Monday, September 28, 2015

MAUERSPECHT







            A las pocas horas de llegar a Berlín, caía el velo de la noche sobre la estación de Warschauer. Bajamos del tren sin saber del todo en donde estábamos, siguiendo a un chico turco que habíamos conocido en el hostel hacía apenas un rato. Nos dijo que se juntaba con unos amigos, y no nos quedó otra opción que ir a buscar un supermercado para comprar unas cervezas y ver qué nos ofrecía el destino esta vez.

            Dimos un par de vueltas por las góndolas, intentando elegir alguna de las treinta posibilidades con las que contábamos. Me decidí por una negra, pagué sin esperar al resto, y me fui a sentar afuera. A los pocos minutos brindábamos por nuestro arribo a la capital alemana, todavía suspendidos en esa sensación de euforia controlada. El misterio de la ciudad más fascinante del siglo XX se percibía en el aire, infiltrándose en los pulmones como largas, pesadas bocanadas de humo. Un sueño hecho de escombros.

            Bebimos durante media hora en esas escaleras, hasta que la gente decidió dispersarse y nos sentimos obligados a seguir a un grupo de berlineses que iban en dirección a la estación. Nos separamos en donde estaban los puestos de comida, y bajamos por Warschauer hasta Stralauer Alle, hipnotizados por el reflejo de neón azul de la torre de Universal. Alguien lo dijo, ¿quieren ver el muro?  Cruzamos la calle y bordeamos el Spree directo hacia la East Side Gallery. A medida que nos acercábamos, una inmensa pared cubierta de grafitis se levantaba serpenteado el río hasta perderse en la distancia.

            En ese momento, se me cruzaron un sinnúmero de recuerdos en la cabeza. Desde esa primera vez en que me contaron que mi tía Connie se había robado un pedazo del muro, las clases de geografía de tercer año sobre su levantamiento y caída, las películas y documentales que intentaron condensar en unas pocas horas veintiocho años de historia, las impresiones de personas que ya lo habían visto, hasta la famosa Mr Gorbachev, tear down this wall del nunca olvidado actor presidente.

            De golpe, como la realidad misma, lo tenía frente a mí. Me choqué con una bandera alemana que tenía tatuada una estrella de David encima, la marca imborrable de una nación cegada de orgullo y poder. A unos pocos pasos, quizás la imagen más llamativa de toda la galería, el estrambótico beso: dos políticos viejos, arrugados, medio calvos, fundiéndose en un pasional cuadro de amor por la paz – o bien haciéndose respiración boca a boca, en un intento por sobrevivir a lo inevitable.

            Así, la cinta de concreto iba revelando diapositiva a diapositiva una película de poco más de un kilómetro y medio de extensión, que no pudimos terminar de ver como consecuencia del gélido viento que había empezado a soplar. Teníamos todavía una semana para recorrer la ciudad, no había razón para apurarse a ver todo en la primera noche.

            Dos estaciones de tren más tarde, volvíamos a la habitación del hostel. Más allá de algunas fotos y el haber posado mis manos tímidamente sobre su superficie, no había tomado dimensión del impacto que el muro había tenido en mí. Nuestro primer encuentro había sido lo que es el volver a ver a un amor del pasado; uno de esos actos que se ensayan con antelación mil y un veces en la cabeza, tan sólo para que al suceder nada resulte del modo en que fue planeado. Sencillamente, no había estado a la altura de mis expectativas. Sólo con el correr de los días descubriría la verdadera Berlín, esa ciudad que sabe seducir a fuego lento, segura de que no conquista tanto por su apariencia como por su carácter, y que en cuanto menos uno lo espera, se encuentra completamente perdido en su ruinoso encanto disfrazado de futurismo trash.

