I
Otra
tarde lejos de casa, arrastrando una existencia que es ajena al tiempo. Dejamos
las bicicletas contra unas rejas fuera del parque y caminamos hasta encontrar
un lugar cerca de los pequeños lagos que nunca se aburren de calcar el mundo
que los rodea. Yo no me asomo por miedo a que se apodere de mí. Algo me dice
que lo mejor que puedo hacer es recostarme en el pasto y dejar que todo pase.
Nos miramos un poco, sin hablar, y comprendemos ese pacto de silencio que sólo
se permiten las largas amistades. Antes de cerrar los ojos, me pongo los auriculares
y saco una foto del último plano previo a sumergirme en la música.
En el
Vondelpark, la luz es un camaleón que intenta confundirse con el arcoíris. Al
principio, cae como una lluvia de bronce candente, hasta colmar el cielo negro
de mi mente, y entonces los juegos abstractos de Kandinsky empiezan a fundirse
en mi retina. La geometría se plasma como un dios en constante metamorfosis, y
en ningún momento me propongo contradecirlo. Ella me lleva de la mano por
lugares que ya visité mucho tiempo atrás, lugares que ni siquiera estoy seguro
de recordar. No hay otra ley que la intuición, que cuadro a cuadro va
retratando la historia de mi vida con su pirotecnia solar, y yo la revivo, y me
adelanto unos cuantos pasos hacia el futuro, cruzando lo que parece ser un
puente luminoso hacia la eternidad.
Se
apaga la música. Abro los ojos y ya nada es lo que era. Sobre un árbol que,
como Narciso, está imantado a su propia imagen en las aguas, mis amigos matan
las horas entre las ramas. Ahora, la luz cae sobre ellos, dándoles un tinte de fotografía
de los años cincuenta. Están quietos, con la mirada perdida en los lienzos
impresionistas del lago. Algo en todo eso me hace sentir que viajamos al
comienzo de los tiempos, cuando todo lo que había era naturaleza. Los contemplo
fascinado, y por unos breves instantes creo comprender el sentido de las cosas.
Es una sensación, no una idea. Quiero saber cómo se siente, escuchar su melodía
atonal. Quiero saber cómo suena el viento, cómo lo acompaña la percusión de las
hojas, el glissando que ejecuta sobre la hierba, los coros de animales que dirigen
las nubes en lo alto. Es una orquesta invisible, perfectamente sincronizada y
sin solistas, como creo que será el recuerdo de la humanidad el día en que el
ego finalmente muera, y nadie recuerde que alguna vez existieron los nombres.
Al
fondo, algo irrumpe la calma. Son otras voces que intentan hacerse oír, que
piden una audición para unirse a la orquesta. Es el neerlandés, ese idioma que
para mí son palabras sin ningún sentido. Observo la dirección de las nubes,
buscando alguna respuesta. Entre uno de sus estanques, el sol se asoma y veo a
mis amigos bajar del árbol. Uno dice que vayamos a buscar las bicicletas, y la
burbuja eclosiona. Estamos de vuelta, prisioneros del tiempo, hijos huérfanos
de nuestra propia invención.
II
Alcorta,
la plaza de la flor plateada. A pesar de que todavía es invierno, las
estaciones parecen estar tirándose las cartas, mostrando adelantos exclusivos
de la primavera. Ya pasó un mes desde la tarde en el Vondelpark, y aunque
todavía no puedo ordenar todas las piezas en mi cabeza, sé que los cambios se
fueron dando por sí solos, sin necesidad de mi consentimiento.
A la
noche había leído un blog de viaje, y me había detenido especialmente en la
parte de Islandia, ese país que desde que aprendí a leer despertó en mí una
curiosidad irrefrenable, aunque mi conocimiento sobre su pueblo se limite a su
densidad demográfica, las fotos de sus paisajes, los geysers y glaciares, las
Eddas y las novelas sociológicas de Laxness, Björk, y lo que algunos conocen
como la revolución silenciosa (a
partir de la cual derrocaron al gobierno de turno y modificaron su
Constitución), que el mundo capitalista se encarga de mantener lo más alejado
posible de los medios.
Entre
todas las cosas que mencionaba, una quedó suspendida. Sigur Rós, esa banda que
tantas veces me habían recomendado, pero que incomprensiblemente jamás me había
tomado el tiempo de escucharla. Lo único que sabía era que hacían uso del bow-guitar. En otras palabras, tocar la
guitarra eléctrica con un arco de violín. Como suelo hacer, miré la tapa de
todos sus discos y elegí la que más me gustaba para estrenar. Takk, una hora de ambient-rock,
compartía cierta similitud con una foto que había visto en un video de un poema
de Tomas Tranströmer, y prometía paisajes de bosques frondosos, arreglos de
cuerdas, y revivir lecturas de Luz del
mundo.
Bordeando
el camino de la flor, empieza a sonar un piano cristalino, minimalista. Una
vuelta, se dobla la melodía, entra la batería in crescendo, y entonces una voz
se propone relatar una historia en una lengua que parece inventada a cada
compás, acompañada por una orquesta de fondo. Como el neerlandés, no entiendo
nada de lo que está diciendo, aunque creo captar algunas palabras o frases en
inglés por fonética. Siento que es una canción que todavía no tiene letra, como
si el islandés fuese un balbuceo que intuye lo intrínseco de la música, que nota
a nota va creciendo progresivamente, hasta explotar contra la pared del cielo
color ámbar en un instante triunfal, dejándome suspendido en mi idea del
paraíso escondido al final del atardecer sobre Alcorta. Me doy vuelta y miro
hacia la facultad, y me veo sentado en sus escaleras dos años atrás,
preguntándome una y otra vez qué quería hacer con mi vida. Algo me lleva a
asociar ese edificio gris con el conocimiento, el árbol prohibido, y a la plaza
de la flor con un jardín de antaño, el estado de plenitud inmutable. Contemplo
todas mis viejas fábulas como una película acabada, una cinta que pasa frente a
mis ojos, los ojos de alguien que se observa a sí mismo como a un extraño.
Tanto tiempo ansiando construir algo, creyendo haber fracasado en el intento,
ahora podía verlo con nitidez: la pregunta es siempre la respuesta, en los
ladrillos está el castillo y también sus ruinas. Pero hay algo que está más
allá, algo mayor, que pervive; algo inentendible, sin sentido, pero que se
intuye su existencia. Es el todo, y también es la nada.
A eso
de las ocho, vuelvo a casa y me siento a ver tele por primera vez desde que
llegué. La cabeza todavía me da algunas vueltas, y por momentos creo haberme
convertido en una especie de witch doctor,
uno de los máximos enemigos del racionalismo petulante de Ayn Rand. Mientras
pasaban una noticia y otra, casi sobre el final del programa muestran unas
imágenes de Islandia, y algo del esoterismo de Agustín me obliga a buscar el
significado de la canción que había escuchado unas horas atrás. Hoppípolla. Ahí, en la pantalla de fondo
blanco, apareció la respuesta a todas las preguntas. Esa canción, que habla sobre
los recuerdos de la infancia y que, además del islandés, contiene un lenguaje
inventado, lo había dicho todo aunque yo no entendiera nada. El significado,
increíblemente, es algo bastante simple: saltar
el charco.
(Extracto de Diarios)


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