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| Foto de Lautaro Flaxer - Tailandia |
En la cumbre
todo se ve tan mínimo.
Es
así. A veces, la realidad se siente así, inexplicablemente absurda. Absurda
porque todo lo que hacés carece de un sentido intrínseco; es darle cuerda al
reloj que bombea sin parar en esa guerra constante que se gesta en tu pecho.
El
mundo, que nunca deja de contarse su propia historia porque tiene miedo de irse
a dormir y no despertar, te pide que lo justifiques de alguna manera. No
importa cómo, con tu vida basta.
Lo
que él no sabe, es que muchas veces no tenés nada que decir, nada que pensar,
nada que sentir. Un calor sofocante te obliga a hibernar, y los acordes y el
canto interior enmudecen. Es el silencio, el insoportable silencio, otra vez.
Tengo
que admitir que, muchas veces, fui víctima de todo eso. Un miedo indescriptible
que sentía desde chico cada vez que me imaginaba la eternidad. Una mano
invisible me estrangulaba hasta casi asfixiarme, sólo para soltarme cuando
agarraba la almohada y me tapaba la cabeza para esconderme del umbral oscuro de
la noche. Nunca pude llegar a explicárselo a nadie, jamás me atreví a confesar
que alguien me venía a visitar cada vez que me ponía a pensar demasiado, y me
golpeaba violentamente hasta la inconsciencia del sueño. A falta de una palabra
para describirlo, lo llamaba Lo universal.
Con
el tiempo lo entendí, y hasta llegué a abrazarlo. Yo era lo universal. Me tenía pánico a mí mismo.
La
última vez que vino a buscarme, le di a entender que no me importaba nada, que
podía hacerme una lobotomía, si así lo deseaba, pero que no iba a conseguir
nada con eso. Había comprendido que mi lugar en el mundo, esa gran mentira
hecha de personas y cosas, concluía conmigo. Yo era algo, que estaba destinado
a convertirse en nada. Y esa idea me reconfortaba, me despertaba de la
pesadilla dickensiana convertido en un hombre nuevo.
No
importa qué tan paradójico suene, lo que voy a decir carece de sentido figurado:
me llenaba el vacío.
La
procesión había sido un peregrinaje extenso. De chico me habían impuesto un
límite, Dios. Él era la ley, la voz de la conciencia. Cada vez que la
desobedecía, sufría el peor de todos los males: la culpa. Y no hay duda, yo era
el gran culpable, siempre.
Gracias a Él, también existía el perdón.
El precio se pagaba mediante la confesión. Desde arriba, el ojo que todo lo ve
(incluso aquello que está adentro de tu cabeza) pasaba a recaudar cada una de
esas monedas de recuerdos que habías venido juntando poco a poco, y las
utilizaba a futuro para el contrabando. Hacía un esfuerzo inhumano por
limpiarme todas esas manchas, y al
llegar a casa recitaba los extensos mantras milenarios.
La
adolescencia y la historia me dieron una trompada en la cara, y me
desencantaron del hipnotismo cristiano. Me llevaron de la mano hasta ese lugar
en donde todavía arde el fuego de todos y cada una de las víctimas de sus
cacerías de brujas, y me ayudaron a arrojar a las llamas el uniforme del
régimen de la intolerancia.
Estaba
desnudo. Me vi en un espejo, y del otro lado no había otra cosa que mi imagen.
Evidentemente, todavía tenía un alma, y no era invisible.
A
partir de ese entonces, lo universal
intensificó sus merodeos nocturnos. Me amenazaba constantemente con la
eternidad, esa promesa que tras una serie inacabable de batallas logré
conquistar. Desde las trincheras, me sentaba a revivir los relatos bíblicos de
la otra, la verdadera Gran Guerra de Sassoon y su poesía.
Del fuego venimos, y hacia el fuego vamos,
escribí en un papel. Esa hoja en blanco, descubrí al mojar mis labios en la
tinta, eran las aguas de la inmortalidad, la religión de todos los hijos de
Aquiles.
La
realidad, uno comprende con el tiempo, es una inevitable concatenación de sucesos
que derivan en tragedia. Y ninguna vida puede escapar a eso; ni el amor se
atreve a soltarnos el talón desde el que nos sostiene inmersos en su sueño
lúcido.
El
advenimiento de mi propio dios aconteció un día cualquiera, sin que yo siquiera
lo esperara. Casi como en un cliché, estaba sentado contemplando un atardecer
magnífico, mientras tomaba una taza de té. Pensaba en lo absurdo que es pasar
la mayor parte de nuestro tiempo abocados a llenar papelitos encerrados en
oficinas, o yendo de un lado a otro compenetrados con un mundo tan
absolutamente reducido (que, es verdad, forma parte de la gran realidad), cuando existen cosas tan simples y perfectas como
entregarse al placer de la cotidianeidad inexistente de salir a dar un paseo
por ahí, y cruzar esa especie de puente japonés que se construye entre el ser y su
medio.
La
burbuja se reventó. No era la primera vez que lo experimentaba, pero sí lo era
de estar completamente consciente de su percepción: un kensho. Había alcanzado la cumbre, pero el mundo todavía no estaba
a mis pies. Lo tenía frente a mí, como un espejo de mi alma, suspendido en los
ojos.
(Extracto de Diarios)

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