Saturday, September 26, 2015

MÉNAGE À TROIS






I

HÖTORGSKONST


            Todo volvió a la normalidad. Esa fue la frase de la semana, y de tanto que la repitieron, algo de ella acabó por tener efecto en mí. Cada vez que me acercaba a atender el teléfono, leía el cartel que Lucas había pegado en su escritorio con esa leyenda, y me agarraban unas ganas casi irreprimibles de romperlo. No entendía muy bien por qué. La realidad es que no me importa mucho el fútbol, pero había algo en esa frase hecha que me irritaba. El día a día me lo fue enseñando, y yo lo pude percibir paulatinamente, como quien acostumbra sus ojos a la oscuridad. Me estaba hablando directamente a mí: la rutina se había reinstalado.

            En las primeras semanas, me sentía un completo extraño. No comprendía bien mi posición en el mundo. La transición de turista a lugareño no se produjo de manera inmediata, hubo todo un proceso de por medio. Hoy en día, ya recuperé algunas de mis peores costumbres, a saber: encender la tele y dejarla en mute, como si fuese una pintura cinética para distraerse mientras uno lee, escribe, o intenta componer algo en la guitarra; practicar compulsivamente lo que los japoneses llaman tsundoku – comprar libros para apilarlos y, eventualmente, tener la intención de leerlos -; dar quinientas vueltas antes de sentarme a hacer lo que tengo que hacer, o bien aplicar la máxima de Spinetta, mañana es mejor; y así hasta concluir en que tan sólo basta un mes para que se vuelva a caer en esa comodidad que uno se había propuesto eliminar de su vida.

            Incluso lo que escribo se me hace como una de esas pinturas de paisajes urbanos que se venden en las ferias, que parecen hechas en serie para ser vendidas a los turistas de Plaza Francia. Como Jung, sigo anotando en mi libro rojo ideas, imágenes o impresiones que tengo a diario, y cada tanto las leo para ver si se me ocurre algo nuevo que contar. Ocasionalmente, todavía me acompleja un poco sentirme plano. Cuando todavía estaba en la secundaria, con Mauro habíamos hecho un parcial de psicología sobre la memoria, y habíamos comparado a la mente con una corriente de agua, algo que, como ya dijo Heráclito, está en constante cambio, renovándose en un fino tándem con el tiempo. Sólo al sumergirse en ella, uno podía impregnarse de conocimientos. Con la vuelta a casa, quizás por una mera coincidencia estacionaria, encontré el río congelado. No me importó mucho, sinceramente. Si hay algo que aprendí con el paso de los años, es que la escritura tiene un proceso similar al de las viejas fotografías: un disparo mudo, que sólo se revela con la tinta.

            Así, no me cabe la menor duda de que a futuro pueda sentarme a poner en palabras todo lo que pasó en esos treinta y cinco días de estar a la deriva, sin pensar demasiado en todo lo que hacía, dejándome llevar por la intuición, como cuando uno intenta traducir del silencio una melodía. Lo cierto es que lo mío no es un talento natural, como sí creo que lo es el toque que Manu tiene para la cocina, o el ojo de Agus para la fotografía. Requiere esfuerzo, dedicación, horas de revolverme la cabeza para sacar a la luz un poco de todo ese caleidoscopio abstracto que no para de girar. También tiene mucho que ver el timing, esa descarga de adrenalina que me recorre el cuerpo cuando veo algo que me inspira, como cuando me choqué con la imagen titulada Ménilmontant, y por debajo un hombre negro vestido de hechicero de una tribu africana desconocida, una especie de Melquíades que andaba merodeando, accidentalmente, por las calles de París.


Saturday, September 5, 2015

GOBBLEDIGOOK




I


            Otra tarde lejos de casa, arrastrando una existencia que es ajena al tiempo. Dejamos las bicicletas contra unas rejas fuera del parque y caminamos hasta encontrar un lugar cerca de los pequeños lagos que nunca se aburren de calcar el mundo que los rodea. Yo no me asomo por miedo a que se apodere de mí. Algo me dice que lo mejor que puedo hacer es recostarme en el pasto y dejar que todo pase. Nos miramos un poco, sin hablar, y comprendemos ese pacto de silencio que sólo se permiten las largas amistades. Antes de cerrar los ojos, me pongo los auriculares y saco una foto del último plano previo a sumergirme en la música.

