo otra respuesta que perdón, vos fuiste el que me dijo del evento, supuse que ya lo sabías... Aparecen Emi y un amigo de Mauro con tres cafés en mano. Emi le da un chocman que compró en un Bonafide del otro lado de la 9 de julio. Lo abre y tiene un hongo que parece una telaraña gigante. Miramos la fecha de vencimiento, 6 JUN, y comprobamos que el resto no estén podridos. Como no tenía café ni nada, ni tampoco había almorzado, decido hacerme una corrida para cambiarlo y, de paso, comprarme algo. Todo se soluciona, y a los pocos minutos abren las puertas y empezamos a subir esa serie interminable de escaleras directo al paraíso. La gente sube en barricadas, bloqueando a los de atrás para que nadie se cuele. Miro para abajo, con cierto vértigo, y me río de cómo se propaga ese efecto mirmidónico. Ni bien alcanzamos el último piso, todos nos dispersamos hacia los extremos del semicírculo, ocupando las barandas. Colonizamos una porción del costado derecho. Miro alrededor y trato de dimensionar esa especie de Coliseo romano teñido de escarlata y oro. Me siento mínimo, como una estrella en el espacio a punto de morirse. No se ve muy bien, pero me parece que es algo aceptable, sumado a que la acústica del teatro promete alcanzarnos sin ningún problema. Un músico martilla una tecla del piano e intenta afinarlo. Yo miro la cúpula, aunque en realidad creo que se llama bóveda, y me pierdo en alguna escena dantesca o de mis viejas lecturas de Milton. Observo la cantidad de gente según los niveles, noto que somos la parte más poblada del recinto, y sonrío acordándome de una frase que me dijeron unos días atrás sobre lo genial que es que el paraíso sea el lugar de los pobres. Mauro vuelve con los programas. Me da el mío, lo abro y leo mientras esperamos, sólo para aburrirme con la típica descripción que uno escucharía en alguna presentación de los Grammy.    

            Marsalis. Luego, los aplausos. Se acomoda en su sillita, saluda y let the brass be your pilot. Como en toda pieza de jazz, primero el unísono, después los narradores, protagonista y/o personajes. La melodía tiene algo de Medio Oriente, algo que me hace pensar en Marruecos o El Líbano (de donde viene parte de mi familia). Siento que estamos yendo en caravana por el desierto, un grupo de hombres en camello buscando una fortaleza escondida en algún lugar recóndito del Sahara. Es extraño ese efecto que se produce en la cabeza. No quiero pensarlo demasiado, prefiero dejarme llevar y una vez que los platillos cierren el relato con su punto y aparte, suponer que es todo culpa del cine y sus convenciones para ambientar escenas y así dejar implantadas sensaciones que no necesariamente deberían ser tales. Tampoco falta el pensamiento de Tea in the Sahara, ni Stewart Copeland y su adolescencia en el mundo árabe como consecuencia de que su padre fuera un agente de la CIA que tocaba la trompeta en la banda de Glenn Miller.

            No reconozco casi ningún tema de la primera parte del concierto, y eso, creo yo, me hace disfrutarlo aún más. Me regocijo en mi total y completa ignorancia, no estar maquinándome cómo hace tal o cual cosa, ni mirar las posiciones de las manos, ni encontrar la base de acordes sobre la cual reposa todo. Es como si hubiese vuelto a ser chico por un rato, sólo estamos yo y mi imaginación, aplicando la teoría de la nada misma. Lo único que me irrita es esa convención de aplaudir entre solo y solo, que no me deja escuchar lo que está pasando, como si alguien me tapase los ojos cuando estoy leyendo o viendo un cuadro o una foto. Tampoco falta el/la boludo/a que susurra estupideces o giladas teóricas en el medio del tema, que seguramente ni comprenda.

