Sunday, July 16, 2017

LES CENT-JOURS DE MICHEL







Soldats, visez droit au coeur

Muchos días después, frente al pelotón de fusilamiento, el mariscal Ney habría de recordar aquella tarde remota en que no ejecutó la encomienda del rey. Si bien había prometido trasladarlo en una jaula de hierro, la orden jamás llegó a darse, como si las palabras fueran impronunciables, o bien la tinta de la historia no hubiera querido grabarse en caracteres bermellón sobre el pecho de quien fuera desterrado. Entre uno y otro instante existía un océano de distancia, abarcable también en un abrir y cerrar de ojos del destino. En todo ese tiempo había intentado recobrar glorias pasadas, aquellas que le habían valido el nombre de le Brave des braves. Sólo cuando supo que todo estaba perdido, cargó una y otra vez por los campos de Waterloo al acecho de su propia sombra, mas todos quienes lo observaron galopando se sorprendieron de que, a pesar de su ciega persistencia, nunca la encontró. Ella, simplemente, parecía entretenerse postergando la hora señalada. Inútilmente se había infiltrado durante su juicio, alegando que no podía ser juzgado por el tribunal galo. Pero él, siempre haciendo eco a su honor, protestó contra ello: era francés y jamás dejaría de serlo. Ahora, rehusándose a vendarse los ojos, divisaba entre sus botas la mancha imborrable de su pasado derramándose como sangre por debajo de sus pies. Levantó la vista y dijo sus últimas palabras, he peleado cientos de batallas por Francia, pero ninguna contra ella, y sólo entonces, de su boca brotaron las palabras mudas de aquella tarde y las balas ya no fueron invisibles.

En las cercanías de los Jardines de Luxemburgo sonó el silencio de los disparos. Había dado la orden.

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