            En el Vondelpark, la luz es un camaleón que intenta confundirse con el arcoíris. Al principio, cae como una lluvia de bronce candente, hasta colmar el cielo negro de mi mente, y entonces los juegos abstractos de Kandinsky empiezan a fundirse en mi retina. La geometría se plasma como un dios en constante metamorfosis, y en ningún momento me propongo contradecirlo. Ella me lleva de la mano por lugares que ya visité mucho tiempo atrás, lugares que ni siquiera estoy seguro de recordar. No hay otra ley que la intuición, que cuadro a cuadro va retratando la historia de mi vida con su pirotecnia solar, y yo la revivo, y me adelanto unos cuantos pasos hacia el futuro, cruzando lo que parece ser un puente luminoso hacia la eternidad.

            Se apaga la música. Abro los ojos y ya nada es lo que era. Sobre un árbol que, como Narciso, está imantado a su propia imagen en las aguas, mis amigos matan las horas entre las ramas. Ahora, la luz cae sobre ellos, dándoles un tinte de fotografía de los años cincuenta. Están quietos, con la mirada perdida en los lienzos impresionistas del lago. Algo en todo eso me hace sentir que viajamos al comienzo de los tiempos, cuando todo lo que había era naturaleza. Los contemplo fascinado, y por unos breves instantes creo comprender el sentido de las cosas. Es una sensación, no una idea. Quiero saber cómo se siente, escuchar su melodía atonal. Quiero saber cómo suena el viento, cómo lo acompaña la percusión de las hojas, el glissando que ejecuta sobre la hierba, los coros de animales que dirigen las nubes en lo alto. Es una orquesta invisible, perfectamente sincronizada y sin solistas, como creo que será el recuerdo de la humanidad el día en que el ego finalmente muera, y nadie recuerde que alguna vez existieron los nombres.


            Al fondo, algo irrumpe la calma. Son otras voces que intentan hacerse oír, que piden una audición para unirse a la orquesta. Es el neerlandés, ese idioma que para mí son palabras sin ningún sentido. Observo la dirección de las nubes, buscando alguna respuesta. Entre uno de sus estanques, el sol se asoma y veo a mis amigos bajar del árbol. Uno dice que vayamos a buscar las bicicletas, y la burbuja eclosiona. Estamos de vuelta, prisioneros del tiempo, hijos huérfanos de nuestra propia invención.   

Sunday, August 23, 2015

JULIGHT DEE EGGMAN?







                                    El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser ésta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el inferior.



            Tengo la cabeza llena de nada. Suena a frase hecha, pero no encuentro otra mejor manera de describir la sensación que me mantiene en vilo desde hace unos días. No sé muy bien por qué vuelvo a sentarme a escribir, porque en realidad no tengo una razón, ni un interés particular en decir qué me está pasando. Es más la posibilidad de que algo impredecible suceda haciéndolo que otra cosa. Me siento invadido por la misma impresión que hace más de dos años, cuando decidí ponerme a escribir sin saber desde qué punto partir, y así surgió la primera improvisación que forma parte de este diario en el que vengo trabajando desde entonces.

            Antes de irme de viaje padecía de ese hartazgo tan propio de las personas que están aburridas de sí mismas, de reiterarme una y otra vez, desarrollando ideas o conceptos que me iban transformando poco a poco en un neurótico del que, honestamente, sólo ansiaba poder escapar algún día. Una vez que estuve del otro hemisferio, casi como si se tratara de una metáfora obvia, me fui olvidando paulatinamente de quién era. El mundo, tan grande e impresionante; yo, tan mínimo e ignorante. No mantuve casi comunicación con mi pasado, excepto en lo que se refería a historias que me habían contado sobre el viejo continente, fábulas que tornaban del blanco y negro al tecnicolor. Nunca fue una cuestión de renegar las cosas; sólo necesitaba tomar distancia de mis veinticinco años previos a todo eso, comprender (o no) qué habían significado y, de ser posible, hallar una nueva faceta mía. 

            Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño en Berlín, empecé a notar el cambio: alguien estaba desvalijándome la cabeza sin que yo lo notara. Pensé si había realmente algo de qué preocuparse, pero ese estado de ebriedad que supone el hedonismo de viajar me terminó por convencer de que era una parte inevitable del trayecto. Después de mucho tiempo, había conseguido apagar los incendios mentales que me habían causado mis propias quimeras, y lo mejor era continuar en piloto automático, dejándome desvelar por todos esos paisajes vírgenes que me quedaban por desnudar.  

Friday, July 3, 2015

KODAMA VS KATCHADJIAN






Good writers borrow, great writers steal
T.S. ELIOT


            Los hechos son sencillos: un escritor (Katchadjian), para un proyecto de re-invención de clásicos de la literatura argentina, se propone un juego que consiste en "engordar" El Aleph de Borges, agregándole poco más de cinco mil palabras a las cuatro mil originales. Las reglas, detalladas en la posdata del remake que luego publicaría, indicaban que no se quitaría ni una sola palabra, sino que tan sólo se podrían adicionar otras, de forma tal que el texto contaría con la totalidad de la obra, intervenida única y parcialmente por los agregados de Katchadjian.

            Año 2009, se reproducen doscientos ejemplares del Aleph engordado, los cuales acaban, en su mayoría, en manos de gente cercana al escritor. Dos años más tarde, la viuda de Borges, María Kodama, lo lleva a juicio por considerar que no le había pedido autorización previa para intervenir e imprimir la obra. Alega violaciones a los artículos 71 y 72 de la ley 11.723 (Ley de Propiedad Intelectual).

            En primera y segunda instancia, el escritor es sobreseído por la justicia. Apelación mediante, el caso se eleva a la Cámara de Casación, y en septiembre del 2014, el Tribunal le da la razón a Kodama. Así, el expediente vuelve a primera instancia, se dicta el procesamiento del escritor, y se traba embargo sobre sus bienes por un monto de ochenta mil pesos. A esto, ha de tenerse en cuenta el hecho de que, al haberse considerado que el imputado violó la ley de propiedad intelectual, podría recaer eventualmente sobre su persona una pena de un mes a seis años de prisión (valor correspondiente al artículo 172 del Código Penal, prescripto para los casos de defraudación). Queda por decir que el abogado de Katchadjian apeló esta última decisión, y actualmente aguarda la oportunidad de que la Corte Suprema entienda en la cuestión.

            Ahora bien, lo que cabe preguntarse es si hubo o no una verdadera violación a la ley de propiedad intelectual, y poner en relieve algunos aspectos de los artículos que la conforman.

            Que María Kodama sea la propietaria de los derechos de autor de la obra de Borges, es un hecho indubitable, ya que tras un extenso pleito del pasado los tribunales fallaron a su favor, otorgándole la calidad de heredera única del escritor argentino. Así, el artículo 4 la avala cuando dice que (s)on titulares del derecho de propiedad intelectual: a) el autor de la obra. b) sus herederos o derechohabientes. Entonces, ¿qué derechos le concede la ley a la viuda de Borges? Para responderlo, hay que remitirse al artículo 36, que establece que (l)os autores de obras literarias, dramáticas, dramático-musicales y musicales, gozan del derecho exclusivo de autorizar: a) La recitación, la representación y la ejecución pública de sus obras. b) la difusión pública por cualquier medio de la recitación, la representación y la ejecución de sus obras.