            Intervalo. Mi espalda está en ruinas, y mi inclinación de torre de Pisa al borde del abismo me obliga a abandonar mi posición y derrumbarme contra una de las paredes. Poco a poco, vuelvo a la vida. No puedo pensar demasiado en lo que está ocurriendo, sólo sé que, a pesar de que son todos músicos de excelencia, Marsalis tiene algo que lo distingue del resto. Sin verlo, tan sólo escuchándolo, uno puede saber que es él. Sus fraseos casi perfectos, cristalinos, me atrevería a decir, hacen que vibre todo, al punto de hacernos pensar que el vidrio está astillándose, trepando como una enredadera invisible al cielo que todos intentamos inútilmente alcanzar, tan sólo para desfragmentarse en un río que parece una lluvia de estrellas que precipita, suave, en el campo de nuestra fantasía sonámbula.

            En eso, descubro un personaje bastante peculiar intentando asomar su cabeza por entre los de la primera fila. Camina como un cangrejo que simula un mimo, de costado, y viste un saco y camisa larga, baggy trousers, y de no ser porque le falta el sombrero abombado y el bigotito, habría creído que estaba alucinando. Mirá atrás tuyo, tenés a The Tramp, le mando un mensaje a Mauro. Se da vuelta y somos cómplices de la misma sonrisa estúpida de un par de nenes de cinco años.   

            Marsalis dos. Ya no lo veo, me quedo tirado en el piso, cierro los ojos y dejo que él dirija el proyector de mi mente. Cada tanto me distraigo viendo el zapateo del falso Chaplin. Otra vez, tampoco distingo los temas, pero ahora estoy más atento a captar, memorizar algunas partes. Un tema antes de Mood indigo, el pianista repite una escala descendente que me vuela la cabeza. Me empiezo a obsesionar con la idea de samplear eso, me olvido de que estoy escuchando jazz por un rato, y las líneas de bajo y acordes de guitarra invaden todo, con un verso en inglés a la vanguardia. Después le toca el turno al standard de Ellington, y la trompeta de Marsalis se sienta con los pies sumergidos en la luna, dispuesto a seducirla, contándole de todos los paisajes que visitó a lo largo de su vida, y se detiene en las impresiones más melancólicas, esas que uno podría encontrar en una de esas viejas marquesinas del Greenwich Village, o bien en las memorias de un farol de principio de siglo en París. En mi cabeza se confuden mood y moon, y me pierdo en mi primera incursión al jazz de la mano de Sting, parados al amparo de la noche silenciosa (pero con sed de sangre) de Bourbon Street. La coda es el último suspiro de Marsalis, la exhalación de su alma metálica en un cálido beso al frío, pálido rostro de la muerte.

            Ovación y dos bises que dejan a un montón de manos casi funcionando a cuerda durante cinco minutos, tras arrojarnos de manera improvisada un manojo de flores negras. Emi, que es una de las personas que más respeto en lo que se refiere al jazz, dice que fue lo mejor que vio en toda su vida. Yo sigo manija con mi idea de samplear ese piano antes de Mood indigo. Salimos como un montón de animales que son llevados al matadero, pero con la marca imborrable de Marsalis en nuestros oídos.

            Sale Cuartito, dice Mauro, y mientras cruzamos la plaza de Tribunales en diagonal me comentan que el domingo está Tim Berne en la Biblioteca Nacional. Quedamos en juntarnos para eso también, aunque en el momento Emi me dice que cree que no usa batería – a las dos horas se corrige y me aclara bien en qué consiste su propuesta. Nos infiltramos en la cola y conseguimos mesa para los cuatro en menos de cinco minutos. Veo algunas caras conocidas, pero prefiero hacerme el boludo, como cuando uno va a la mañana a laburar y las esquiva porque siempre es mejor quedarse aislado en los auriculares que tener que interactuar con el malhumor de las primeras horas. El mozo, que tiene cara del uruguayo Suárez, se manda dos piques y nos sirve todo en dos minutos reloj, casi cronometrados. Mauro deja su vaso de agua y me dice ¿y, para cuándo la crónica? Lo miro, todavía masticando, bajo todo con un trago de Quilmes 1890 (la favorita de Emi) y le contesto que no sé, que tendría que pensarlo, no sé si es algo muy narrable. La verdad es que, en ese momento, estaba muy apagado por el cansancio y el dolor de espalda, y a pesar del viaje al que me había llevado Marsalis, sólo podía pensar en cenar y dormir.

