Cuando crucé Bélice de punta
a punta
partiendo de Flores hacia Tulum
me encontré con un paisaje
desolador:
el cielo, una cartulina celeste
con manchas de cal,
junto con las casas de madera
color pastel
parecían el set tercermundista
del Gran Hotel Budapest.
A cada momento tenía la
impresión
de que todo iba a volar por los
aires
arrastrado por un viento
huracanado.
Ya veía las astillas y los
clavos levantándose en retirada
mientras disparaba la moneda
octogonal para probar suerte,
cuando a la vera del asfalto
mis ojos se vieron cautivados
por una procesión que buscaba
un lugar entre las tumbas
para que un alma pudiera
refugiarse en la ciudad de los muertos.
Lo extraño era que allí no se levantaban muros ni cercas
entre un mundo y el otro. Dios
los había abandonado.
(O será que no le habrá hecho falta trazar
una frontera entre la vida y la
muerte).
(Fragmento de Diarios)
No comments:
Post a Comment