Algunos
creen, ingenua o simplemente por falsa modestia, que las cosas están dichas o
escritas de antemano, y sostienen con vehemencia, como los ilusionistas, que en
esa confesión insulsa radica la fórmula de la alquimia artística. Yo mismo me
escuché (y leí) repitiendo esa estupidez más de una vez, cuando en realidad fue
todo lo contrario. Con esto no quiero decir que todo lo que hice en mi vida fue
fruto de un trabajo incansable, porque si tengo que ser sincero, la mayoría de
las cosas que prefiero y siento que me representan mejor ocurrieron de manera
casi instantánea e imprevisible. Sin embargo, hablar únicamente de espontaneidad implicaría pecar de
vanidoso. Cuando me siento a escribir lo que sea, es innegable que detrás de
eso hubo un proceso previo: palabras, expresiones, impresiones, texturas,
conceptos, recuerdos, asociaciones inexplicables. La improvisación, espero
estar en lo correcto, consiste en trazar esa senda invisible entre el blanco y
negro que le dará voz al papel.
¿Qué
rol juega, entonces, la inspiración? Si tengo alguna imagen (bastante común,
aunque personal, por cierto), es la de un chico de diez años al borde de un
estanque, pescando. Como ahora, en ese tiempo otro armaba las líneas por mí, y yo me sentaba a esperar que algo
agitara las aguas. Y no soy el único que lo ve así; Keith Richards, con su fiel
caña de cinco cuerdas Micawber, asegura que es un gran aficionado de la pesca,
y que a veces se consigue agarrar algo, y otras más se vuelve con las manos
vacías. Los dos, supongo yo, vivimos de esa romántica esperanza de capturar
algún día al Gran Pez.
Hoy
en día, mi cabeza funciona a dos niveles distintos, aunque asimilables en varios
aspectos: el musical, por un lado, y el de la escritura por el otro (decir el de la literatura, para lo que hago,
se me hace tan absurdo como un título de nobleza).
Empecemos
por las melodías. Los métodos de composición no son siempre los mismos, aunque
se respeten cierto tipo de estructuras y/o fraseos o vicios de estilo. El más
común de todos consiste en sentarse a probar combinaciones de acordes que, por
intuición, se van encadenando entre sí, hasta consolidarse en una parte A. Lo que sigue, obviamente, es pensar
una parte B, y dependiendo del tema,
una parte C, D, o intentar cambios
sutiles en los fragmentos anteriores, aunque también cabe la remota posibilidad
de un único círculo de acordes que se repita constantemente. Un método
alternativo es el del riff
(repetición de un patrón de notas característico de la composición), o bien el
de la sensación o el título que uno necesita traducir mediante los tonos
propios de algunos acordes (menores para las de carácter más introspectivo;
mayores para lo neutro y la euforia). El más raro de todos los casos es,
siempre, el del canto espontáneo de una parte de la canción.
Ahora
bien, en lo que se refiere al papel, no me queda otra opción que definirlo como
el peor de todos los anfitriones. No escatima en horas de compañía ni en tazas
de té; su gran problema radica más bien en que sus invitaciones son una misa al
silencio. Él, con su nudismo diario, me sigue a todos lados, y no duda en
hacerme gestos de cada cosa que está pasando alrededor, como un mudo que abre
la boca para que otro pronuncie con sus ojos lo que sus palabras no pueden ver.
A veces, nos sentamos en un sillón, y como ya no entiendo nada de lo que me quiere
decir, enciendo un cigarrillo para que nos podamos deleitar con ese tango sutil
que sólo el humo sabe bailar. Y nos divertimos viéndolo trepar al cielo, nos
reímos de los paraísos que jamás habremos de alcanzar, porque él y yo estamos
destinados a mirarnos pero nunca reflejarnos. Es así, estamos inexorablemente
condenados a ese dolor placentero, esa mentira que poco a poco transforma y acaba
convirtiéndose en la realidad misma.
El
papel, comprendo ahora, es el chico solitario buscando inútilmente su imagen en
el estanque; y la guitarra, esa mujer que él acaricia sin darse cuenta de que a
través de su cuerpo reverberan las aguas invisibles de su alma.
(Extracto de Diarios)

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