            Comimos, charlamos un poco sobre el concierto, pagamos y nos fuimos. Todo en quince minutos. Caminamos juntos hasta Santa Fe y nos separamos. Yo me subí a un taxi y mantuve una conversación con otro exponente del fascismo, en la que él me confesaba que también tomaba un vinito con la comida, pero que los jóvenes de ahora eran una manga de descontrolados, perdidos. Yo, como siempre, pensaba en la mítica frase del mecánico de Gertrude Stein, el ignorante acuñador de la Lost Generation.

            Me bajo, subo las escaleras (todavía no sé por qué, supongo que no tenía ni ganas de esperar al ascensor), saludo a mi viejo que está quieto en su posición clásica, como una de las momias de la erupción volcánica en Pompeya, y no sin antes poner un disco de Miles Davis, caigo fulminado en mi cama. Agarro un librito sobre Marsalis que tengo por ahí, y cuando estoy por la mitad leo que tuvo una fuerte pelea con el padre del cool, tras haber escrito un artículo que argumentaba qué era y qué no era jazz. Miles, un tipo abierto al crisol musical, le contestó preguntándole si él era ahora la policía, hecho que me hizo estallar de la risa. Sin embargo, sobre el final, el purista anti-muggle musical que tanto había criticado a los que fueron permeables a la fusión, terminó por entablar relación con el country, y como en una especie de mensaje subliminal, desde mi parlante la trompeta de Davis se descostilla escupiéndole en la cara sus dos notas más famosas, So what?


III

ERSATZ ULYSSES




            Domingo. Con todo lo que eso implica. Me despierto por un ruido que proviene de la cocina. La luz del sol me deja ciego y a pesar de mis intentos por cubrirme con la sábana que está desperdigada por el suelo para seguir durmiendo, logro abrir los ojos y me quedo mirando mi biblioteca, ese gran depósito de libros, discos, papeles con notas, monedas, alguna que otra botella vacía y todo tipo de accesorios de guitarra. Me quedo un rato mirándolos, y empiezo a clasificar con una palabra cada autor que veo,

            Borges, profeta (aunque bien podría ser “literatura”)
        Cortázar, bonsnob (me río sabiendo que el inesperado palíndromo lo hace aún mejor)
            Sassoon, poesía
            Rulfo, vox-populi (acá derrapo, pero es una conjunción, una idea)
            Pessoa, esquizofrénico
            Bloom, brontosaurio
            Kerouac, jazz
            Strindberg, multi-tasking
            Shelley, religión (Percy Bisshe)
            Tranströmer, sonámbulo
            Fitzgerald, overrated
            Proust, Funes
            Modiano, Funes-Mori
            Neruda, malacólogo
            Eliot, alfa
            Joyce, omega
            Sontag, iluminada
            Plath, suicida
            Camus, apático
            Bioy Casares, sombra
            Thomas, galés (Dylan)
            Salinger, pedófilo
            Rand, arrogante...
           
            Y ahí me detengo para ir a prepararme un té y volver con un papel y birome en mano. Vuelvo y sigo con la lista, hasta que llego a los cincuenta y empiezo a aburrirme. Ni bien la termino siento algo de culpa, pensando que son todos escritores que me gustan (excepto por Thomas Mann y Paul Bowles) y que, en mayor o menor medida, los admiré y me influenciaron. Me reconcilio con la idea de que sé que es algo para desacralizar la literatura, mi religión, y que debo estar bajo los efectos del Borges de Bioy, en una especie de borrachera o resaca de sus páginas.

