1977
Se
sienta con la mujer que nunca lo abandona y acaricia sus curvas de madera,
suavemente. Sus dedos se deslizan poco a poco hasta posarse sobre su cabello, y
lo cortan una y otra vez con el dulce filo de las uñas, acaso con la melodía de
un río. El cambio inminente ya no sólo mojaba sus pies; ahora el agua marcaba
su cuello, mientras él aguardaba impaciente el beso de la guillotina. A los 18
años, descubría que el amor es un hábil cerrajero que, de la noche a la mañana,
modifica la cerradura sin que uno se pueda dar cuenta.
Golpea
tres veces la puerta de la eternidad, escucha una respuesta del otro lado, y
ese sonido se graba por siempre en su cabeza. Agarra una cinta y la ata al
tiempo, ese animal que había domesticado con las enseñanzas del canto y de la
guitarra.
Unos
días más tarde, una chica recibe un cassette que receta lo que será la medicina
contra todos sus males: música.
1966-67
Las
horas se dibujan entre pentagramas invisibles y viñetas de comics que nunca
serán publicados. El chico tararea en clase, sin importarle que sus otros compañeros
lo miren raro o se rían. Cuando vuelve a casa, su madre se sorprende al ver el
don de diseñador de ventanas que tiene su hijo. Comprende que será un artista,
y al poco tiempo le compran una guitarra. A unas pocas cuadras de su casa,
asiste a sus primeras clases y aprende folclore y algunos lamentos de la plebe
mexicana.
A
pesar de haber desenterrado su vocación, el dibujo no cesa. En esos años
inventa uno de sus personajes más ilustres y perdurables: Argos, el hombre
alado.
1988
En un
estudio de Nueva York se desata una larga pelea. Carlos Alomar – productor de
Bowie, Lennon y Jagger, entre otros – sostiene que el tema tiene que grabarse
con un sonido similar a una banda de los ’70. Cerati detesta a esa banda, y
está empecinado en que tiene que sonar con más fuerza, algo que sea oscuro y
violento. Intenta describirle el clima de Buenos Aires por entonces: el ruido de
la urbe y la susceptibilidad de las personas en las calles durante su temporada
en el infierno inflacionario. Ninguno quiere ceder, y la sesión termina con un
portazo del argentino. El dominio era de la ira.
2014
Se
acabó la fiesta en el Bellas Artes y nos empezaron a echar afuera. Me senté en
las escaleras, rodeado de un montón de hipsters y borrachos. Un amigo hablaba con
alguien que no me cae bien, así que me encerré en los auriculares. Unos días
antes de su muerte, había tenido un rapto de nostalgia y me había dedicado a
escucharlo casi exclusivamente, como en mi adolescencia. El shuffle eligió por mí, y seguramente por
mi estado de ebriedad se produjo el efecto. Se sentía como si fuera la primera
vez que lo escuchaba en mi vida: los acordes suspendidos de la intro, la bronca
latosa de la batería, los latidos del bajo, los teclados neogóticos, y los
arpegios fantasmagóricos mutando a los cortes de sosiego funk del puente. Las
notas de la guitarra se proyectaban como bengalas de sepia difuminada sobre los
trastes del mástil de una guitarra gigante. Una lluvia de cubos transparentes
con aristas blanqueadas caía cada vez que sonaba una tecla, y mi ritmo cardíaco
se aceleraba con el paso del redoblante violento, acompasado a la sístole y
diástole del riff de Zeta. La voz de Cerati, reinterpretando a su mítico Argos,
me arrastraba del frenesí diurno al refugio de las piernas de una desconocida.
Como la criatura, mis ojos cubrían toda la ciudad desde el cielo: la torre de
los ingleses, las cenagosas peceras de niebla de San Telmo, las cúpulas
inaccesibles de Congreso, el océano de noctilucas de la 9 de Julio con sus desvíos
de alfil hacia el Cabildo y la Plaza de Mayo. Todo me llevaba al centro, hacia
la escena del video: Museum, el edificio diseñado por Gustave Eiffel con piezas
traídas especialmente desde Francia. El tema avanzaba, y las imágenes se iban
montando incesantemente unas sobre otras, hasta que de golpe todos los planos se
tramaron en una pintura digna del cubismo, con los instrumentos explotando en
ese mar de gritos y rabia del solo final, directo hacia el fade out.
Mi
amigo me hizo señas de que nos teníamos que ir. Cuando me saqué los auriculares
me preguntó si estaba bien, que tenía los ojos perdidos. Le dije que sí, y ni
siquiera intenté describirle mi alucinación. Sólo le comenté que había
reciclado una vieja canción.
(Extracto de Diarios)

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