El origen de la existencia es el
movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia,
pues, de ser ésta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el
viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el inferior.
Tengo
la cabeza llena de nada. Suena a frase hecha, pero no encuentro otra mejor
manera de describir la sensación que me mantiene en vilo desde hace unos días. No
sé muy bien por qué vuelvo a sentarme a escribir, porque en realidad no tengo
una razón, ni un interés particular en decir qué me está pasando. Es más la
posibilidad de que algo impredecible suceda haciéndolo que otra cosa. Me siento
invadido por la misma impresión que hace más de dos años, cuando decidí ponerme
a escribir sin saber desde qué punto partir, y así surgió la primera
improvisación que forma parte de este diario en el que vengo trabajando desde entonces.
Antes
de irme de viaje padecía de ese hartazgo tan propio de las personas que están
aburridas de sí mismas, de reiterarme una y otra vez, desarrollando ideas o
conceptos que me iban transformando poco a poco en un neurótico del que,
honestamente, sólo ansiaba poder escapar algún día. Una vez que estuve del otro
hemisferio, casi como si se tratara de una metáfora obvia, me fui olvidando
paulatinamente de quién era. El mundo, tan grande e impresionante; yo, tan mínimo
e ignorante. No mantuve casi comunicación con mi pasado, excepto en lo que se
refería a historias que me habían contado sobre el viejo continente, fábulas
que tornaban del blanco y negro al tecnicolor. Nunca fue una cuestión de
renegar las cosas; sólo necesitaba tomar distancia de mis veinticinco años
previos a todo eso, comprender (o no) qué habían significado y, de ser posible,
hallar una nueva faceta mía.
Una
noche, mientras intentaba conciliar el sueño en Berlín, empecé a notar el
cambio: alguien estaba desvalijándome la cabeza sin que yo lo notara. Pensé si
había realmente algo de qué preocuparse, pero ese estado de ebriedad que supone
el hedonismo de viajar me terminó por convencer de que era una parte inevitable
del trayecto. Después de mucho tiempo, había conseguido apagar los incendios
mentales que me habían causado mis propias quimeras, y lo mejor era continuar
en piloto automático, dejándome desvelar por todos esos paisajes vírgenes que
me quedaban por desnudar.
Cuando
estuve en Londres, vi el primer capítulo de Sherlock,
A study in pink, y algo de mi amnesia
temporal empezó a cerrarme: en la primera novela de Holmes, se muestra una
especie de inventario en el que el
detective revela todos sus conocimientos, y admite tener ciertos baches en
cosas básicas, hecho que justifica diciendo que la memoria tiene un límite y
que todo aquello que no le sea útil ha de ser desechado en favor de lo que sí
lo es. Quizás estaba pasando por lo mismo: absorbía tanta información nueva
que, como no podía ser de otra manera, compensaba eliminando la que menos me
interesaba.
Si se
proyecta eso durante más de un mes, se alcanza el estado de anomia en el que
estoy inmerso: caer a tu ciudad natal con una lluvia torrencial luego de un
verano con una temperatura promedio de treinta y cinco grados, los oídos saturados
de tantas personas hablando castellano a tu alrededor, los expedientes del
laburo que son espejos de tu perplejidad frente a la vida cotidiana, los
comentarios de unos y otros sobre ese aparente cambio que vos apenas podés
notar porque te sentís dulcemente perdido en tu propio mundo. Todo te da
vueltas, estás poseído por un jet lag
mental, pero sonreís estúpidamente, consciente de que tu ignorancia es sinónimo
de felicidad.
Sí,
lo sabés, estás fuera de contexto. Es lo único de lo que estás completamente
seguro, además de que lo más fácil para escribir es hablar de uno mismo. No
puedo decir cosas sobre la actualidad porque todavía no puedo conectarme con el
resto de la realidad. Los noticieros, la televisión, o los diarios en cualquier
formato me generan rechazo. Apenas leo media hora antes de irme a dormir,
cambiando cada noche de libro, alternando entre las estructuras de Gaudí, los
reproches con décadas de delay de Deborah a Ian Curtis, pasando por algún que
otro cuento de Conti o Kawabata, los delirios suicidio-filosóficos de Camus, para
llegar finalmente a los relatos de Nooteboom sobre el año en el que vivió en
Berlín que, increíblemente, es el mismo en que fue derribado el muro. El
soundtrack del momento, Kevin Parker, ese psycho-Lennon moderno que usa el slang australiano para referirse a las
drogas que consume en un mantra de dos minutos que desde que estoy viajando me
sigue sonando en la cabeza: or is it
somethin’ more than that?
Ahora
que lo recuerdo, en una biografía de los Beatles, escrita a poco de que saliera
Sargent Pepper’s, John decía que era un experto en despilfarrar el tiempo
haciendo nada. Había días en los que se sentaba en su jardín inglés, o bien al
pie de las escaleras de su casa, sin emitir una sola palabra. Él estaba
orgulloso de eso. Quizás yo debería dedicarme a hacer lo mismo. Después de
todo, eso es lo que estoy haciendo en este momento. Estoy solo, mirando a la
nada en completo silencio. Lo único que perturba todo eso es el ruido de las
teclas cada tanto, cuando me entran algunas palabras a la cabeza que,
mágicamente, parecen encajar en un Tetris perfecto.
¿El
título? ¿Alguien se preguntará qué quiere decir? Nada. Como Lennon en su Skywriting by word of mouth, es un juego
de palabras sin ninguna interpretación en particular, excepto por aquella que
uno le quiera asignar a gusto. Para mí es un fiel reflejo de mi falta de
sentido, esa iluminación que cegó mis ojos en el lucernario de La Sagrada Familia en
el mes de julio, y que aún no puedo ni pretendo desentrañar. Si como dicen, uno
debe verse impreso en su propia obra, entonces no hubo mejores palabras que las
que inventé hasta recién con mi silencio, llenando un mes entero de páginas en blanco.
Para Yama, que tiene como Beatle preferido a John Lennon (y que también le gusta viajar).
(Extracto de Diarios)

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