D'abord il n'ya rien, puis il y a un rien profond, ensuite il y a
une profondeur bleue
GASTON BACHELARD
Rayando las cuatro nos bajamos en La Boca. Es una tarde plomiza, en
la que el cielo parece alimentarse de las aguas del Riachuelo. Las
casas de colores chillones y un mural de Quinquela me confirman la
inmutabilidad del tiempo, y por unos segundos creo ver hombrecitos de
óleo descargando los bultos en los astilleros ahora desiertos.
Ya en la entrada de la Fundación Proa los de seguridad nos prohiben
el paso. Hay un desfile a propósito de la exposición, y recién
dentro de una hora y media volverán a abrir las puertas. Un DJ
prueba sonido a un costado, detrás de la pasarela. Nos vamos a
caminar por Caminito, y lo único que me queda claro es que jamás
dejé de tener razón respecto a mi convicción de su puesta en
escena de un cadáver disecado de los conventillos. El desgaste de la
pintura en las paredes y las ventanas parece fríamente calculado.
Volvemos para el museo, que entre tanto se llenó de curiosos. Una
canción que no puedo terminar de reconocer, e irrumpen los
sintetizadores siderales de Vuelta por el universo.
Unos minutos más y un ejército de alumnos de la carrera de diseño
de la UBA comienzan su marcha sobre las tablas. Jamás había visto
uno, así que me dejo llevar por la curiosidad de la inexperiencia.
Cuatro colores permitidos únicamente: blanco, negro, azul y un rojo
medio anaranjado. Recuerdo cuatro proposiciones también: los
manteles apretados
(podría llamarlos clásicos,
también), los judokas, las mariposas con alas de bolsas no
reciclables y, mis favoritas, las orugas. Las últimas agregaban un
condimento extra con su danza contorno-psicodélica. Para cuando
acabó, no entendía nada. La respuesta, naturalmente, estaba dentro
del museo.
Yves Klein.
Retrospectiva.
En el primer salón hay una
cronología del artista nacido en Niza. Una pared entera está casi
exclusivamente dedicada a su formación en el judo, arte en el que
alcanzó el cuarto dan en Japón. Las demás están destinadas a modo
de breve introducción a su obra.
Sala 1. Etapa inicial, los
monocromos. Cuadros de tela pintados de un solo color y una bola azul
que pende del techo sobre un arenero del mismo tono. Me acerco para
contemplar el relieve, que oscila entre rugoso, rocoso desértico, y
cuando los ojos lo permiten, lunar. No comprendo, contemplo.
Doblando a la derecha, el salón de
los bonsai de esponja, las antropometrías y dos esculturas de un
azulado intenso. Las segundas son las que más saben llamar mi
atención. Tienen algo de rupestre, como si entre el vacío dejado
por las formas del torso de mujeres se pudiera reconstruir el resto
de su geometría. En un cuartito anexo se proyecta un video con Klein
de frac y sus modelos embadurnadas en pintura azul apoyándose sobre
el lienzo. En otro plano, estos pinceles vivientes
se enrollan en el papel o luchan entre sí, brindándole dinamismo y
emoción a la obra.
Pienso en el por qué de ese color,
el IKB (International Klein Blue), al cual registró para la
posteridad. Como es francés, ensayo una respuesta subdisiaria ligada
al símbolo de la libertad de la bandera tricolor. Quiero definir su
tonalidad, o asociarla a alguna ya conocida. No, no es eléctrico,
pero sus propiedades sensoriales transmiten una fuerte descarga por
medio de la luz.
Sala 3, la de las denominadas
peintures de feu. Hay
fotos donde se ve al artista con unos lanzallamas, abrasando un
cartón. El resultado, cuadros de un tono dorado u amarillo tostado,
con manchas de azul y rojo, o, dándole mayor unidad a sus trabajos,
con alguna antropometría. Pero Yves Klein no se limitaba a las obras
descriptas, cenizas de su arte. En una vitrina se podían apreciar
unos lingotes de oro y una chequera, leyéndose por encima lo efímero de lo que él gustaba llamar zonas de
sensibilidad pictórica inmaterial.
Denys Riout lo explica sucintamente:
Para
introducir las obras inmateriales en un mercado de arte que confiere
un reconocimiento simbólico, el artista prepara recibos reunidos en
talonarios con resguardo. Establece igualmente “reglas rituales”
que presiden la transacción y destinadas a evitar toda confusión
entre la obra propiamente dicha, inmaterial, y el recibo entregado al
comprador. Las “zonas de sensibilidad pictórica inmaterial”
están agrupadas en siete series cuyo valor se escalona de 20 a 1280
gramos de oro por una zona. Que quede claro: el comprador puede
conservar su recibo, pero se le advierte que en ese caso, y por más
que sea propietario de la zona adquirida, “todo el auténtico valor
inmaterial de la obra” se le escapa. Para que el “valor
fundamental de la zona le pertenezca de forma definitiva”, debe
“quemar solemnemente su recibo”. Ninguna huella entonces, si no
es la de su nombre en el resguardo de un talonario y el recuerdo
inscripto tanto en su memoria como en la de los testigos exigidos por
el ceremonial de la sesión. Por otra parte, la regla lo precisa sin
ambigüedad, mientras que el adquirente quema su recibo, Klein debe
arrojar en un lugar donde nadie podrá recuperarlo, la mitad del oro
recibido en pago por la zona considerada. Poco antes de su
desaparición brutal, cumple ese rito tres veces, a la sombra de la
catedral Notre-Dame de París, a orillas del Sena, donde arroja el
oro. Su amigo Claude Pascal, Dino Buzzatti y un guionista
norteamericano, Michael Blankfort, en esta ocasión quemaron sus
recibos.
Me quedo pasmado mientras leo este
pasaje en el libro que publicita la Fundación Proa en las sillas de
la librería. Sin dudarlo demasiado, lo compro y salimos del museo.
Afuera, tengo la sensación de lo
extraño. Así le digo a esa impresión indescriptible que me embarga
cada vez que veo algo que me impresiona pero que no puedo encontrar
la forma de manifestar el efecto ni las consecuencias a futuro que
pueda tener en mí. Aude me dice que, en retrospectiva, ahora sí le
encuentra más sentido al desfile de hace una hora, especialmente a
los globos azules que lanzaron al cielo tras finalizar la puesta. Sí,
fue una reconstrucción de su escultura aérea. Y mientras me deshago
la cabeza pensando en el por qué del azul, entre la sinfonía
monocroma del silencio que cae con la noche, mis oídos perciben una
voz que canta desde ninguna parte
Planet Earth is blue and there's nothing I can do.

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