I
HÖTORGSKONST
Todo volvió a la normalidad. Esa fue la
frase de la semana, y de tanto que la repitieron, algo de ella acabó por tener efecto
en mí. Cada vez que me acercaba a atender el teléfono, leía el cartel que Lucas
había pegado en su escritorio con esa leyenda, y me agarraban unas ganas casi
irreprimibles de romperlo. No entendía muy bien por qué. La realidad es que no
me importa mucho el fútbol, pero había algo en esa frase hecha que me irritaba.
El día a día me lo fue enseñando, y yo lo pude percibir paulatinamente, como
quien acostumbra sus ojos a la oscuridad. Me estaba hablando directamente a mí:
la rutina se había reinstalado.
En
las primeras semanas, me sentía un completo extraño. No comprendía bien mi
posición en el mundo. La transición de turista a lugareño no se produjo de
manera inmediata, hubo todo un proceso de por medio. Hoy en día, ya recuperé
algunas de mis peores costumbres, a saber: encender la tele y dejarla en mute,
como si fuese una pintura cinética para distraerse mientras uno lee, escribe, o
intenta componer algo en la guitarra; practicar compulsivamente lo que los
japoneses llaman tsundoku – comprar libros
para apilarlos y, eventualmente, tener la intención de leerlos -; dar
quinientas vueltas antes de sentarme a hacer lo que tengo que hacer, o bien
aplicar la máxima de Spinetta, mañana es
mejor; y así hasta concluir en que tan sólo basta un mes para que se vuelva
a caer en esa comodidad que uno se había propuesto eliminar de su vida.
Incluso
lo que escribo se me hace como una de esas pinturas de paisajes urbanos que se
venden en las ferias, que parecen hechas en serie para ser vendidas a los
turistas de Plaza Francia. Como Jung, sigo anotando en mi libro rojo ideas,
imágenes o impresiones que tengo a diario, y cada tanto las leo para ver si se
me ocurre algo nuevo que contar. Ocasionalmente, todavía me acompleja un poco
sentirme plano. Cuando todavía estaba en la secundaria, con Mauro habíamos
hecho un parcial de psicología sobre la memoria, y habíamos comparado a la mente
con una corriente de agua, algo que, como ya dijo Heráclito, está en constante
cambio, renovándose en un fino tándem con el tiempo. Sólo al sumergirse en
ella, uno podía impregnarse de conocimientos. Con la vuelta a casa, quizás por
una mera coincidencia estacionaria, encontré el río congelado. No me importó
mucho, sinceramente. Si hay algo que aprendí con el paso de los años, es que la
escritura tiene un proceso similar al de las viejas fotografías: un disparo mudo,
que sólo se revela con la tinta.
Así,
no me cabe la menor duda de que a futuro pueda sentarme a poner en palabras
todo lo que pasó en esos treinta y cinco días de estar a la deriva, sin pensar
demasiado en todo lo que hacía, dejándome llevar por la intuición, como cuando
uno intenta traducir del silencio una melodía. Lo cierto es que lo mío no es un
talento natural, como sí creo que lo es el toque que Manu tiene para la cocina,
o el ojo de Agus para la fotografía. Requiere esfuerzo, dedicación, horas de
revolverme la cabeza para sacar a la luz un poco de todo ese caleidoscopio
abstracto que no para de girar. También tiene mucho que ver el timing, esa descarga de adrenalina que
me recorre el cuerpo cuando veo algo que me inspira, como cuando me choqué con la
imagen titulada Ménilmontant, y por
debajo un hombre negro vestido de hechicero de una tribu africana desconocida, una
especie de Melquíades que andaba merodeando, accidentalmente, por las calles de
París.
II
¿EXPERIENCIA
O INOCENCIA?
Me
parece asombroso que haya gente que se pueda sentar todos los días y escribir
unas páginas. Amélie Nothomb, por ejemplo, mantiene esa costumbre a rajatabla.
Cosecha cuatro novelas por año, de las cuales sólo publica una. Es una habilidad que se desarrolla, como
salir a correr todos los días, se ejercita, algunas personas te lo
confirman. Sólo una vez en mi vida pude hacer eso, durante un mes y medio,
sentándome desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, con un
único intervalo para almorzar, para terminar una novela que jamás volví a
revisar, antes de que volviera a empezar la facultad. Y me devastó, en todo
sentido. En un acto de estúpido romanticismo, la escribía a mano, y apenas
mantenía contacto con la realidad. Vivía en un mundo fantástico, inserto en el
pueblo imaginario de los personajes que iba desarrollando con el correr de las
páginas, impulsado por Henry Miller a crear un relato que fuera el complemento
inmoral de todo lo que había hecho hasta entonces.