            En este caso, Katchadjian omitió solicitar la autorización de la propietaria de los derechos de autor de la obra, conducta que encuadraría dentro de lo establecido por los artículos 71 y 72, a saber:

Saturday, June 13, 2015

UN GOLPE DE REALIDAD






I was in a land where men force women to hide their facial features
And here in the west is just the same but they’re using make-up veils


            El miércoles nos habían dicho que iban a hacer unos allanamientos por un posible caso de trata. Antes de salir del edificio, una mujer con la cara demasiado pintada se tomó el ascensor conmigo. La observé detenidamente unos segundos, como quien se siente atraído por algo que le resulta desagradable. Nunca aprobé del todo el uso del maquillaje. Siempre tuve la impresión de que el único verdadero propósito que tiene es el de ocultar. No importa qué, la finalidad que persigue está en hacerlo. En eso encuentra su justificación, y yo mi rechazo.

            Planta baja. Me separé de la cara cubierta de polvo de mariposa y me olvidé de todo eso. A pesar de que me moría de cansancio, caminé hasta Retiro, me tomé el tren, me bajé en la estación de Belgrano y pasé a visitar a mi sobrino. Estaba enorme, aunque sólo tenía cuatro meses, y cada vez que lo sentábamos en el sillón me quedaba fascinado por su apariencia de mini-persona. La tarde se fue entre todas esas miradas de bebé que, una vez posadas sobre su objeto de interés, terminaban en sonrisas o llantos desconsolados, y los pero qué malcriado que sos del padre.

            Cerca de las siete se me empezó a dificultar esa cosa de vivir. En las últimas semanas había dormido poco y nada, y ya no recordaba que alguna vez había existido la siesta. Salimos a la calle, caminamos una cuadra y nos despedimos en la esquina. Agarré Echeverría hasta Cabildo, me tomé un bondi, dormí casi todo el viaje, y todavía no sé cómo me desperté justo a tiempo. Cuando llegué a casa, prendí la tele y escuché que hablaban de la marcha del Ni una menos. Me había olvidado completamente. Lo dudé unos minutos, hasta que me senté en mi cama y el sueño me derribó sin darme tiempo siquiera a oponer resistencia.



            Jueves. Se habían hecho los allanamientos y, efectivamente, se confirmó la trata. Dos menores involucradas, una de tres y otra de quince años. La última había sido explotada sexualmente. Cuando Vicky llegó me dijo que no era un día para joder. Le respondí con el arco de mis cejas. Desde que había entrado a trabajar ahí, nunca se había presentado un caso así. Era la primera vez que iba a experimentarlo.

Sunday, May 31, 2015

PERSONA







            Desde hace más de una década que padezco de una aguda obsesión por las biografías. Ni bien descubro una persona que me interesa, quiero saber todo lo que pueda de su vida. Me compro libros, leo artículos en sitios de internet, escucho horas de entrevistas, y consumo todo lo que exista dando vueltas por ahí. Mi sed de conocimiento es insaciable, y hasta que no hago el click del aburrimiento – que puede ser porque haya encontrado algo más interesante, o bien porque la información recabada me empieza a saturar un poco – la locura se disemina como la fiebre del oro.

            Las razones que se me ocurren son varias, pero se me antoja que la mejor explicación al respecto se halla en un parafraseo de la famosa frase de Duchamp, siempre son los otros los que viven. Muchos autores coinciden en que, para entender la obra de alguien, no hace falta conocer su vida personal. Y en eso no disiento, porque también estoy convencido de que una buena obra se justifica por sí misma, sin necesidad de un manual de texto o una guía telefónica de notas al pie. Que ayudan, tampoco lo niego, pero son totalmente prescindibles. Lo que a mí me interesa, particularmente, es buscar las raíces, observar el lento crecimiento, la gestación paulatina de la obra. Como autodidacta, mi única forma de aprender a hacer las cosas es viendo cómo lo hicieron otros. Si puedo comprender el proceso que llevó a cabo para concebir su arte, entonces puedo trasladar (a mi manera) eso a mi propio trabajo.

