Tuesday, June 27, 2017

POR QUÉ COPENHAGUE HUELE A PARÍS






Esa fue la pregunta que me hice cuando encontré entre los libros de poesía una antología de autores daneses contemporáneos. El título, como una magdalena de Proust, reprodujo un verso de Pierre Kemp que, como Nooteboom, jamás podré olvidar: la noche huele a gente de pelo negro. Su sencillez es un secreto que suelo compartir con los que me preguntan por algún verso que valga la pena. El año pasado tuve la sensación de haber aspirado una tarde de Bruselas, y si bien me pareció pretencioso transcribirlo así, fue la forma más fiel de ponerlo en palabras.

Así, mi sentido de pertenencia me obligó a comprar esa colección de fantasmas garabateados por los hijos modernos de Hamlet, aunque en el fondo me acosa una necesidad de volver a la lírica. En el último tiempo me conformé anotando en el celular algunos proto-poemas que oscilan entre el pareado y el quinteto.

El Guernica de Valparaíso
(Mejor conocido como el Biomuseo)

Cosas de ese estilo, que cada tanto tengo la suerte de arrancárselas a la rutina como la sortija de la calesita, para dar otra vuelta más. A veces, llegan todos de un tirón y la mutilación estética te obsequia una prolongada introspección

Suelo pensar que todos los días
Escribo una y otra vez lo mismo
Como el puente de Giverny
Excepto que uso los colores del atardecer
Para retratar un mañana

O una impresión dilatada por los años que jamás pude expresar hasta ese momento

Me resulta imposible determinar
Si La Paz es, en su hora más oscura,
Un incendio inextinguible
O una mina de oro que se esfumará
Con los primeros rayos del alba

No me guío tanto por el sentido poético, ni si me genera esa pregunta retórica que implica adentrarse en los jardines prohibidos del significado de las cosas. Hace mucho tiempo renuncié a todo eso, cuando las palabras ya no brillaban con la misma intensidad que los atardeceres en mi cabeza y lo último en lo que podía pensar era en sumergirme otra vez en ese océano vacío que alguna vez habían sido mis sagradas escrituras, la poesía. Quizás haya sido el tiempo, quizás haya sido yo, o una combinación de ambas. Ya no había solipsismo, sólo verso puro. Los auriculares lo sintetizaron en la vuelta a casa, I'm tired of watchin' all the flowers turn to stone.

Entre las páginas de la antología descubrí a Michael Strunge con su sol de plástico y su máquina de la noche. Libre de lo absoluto, el brote quebró la piedra y emergió una nueva flor. Son apenas cinco poemas y una breve introducción biográfica. Murió joven, como los grandes poetas, víctima de su propia imaginación. Antes de saltar por la ventana, le dictó a su novia el verso final. No estaba equivocado,
(cierro mis alas)
él pudo volar.  

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