Soldats,
visez droit au coeur
Muchos
días después, frente al pelotón de fusilamiento, el mariscal Ney
habría de recordar aquella tarde remota en que no ejecutó la
encomienda del rey. Si bien había prometido trasladarlo en una jaula
de hierro, la orden jamás llegó a darse, como si las palabras
fueran impronunciables, o bien la tinta de la historia no hubiera
querido grabarse en caracteres bermellón sobre el pecho de quien
fuera desterrado. Entre uno y otro instante existía un océano de
distancia, abarcable también en un abrir y cerrar de ojos del
destino. En todo ese tiempo había intentado recobrar glorias
pasadas, aquellas que le habían valido el nombre de le Brave des
braves. Sólo cuando supo que
todo estaba perdido, cargó una y otra vez por los campos de Waterloo
al acecho de su propia sombra, mas todos quienes lo observaron
galopando se sorprendieron de que, a pesar de su ciega persistencia,
nunca la encontró. Ella, simplemente, parecía entretenerse
postergando la hora señalada. Inútilmente se había infiltrado
durante su juicio, alegando que no podía ser juzgado por el tribunal
galo. Pero él, siempre haciendo eco a su honor, protestó contra
ello: era francés y jamás dejaría de serlo. Ahora, rehusándose a
vendarse los ojos, divisaba entre sus botas la mancha imborrable de
su pasado derramándose como sangre por debajo de sus pies. Levantó
la vista y dijo sus últimas palabras, he peleado cientos
de batallas por Francia, pero ninguna contra ella,
y sólo entonces, de su boca brotaron las palabras mudas de aquella
tarde y las balas ya no fueron invisibles.
En
las cercanías de los Jardines de Luxemburgo sonó el silencio de los
disparos. Había dado la orden.

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