Monday, July 24, 2017

FÁBULA DE ALGODÓN








Bajo el cielo turquesa, la niña saltaba. Su piel era negra, porque ese es el color de los hombres y las mujeres que han aprendido a vencer al sol.
La niña saltaba y, al elevarse, su figura pintaba una sombra sobre el campo de hebras doradas. Carecía de nombre, porque un nombre la habría hecho esclava del tiempo, y ella era libre: no tenía antecesores ni sucesores.
La niña saltaba y, cuando sus pies tocaban el suelo, desataba pequeñas explosiones de polvo. Ella reía y, cuando la niebla se disipaba, sus ojos traviesos buscaban algún otro hongo. Entonces volaba y, al aplastarlo, la magia se liberaba.
Estuvo quizás una vida jugando. Fue entonces cuando alzó la mirada y descubrió la soledad del cielo turquesa y el sol incansable. Los invitó a jugar, pero ellos no podían bajar.
“El cielo y el sol están muy solos” pensó, y se entristeció. Ella tenía un mundo infinito lleno de hongos, de todas las formas y colores, y ellos no tenían nada. “Es injusto” se dijo y se sentó.
Pero la decepción se le pasó al instante, porque mientras contemplaba el paraíso que tanto anhelaba compartir, se le ocurrió una idea. Se levantó, tomó carrera y, con su objetivo ya señalado, corrió.
Corrió a toda velocidad, como nunca había corrido antes, y saltó.
Saltó tan alto que por primera vez sintió el calor. Por un momento, permaneció suspendida en el aire y, desde allá arriba, pudo ver el principio y el final de su hermoso campo dorado.
Aterrizó con ambos pies sobre un hongo gigante y lo hundió hasta el fondo, con la fuerza de su inquebrantable deseo. Levantó una polvareda asombrosa, un mar de partículas minúsculas que se fueron a depositar sobre el cielo, una al lado de la otra, dibujando los cuerpos cambiantes de incontables criaturas mitológicas. El cielo, el sol y la niña se divirtieron un largo rato (una eternidad, creo yo) inventándoles una historia a cada uno de esos animales inexistentes, que ahora tenían vida. Finalmente, el sol se apagó, el cielo oscureció y la niña se durmió.
Cuando despertó, las nubes seguían allí.




Escrito por Lautaro Fichter, que jamás dejó de leer y aconsejarme desde que nos sentábamos a dibujar historietas y escribir letras de canciones que nunca van a sonar

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