Esa fue la pregunta que me hice cuando encontré entre los libros de
poesía una antología de autores daneses contemporáneos. El título,
como una magdalena de Proust, reprodujo un verso de Pierre Kemp que,
como Nooteboom, jamás podré olvidar: la noche huele a gente de pelo negro. Su sencillez es
un secreto que suelo compartir con los que me preguntan por algún
verso que valga la pena. El año pasado tuve la sensación de haber
aspirado una tarde de Bruselas, y si bien me pareció pretencioso
transcribirlo así, fue la forma más fiel de ponerlo en palabras.
Así, mi sentido de pertenencia me
obligó a comprar esa colección de fantasmas garabateados por los
hijos modernos de Hamlet, aunque en el fondo me acosa una necesidad
de volver a la lírica. En el último tiempo me conformé anotando en
el celular algunos proto-poemas que oscilan entre el pareado y el
quinteto.
El Guernica de Valparaíso
(Mejor conocido como el Biomuseo)
Cosas de ese estilo, que cada tanto
tengo la suerte de arrancárselas a la rutina como la sortija de la
calesita, para dar otra vuelta más. A veces, llegan todos de un
tirón y la mutilación estética te obsequia una prolongada
introspección
Suelo pensar que todos los días
Escribo una y otra vez lo mismo
Como el puente de Giverny
Excepto que uso los colores del atardecer
Para retratar un mañana
O una impresión dilatada por los
años que jamás pude expresar hasta ese momento
Me resulta imposible determinar
Si La Paz es, en su hora más oscura,
Un incendio inextinguible
O una mina de oro que se esfumará
Con los primeros rayos del alba
No me guío tanto por el sentido poético, ni si me genera esa
pregunta retórica que implica adentrarse en los jardines prohibidos
del significado de las cosas. Hace mucho tiempo renuncié a todo eso,
cuando las palabras ya no brillaban con la misma intensidad que los
atardeceres en mi cabeza y lo último en lo que podía pensar era en
sumergirme otra vez en ese océano vacío que alguna vez habían sido
mis sagradas escrituras, la poesía. Quizás haya sido el tiempo,
quizás haya sido yo, o una combinación de ambas. Ya no había
solipsismo, sólo verso puro. Los auriculares lo sintetizaron en la
vuelta a casa, I'm tired of watchin' all the flowers turn to
stone.
Entre las páginas de la antología descubrí a Michael Strunge con
su sol de plástico y su máquina de la noche. Libre de
lo absoluto, el brote quebró la piedra y emergió una nueva flor.
Son apenas cinco poemas y una breve introducción biográfica. Murió
joven, como los grandes poetas, víctima de su propia imaginación.
Antes de saltar por la ventana, le dictó a su novia el verso final.
No estaba equivocado,
(cierro mis alas)
él pudo volar.

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