Nada
de eso me representaba en lo más mínimo. O quizás sí lo hizo durante ese
período de mi vida, disfrazado con nombres y actitudes ficticias. Desde que era
chico, siempre había ansiado poder hablar de mi vida y que, por lo menos, a mí
me resultara interesante. Un intento de autobiografía en verso quedó trunco; el
lenguaje metafórico había comenzado a borrar la frontera entre realidad y
ficción. Abandoné todos mis sueños de papel, y durante poco más de un año no
volví a sentarme a construir nada que no fueran melodías. Pero como ahora
mismo, una fuerza interior me empujaba a mirar el precipicio que había eludido,
ese mismo impulso que te pide en un lapsus que te arrojes a la avenida contra
los autos a toda velocidad, a ver si así, de alguna manera, podés sentir si
realmente estás vivo.
Y
volví, me arriesgue una vez más a contemplarme frente al espejo, agarrar las
astillas de vidrio y pegarlas una a una, como podía, para ver qué imagen mía se
escondía del otro lado. No me resultó extraño ver cientos de personas distintas
en una misma. Después de todo, eso es lo que somos: algo que se define por el
cambio. Por momentos puede asustar, porque uno se encuentra en situaciones que
nunca vivió, tratando de explicarse lo inexplicable, ensayando mil y un
respuestas que nos permitan escapar, al menos un día más, de la locura. Y así
llegás a replantearte todo, ¿pero cómo no vamos a ser un mundo lleno de gente
que vive frustrándose, si desde que nacemos lo único para lo que nos preparan
es para los finales felices? Nadie te dice, cuando sos chico, que en la vida
vas a tener más fracasos que aciertos. Eso es un monopolio exclusivo de la
experiencia. Lo que importa, al parecer, es preservar la inocencia el mayor
tiempo posible.
III
UNA
FORMA DE VIDA
Lo
dije antes, escribir fue siempre mi pequeña rebelión. Funcionó, entre otras
tantas cosas, como vía de escape contra los problemas familiares, la opresión
académica de un colegio que me sobre-exigía, los quiebres de mis relaciones
personales, el desconcierto que sentía cada vez que me cuestionaba qué quería
hacer con mi vida, y qué sé yo cuántas cuestiones más. Fue un refugio, un lugar
en el que encontré sosiego cuando lo necesitaba, un espacio que sólo me
pertenecía a mí y en donde estaba completamente seguro de que nadie me iba a
traicionar. En mi opinión, Miller se equivoca cuando dice words are loneliness. En mi caso, de alguna forma, siempre me sentí
acompañado. En todo ese camino que fui recorriendo, alguien – llámeselo como
uno quiera – seguía mis pasos, me levantaba cada vez que quería arrojarme al
vacío, y quizás me atrevería a afirmar que era quien me dictaba las palabras
que me hacían falta en los momentos más difíciles.
En
palabras de Susan Sontag,
The
fear of becoming old is born of the recognition that one is not living now the
life that one wishes.
Durante muchos años viví con esa impresión. Crecer
implica dejar morir la mayoría (si no son todos) los sueños que tuvimos de
chicos. Y duele, y en eso no creo que alguien esté en desacuerdo conmigo. Yo,
particularmente, sentía que estaba viviendo para otra persona. Mi vida, de
alguna manera, no me pertenecía. Era esclavo de un cuerpo que vestía un traje
todas las mañanas con el fin de ir a leer un montón de papeles que no me
interesaban en lo más mínimo, un autómata que aprovechaba cada rato libre que
tenía para abrir un libro, o bien tararear alguna melodía e intentar llenar los
huecos con palabras que iba anotando en cualquier papel que tuviera a mano.
Hay que ganarse la vida de alguna manera.
Esa era la frase que me repetía cada vez que sentía que ya no podía más.
Mientras tanto, mi pequeña rebelión
era llevada a cabo silenciosamente. Fueron casi dos años de eso, dos años de
darle rienda suelta a lo que me pasaba, de contarme a mí mismo que no estaba
contento con lo que hacía, de decirme las cosas sin vueltas, analizando cada
aspecto de mi vida, revisando recuerdos de mi infancia, el tabú de la
adolescencia, los amores frustrados; mi historia de principio a fin. Todo fue
puesto en perspectiva, todo fue confesado frente al peor de todos los
inquisidores: yo mismo. Sin sospecharlo, me había ido acercando, poco a poco, a
lo que realmente soy. Comprendí que el éxito no estaba en hacerme famoso ni
nada parecido; la verdadera recompensa está en el simple y puro deseo de
hacerlo.
Escribir
(y hacer música) fue, es, y será, para mí, una forma de vida.
(Extracto de Diarios)


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