Sunday, August 23, 2015

JULIGHT DEE EGGMAN?







                                    El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser ésta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el inferior.



            Tengo la cabeza llena de nada. Suena a frase hecha, pero no encuentro otra mejor manera de describir la sensación que me mantiene en vilo desde hace unos días. No sé muy bien por qué vuelvo a sentarme a escribir, porque en realidad no tengo una razón, ni un interés particular en decir qué me está pasando. Es más la posibilidad de que algo impredecible suceda haciéndolo que otra cosa. Me siento invadido por la misma impresión que hace más de dos años, cuando decidí ponerme a escribir sin saber desde qué punto partir, y así surgió la primera improvisación que forma parte de este diario en el que vengo trabajando desde entonces.

            Antes de irme de viaje padecía de ese hartazgo tan propio de las personas que están aburridas de sí mismas, de reiterarme una y otra vez, desarrollando ideas o conceptos que me iban transformando poco a poco en un neurótico del que, honestamente, sólo ansiaba poder escapar algún día. Una vez que estuve del otro hemisferio, casi como si se tratara de una metáfora obvia, me fui olvidando paulatinamente de quién era. El mundo, tan grande e impresionante; yo, tan mínimo e ignorante. No mantuve casi comunicación con mi pasado, excepto en lo que se refería a historias que me habían contado sobre el viejo continente, fábulas que tornaban del blanco y negro al tecnicolor. Nunca fue una cuestión de renegar las cosas; sólo necesitaba tomar distancia de mis veinticinco años previos a todo eso, comprender (o no) qué habían significado y, de ser posible, hallar una nueva faceta mía. 

            Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño en Berlín, empecé a notar el cambio: alguien estaba desvalijándome la cabeza sin que yo lo notara. Pensé si había realmente algo de qué preocuparse, pero ese estado de ebriedad que supone el hedonismo de viajar me terminó por convencer de que era una parte inevitable del trayecto. Después de mucho tiempo, había conseguido apagar los incendios mentales que me habían causado mis propias quimeras, y lo mejor era continuar en piloto automático, dejándome desvelar por todos esos paisajes vírgenes que me quedaban por desnudar.  


            Cuando estuve en Londres, vi el primer capítulo de Sherlock, A study in pink, y algo de mi amnesia temporal empezó a cerrarme: en la primera novela de Holmes, se muestra una especie de inventario en el que el detective revela todos sus conocimientos, y admite tener ciertos baches en cosas básicas, hecho que justifica diciendo que la memoria tiene un límite y que todo aquello que no le sea útil ha de ser desechado en favor de lo que sí lo es. Quizás estaba pasando por lo mismo: absorbía tanta información nueva que, como no podía ser de otra manera, compensaba eliminando la que menos me interesaba.

            Si se proyecta eso durante más de un mes, se alcanza el estado de anomia en el que estoy inmerso: caer a tu ciudad natal con una lluvia torrencial luego de un verano con una temperatura promedio de treinta y cinco grados, los oídos saturados de tantas personas hablando castellano a tu alrededor, los expedientes del laburo que son espejos de tu perplejidad frente a la vida cotidiana, los comentarios de unos y otros sobre ese aparente cambio que vos apenas podés notar porque te sentís dulcemente perdido en tu propio mundo. Todo te da vueltas, estás poseído por un jet lag mental, pero sonreís estúpidamente, consciente de que tu ignorancia es sinónimo de felicidad.

            Sí, lo sabés, estás fuera de contexto. Es lo único de lo que estás completamente seguro, además de que lo más fácil para escribir es hablar de uno mismo. No puedo decir cosas sobre la actualidad porque todavía no puedo conectarme con el resto de la realidad. Los noticieros, la televisión, o los diarios en cualquier formato me generan rechazo. Apenas leo media hora antes de irme a dormir, cambiando cada noche de libro, alternando entre las estructuras de Gaudí, los reproches con décadas de delay de Deborah a Ian Curtis, pasando por algún que otro cuento de Conti o Kawabata, los delirios suicidio-filosóficos de Camus, para llegar finalmente a los relatos de Nooteboom sobre el año en el que vivió en Berlín que, increíblemente, es el mismo en que fue derribado el muro. El soundtrack del momento, Kevin Parker, ese psycho-Lennon moderno que usa el slang australiano para referirse a las drogas que consume en un mantra de dos minutos que desde que estoy viajando me sigue sonando en la cabeza: or is it somethin’ more than that?

            Ahora que lo recuerdo, en una biografía de los Beatles, escrita a poco de que saliera Sargent Pepper’s, John decía que era un experto en despilfarrar el tiempo haciendo nada. Había días en los que se sentaba en su jardín inglés, o bien al pie de las escaleras de su casa, sin emitir una sola palabra. Él estaba orgulloso de eso. Quizás yo debería dedicarme a hacer lo mismo. Después de todo, eso es lo que estoy haciendo en este momento. Estoy solo, mirando a la nada en completo silencio. Lo único que perturba todo eso es el ruido de las teclas cada tanto, cuando me entran algunas palabras a la cabeza que, mágicamente, parecen encajar en un Tetris perfecto.

            ¿El título? ¿Alguien se preguntará qué quiere decir? Nada. Como Lennon en su Skywriting by word of mouth, es un juego de palabras sin ninguna interpretación en particular, excepto por aquella que uno le quiera asignar a gusto. Para mí es un fiel reflejo de mi falta de sentido, esa iluminación que cegó mis ojos en el lucernario de La Sagrada Familia en el mes de julio, y que aún no puedo ni pretendo desentrañar. Si como dicen, uno debe verse impreso en su propia obra, entonces no hubo mejores palabras que las que inventé hasta recién con mi silencio, llenando un mes entero de páginas en blanco.    



Para Yama, que tiene como Beatle preferido a John Lennon (y que también le gusta viajar).

(Extracto de Diarios)

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