            No me acuerdo bien qué hora era en ese entonces, ni tampoco recuerdo bien qué hice en todo ese tiempo que estuve en mi casa, antes de salir para ir a ver a Tim Berne en la Biblioteca Nacional. A partir del momento en que me puse a buscar los auriculares que detesto y no pude encontrar (y que posiblemente haya perdido el día anterior en lo de Agustín o en su auto), las imágenes se me vienen más claras a la mente. Salí caminando con los peores auriculares que existen, los del celular – que en su mejor calidad parecen sumergidos en agua, o como si los filtrase un pasa-bajos de esos bien baratos que se usan en la electrónica berreta –, con el abrigo en la mano porque hacía un calor insoportable. Yo no estaba del todo seguro si transpiraba por la fiebre o por la humedad, y los estornudos constantes no me ayudaban a descifrar el interrogante. Cuando alcanzo la escalera de la biblioteca, como con algunos lugares en los que se inscribe mi infancia, siento que buceo en una especie de cortina transparente, atemporal, en la que confluyen pasado y presente. En la explanada, rememoro, asistí a mi primer concierto de música. Uno de música clásica, paradójicamente. Por unos segundos me transporto a mi silla, desde donde veo a un cuarteto de cuerdas ejecutar fantasmas invisibles que me susurran cosas al oído, y no entiendo la relación entre eso y los aristogatos y quiero ser un gato-jazz, que era toda la música que conocía en aquel entonces. Mi memoria más palpable es el sonido de los violines, instrumento que volvería a arrellanarse en mis tímpanos con el arco de Mik Kaminski, celebrando la modernidad clásica de la Electric Light Orchestra doce años más tarde.

            Otra vez, Mauro llegó primero y está escondido detrás de uno de los pilares que sostienen ese edificio ceniciento y desagradable. La cola se parece al snake cuando ya tenés más de quinientos puntos y comenzás a vértelas complicadas con maniobrar para conseguir el objetivo. Me dice que no cree que entremos, que en el auditorio hay lugar para menos de doscientas personas, y que debe haber, fácil, cuatrocientas adelante, sin contar todos los que llegan y se acoplan a otros. Aparece Darío y nos ponemos a hablar de música, para variar. El Lollapalooza, la gente que lleva una guitarra al hombro para ver a un saxofonista (manga de ridículos...), historias de colas para recitales, y la infaltable anécdota de cómo consiguió que Mayer le firme su Fender, que ahora conserva encuadrada en su casa. No puede tocarla porque la estampa está justo en donde se apoya el brazo, y se corre el riesgo de que se pueda borrar. Mauro nos recuerda que él fue el héroe tras la prodigiosa hazaña.

            Cae Emi, el reloj marca las cinco y media y todavía no abren. Darío sugiere ir a Camping, y una vez que confirma que ya está abierto abandonamos la fila sin mirar atrás. En el camino, Mauro me dice que no le gustó Jack White. Me agarro la cabeza y le pregunto cómo eso puede ser posible. Intento convencerlo de todas las maneras que se me ocurren, pero mi fracaso es algo que, lo sabía, estaba escrito de antemano. Me conformo con tratar de explicárselo a Darío, hasta que llegamos a Camping. Pedimos cuatro cervezas y alguna cosa para comer, y ni bien nos sentamos Mauro mata la propuesta de ir al Palais de Glace a ver una película, alegando que ya es muy tarde y que nos va a pasar lo mismo que con Tim Berne. Darío me comenta que la cerveza es de trigo, y noto cierta similitud entre la bebida y el color del cielo. Empiezan a elegir la música, algo que permite el lugar entrando en su red, tres temas por día. Cuando suena My sweet lord, todos creemos que fue la de Mauro, que es fanático del beatle preferido por las minitas. Pero no, recién cuando entró Son of Sam en escena y se dibujó un brillo en sus ojos entendimos su decisión.

