Saturday, September 26, 2015

MÉNAGE À TROIS






I

HÖTORGSKONST


            Todo volvió a la normalidad. Esa fue la frase de la semana, y de tanto que la repitieron, algo de ella acabó por tener efecto en mí. Cada vez que me acercaba a atender el teléfono, leía el cartel que Lucas había pegado en su escritorio con esa leyenda, y me agarraban unas ganas casi irreprimibles de romperlo. No entendía muy bien por qué. La realidad es que no me importa mucho el fútbol, pero había algo en esa frase hecha que me irritaba. El día a día me lo fue enseñando, y yo lo pude percibir paulatinamente, como quien acostumbra sus ojos a la oscuridad. Me estaba hablando directamente a mí: la rutina se había reinstalado.

            En las primeras semanas, me sentía un completo extraño. No comprendía bien mi posición en el mundo. La transición de turista a lugareño no se produjo de manera inmediata, hubo todo un proceso de por medio. Hoy en día, ya recuperé algunas de mis peores costumbres, a saber: encender la tele y dejarla en mute, como si fuese una pintura cinética para distraerse mientras uno lee, escribe, o intenta componer algo en la guitarra; practicar compulsivamente lo que los japoneses llaman tsundoku – comprar libros para apilarlos y, eventualmente, tener la intención de leerlos -; dar quinientas vueltas antes de sentarme a hacer lo que tengo que hacer, o bien aplicar la máxima de Spinetta, mañana es mejor; y así hasta concluir en que tan sólo basta un mes para que se vuelva a caer en esa comodidad que uno se había propuesto eliminar de su vida.

            Incluso lo que escribo se me hace como una de esas pinturas de paisajes urbanos que se venden en las ferias, que parecen hechas en serie para ser vendidas a los turistas de Plaza Francia. Como Jung, sigo anotando en mi libro rojo ideas, imágenes o impresiones que tengo a diario, y cada tanto las leo para ver si se me ocurre algo nuevo que contar. Ocasionalmente, todavía me acompleja un poco sentirme plano. Cuando todavía estaba en la secundaria, con Mauro habíamos hecho un parcial de psicología sobre la memoria, y habíamos comparado a la mente con una corriente de agua, algo que, como ya dijo Heráclito, está en constante cambio, renovándose en un fino tándem con el tiempo. Sólo al sumergirse en ella, uno podía impregnarse de conocimientos. Con la vuelta a casa, quizás por una mera coincidencia estacionaria, encontré el río congelado. No me importó mucho, sinceramente. Si hay algo que aprendí con el paso de los años, es que la escritura tiene un proceso similar al de las viejas fotografías: un disparo mudo, que sólo se revela con la tinta.

            Así, no me cabe la menor duda de que a futuro pueda sentarme a poner en palabras todo lo que pasó en esos treinta y cinco días de estar a la deriva, sin pensar demasiado en todo lo que hacía, dejándome llevar por la intuición, como cuando uno intenta traducir del silencio una melodía. Lo cierto es que lo mío no es un talento natural, como sí creo que lo es el toque que Manu tiene para la cocina, o el ojo de Agus para la fotografía. Requiere esfuerzo, dedicación, horas de revolverme la cabeza para sacar a la luz un poco de todo ese caleidoscopio abstracto que no para de girar. También tiene mucho que ver el timing, esa descarga de adrenalina que me recorre el cuerpo cuando veo algo que me inspira, como cuando me choqué con la imagen titulada Ménilmontant, y por debajo un hombre negro vestido de hechicero de una tribu africana desconocida, una especie de Melquíades que andaba merodeando, accidentalmente, por las calles de París.




II

¿EXPERIENCIA O INOCENCIA?


            Me parece asombroso que haya gente que se pueda sentar todos los días y escribir unas páginas. Amélie Nothomb, por ejemplo, mantiene esa costumbre a rajatabla. Cosecha cuatro novelas por año, de las cuales sólo publica una. Es una habilidad que se desarrolla, como salir a correr todos los días, se ejercita, algunas personas te lo confirman. Sólo una vez en mi vida pude hacer eso, durante un mes y medio, sentándome desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, con un único intervalo para almorzar, para terminar una novela que jamás volví a revisar, antes de que volviera a empezar la facultad. Y me devastó, en todo sentido. En un acto de estúpido romanticismo, la escribía a mano, y apenas mantenía contacto con la realidad. Vivía en un mundo fantástico, inserto en el pueblo imaginario de los personajes que iba desarrollando con el correr de las páginas, impulsado por Henry Miller a crear un relato que fuera el complemento inmoral de todo lo que había hecho hasta entonces.

