Interpretation is the revenge of the intellect upon art
Lo de la fotografía nunca fue lo mío. Más allá de
conservar recuerdos de personas que ya no están, o el puro y simple placer
estético que a uno le produce una determinada imagen, no le conocía otra
utilidad. Si como dijo Wilde, all art is
quite useless, entonces ya con esas dos premisas tenía un pretexto más para
descalificarla como forma de arte. Un poco por mi pulso de Michael J Fox, y
otro tanto porque no veía ningún mérito en ese método instantáneo de reproducir
la realidad, mi ignorancia se negaba a permitir que me aventurara en ese mundo
de pestañeos inmortales. Para ser sincero, aún hoy me guío más por esa máxima de
vivir el momento en lugar de perdérmelo para captar esa nostalgia artificial
que perturba tanto al recuerdo como al olvido.
El
primero en cambiar de religión fue Fran. Todavía recuerdo el día en que me
mostró algunas de sus fotos y me preguntó qué me parecían. Era una galería en
donde se abarrotaban distintos lugares de Buenos Aires. Miré todas, una por
una, varias veces. Le contesté la verdad, que no sabía nada de fotografía y que
no entendía cómo interpretar todo eso, pero que me gustaban. Él me dijo que no
había nada que analizar, que con sólo verlas bastaba. Su respuesta, aunque no
me terminaba de convencer, sirvió a modo de breve introducción.
El
gran paso, como siempre, vino de la mano de la literatura. Susan Sontag, a
quien considero la más lúcida ensayista que haya leído, tenía como propuesta un
tratado de la fotografía dividido en seis partes. Nadie pudo explicar mejor el oficio
de disecar el pasado, no sólo poniendo a mi disposición un catálogo de
fotógrafos que fui consumiendo al ritmo que corrían las páginas, o bien
completando y expandiendo mi infantil visión de algo más complejo que un mero
sentimiento de melancolía, sino que además supo darme la justificación de por
qué los japoneses profesan con ciego fanatismo el politeísmo de las cámaras. Con
mi nueva Biblia bajo el brazo, salí a ver el mundo con otros ojos.
El
arte, para mí, no debe ser un espejo de la realidad, sino que debe procurarse
con ella su sustento, para transformarla en alguna medida. Nietzche mismo dijo
que el arte no es una imitación de la
naturaleza, sino su complemento metafísico, alzado junto a ella para poder
superarla. Su producto, siempre indefinible y abstracto, no es otra cosa
que una idealización, y como tal, rompe el molde que antes la contenía, desprendiéndose
de la crisálida en constante metamorfosis.
No es
que desprecie las fotografías espontáneas
o que replican la realidad. De hecho, soy consciente de que su interés
principal radica en causar impacto en tanto muestren algo novedoso. Sin embargo, prefiero aquellas que nos dan
acceso a paisajes que sólo se generan en la imaginación. Una de ellas, The revenge of the golfish de Sandy
Skoglund, siempre me llamó la atención: no la entendía, y justamente por eso me
fascinaba tanto.
Hace
unos pocos días, tuve un sueño en donde su escenario se reproducía con ligeras
modificaciones: yo estaba sentado en mi escritorio, con una taza de té cuyo
contenido se iba desperdigando en cámara lenta por el aire, prisionero de un
cardumen de koi que, como en el
cuento de García Márquez, nadaban en la luz. Al despertarme, a los cinco
minutos olvidé el sueño. Afortunadamente, esa misma noche me topé en la casa de
un amigo con un libro que tenía la imagen de Skoglund como portada. Todo volvió
a reconstruirse en mi cabeza, y ni bien pude recordarlo, busqué
interpretaciones de la fotografía. El resultado inicial, debo admitir, fue
decepcionante: el despertar de la sexualidad, la homosexualidad, o incluso el
abuso infantil. Se me hacía algo muy forzado, algo que no se correspondía con
los elementos que observaba.
No
quedaba otra solución más que encontrarle mi propia interpretación. Decidí,
antes que nada, eliminar el nombre de mi cabeza, y entonces, casi
instantáneamente, lo pude ver. El chico y el adulto en la cama son la misma
persona. Cuando uno duerme, el otro despierta en esa otra realidad, la
imaginación (el chico). En esa habitación co-existen el principio, representado
por los colores del mar y el ámbar de los peces dorados (quizás como símbolos
del útero materno y del temprano desarrollo de las especies en el océano,
siguiendo la luz del sol), y la culminación del presente, retratada mediante los
objetos fabricados por la humanidad. Un significado posible, se me ocurre, es
que, como la fotografía en sí misma, la imaginación almacena la historia del
mundo, o la evolución de la especie, y que su explicación es tan absurda como
la de los sueños.
Dejando
a un lado todo este disparate, me reconforta la idea de que ni eso, ni la
interpretación oficial, representan a
la obra en sí. Ella, la fotografía, no necesita palabras que se desvivan para explicarla o darle un significado; se basta consigo misma. Nosotros, intérpretes
empedernidos, vamos a seguir con nuestra inútil vocación, desnudándola más allá
de lo que los ojos nos permitan ver. El arte, a fin de cuentas, consiste
también en confundir lo visible con lo invisible, y en eso nadie debería
preocuparse por descubrir lo indebido. Como dijo Sontag,
In place of a hermeneutics,
we need an erotics of art.
(Extracto de Diarios)

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