            Así, me vi ocupando gran parte de mi atención en leer la correspondencia de muchos de esos autores que más me influenciaron: T.S Eliot, Tranströmer, Steinbeck, Byron, Cortázar. En las dudas de un escritor de la talla de D. H Lawrence, o la inseguridad constante del joven Keats, encontré cierto consuelo a la hora de enfrentarme con mis propios temores. Incluso Spinetta, a quien nunca le falló la inspiración, aseguraba que temía perder el favor de la diosa blanca de Graves.

Saturday, May 30, 2015

THE SOUND & THE FURY







1977

            Se sienta con la mujer que nunca lo abandona y acaricia sus curvas de madera, suavemente. Sus dedos se deslizan poco a poco hasta posarse sobre su cabello, y lo cortan una y otra vez con el dulce filo de las uñas, acaso con la melodía de un río. El cambio inminente ya no sólo mojaba sus pies; ahora el agua marcaba su cuello, mientras él aguardaba impaciente el beso de la guillotina. A los 18 años, descubría que el amor es un hábil cerrajero que, de la noche a la mañana, modifica la cerradura sin que uno se pueda dar cuenta.

            Golpea tres veces la puerta de la eternidad, escucha una respuesta del otro lado, y ese sonido se graba por siempre en su cabeza. Agarra una cinta y la ata al tiempo, ese animal que había domesticado con las enseñanzas del canto y de la guitarra.

            Unos días más tarde, una chica recibe un cassette que receta lo que será la medicina contra todos sus males: música.

1966-67

            Las horas se dibujan entre pentagramas invisibles y viñetas de comics que nunca serán publicados. El chico tararea en clase, sin importarle que sus otros compañeros lo miren raro o se rían. Cuando vuelve a casa, su madre se sorprende al ver el don de diseñador de ventanas que tiene su hijo. Comprende que será un artista, y al poco tiempo le compran una guitarra. A unas pocas cuadras de su casa, asiste a sus primeras clases y aprende folclore y algunos lamentos de la plebe mexicana.

            A pesar de haber desenterrado su vocación, el dibujo no cesa. En esos años inventa uno de sus personajes más ilustres y perdurables: Argos, el hombre alado.

Sunday, May 24, 2015

MIL GRULLAS






            Los dos últimos años se había dedicado a armar una por día. Así le habían dicho que tenía que ser. Los rituales de Oriente, muy pocos lo saben, requieren una periodicidad especial, cronometrada con impecable precisión. La hora señalada marcaba las cinco de la tarde, momento en el que una taza de té lo acompañaba en su faena diaria, y entonces el reloj de arena comenzaba a preparar la infusión mientras las manos se perdían en su ficción cotidiana hecha de papel. Si la historia era real o no, no parecía importarle. Como en toda religión, los actos de fe no se piensan; sólo se ejecutan. Un amigo suyo le había confesado el secreto del país de sus ascendientes, aclarándole sin embargo que podía tratarse de un dicho popular. Él prefirió descubrirlo por su cuenta, empezando ese mismo día con la lectura de los antiguos pliegos. Una vez concluida, tomó el tazón de porcelana y bebió al atardecer. Novecientas noventa y nueve veces. Sus manos temblaban un poco, pero no había ni el menor defecto en la medida de las líneas que, entre paralelos y meridianos de un mundo plano, recitaban las últimas oraciones de una ceremonia en braille. Una vuelta, el triángulo en la cúspide, y sus labios decretaron el silencio: sembazuru. Ni bien la apoyó en la mesa, el teléfono sonó una, dos, tres veces hasta que lo alcanzó y, con cierto estupor, recibió la llamada.

Saturday, May 23, 2015

18.56





¿Y qué sana esa herida interna
Que sangra casi a diario por mi boca
Con el mismo sabor amargo y ferroso
Del cigarrillo al café?



(Extracto de Diarios)