Es
la primera exposición de Diane Arbus en Argentina. Son
fotos del principio de su carrera. Yo la conocí por el libro de
Sontag, quien le dedicó gran parte del segundo ensayo. Recuerdo
haber googleado algunas de sus retratos más famosos, grabándoseme
en la retina el chico con la granada de juguete en la mano.
La
instalación en el Malba es pobre en textos explicativos. Aportan
poco y nada, lo que supone un reto más interesante, un encuentro
cara a cara con ese caleidoscopio en donde bailan pequeños cuadrados
de gelatina de plata. Una sala común y corriente desemboca en otra
aún más grande y oscura, diseminada por grises columnas de durlock desde donde penden los cuadros como frutos prohibidos de ese gran
bosque de piedra. No hay indicaciones de cómo recorrerlo. Sin otro
hilo que la intuición, uno debe sustraerse de sí mismo y merodear
cual fantasma entre claroscuros, recolectando ese universo
neoyorquino que sólo es visible por un ojo entrenado para develar el
misterio de todo lo que vemos sin mirar. Transformistas, artistas
circenses, locos, hombres y mujeres de distintas edades y estratos
sociales, freaks, niños que apuntan con su inocencia a la cámara. Y
un charco de agua. Esa mancha que no es otra cosa que un espejo de
nuestra propia existencia. Percibo el ruido de la lluvia.
Entre
mis pasos secos explota un relámpago: el jardinero corrido, una
remera cubierta de escudos que parecen medallas de guerra, la
expresión desorbitada en los ojos y la quijada rígida, una mano que
parece estrangular la realidad y la otra con una manzana podrida. El
chico de la granada. Lo tengo frente a mí, una guerra fría de
miradas. Hay fotos que saben captar un momento, una época, y ésta,
mejor que ninguna, parece reflejar la sociedad de su tiempo.
En
la salida del laberinto, aguardan los minotauros: nueve de los diez
retratos que conforman el portfolio de Arbus. Un fotógrafo se
desvive por explicarle a su pareja cómo utilizó la lente para sacar
tal o cual foto, y deshilvanando su conversación me golpeo con la luz del final. Estoy afuera otra vez, pero al fondo del pasillo el muro
sólo habla de principios.
(Extracto de Diarios)
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