Tuesday, May 19, 2015

LA VENGANZA DE SONTAG








Interpretation is the revenge of the intellect upon art


            Lo de la fotografía nunca fue lo mío. Más allá de conservar recuerdos de personas que ya no están, o el puro y simple placer estético que a uno le produce una determinada imagen, no le conocía otra utilidad. Si como dijo Wilde, all art is quite useless, entonces ya con esas dos premisas tenía un pretexto más para descalificarla como forma de arte. Un poco por mi pulso de Michael J Fox, y otro tanto porque no veía ningún mérito en ese método instantáneo de reproducir la realidad, mi ignorancia se negaba a permitir que me aventurara en ese mundo de pestañeos inmortales. Para ser sincero, aún hoy me guío más por esa máxima de vivir el momento en lugar de perdérmelo para captar esa nostalgia artificial que perturba tanto al recuerdo como al olvido.

            El primero en cambiar de religión fue Fran. Todavía recuerdo el día en que me mostró algunas de sus fotos y me preguntó qué me parecían. Era una galería en donde se abarrotaban distintos lugares de Buenos Aires. Miré todas, una por una, varias veces. Le contesté la verdad, que no sabía nada de fotografía y que no entendía cómo interpretar todo eso, pero que me gustaban. Él me dijo que no había nada que analizar, que con sólo verlas bastaba. Su respuesta, aunque no me terminaba de convencer, sirvió a modo de breve introducción.

            El gran paso, como siempre, vino de la mano de la literatura. Susan Sontag, a quien considero la más lúcida ensayista que haya leído, tenía como propuesta un tratado de la fotografía dividido en seis partes. Nadie pudo explicar mejor el oficio de disecar el pasado, no sólo poniendo a mi disposición un catálogo de fotógrafos que fui consumiendo al ritmo que corrían las páginas, o bien completando y expandiendo mi infantil visión de algo más complejo que un mero sentimiento de melancolía, sino que además supo darme la justificación de por qué los japoneses profesan con ciego fanatismo el politeísmo de las cámaras. Con mi nueva Biblia bajo el brazo, salí a ver el mundo con otros ojos.

            El arte, para mí, no debe ser un espejo de la realidad, sino que debe procurarse con ella su sustento, para transformarla en alguna medida. Nietzche mismo dijo que el arte no es una imitación de la naturaleza, sino su complemento metafísico, alzado junto a ella para poder superarla. Su producto, siempre indefinible y abstracto, no es otra cosa que una idealización, y como tal, rompe el molde que antes la contenía, desprendiéndose de la crisálida en constante metamorfosis.

            No es que desprecie las fotografías espontáneas o que replican la realidad. De hecho, soy consciente de que su interés principal radica en causar impacto en tanto muestren algo novedoso.  Sin embargo, prefiero aquellas que nos dan acceso a paisajes que sólo se generan en la imaginación. Una de ellas, The revenge of the golfish de Sandy Skoglund, siempre me llamó la atención: no la entendía, y justamente por eso me fascinaba tanto.

            Hace unos pocos días, tuve un sueño en donde su escenario se reproducía con ligeras modificaciones: yo estaba sentado en mi escritorio, con una taza de té cuyo contenido se iba desperdigando en cámara lenta por el aire, prisionero de un cardumen de koi que, como en el cuento de García Márquez, nadaban en la luz. Al despertarme, a los cinco minutos olvidé el sueño. Afortunadamente, esa misma noche me topé en la casa de un amigo con un libro que tenía la imagen de Skoglund como portada. Todo volvió a reconstruirse en mi cabeza, y ni bien pude recordarlo, busqué interpretaciones de la fotografía. El resultado inicial, debo admitir, fue decepcionante: el despertar de la sexualidad, la homosexualidad, o incluso el abuso infantil. Se me hacía algo muy forzado, algo que no se correspondía con los elementos que observaba.

            No quedaba otra solución más que encontrarle mi propia interpretación. Decidí, antes que nada, eliminar el nombre de mi cabeza, y entonces, casi instantáneamente, lo pude ver. El chico y el adulto en la cama son la misma persona. Cuando uno duerme, el otro despierta en esa otra realidad, la imaginación (el chico). En esa habitación co-existen el principio, representado por los colores del mar y el ámbar de los peces dorados (quizás como símbolos del útero materno y del temprano desarrollo de las especies en el océano, siguiendo la luz del sol), y la culminación del presente, retratada mediante los objetos fabricados por la humanidad. Un significado posible, se me ocurre, es que, como la fotografía en sí misma, la imaginación almacena la historia del mundo, o la evolución de la especie, y que su explicación es tan absurda como la de los sueños.

            Dejando a un lado todo este disparate, me reconforta la idea de que ni eso, ni la interpretación oficial, representan a la obra en sí. Ella, la fotografía, no necesita palabras que se desvivan para explicarla o darle un significado; se basta consigo misma. Nosotros, intérpretes empedernidos, vamos a seguir con nuestra inútil vocación, desnudándola más allá de lo que los ojos nos permitan ver. El arte, a fin de cuentas, consiste también en confundir lo visible con lo invisible, y en eso nadie debería preocuparse por descubrir lo indebido. Como dijo Sontag,

             In place of a hermeneutics, we need an erotics of art.              


(Extracto de Diarios)

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