            Al rato aparece otro amigo de Mauro, Martín, y ahí despunta lo que más tarde nos iba a parecer una mini-odisea urbana. Me pido dos vasos de cerveza más, optando por la scottish, que es la única que quedaba. Leo en una descripción de la birra algo sobre siete colores, y por un momento me encuentro pescando con mi viejo en un lago, tirando un pececito a un tarro con agua, para luego devolverlo a su estanque una hora más tarde.

            Darío y Martín se habían levantado de la mesa y se encontraban apoyados contra el cristal de los balcones del Design. Emi me preguntaba de Europa y yo le contestaba como podía, sintiendo que estaba perdiendo un poco la conciencia de todo. Nos paramos para decidir qué hacer con los otros, y a falta del séptimo arte, vamos al Centro Cultural Recoleta, en donde había una exposición de Ásterix, el inexplicable milagro universal del noveno arte. Doy una vuelta alrededor, leyendo algunos de los textos impresos en los muros, y recuerdo que el nombre del bardo Asuranceturix quiere decir contra todo riesgo, un dato de color que le encantaba contar a Patricio. En el ala izquierda hay una exposición que lleva como título algo sobre la Odisea o Ulises, no me acuerdo cuál de los dos, pero eso me vale que Mauro me arrastre para ver un montón de fotos que no me producen nada en absoluto. A la derecha, otra colección de fotos sobre trenes e inmigrantes ilegales de Oaxaca, con el mismo efecto. Martín quiere volver a Camping, pero a mí se me ocurre que hay un Carlitos cerca y que no estaría nada mal comer un panqueque, con el hambre que tenemos.

            Hacemos tres cuadras, pasando por la iglesia Del Pilar, en donde se celebra la misa de Ramos – la entrada de Jesús en Jerusalén -, y un montón de oportunistas, para mi gusto, venden unos ramilletes que parecen exportados desde épocas ancestrales del Monte Olivo. Rosty, se lee el cartel pegado por encima del todavía legible Carlitos. Me acusan de versero, pero cuando llega la carta se tranquilizan al ver que sólo era un cambio de franquicia, o lo que sea. Le pedimos al mozo un cambio de mesa, y a un segundo de pedir todo, Mauro – usando como caballo de Troya a Martín – dispara, ¿Sale mezzettazo?  Acá voy a hacer un poco de mea culpa, porque mi emoción por debutar un lugar nuevo (sí, tampoco fui a la Mezzeta) me impulsó a hacer el violento mutis por el foro, dejando a Darío con la carta todavía en la mano. Nos alcanza a la media cuadra, mientras Martín aprovecha para comprarse un habano. Caminamos para buscar los autos estacionados, y ahí Mauro me sugiere que entrar a una misa en pedo debe ser una experiencia radical. Yo le digo que no me parece, que se me hace medio malflashero. Lo único de lo que me arrepiento de no ir más a misa es que está lleno de minitas, algo que no pasaba cuando era chico. Encima de todo, hacía de monaguillo en el altar. Le cuento de una vez en la que el cura nos preguntaba qué le pediríamos a Dios, y todos decían cosas como que no haya más pobres en el mundo, y toda esas idioteces que deberían tener de fondo Heal the world, y yo, que siempre había sido medio descontrolado y sarcástico, hice que toda la iglesia se riera en coro, después de pedir que la misa fuera más larga.

            CHE, VAMOS AL CEMENTERIO, grita Martín. Mauro y Darío lo secundan, en tanto que yo desde el fondo les digo que mejor no, que ya debe estar cerrado. Y efectivamente, Mauro sólo pudo presenciar el entierro de su romántica idea de revivir su capítulo joyceano del día. ¿Che, y qué onda las pizzas de la mezzeta, cómo es la masa?, le pregunto y veo como se muere de risa en mi cara. Nacho, olvidate, no vamos a la mezzeta. Sí, volvemos a Camping, que tiene milanesas, me asegura Martín, que dirige la caravana en medio de la feria hippie.

