Sunday, July 9, 2017

A SU LADO, KLEIN







D'abord il n'ya rien, puis il y a un rien profond, ensuite il y a une profondeur bleue
GASTON BACHELARD


Rayando las cuatro nos bajamos en La Boca. Es una tarde plomiza, en la que el cielo parece alimentarse de las aguas del Riachuelo. Las casas de colores chillones y un mural de Quinquela me confirman la inmutabilidad del tiempo, y por unos segundos creo ver hombrecitos de óleo descargando los bultos en los astilleros ahora desiertos.

Ya en la entrada de la Fundación Proa los de seguridad nos prohiben el paso. Hay un desfile a propósito de la exposición, y recién dentro de una hora y media volverán a abrir las puertas. Un DJ prueba sonido a un costado, detrás de la pasarela. Nos vamos a caminar por Caminito, y lo único que me queda claro es que jamás dejé de tener razón respecto a mi convicción de su puesta en escena de un cadáver disecado de los conventillos. El desgaste de la pintura en las paredes y las ventanas parece fríamente calculado. 

Volvemos para el museo, que entre tanto se llenó de curiosos. Una canción que no puedo terminar de reconocer, e irrumpen los sintetizadores siderales de Vuelta por el universo. Unos minutos más y un ejército de alumnos de la carrera de diseño de la UBA comienzan su marcha sobre las tablas. Jamás había visto uno, así que me dejo llevar por la curiosidad de la inexperiencia. Cuatro colores permitidos únicamente: blanco, negro, azul y un rojo medio anaranjado. Recuerdo cuatro proposiciones también: los manteles apretados (podría llamarlos clásicos, también), los judokas, las mariposas con alas de bolsas no reciclables y, mis favoritas, las orugas. Las últimas agregaban un condimento extra con su danza contorno-psicodélica. Para cuando acabó, no entendía nada. La respuesta, naturalmente, estaba dentro del museo.

Yves Klein. Retrospectiva.

En el primer salón hay una cronología del artista nacido en Niza. Una pared entera está casi exclusivamente dedicada a su formación en el judo, arte en el que alcanzó el cuarto dan en Japón. Las demás están destinadas a modo de breve introducción a su obra.
Sala 1. Etapa inicial, los monocromos. Cuadros de tela pintados de un solo color y una bola azul que pende del techo sobre un arenero del mismo tono. Me acerco para contemplar el relieve, que oscila entre rugoso, rocoso desértico, y cuando los ojos lo permiten, lunar. No comprendo, contemplo.

Doblando a la derecha, el salón de los bonsai de esponja, las antropometrías y dos esculturas de un azulado intenso. Las segundas son las que más saben llamar mi atención. Tienen algo de rupestre, como si entre el vacío dejado por las formas del torso de mujeres se pudiera reconstruir el resto de su geometría. En un cuartito anexo se proyecta un video con Klein de frac y sus modelos embadurnadas en pintura azul apoyándose sobre el lienzo. En otro plano, estos pinceles vivientes se enrollan en el papel o luchan entre sí, brindándole dinamismo y emoción a la obra.

Pienso en el por qué de ese color, el IKB (International Klein Blue), al cual registró para la posteridad. Como es francés, ensayo una respuesta subdisiaria ligada al símbolo de la libertad de la bandera tricolor. Quiero definir su tonalidad, o asociarla a alguna ya conocida. No, no es eléctrico, pero sus propiedades sensoriales transmiten una fuerte descarga por medio de la luz.

Sala 3, la de las denominadas peintures de feu. Hay fotos donde se ve al artista con unos lanzallamas, abrasando un cartón. El resultado, cuadros de un tono dorado u amarillo tostado, con manchas de azul y rojo, o, dándole mayor unidad a sus trabajos, con alguna antropometría. Pero Yves Klein no se limitaba a las obras descriptas, cenizas de su arte. En una vitrina se podían apreciar unos lingotes de oro y una chequera, leyéndose por encima lo efímero de lo que él gustaba llamar zonas de sensibilidad pictórica inmaterial. Denys Riout lo explica sucintamente:

Para introducir las obras inmateriales en un mercado de arte que confiere un reconocimiento simbólico, el artista prepara recibos reunidos en talonarios con resguardo. Establece igualmente “reglas rituales” que presiden la transacción y destinadas a evitar toda confusión entre la obra propiamente dicha, inmaterial, y el recibo entregado al comprador. Las “zonas de sensibilidad pictórica inmaterial” están agrupadas en siete series cuyo valor se escalona de 20 a 1280 gramos de oro por una zona. Que quede claro: el comprador puede conservar su recibo, pero se le advierte que en ese caso, y por más que sea propietario de la zona adquirida, “todo el auténtico valor inmaterial de la obra” se le escapa. Para que el “valor fundamental de la zona le pertenezca de forma definitiva”, debe “quemar solemnemente su recibo”. Ninguna huella entonces, si no es la de su nombre en el resguardo de un talonario y el recuerdo inscripto tanto en su memoria como en la de los testigos exigidos por el ceremonial de la sesión. Por otra parte, la regla lo precisa sin ambigüedad, mientras que el adquirente quema su recibo, Klein debe arrojar en un lugar donde nadie podrá recuperarlo, la mitad del oro recibido en pago por la zona considerada. Poco antes de su desaparición brutal, cumple ese rito tres veces, a la sombra de la catedral Notre-Dame de París, a orillas del Sena, donde arroja el oro. Su amigo Claude Pascal, Dino Buzzatti y un guionista norteamericano, Michael Blankfort, en esta ocasión quemaron sus recibos.

Me quedo pasmado mientras leo este pasaje en el libro que publicita la Fundación Proa en las sillas de la librería. Sin dudarlo demasiado, lo compro y salimos del museo.

Afuera, tengo la sensación de lo extraño. Así le digo a esa impresión indescriptible que me embarga cada vez que veo algo que me impresiona pero que no puedo encontrar la forma de manifestar el efecto ni las consecuencias a futuro que pueda tener en mí. Aude me dice que, en retrospectiva, ahora sí le encuentra más sentido al desfile de hace una hora, especialmente a los globos azules que lanzaron al cielo tras finalizar la puesta. Sí, fue una reconstrucción de su escultura aérea. Y mientras me deshago la cabeza pensando en el por qué del azul, entre la sinfonía monocroma del silencio que cae con la noche, mis oídos perciben una voz que canta desde ninguna parte

Planet Earth is blue and there's nothing I can do.

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