            Nada de eso me representaba en lo más mínimo. O quizás sí lo hizo durante ese período de mi vida, disfrazado con nombres y actitudes ficticias. Desde que era chico, siempre había ansiado poder hablar de mi vida y que, por lo menos, a mí me resultara interesante. Un intento de autobiografía en verso quedó trunco; el lenguaje metafórico había comenzado a borrar la frontera entre realidad y ficción. Abandoné todos mis sueños de papel, y durante poco más de un año no volví a sentarme a construir nada que no fueran melodías. Pero como ahora mismo, una fuerza interior me empujaba a mirar el precipicio que había eludido, ese mismo impulso que te pide en un lapsus que te arrojes a la avenida contra los autos a toda velocidad, a ver si así, de alguna manera, podés sentir si realmente estás vivo.

            Y volví, me arriesgue una vez más a contemplarme frente al espejo, agarrar las astillas de vidrio y pegarlas una a una, como podía, para ver qué imagen mía se escondía del otro lado. No me resultó extraño ver cientos de personas distintas en una misma. Después de todo, eso es lo que somos: algo que se define por el cambio. Por momentos puede asustar, porque uno se encuentra en situaciones que nunca vivió, tratando de explicarse lo inexplicable, ensayando mil y un respuestas que nos permitan escapar, al menos un día más, de la locura. Y así llegás a replantearte todo, ¿pero cómo no vamos a ser un mundo lleno de gente que vive frustrándose, si desde que nacemos lo único para lo que nos preparan es para los finales felices? Nadie te dice, cuando sos chico, que en la vida vas a tener más fracasos que aciertos. Eso es un monopolio exclusivo de la experiencia. Lo que importa, al parecer, es preservar la inocencia el mayor tiempo posible.






III

UNA FORMA DE VIDA


            Lo dije antes, escribir fue siempre mi pequeña rebelión. Funcionó, entre otras tantas cosas, como vía de escape contra los problemas familiares, la opresión académica de un colegio que me sobre-exigía, los quiebres de mis relaciones personales, el desconcierto que sentía cada vez que me cuestionaba qué quería hacer con mi vida, y qué sé yo cuántas cuestiones más. Fue un refugio, un lugar en el que encontré sosiego cuando lo necesitaba, un espacio que sólo me pertenecía a mí y en donde estaba completamente seguro de que nadie me iba a traicionar. En mi opinión, Miller se equivoca cuando dice words are loneliness. En mi caso, de alguna forma, siempre me sentí acompañado. En todo ese camino que fui recorriendo, alguien – llámeselo como uno quiera – seguía mis pasos, me levantaba cada vez que quería arrojarme al vacío, y quizás me atrevería a afirmar que era quien me dictaba las palabras que me hacían falta en los momentos más difíciles.

            En palabras de Susan Sontag,

            The fear of becoming old is born of the recognition that one is not living now the life that one wishes.

            Durante muchos años viví con esa impresión. Crecer implica dejar morir la mayoría (si no son todos) los sueños que tuvimos de chicos. Y duele, y en eso no creo que alguien esté en desacuerdo conmigo. Yo, particularmente, sentía que estaba viviendo para otra persona. Mi vida, de alguna manera, no me pertenecía. Era esclavo de un cuerpo que vestía un traje todas las mañanas con el fin de ir a leer un montón de papeles que no me interesaban en lo más mínimo, un autómata que aprovechaba cada rato libre que tenía para abrir un libro, o bien tararear alguna melodía e intentar llenar los huecos con palabras que iba anotando en cualquier papel que tuviera a mano.

            Hay que ganarse la vida de alguna manera. Esa era la frase que me repetía cada vez que sentía que ya no podía más. Mientras tanto, mi pequeña rebelión era llevada a cabo silenciosamente. Fueron casi dos años de eso, dos años de darle rienda suelta a lo que me pasaba, de contarme a mí mismo que no estaba contento con lo que hacía, de decirme las cosas sin vueltas, analizando cada aspecto de mi vida, revisando recuerdos de mi infancia, el tabú de la adolescencia, los amores frustrados; mi historia de principio a fin. Todo fue puesto en perspectiva, todo fue confesado frente al peor de todos los inquisidores: yo mismo. Sin sospecharlo, me había ido acercando, poco a poco, a lo que realmente soy. Comprendí que el éxito no estaba en hacerme famoso ni nada parecido; la verdadera recompensa está en el simple y puro deseo de hacerlo.


            Escribir (y hacer música) fue, es, y será, para mí, una forma de vida.



(Extracto de Diarios)

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