            Y así fue. Otra vez Camping. Milanesas, calabazas, choclos y cervezas. Ya es de noche, y el reloj marca las ocho y media. Vamos a buscar los autos, y en el trayecto les repito más de una vez que estoy como para salir corriendo por Libertador hasta Olleros ida y vuelta, pero que voy a dejarlo para otro día porque tengo la impresión de que voy a romper el jean haciendo esa boludez. Primero dejamos a Martín, que está estacionado en Agote. Después Mauro agarra su bolso del auto de Darío y le dice que se vuelve conmigo por Las Heras. Cuando pasamos bordeando la Biblioteca le digo que, a pesar de no haber visto a Tim Berne, el día estuvo increíble, tanto mejor que habiendo hecho lo planificado. Sí, contesta, ¿notaste que fue como una especie de Ulysses? Si mirases un mapa desde arriba y pudieses ver el trayecto que hicimos, con las paradas para la cerveza y el intento de entrar en el cementerio. Me parece una observación bastante acertada, le digo que sí y agrego, Imaginate lo que debe ser ir caminando totalmente ebrio por Buenos Aires, toda una noche, así como en el sueño de los héroes, hasta el amanecer, y tener una especie de epifanía, o no, y terminar fisurando como unos boludos. Tendríamos que hacerlo alguna vez, quizás en la despedida de soltero que nunca le hicimos al Negro. Por unos segundos, creo yo, nos sentimos un poco como Bloom y Stephen, intercambiando los papeles cada tanto, sin saberlo. No recuerdo bien cuál de los dos lo dijo, pero también estuvimos de acuerdo en que tuvimos nuestra dosis de jazz. A falta de Tim Berne, habíamos improvisado toda la jornada, dejándonos guiar únicamente por la intuición (y el alcohol, creo también). Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Te acordás de ese texto de jazz que escribí hace como dos años? No lo recordaba. Nada, un texto que está lleno de gomeadas, pero que tiene algunos pasajes o imágenes copadas, que es como una introducción al jazz. No, claramente no lo había leído. Bueno, quizás podría escribir dos textos más y hacer una especie de texto triple, en donde el primero sea algo más histórico o enciclopédico del jazz, un intento de describir como un diccionario del jazz. El segundo, se me ocurre, podría ser sobre la crónica que me pediste de Marsalis, que hable directamente sobre la experiencia de escuchar jazz en vivo, digamos, el jazz en su forma más pura. Y el tercero, creo que ya lo podés intuir, que sea esto, que es el jazz llevado a la vida cotidiana, la improvisación. No hace falta que cuente nada interesante, porque creo que nada de todo esto es interesante, pero sí algo improvisado. Me dice que le parece una idea interesante, pero que tendría que verla primero. Sí, la única parte que no me convence es la primera, que según Lautaro es la peor basura que escribí en mi vida, y él es el medidor. Me río al pronunciar la última palabra. Me dice que no le dé bola y se lo pase más tarde, y así como si nada cambiamos de tema y me pasa a contar la historia de In cold blood, hasta que llega el bondi y nos despedimos.

            Vuelvo a casa caminando, con un poco de resaca y el dolor de espalda en plena alborada. Me siento en la computadora y me pongo a escribir todo esto. Releo el primer texto y, sin lugar a dudas, siento que es de las peores cosas que hice en mi vida, pero que es innegablemente parte de ella, y que una persona no está compuesta sólo de lo que supone que son sus aciertos, y copio y pego, y cuando voy a apretar publish, un cartel, que bien podría ser mi inconsciente, me pregunta Are you sure? y sin pensarlo, esclavo de la escritura automática, clickeo Yes.          



Para vos, Mauritofoxh, que me lo andabas reclamando.

(Extracto de Diarios)

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