Sunday, May 31, 2015

PERSONA







            Desde hace más de una década que padezco de una aguda obsesión por las biografías. Ni bien descubro una persona que me interesa, quiero saber todo lo que pueda de su vida. Me compro libros, leo artículos en sitios de internet, escucho horas de entrevistas, y consumo todo lo que exista dando vueltas por ahí. Mi sed de conocimiento es insaciable, y hasta que no hago el click del aburrimiento – que puede ser porque haya encontrado algo más interesante, o bien porque la información recabada me empieza a saturar un poco – la locura se disemina como la fiebre del oro.

            Las razones que se me ocurren son varias, pero se me antoja que la mejor explicación al respecto se halla en un parafraseo de la famosa frase de Duchamp, siempre son los otros los que viven. Muchos autores coinciden en que, para entender la obra de alguien, no hace falta conocer su vida personal. Y en eso no disiento, porque también estoy convencido de que una buena obra se justifica por sí misma, sin necesidad de un manual de texto o una guía telefónica de notas al pie. Que ayudan, tampoco lo niego, pero son totalmente prescindibles. Lo que a mí me interesa, particularmente, es buscar las raíces, observar el lento crecimiento, la gestación paulatina de la obra. Como autodidacta, mi única forma de aprender a hacer las cosas es viendo cómo lo hicieron otros. Si puedo comprender el proceso que llevó a cabo para concebir su arte, entonces puedo trasladar (a mi manera) eso a mi propio trabajo.

            Así, me vi ocupando gran parte de mi atención en leer la correspondencia de muchos de esos autores que más me influenciaron: T.S Eliot, Tranströmer, Steinbeck, Byron, Cortázar. En las dudas de un escritor de la talla de D. H Lawrence, o la inseguridad constante del joven Keats, encontré cierto consuelo a la hora de enfrentarme con mis propios temores. Incluso Spinetta, a quien nunca le falló la inspiración, aseguraba que temía perder el favor de la diosa blanca de Graves.


            Hace unos días me compré dos diarios: el de Bergman y el de Dalí. Al surrealista lo dejé para otro momento, y me aboqué a la autobiografía del cineasta sueco. Cualquiera que lo conozca no es ajeno a su genio sin igual, así como tampoco escapa a rodar una, otra, y otra vez las distintas imágenes que implantó en nuestras cabezas. Es sabido que el génesis de El séptimo sello se encuentra en la Biblia, y que los paisajes y diversas escenas de otras películas, ya sea Persona, Fanny & Alexander o Fresas salvajes, están inspiradas en acontecimientos y experiencias de su vida privada. Sin embargo, ¿cuántos saben que su padre era predicador, o que en su adolescencia, mientras se encontraba de intercambio en Alemania, apoyaba al régimen nazi, y que para su cumpleaños le regalaron una foto del Führer, a la que guardó hasta que se revelaron imágenes de los campos de concentración? ¿Cuántos saben que, como muchos, pensó que esas fotos estaban trucadas, hasta que la realidad fue irrefutable? ¿Cuántos conocen sus primeros encuentros con la sexualidad, al que lo introdujo su tía mientras se bañaban, o que fue un hombre sumamente promiscuo – a pesar de su educación religiosa -, o la crítica que recibió por uno de sus primeros trabajos, Los elementos que han creado esta “comedia” son la penosa fantasía de un jovencito con acné, los descarados sueños de un corazón inmaduro, un ilimitado desprecio por la verdad artística y humana. Me avergüenzo de haberla visto? SÍ, A BERGMAN LE DIJERON ESO. El mismo que ni Sontag pudo determinar con certeza la naturaleza de sus misterios. Y a pesar de todo este pantallazo amarillista, fue, es, y será uno de los grandes cineastas de todos los tiempos (por no decir artista, porque también se dedicó al teatro y la literatura, a la que estudió durante varios años).

            Lo que importa de todo eso no es su interés sensacionalista, sino más bien poder comprender que incluso esos sujetos tan destacados, a quienes admiramos casi ciegamente, también están hechos de carne y hueso, y que convivían con miedos y dudas, y que llegaban a despreciar y aborrecer aquellas cosas que los entronizaron. Es una forma de ponerle un cable a tierra a todo ese fanatismo que generan, para así poder captar los elementos esenciales al tiempo de dejarnos inspirar e influenciarnos con su obra. Siempre recuerdo una conversación que mantuve con Gustavo (el viejo de Manu) cuando nos trataba de explicar un poco de Berni para un trabajo de plástica. Nos dijo que le decían la esponja, porque absorbía todo lo que tocaba (o chocaba contra sus ojos). En ese instante, mi concepción de vida cambió para siempre, y decidí que yo iba a hacer exactamente lo mismo que el pintor argentino.

            Volviendo a la frase alterada de Duchamp, es bastante común que uno sienta que la vida del resto de las personas es más interesante que la propia. ¿A quién no le pasó eso hoy en día, dejándose engañar por la felicidad artificial que ilustran las fotos que cuelgan todos en las redes sociales? La tristeza o el desasosiego son palabras inhashtaggeables. Es la única mala publicidad habida y por haber. Por suerte, la realidad prueba que la vida escapa a las apariencias, y que cada uno transita sus paraísos e infiernos en forma privada. Escribir, para mí, no sólo fue mi pequeña rebelión. También, y principalmente, fue mi forma de vida, con todos mis aciertos y desaciertos. Es verdad que tiendo a mostrar con mayor asiduidad mi desconcierto, quizás porque considero que la felicidad es un fin en sí mismo y no necesita ser expresada por otros canales. La duda, en cambio, es un estado de transición, es lo que le permite a uno alcanzar la tan ansiada plenitud, y por ende requiere un medio para ser transformada, y es ahí cuando recurro al lenguaje, a la escritura.


            Mi vida, aunque otros puedan pensar lo contrario, es sólo entretenida para mí. Y cualquiera que me haya dicho o pensado que tengo las cosas claras, quiero que sepa que si escribo es porque, indudablemente, no es así. Nada es lo que parece. Como hacía el general Rommel, escribir es lo más parecido a atar palmeras a unos pocos tanques para provocar una tormenta de arena, y que así del otro lado se crea, ingenuamente, que hay un ejército avanzando.          



(Extracto de Diarios)

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