Saturday, September 5, 2015

GOBBLEDIGOOK




I


            Otra tarde lejos de casa, arrastrando una existencia que es ajena al tiempo. Dejamos las bicicletas contra unas rejas fuera del parque y caminamos hasta encontrar un lugar cerca de los pequeños lagos que nunca se aburren de calcar el mundo que los rodea. Yo no me asomo por miedo a que se apodere de mí. Algo me dice que lo mejor que puedo hacer es recostarme en el pasto y dejar que todo pase. Nos miramos un poco, sin hablar, y comprendemos ese pacto de silencio que sólo se permiten las largas amistades. Antes de cerrar los ojos, me pongo los auriculares y saco una foto del último plano previo a sumergirme en la música.

            En el Vondelpark, la luz es un camaleón que intenta confundirse con el arcoíris. Al principio, cae como una lluvia de bronce candente, hasta colmar el cielo negro de mi mente, y entonces los juegos abstractos de Kandinsky empiezan a fundirse en mi retina. La geometría se plasma como un dios en constante metamorfosis, y en ningún momento me propongo contradecirlo. Ella me lleva de la mano por lugares que ya visité mucho tiempo atrás, lugares que ni siquiera estoy seguro de recordar. No hay otra ley que la intuición, que cuadro a cuadro va retratando la historia de mi vida con su pirotecnia solar, y yo la revivo, y me adelanto unos cuantos pasos hacia el futuro, cruzando lo que parece ser un puente luminoso hacia la eternidad.

            Se apaga la música. Abro los ojos y ya nada es lo que era. Sobre un árbol que, como Narciso, está imantado a su propia imagen en las aguas, mis amigos matan las horas entre las ramas. Ahora, la luz cae sobre ellos, dándoles un tinte de fotografía de los años cincuenta. Están quietos, con la mirada perdida en los lienzos impresionistas del lago. Algo en todo eso me hace sentir que viajamos al comienzo de los tiempos, cuando todo lo que había era naturaleza. Los contemplo fascinado, y por unos breves instantes creo comprender el sentido de las cosas. Es una sensación, no una idea. Quiero saber cómo se siente, escuchar su melodía atonal. Quiero saber cómo suena el viento, cómo lo acompaña la percusión de las hojas, el glissando que ejecuta sobre la hierba, los coros de animales que dirigen las nubes en lo alto. Es una orquesta invisible, perfectamente sincronizada y sin solistas, como creo que será el recuerdo de la humanidad el día en que el ego finalmente muera, y nadie recuerde que alguna vez existieron los nombres.


            Al fondo, algo irrumpe la calma. Son otras voces que intentan hacerse oír, que piden una audición para unirse a la orquesta. Es el neerlandés, ese idioma que para mí son palabras sin ningún sentido. Observo la dirección de las nubes, buscando alguna respuesta. Entre uno de sus estanques, el sol se asoma y veo a mis amigos bajar del árbol. Uno dice que vayamos a buscar las bicicletas, y la burbuja eclosiona. Estamos de vuelta, prisioneros del tiempo, hijos huérfanos de nuestra propia invención.   





II


            Alcorta, la plaza de la flor plateada. A pesar de que todavía es invierno, las estaciones parecen estar tirándose las cartas, mostrando adelantos exclusivos de la primavera. Ya pasó un mes desde la tarde en el Vondelpark, y aunque todavía no puedo ordenar todas las piezas en mi cabeza, sé que los cambios se fueron dando por sí solos, sin necesidad de mi consentimiento.

            A la noche había leído un blog de viaje, y me había detenido especialmente en la parte de Islandia, ese país que desde que aprendí a leer despertó en mí una curiosidad irrefrenable, aunque mi conocimiento sobre su pueblo se limite a su densidad demográfica, las fotos de sus paisajes, los geysers y glaciares, las Eddas y las novelas sociológicas de Laxness, Björk, y lo que algunos conocen como la revolución silenciosa (a partir de la cual derrocaron al gobierno de turno y modificaron su Constitución), que el mundo capitalista se encarga de mantener lo más alejado posible de los medios.

            Entre todas las cosas que mencionaba, una quedó suspendida. Sigur Rós, esa banda que tantas veces me habían recomendado, pero que incomprensiblemente jamás me había tomado el tiempo de escucharla. Lo único que sabía era que hacían uso del bow-guitar. En otras palabras, tocar la guitarra eléctrica con un arco de violín. Como suelo hacer, miré la tapa de todos sus discos y elegí la que más me gustaba para estrenar. Takk, una hora de ambient-rock, compartía cierta similitud con una foto que había visto en un video de un poema de Tomas Tranströmer, y prometía paisajes de bosques frondosos, arreglos de cuerdas, y revivir lecturas de Luz del mundo.

            Bordeando el camino de la flor, empieza a sonar un piano cristalino, minimalista. Una vuelta, se dobla la melodía, entra la batería in crescendo, y entonces una voz se propone relatar una historia en una lengua que parece inventada a cada compás, acompañada por una orquesta de fondo. Como el neerlandés, no entiendo nada de lo que está diciendo, aunque creo captar algunas palabras o frases en inglés por fonética. Siento que es una canción que todavía no tiene letra, como si el islandés fuese un balbuceo que intuye lo intrínseco de la música, que nota a nota va creciendo progresivamente, hasta explotar contra la pared del cielo color ámbar en un instante triunfal, dejándome suspendido en mi idea del paraíso escondido al final del atardecer sobre Alcorta. Me doy vuelta y miro hacia la facultad, y me veo sentado en sus escaleras dos años atrás, preguntándome una y otra vez qué quería hacer con mi vida. Algo me lleva a asociar ese edificio gris con el conocimiento, el árbol prohibido, y a la plaza de la flor con un jardín de antaño, el estado de plenitud inmutable. Contemplo todas mis viejas fábulas como una película acabada, una cinta que pasa frente a mis ojos, los ojos de alguien que se observa a sí mismo como a un extraño. Tanto tiempo ansiando construir algo, creyendo haber fracasado en el intento, ahora podía verlo con nitidez: la pregunta es siempre la respuesta, en los ladrillos está el castillo y también sus ruinas. Pero hay algo que está más allá, algo mayor, que pervive; algo inentendible, sin sentido, pero que se intuye su existencia. Es el todo, y también es la nada.

            A eso de las ocho, vuelvo a casa y me siento a ver tele por primera vez desde que llegué. La cabeza todavía me da algunas vueltas, y por momentos creo haberme convertido en una especie de witch doctor, uno de los máximos enemigos del racionalismo petulante de Ayn Rand. Mientras pasaban una noticia y otra, casi sobre el final del programa muestran unas imágenes de Islandia, y algo del esoterismo de Agustín me obliga a buscar el significado de la canción que había escuchado unas horas atrás. Hoppípolla. Ahí, en la pantalla de fondo blanco, apareció la respuesta a todas las preguntas. Esa canción, que habla sobre los recuerdos de la infancia y que, además del islandés, contiene un lenguaje inventado, lo había dicho todo aunque yo no entendiera nada. El significado, increíblemente, es algo bastante simple: saltar el charco.   




(Extracto de Diarios)

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