Bajo
el cielo turquesa, la niña saltaba. Su piel era negra, porque ese es
el color de los hombres y las mujeres que han aprendido a vencer al
sol.
La
niña saltaba y, al elevarse, su figura pintaba una sombra sobre el
campo de hebras doradas. Carecía de nombre, porque un nombre la
habría hecho esclava del tiempo, y ella era libre: no tenía
antecesores ni sucesores.
La
niña saltaba y, cuando sus pies tocaban el suelo, desataba pequeñas
explosiones de polvo. Ella reía y, cuando la niebla se disipaba, sus
ojos traviesos buscaban algún otro hongo. Entonces volaba y, al
aplastarlo, la magia se liberaba.
Estuvo
quizás una vida jugando. Fue entonces cuando alzó la mirada y
descubrió la soledad del cielo turquesa y el sol incansable. Los
invitó a jugar, pero ellos no podían bajar.
“El
cielo y el sol están muy solos” pensó, y se entristeció. Ella
tenía un mundo infinito lleno de hongos, de todas las formas y
colores, y ellos no tenían nada. “Es injusto” se dijo y se
sentó.
Pero
la decepción se le pasó al instante, porque mientras contemplaba el
paraíso que tanto anhelaba compartir, se le ocurrió una idea. Se
levantó, tomó carrera y, con su objetivo ya señalado, corrió.
Corrió
a toda velocidad, como nunca había corrido antes, y saltó.
Saltó
tan alto que por primera vez sintió el calor. Por un momento,
permaneció suspendida en el aire y, desde allá arriba, pudo ver el
principio y el final de su hermoso campo dorado.
Aterrizó
con ambos pies sobre un hongo gigante y lo hundió hasta el fondo,
con la fuerza de su inquebrantable deseo. Levantó una polvareda
asombrosa, un mar de partículas minúsculas que se fueron a
depositar sobre el cielo, una al lado de la otra, dibujando los
cuerpos cambiantes de incontables criaturas mitológicas. El cielo,
el sol y la niña se divirtieron un largo rato (una eternidad, creo
yo) inventándoles una historia a cada uno de esos animales
inexistentes, que ahora tenían vida. Finalmente, el sol se apagó,
el cielo oscureció y la niña se durmió.
Cuando
despertó, las nubes seguían allí.
Escrito por Lautaro Fichter, que jamás dejó de leer y aconsejarme desde que nos sentábamos a dibujar historietas y escribir letras de canciones que nunca van a sonar

No comments:
Post a Comment